El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los límites del estilo de vida dominante («¿Se acabó la fiesta?»)

No ficción

El avión desciende sobre una ciudad que podría ser cualquiera. Desde la ventanilla se distinguen las mismas avenidas rectilíneas, los mismos centros comerciales brillando como templos eléctricos, los mismos barrios cerrados que prometen seguridad y silencio. La geografía ha sido domesticada por el catálogo. El mundo, que alguna vez fue un mosaico de diferencias, empieza a parecerse a una franquicia.

El estilo de vida dominante no se impone con soldados sino con escaparates. No exige lealtad; seduce. Promete comodidad, velocidad, eficacia. Y cumple, al menos en apariencia. El agua caliente fluye al girar una llave. La comida llega antes de que el hambre madure. La distancia se reduce a una pantalla. Todo está diseñado para que el individuo no tropiece con la fricción del mundo (del resto del mundo, que no tiene esa suerte).

Pero la historia enseña que toda simplificación tiene un costo. En los márgenes de esta comodidad crece una inquietud difícil de nombrar. El sujeto contemporáneo posee más objetos que nunca y, sin embargo, habita un territorio interior cada vez más estrecho. El tiempo, que debía liberarse gracias a la tecnología, ha sido colonizado por nuevas obligaciones invisibles: responder, actualizar, producir, competir. La prisa se ha convertido en virtud moral.

En las periferias de las grandes ciudades se observan los límites materiales de este modelo. Vertederos que se expanden como desiertos artificiales. Ríos fatigados por residuos industriales. Comunidades desplazadas para que el flujo de mercancías no se interrumpa. El estilo de vida dominante necesita recursos lejanos y manos anónimas. Su pulcritud es posible porque la suciedad ha sido exportada.

Existe también un límite simbólico. Cuando todo aspira a la misma forma de éxito, la diversidad cultural se vuelve un estorbo decorativo. Las lenguas minoritarias se reducen al folclore; las tradiciones, al espectáculo. La diferencia, que antes era fuente de identidad, ahora debe justificarse en términos de rentabilidad. El mundo se llena de traducciones simultáneas y pierde matices.

El reto más profundo no es ecológico ni económico, aunque ambos sean urgentes. Es antropológico. ¿Qué tipo de ser humano produce este sistema? Uno entrenado para consumir relatos breves, para medir su valor en cifras visibles, para temer la pausa. Un individuo que confunde libertad con capacidad de elección entre productos idénticos. La paradoja es evidente: cuanto mayor es el catálogo, menor parece la sensación de sentido.

Sin embargo, en los intersticios aparecen fisuras. Movimientos que reivindican la lentitud, comunidades que experimentan formas de cooperación al margen del mercado global, jóvenes que cuestionan la ecuación entre éxito y acumulación. No son todavía alternativas consolidadas, pero sí síntomas de una conciencia que despierta. La historia no avanza en línea recta; se corrige a sí misma mediante crisis.

El estilo de vida dominante enfrenta así su prueba más severa: adaptarse sin devorarlo todo. Reconocer que el planeta no es una mina inagotable ni una bodega infinita. Admitir que la dignidad humana no puede reducirse a poder adquisitivo. Aceptar que el progreso técnico no sustituye la reflexión moral o incluso, sólo la reflexión racional.

En los aeropuertos del mundo, mientras las pantallas anuncian salidas y retrasos, millones de personas repiten rutinas casi idénticas. Parecen piezas intercambiables de una maquinaria perfecta. Pero cada una lleva consigo una biografía irrepetible, una memoria que no cabe en el molde del consumo. Tal vez el límite del estilo de vida dominante no esté en sus cifras de crecimiento, sino en esa memoria silenciosa que resiste a ser estandarizada.

La pregunta no es si el modelo colapsará mañana. Es si sabremos transformarlo antes de que su éxito lo vuelva inviable. Porque todo imperio, incluso el del confort, contiene en su interior la semilla de su desgaste. Y el mundo, obstinado en su complejidad, siempre termina desbordando los esquemas que intentan reducirlo.

«¿Se acabó la fiesta?»

Cuando alguien dice que “el modo de vida dominante ha terminado o debe terminar”, suele estar apuntando a varias cosas mezcladas. No siempre bien separadas, pero ahí están. Vamos a diseccionar el estilo de vida dominante con la frialdad de un forense.

