No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

Tres pulsos del día

No ficción

La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.

En la piel del relato

No ficción

Hoy el sol no ha bastado para calmar al mundo. Las noticias de hoy llegan como fragmentos de un mosaico quebrado, donde cada grieta sangra resignación, esperanza y urgencia. Trato de recomponerlo en una crónica —no exacta— con algo del eco en que el corresponsal no solo relate hechos, sino una piel que observa, siente y se resiste.


España se detiene —y camina— en la protesta

España se levanta esta mañana con una huelga general convocada por múltiples sindicatos y organizaciones estudiantiles en solidaridad con el pueblo palestino, y como rechazo a la persistencia del conflicto pese al armisticio inicial.

La movilización no es sólo contra bombas: es contra el silencio, la omisión, la complicidad que sienten los convocantes detrás de las mesas diplomáticas. Las interrupciones serán parciales a lo largo del día —turnos de dos horas para trabajadores— junto con paros estudiantiles de 24 horas. 
En Madrid, las marchas saldrán desde Atocha hacia Sol, a mediodía y también a las 7 de la tarde. 
No será un paro vacío: los sectores mínimos (salud, servicios de emergencia) garantizarán atención, pero la ciudad respirará la tensión de quienes actúan.

Este día de huelga habla también de un país fracturado: la voz que protesta contra una guerra lejana es la misma que cuestiona sus silencios internos.


Washington contra Madrid: amenazas en nombre de la Alianza

Donald Trump no baja el tono. Esta madrugada volvió a aludir a la posibilidad de imponer aranceles a España como castigo por no cumplir con la meta del 5 % del PIB en gasto militar para la OTAN. 
No es sólo una amenaza comercial: es un recordatorio de dependencia política e imposición. “Puede que haya que castigarlos”, dijo —palabras que quemarán los papeles diplomáticos y harán latir la soberanía como herida. 
La explicación oficial de Madrid —que cumple sus “capacidades operativas” aunque no alcance ese porcentaje rígido— suena esta vez como escudo frente al vendaval.

Este cruce recuerda que las alianzas no son fraternidades: son equilibrios que aceptan puños discretos sin encubrimiento.


En Gaza: armisticio que no calma los fantasmas

El cese del fuego firmado hace días se tambalea entre acusaciones mutuas. Hamas acusa a Israel de violar los términos y anuncia que no tolerará más transgresiones de control interno, enfrentándose a los llamados “colaboradores” y saqueadores. 
Desde Israel, informan de ataques sobre quienes cruzan líneas del acuerdo, justificando que no respondieron a llamadas de advertencia. 
El pacto, gestado en Sharm el-Sheikh bajo auspicios diplomáticos, fue un paso tácito hacia la paz —pero esa paz vive de promesas no cumplidas. 
La tregua no ha sido mansa: el polvo aún se posa sobre cadáveres que esperan ser evacuados, y las ciudades en ruinas callan historias que no caben en informes oficiales.


Mercados, crudo y tibios augurios

El precio del petróleo baja hoy bajo nubes de excedente y tensiones comerciales renovadas entre EE.UU. y China. 
Brent retrocedió 0,21 USD hasta 62,18 USD por barril; el West Texas Intermediate cayó 0,16 USD hasta 58,54 USD. 
Se anticipa un eventual exceso de producción de 4 millones de barriles diarios para 2026, según informes de la Agencia Internacional de la Energía. 
Los mercados globales reaccionan: las señales de posibles recortes de tasas en EE.UU. reavivan el optimismo limitado, mientras la guerra comercial reduce apetito por riesgos. 
El dólar sufre: la expectativa de recortes pesa más que la ausencia de datos oficiales por el cierre parcial del gobierno estadounidense.

Un mundo que se mide en precios y anticipos, donde el mañana ya tiene valor especulativo.