1. Límite ecológico
El planeta no es una suscripción renovable. El modelo necesita extracción constante, transporte constante, consumo constante. Más energía, más minerales, más agua. El problema es físico: los ecosistemas tienen ritmos propios y umbrales de regeneración. Cuando se superan, no negocian. Sequías, incendios, pérdida de biodiversidad. La comodidad urbana depende de territorios invisibles que ya están exhaustos. No es ideología, es termodinámica.

2. Límite energético
El estilo de vida dominante fue diseñado con energía abundante y barata en mente. Todo fluye porque algo arde en algún lugar. La transición hacia fuentes renovables es necesaria, pero no elimina la pregunta central: ¿puede mantenerse el mismo nivel de consumo global con otra matriz energética? Cambiar la fuente no siempre cambia la escala. Y la escala es el verdadero monstruo.

3. Límite económico estructural
El sistema necesita crecimiento perpetuo para sostener empleo, deuda y expectativas. Crecer se convierte en mandato moral. Pero ningún sistema finito puede expandirse indefinidamente. Cuando el crecimiento se ralentiza, aparecen desigualdades más visibles, tensiones sociales, precarización. La riqueza se concentra; la promesa de movilidad social se debilita. El relato meritocrático empieza a sonar hueco.

4. Límite psicológico
Aquí la grieta es íntima. El individuo vive rodeado de estímulos, comparaciones, métricas. Productividad, rendimiento, imagen. El descanso se siente culpa. El silencio, amenaza. El resultado es fatiga crónica, ansiedad difusa, sensación de insuficiencia permanente. Un modelo que optimiza procesos pero erosiona la salud mental termina socavando su propia base humana.

5. Límite cultural
La homogeneización global facilita comercio y comunicación, pero empobrece matices. Cuando todas las ciudades se parecen, también lo hacen los imaginarios. La cultura se vuelve mercancía replicable. Se pierde diversidad simbólica, y con ella, distintas maneras de entender el tiempo, el éxito, la comunidad. El mundo gana eficiencia y pierde profundidad.

6. Límite político
La interdependencia económica global reduce márgenes de decisión local. Los gobiernos compiten por atraer capital; las regulaciones se suavizan; la soberanía se vuelve negociable. La ciudadanía percibe distancia entre su voto y las decisiones reales. De ahí brotan desconfianza y populismos. Un sistema que promete libertad de elección en el mercado pero reduce la influencia política genera fricción.

7. Límite antropológico
Este es el más incómodo. El modelo redefine qué significa ser humano. Valora al individuo por su capacidad de consumir, producir y exhibir. Las relaciones se instrumentalizan, el tiempo se fragmenta, la identidad se vuelve marca personal. Si la persona interior se adelgaza mientras el perfil digital se expande, algo se desequilibra. No todo puede medirse sin deformarse.

8. Límite moral
La externalización del costo crea una ceguera ética. Lo que no vemos, no cuenta. Mano de obra barata en otro continente, residuos en otra costa, algoritmos que deciden sin rostro visible. La distancia diluye responsabilidad. Pero la ética no desaparece; se acumula como deuda invisible.

El patrón es claro: el estilo de vida dominante funciona mientras sus límites permanecen diferidos, desplazados o invisibles. El problema es que los límites no desaparecen por ignorarlos. Se concentran.

Lo inquietante no es que el modelo tenga fronteras. Todo sistema las tiene. Lo inquietante es la obstinación en fingir que no existen. Y cuando una civilización convierte la negación en hábito, la realidad suele encargarse de corregirla con métodos poco amables.

No es catastrofismo. Es simple lógica histórica. Las estructuras que no se ajustan a sus límites terminan ajustadas por ellos. Y ese ajuste rara vez es elegante.

Ahora, la parte incómoda. Decir que “debe terminar” es distinto a decir que “está terminando”. Lo primero es normativo, casi moral. Lo segundo es descriptivo. Mucha gente mezcla ambos planos porque su malestar es real y necesita una narrativa de cierre.

Pero cuidado con algo. Los modos de vida rara vez “terminan” de golpe. Mutan. Se deforman. Se reciclan con otro nombre. El capitalismo industrial no murió; se volvió financiero, luego digital. La cultura del consumo no se extinguió; se volvió experiencia, luego identidad online.

Así que las razones para pensar que el modelo dominante está agotado existen. Bastantes. Las razones para creer que desaparecerá limpiamente y dará paso a algo más justo por pura lógica histórica… son más optimistas que la historia misma.

El mundo no cambia porque “deba”. Cambia cuando mantener lo viejo resulta más desadaptado que inventar otra cosa más viable (o definitivamente inviable). Y ahí, curiosamente, el resentimiento («¿se acabó la fiesta?») suele ser el primer síntoma, no la solución.

Los límites dejan de ser metáfora cuando aparecen en estadísticas incómodas.

Por poner algunos ejemplos significativos que corroboran todo esto que estamos diciendo:

1. Límite ecológico

  • Según el Global Footprint Network, la humanidad utiliza cada año el equivalente a 1,7 planetas Tierra para sostener su nivel de consumo. Es decir, vivimos a crédito ecológico.
  • El año más caluroso registrado fue 2023, con una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C por encima de la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. El margen de seguridad de 1,5 °C ya no es una línea teórica; es una línea temblorosa.
  • El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el mundo genera más de 400 millones de toneladas de plástico al año, y menos del 10 por ciento se recicla.

La comodidad produce residuos con una disciplina admirable.

2. Límite energético

  • La Agencia Internacional de la Energía reporta que alrededor del 80 por ciento del consumo energético mundial sigue dependiendo de combustibles fósiles.
  • Incluso con el crecimiento récord de renovables en 2023, la demanda global de energía también creció. Traducido: instalamos paneles solares, sí, pero también quemamos más.

Cambiar la fuente no ha reducido el apetito.

3. Límite económico

  • El Banco Mundial señala que el crecimiento global se ha desacelerado respecto a décadas anteriores, mientras la deuda mundial supera ampliamente el PIB global.
  • Según Oxfam, el 1 por ciento más rico posee más riqueza que el 95 por ciento de la población mundial. La promesa de prosperidad compartida tiene grietas estadísticas.

El sistema necesita crecer; la distribución no acompaña.

4. Límite psicológico

  • La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo.
  • Tras la pandemia, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron alrededor de un 25 por ciento a nivel global.

La hiperconexión no ha traído serenidad colectiva.

5. Límite material de recursos

  • El International Resource Panel calcula que la extracción global de materiales se ha triplicado desde 1970, superando las 100 mil millones de toneladas anuales.
  • Menos del 10 por ciento de la economía mundial es circular. El resto sigue el viejo esquema: extraer, producir, desechar.

La eficiencia no ha eliminado el desperdicio; lo ha acelerado.

6. Límite climático-social

  • El Internal Displacement Monitoring Centre reporta decenas de millones de desplazamientos internos cada año, muchos asociados a desastres climáticos extremos.
  • Las olas de calor, según datos compilados por la Organización Meteorológica Mundial, son más frecuentes e intensas que hace medio siglo.

El clima ya no es telón de fondo; es actor principal.

Los datos no gritan, pero pesan. No son consignas; son contabilidad acumulada. Muestran que el estilo de vida dominante no está en colapso inmediato, pero sí en tensión estructural.

Lo inquietante es que el sistema sigue funcionando. Supermercados llenos, vuelos despegando, pantallas encendidas. La normalidad es persuasiva. Sin embargo, bajo esa normalidad se apilan cifras que no encajan con la idea de crecimiento infinito.

Las civilizaciones no caen cuando sienten el límite. Caen cuando lo conocen y deciden ignorarlo. Aquí los números están sobre la mesa. No son apocalípticos. Son suficientes. Pero, ¿Quién está dispuesto a renunciar?

Consecuencias sociales y económicas de la gestión del agua y la energía

No ficción

Las tuberías no son solo tuberías. Bajo la tierra cargan historia, poder y miedo. Allí donde el agua fluye sin ruido, también circulan jerarquías invisibles. Allí donde la energía ilumina una ciudad, también dibuja sus sombras.

Durante décadas, los gobiernos hablaron del agua y la energía como si fueran cuestiones técnicas: presas, centrales, kilovatios, metros cúbicos. Pero basta caminar por un barrio sin suministro estable para entender que la gestión de estos recursos es, en realidad, una forma de organizar la sociedad. Decidir quién abre el grifo y quién espera con un bidón. Quién enciende la calefacción y quién aprende a dormir con frío.