Asia llama la atención: sanciones cruzadas

China impuso sanciones contra filiales estadounidenses del gigante naval surcoreano Hanwha, como advertencia política más que como golpe inmediato. 
Las medidas llegan en medio del pulso comercial global: tasas portuarias nuevas, controles estratégicos, amenazas de ruptura.
Mientras, Corea del Sur enviará altos funcionarios a EE.UU. para negociar tarifas y buscar alivios diplomáticos. 
Estas maniobras no son vestigios locales: son piezas de un tablero donde cada sanción lanza ondas hacia otros territorios.


Ecos alemanes: mirar al Sur

Desde Berlín emerge un enfoque estratégico: redefinir la política hacia África. Una iniciativa empresarial reclama que la relación no sea solo extractiva, sino asociativa, con acuerdos vinculantes sobre materias primas. Umm…
La urgencia no es moral, sino económica: Alemania, dependiente de minerales tecnológicos, ve en el Sur una palanca para diversificar. El proyecto sugiere que quien domina el comercio del mañana ordenará también los pactos del presente.


En la piel del relato

Hoy redacto esto sabiendo que el corresponsal caminante no informa desde un pedestal: pisa charcos, esquiva vidrios, recoge cenizas. Cada noticia es un fragmento de una geografía que sangra: una huelga que exige presencia, un país bajo presión externa, una guerra que no se apaga con firmas, mercados que temblorosos calculan futuro, sanciones lejanas pero con reflejo en nuestras vidas.

No basta decir lo que sucede: hay que sentir cómo los bordes del mundo tiemblan al contacto de las noticias. Tal vez mañana muchas de estas líneas sean criticadas, descartadas u olvidadas. Pero algo del pulso quedará: que un día como hoy alguien intentó urdir con palabras el tejido herido de nuestro tiempo.

Estas son mis recompensas…

Ficción

En el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.

He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.

¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.

No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.

Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.

¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?

En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.

Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.

No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.

Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).

No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.

Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.

¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?

Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.

El Libro de Khafaal de Thaunn

Poesía

NOTA PRELIMINAR: He dejado en blanco las partes que no eran legibles en la tablilla encontrada. Hay quien interpreta que la tablilla se va reescribiendo a lo largo de la historia, cuando pierde palabras, sin perder nunca su sentido y su potencia profética. Según esta teoría, el libro marcará el final del mundo cuando sólo quede la última palabra. Por ahora quedan 1722 palabras que he traducido como sigue…

Oh tierra batida por soles negros
tierra donde no germina el nombre
tierra donde el viento guarda juramentos rotos
escucha ahora el relato que nadie pidió
pero que aún así persiste

Había un hombre
No un rey No un dios No un héroe
Un hombre sin escudo
sin sangre real
pero con una herida que no cerraba

A él se le apareció el dragón de los siete rostros
el que se oculta en la raíz del silencio
el que devora nombres y los olvida
sin saborearlos

Y el hombre
el sin-manto
el que ya había perdido la ciudad de su infancia
sacó la fíbula de su cintura
símbolo inútil
símbolo último

No como arma
No como escudo
sino como juicio

Y fue entonces que descendió
no en carro de fuego
no con trompetas
no con antorchas
sino con polvo en los pies
y verdad en los ojos

“¡Tarde vienes!” gritó el hombre
“¡Todo está perdido!”
Pero él respondió
“No vengo a ganar
Vengo a mirar contigo”

Entonces el cielo se cerró
No con trueno
No con ira
sino con esa calma espesa
que anuncia la extinción del lenguaje

El dragón se alzó
No era un monstruo
Era la memoria sin dueño
Era el pasado que nadie sostuvo
Era el olvido con forma de aliento

Y el hombre caminó hacia él
Solo
Con el nombre roto colgando del pecho
como un amuleto vencido

El fuego no lo consumió
El dragón no lo devoró
El cielo no lo reconoció

Pero la ceniza supo su nombre

Y eso para algunos
fue suficiente

Amante de la verdad

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
para poder acosar al dragón con ella