En muchas regiones, la expansión energética prometió modernidad. Llegaron las líneas eléctricas, las carreteras, las plantas industriales. La primera consecuencia visible fue el crecimiento económico. Fábricas abiertas, empleo temporal, mercados nuevos. La electricidad alargó las jornadas productivas y permitió mecanizar tareas que durante siglos dependieron de la fuerza humana o animal.

Pero la segunda consecuencia, más lenta y más profunda, fue social. Allí donde llega la energía, también llega la desigualdad si su distribución es irregular. Un distrito iluminado junto a otro oscuro no es solo una diferencia técnica: es una frontera simbólica. El barrio con energía continua desarrolla negocios nocturnos, comercio digital, educación conectada. El barrio con cortes frecuentes se vuelve más frágil, más informal, más dependiente.

El agua sigue un patrón parecido, aunque más antiguo y más brutal. Las sociedades agrícolas se organizaron históricamente alrededor de canales, ríos y pozos. Controlar el agua era controlar la supervivencia. Hoy, en las ciudades modernas, el conflicto ya no es visible en forma de acequias disputadas con palas, pero sigue existiendo en tarifas, concesiones y privatizaciones.

Cuando el agua se gestiona mal, las consecuencias económicas aparecen primero en la salud pública. Enfermedades transmitidas por agua contaminada reducen la productividad, saturan hospitales, empujan familias enteras a ciclos de pobreza médica. Después llega el impacto educativo: niños que dedican horas a transportar agua faltan a la escuela. A largo plazo, una mala gestión hídrica se convierte en una fábrica silenciosa de desigualdad estructural.

La energía, en cambio, define la velocidad del desarrollo. Una región con energía estable puede atraer industria tecnológica, manufactura avanzada, centros logísticos. Una región sin ella queda atrapada en economías de baja productividad. Así, el mapa energético termina siendo también un mapa de oportunidades vitales.

Existe otra consecuencia menos visible: la política. El agua y la energía crean dependencias. Quien controla la infraestructura controla el ritmo de la vida cotidiana. Los cortes selectivos, las subidas tarifarias, las concesiones opacas pueden convertirse en herramientas de presión social o política. No siempre ocurre de forma explícita. A veces basta con la amenaza implícita de escasez.

Sin embargo, también hay historias inversas. Cuando la gestión es equitativa y sostenible, el efecto social es casi inmediato. El acceso universal al agua potable reduce conflictos locales, mejora la salud y libera tiempo para la educación y el trabajo. La energía estable permite digitalización, innovación, emprendimiento. El desarrollo deja de ser un privilegio geográfico y empieza a ser una posibilidad colectiva.

El siglo XXI ha añadido una capa nueva a este problema: el clima. Sequías más largas, eventos extremos más frecuentes, redes energéticas sometidas a picos de demanda. Esto convierte la gestión del agua y la energía en una cuestión de resiliencia social. No se trata solo de producir más, sino de resistir mejor.

Al final, cada red de tuberías y cada cable eléctrico son una especie de autobiografía de una sociedad. Revelan qué decidió proteger, qué decidió sacrificar y qué grupos quedaron fuera del diseño original.

Porque el progreso no se mide solo en megavatios o embalses llenos. Se mide en cuántas personas pueden vivir sin miedo a que, mañana, el agua deje de correr o la luz deje de encenderse. Y en ese punto, la ingeniería deja de ser técnica y se convierte en destino social.

AQUELARRES

Ficción

En la cripta del convento olvidé bien las danzas que alguna vez prometieron felicidad, donde la piedra parecía salvaguardándola del tiempo y de la gente que temía habitar allí. Era una prueba para los corazones sembrados de culpa y de otras voces, una fe impura que podía convertirse en castigo sin conversión posible.

Vi la idea crecer como hiedra en el muro propio de mis pensamientos, sin poder explicarme por qué la noche era tan consoladora y cada grito se quedaba atrapado en el musgo. Según la herrumbre de los candiles, las apariencias mentían sobre los climas del alma, y ni el bautizo de la lluvia los limpiaría. Los muertos recibirían paños de silencio mientras el viento volvía con las estaciones, burlándose de nuestra tontería mortal.

En las capitales del reino se hablaba abiertamente de una pareja que rompió principios antiguos, un viejo linaje de sangre bastarda y especial a la vez. Decían que el destino los había tragado como a huesos hervidos en calderos de sombras, solo para distraer a los vivos con licores y promesas.