Estaba realmente enfurecido

Y vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
afortunadamente

Adiós
Adiós viejo cielo

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
No como adorno
No esta vez
Como acero
Como grito
Como rabia

Con ella acosé al dragón
No el de escamas y fuego
El otro
El que se arrastra bajo la piel
El que devora los nombres de los caídos
El que susurra en las noches sin estrellas
«Ya no queda nada por salvar»

Estaba realmente enfurecido
No por miedo No por honor
Por memoria
Por los que creyeron
Por los que aún me llaman
Hermano
desde los huesos

Y entonces vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
Khafaal que juró no volver a empuñar su lanza
Khafaal que perdió a su hijo en las minas de Lorsamm Aar
Khafaal el último justo en esta tierra torcida
Gracias a los dioses rotos vino

Y juntos lo enfrentamos
El dragón
El pasado
El fin

El cielo
Ah viejo cielo
tan cansado de mirar guerras de hombres
Tan azul Tan inútilmente azul

Adiós
Adiós viejo cielo
Que otro levante la espada
Que otro recuerde nuestros nombres
Yo
Yo me duermo ya

Me la quité sin temblor
No era un adorno
era el eco de mi nombre
cosido al pecho

La lancé como lanza
y silbó en el aire
como si supiera
lo que el acero ha olvidado
«Que toda belleza
puede volverse herida»

No ruge
No alza el vuelo
No duerme sobre oro

Se arrastra por los pasillos
donde guardo los nombres de los que amé
Sabe deletrear el olvido
con lengua de humo

Y cada vez que dudo
se hace más real
Más hueso
Más rastro

Él llegó sin armadura
Solo una mirada
de quien ya ha muerto dos veces

No preguntó por qué luchaba
Clavó su lanza
como quien siembra algo
en tierra yerma

Luchó sin fe
pero con memoria
Y eso quizás
fue suficiente

Ese cielo
azul de cansancio azul de olvido
gris de tanto mirar sin tocar
no tiene dioses
Solo testigos

Cada estrella es una promesa rota
Cada nube un juramento olvidado

Le dije adiós
como se saluda a un padre
que nunca estuvo ahí

Cuando la sangre calla
el viento habla

Dice cosas que olvidamos
Que no hay victoria
Que no hay tumba justa
Que el mundo no recuerda

Pero aún así
mientras caía
apreté la fíbula en mi puño
como si fuera una flor

Y sonreí
Porque no me rendí

El Fuego de Thaunn
No descendió del cielo de ningún dios
Nadie abrió los cielos con relámpagos
La tierra no tembló
Y sin embargo supimos que había llegado la hora

El dragón no vino desde los bosques lejanos
ni surgió del abismo con alas negras
Estaba ya allí
en los pliegues del silencio
en la palabra no dicha
en la carne que recuerda
lo que la mente querría olvidar

Yo arrojé al suelo la fíbula
ya sin manto sin escudo
con el pecho expuesto al juicio del acero
No porque creyera en la victoria
sino porque aún me aferraba
a una forma rota de la verdad

Entonces llegó Khafaal de Thaunn
No traía estandarte
ni un nombre grabado en los anales
Solo cicatrices en el rostro
y una lámpara encendida
que parecía arder sin aceite

“No hay oro que salvar” dijo
“Ni mundo que redimir
Solo tú
y la llama que aún se resiste a extinguirse”

No me dio órdenes
No tomó mi mano
Se sentó a mi lado
y esperó

El dragón nos encontró así
uno con su lanza enterrada en la tierra
el otro con la mirada vuelta hacia adentro
Y cuando rugió
no fue su aliento lo que nos amenazó
sino su pregunta

“¿Por qué aún estás de pie?”

Yo no respondí con palabras
La fíbula ya era hierro candente entre mis dedos
Y la arrojé
No para matar
sino para marcar el límite
entre la oscuridad y lo que aún puede arder

El dragón no cayó
El cielo no se abrió
Pero en el humo
algo se quebraba

Y en el crujido de ese instante
supe que el mundo no se salva
pero uno puede salvar
una chispa
Una memoria
Un gesto limpio
en medio del caos

Khafaal asintió
Se levantó
Y sin mirar atrás
se perdió por el mismo camino
por donde vino

No todas las brasas son ceniza
Hay algunas que fingen haberse extinguido
pero en la noche del alma
arden más que el sol

Khafaal dijo
«Guarda esas brasas
No para incendiar el mundo
sino para iluminar tu nombre
cuando te sea negado»

El dragón no se alimenta de cuerpos
Devora los nombres
Los pronuncia lentamente
hasta hacerlos polvo

Por eso luchamos
no por el cuerpo
sino por el eco que lo sigue

El cielo es testigo pero no aliado

Khafaal alzó la mirada y dijo:
«No reces No maldigas
Mira ese azul
como quien mira una piedra
sin esperar respuesta
pero sabiendo que existes
porque puedes contemplarlo»

El umbral no es la puerta
Es la pregunta antes de cruzarla

¿Qué de ti debe morir
para que lo que debe vivir
respire?

Cuando el guerrero partió la fíbula en dos
ya no era un broche
Era el primer signo de revelación

Uno de los fragmentos se hundió
en el pecho del dragón
El otro en el suyo

Y así se volvieron iguales
dos cuerpos marcados
por la misma herida

Aquel que no haya sentido
el peso de un símbolo
no ha sentido aún el mundo

No busques la verdad como un mapa
búscala como se busca un recuerdo
sabiendo que quizás lo que encuentres
te cambie

El fuego no pregunta por tu causa
Solo consume lo que arde

Khafaal habló ante las llamas:
“No hay metal noble sin horno
Ni rostro verdadero sin incendio”

Y arrojó su nombre al brasero
como quien entrega una llave

Algunos fueron tocados
por una llama distinta
no los hirió
pero tampoco los dejó igual

Se les conocía por la mirada
ardían en silencio
y no buscaban testigos

No es el cuerpo el que muere primero
sino el nombre al que ya nadie llama

El dragón lo sabe
por eso guarda los nombres
en su vientre
como huesos no digeridos

“Cuando digas mi nombre
dilo despacio
No por reverencia
sino por precisión
Cada sílaba fue ganada
como una trinchera”

Lo que no se nombra
se desvanece
Pero lo que se nombra mal
también perece

La noche no es oscuridad
Es el silencio donde se decide
si aún eres tú

Cuando no pude dormir
Khafaal habló
“La noche es el rostro
de lo que no pudiste perdonar
Pero si la atraviesas
te hablará sin mentir”

Si ves una figura en la noche
que no tiene sombra
síguela

No te llevará a la luz
pero tampoco al engaño

No hay mayor consuelo
que aquel que no promete consuelo

Khafaal no prometió nada
Se sentó
Y en su silencio
supe que no estaba solo

El compañero no lucha por ti
Lucha para que tú no olvides
cómo hacerlo

“¿Y si caemos?”
“Entonces no caerás solo”

“¿Eso basta?”
“A veces es todo lo que hay”

No todo lo olvidado está perdido
Hay cosas que duermen bajo la ceniza
esperando que alguien respire hondo

El olvido no borra
Desvía

Un día miras un rostro y no sabes
si fue un enemigo
un hermano
o tú mismo

La muerte no es olvido
El olvido es más lento

Es el crujido del nombre
mientras cae
sin que nadie lo recoja

Yo no fui testigo
No combatí en los días de la fíbula
No hablé con Khafaal de Thaunn
No vi al dragón
ni al cielo viejo
ni al fuego sin causa

Y sin embargo he vivido con estas tablillas
más tiempo del que he vivido con mi propio nombre
Las heredé de manos temblorosas
en un zigurat sin lámparas
entre estantes rotos y juramentos carcomidos