Cada aquelarre dejaba emblemas tallados en la piel del ganado y advertencias que solo las abuelas sabían leer. Ellas decían que decirlos en voz alta atraía a lo que duerme bajo la tierra, y yo, obediente, guardé silencio mientras la noche cerraba sus manos sobre nosotros.

Guardé silencio, sí, pero el silencio también habla, y lo hace peor. Bajo la bóveda, el musgo empezó a latir como si tuviera memoria, y entendí que no solo había olvidé bien las danzas, sino el precio de haberlas bailado. La felicidad que juramos eterna estaba enterrada allí mismo, salvaguardándola con huesos y promesas rotas, mientras la gente del pueblo fingía no poder verla.

Podía oír a las abuelas rezando sin palabras, una conversión torpe entre el miedo y la costumbre. Decían que era castigo, pero yo vi otra cosa: una prueba más antigua que el convento, sembrada antes de que existieran las capitales y sus leyes limpias. Vi la idea con claridad brutal, y explicarme ya no servía. No había nada consolador en ese grito que subía desde la cripta, mezclado con herrumbre y climas de putrefacción dulce.

El bautizo final no fue agua, sino licores derramados sobre la piedra. Las estaciones volvieron todas a la vez, y el tiempo se rompió como paños viejos. La pareja regresó, vieja y joven al mismo tiempo, bastarda y sagrada, con emblemas marcados en la piel y el ganado siguiéndolos como si entendiera mejor que nosotros.

Aquelarre no fue una reunión, fue un recuerdo colectivo. Yo quedé atrapado, tragado por apariencias que ya no engañaban. Las abuelas asintieron. Decirlos había sido un error, pero callarlos también. Y así, mientras la noche cerraba del todo, supe que este lugar no se habita: se hereda.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Capítulo I — La Llama que Vuelve

Ficción

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto. ¿Qué importancia tiene ya? Aquellos frutos dorados, antes custodios de mis desvelos, se han tornado en presencias casi ajenas, sombras de un pasado que anidó en mí, más por terquedad que por destino. No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más. Tampoco me someteré al comercio forzado de la doméstica vida, esa mecánica del gesto y la palabra que reduce a cenizas cualquier impulso de grandeza.

¿Y qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Me hago la pregunta una y otra vez mientras observo la llanura que se despliega ante mí, silenciosa como un animal antiguo que respira sin moverse. He acabado con las cortas mangas del porvenir, esas expectativas mezquinas que alguna vez creí suficientes. Las arrojé, contundentes, al foso ardiente donde crepita todo aquello que ya no admito en mí. Repugnancias descriptivas como espesa lava; recuerdos tibios, palabras que se quedaron a medio pronunciar.

Mi causa, exasperada, se va soñando sola. Avanza como el rayo que cae en el desierto: súbito, abrasador, sin testigos que lo confirmen. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? No lo sé. Tal vez fui un nombre extraño en la boca de quienes creí cercanos, o una imagen borrosa en el pensamiento de aquellos que juraron comprenderme.

Bajé de los limbos, sí. Bajé para encontrar la tierra firme, para respirar un aire que no fuera prestado. Y por las fogatas inspirado me siento: las que encendí con mis propias manos y las que encontré en ruinas ajenas. Arde, arde, repito, como si esa palabra fuera el conjuro que me sostiene.

Pero pensemos. Aparte de cizaña e innobles corazones, ¿Qué nos queda? Un puñado de preguntas, un manto de incertidumbre, un eco que persiste tras cada paso. Y aun así, ¿os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Porque hay algo —una pequeña estrella que no renuncia— que insiste en que la lucha puede desembocar en un alba distinta.

Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones. No las grandes, no las escritas en mármol o en sangre ajena, sino las íntimas, las que se gestan sin pronunciarse, en el recoveco más oculto de la voluntad. Y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Fue allí, en aquella oscuridad densa, donde comprendí que incluso la sombra posee memoria. Y que cuando uno decide encender una luz, aunque sea pequeña, el mundo entero se acomoda para mirarla.

A lo lejos, el horizonte vibra. Algo se aproxima. O quizás soy yo quien, por primera vez, avanza.

La llama aún no se ha extinguido. Y ese es el comienzo de todo.

Tres pulsos del día

No ficción

La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.