Nadie recuerda ya por qué se escribió este libro
Algunos creen que es un canto épico
disfrazado de fragmentos
Otros dicen que es alquimia
disfrazada de mito

Para mí es un espejo

No uno liso no uno de palacio
sino de los antiguos
curvo oxidado
que muestra el rostro
que no sabías
que llevabas dentro

Hay quienes buscan aquí instrucciones
No las hay
Hay quienes buscan consuelo
Lo encontrarán pero no como esperaban

Aquí hay fuego Nombre Noche Compañero Olvido
Y algo más
Un Eco Un eco
un eco

Porque cada vez que recito estas líneas
aunque las sepa de memoria
hay una palabra que suena distinta

Como si el libro no fuera un libro
sino un ser que escucha

Que espera
Que no olvida

Que quizás recuerda de ti
más de lo que tú mismo recuerdas

La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Niña de la desolación en Gaza

No ficción

En medio de la desolación, la niña se erige como un eco silencioso de la resistencia, un verso perdido en la sinfonía rota de la ciudad. Su figura menuda, contornos de esperanza en una paleta de desesperación, se yergue como un lamento callado entre las ruinas.

En sus ojos, la travesía de los tiempos oscuros, un reflejo de estrellas desterradas, buscando su propio camino a través del humo y la sombra. Sus pies descalzos tocan la tierra herida, absorben la memoria de las calles que antes resonaban con risas infantiles, ahora ahogadas por el estruendo de la tragedia.

La polvorienta vestimenta que la envuelve se convierte en el estandarte de una resistencia que no cede ante el tiempo, una armadura frágil pero indestructible que lleva impresa la historia en cada hilo desgastado. Sus manos, pequeñas y firmes, sostienen la fragilidad de la vida en este teatro de desolación.

La mirada de la niña, un faro de determinación perdido en un horizonte de desesperanza, se proyecta hacia el futuro incierto. Un susurro de sueños olvidados danza en su mirar, desafiando a la desolación que la rodea. Su cabello, un río de ébano, fluye como un tributo a la libertad que aún persiste en los corazones, a pesar de la opresión de los escombros.

En este paisaje desgarrado, la niña se convierte en la musa de la resistencia, la poesía que emerge de las grietas del caos. Es el verso clandestino que se escribe con la tinta de la supervivencia, una promesa en el eco de la destrucción. En su soledad, se forja la epopeya de un renacimiento que desafía el silencio de la guerra, un eco que resonará en las páginas que la historia aún no ha escrito.

Confesiones prosaicas en verso

Poesía

Tras el humo se revela
una verdad en ruinas,
un grito ahogado en sombras
que se arrastra como un susurro.

Locuras que habitan los cuerpos,
gallos y sapos ingenuos,
bajo una cama segura,
protegida del combate diario.

El mundo se desgasta,
y el sabor que dejaste
es una herida sin cicatriz,
un eco en el vacío de las obligaciones.

Rodábamos, perdidos,
en dramas vacíos,
pero la cuenta se paga,
en silencios y en poder.

Ni tu magia podrá secuestrarme,
soy dueño de mi sacrificio,
grito a las orugas,
que transforman la oscuridad
en un nuevo amanecer.

Narrador, guíame
con tus cánticos místicos,
en este caos que nos llama
a renacer.

Alguien debiera darle una bofetada en su …

Ficción

Alguien debiera darle una bofetada en su carnal moflete. Vuelve a comer como un estúpido cochino, sin ningún respeto por el mar, con su engañosa y feliz apariencia. Siento frío. La herida de mi infancia se reabre ante este necio joven. Le prepararé un lugar en el laberinto de la muerte, me digo. No le manifiesto mi desprecio todavía. Escucho la melodía, como al principio. La puerta sigue su ritmo, sin sentido. Qué sorpresa te espera, patán, pienso. La tormenta se acerca. Ajusto mi visión. Vale.