La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Todo lo que quiso saber del año nuevo y nadie le dijo

Ficción

Aquí tienes algunas curiosidades que quizás no conocías:

  • El origen de la celebración del año nuevo se remonta al año 46 a.C., cuando el emperador romano Julio César estableció el 1 de enero como el inicio del año, coincidiendo con el solsticio de invierno.
  • La costumbre de comer doce uvas al son de las campanadas se originó en España en 1909, como una forma de dar salida al excedente de cosecha de uva que hubo ese año.
  • El color de la ropa interior que se usa en la noche de fin de año tiene un significado simbólico según la tradición popular. El rojo atrae el amor, el amarillo la prosperidad, el blanco la paz y el verde la salud.
  • En algunos países, como Dinamarca, se rompen platos en las puertas de los amigos y familiares para desearles buena suerte. Cuantos más platos rotos haya en la entrada, más querido es el dueño de la casa.
  • En otros países, como Colombia, se lleva una maleta vacía alrededor de la casa o la manzana para atraer los viajes y las aventuras en el nuevo año.

Te deseo un feliz y próspero año nuevo. 😊

Jeanne Moreau

No ficción

La edad no protege del amor. Pero el amor protege de la edad. Jeanne Moreau

Jeanne Moreau (23 de enero de 1928 – 31 de julio de 2017) fue una actriz francesa, considerada como una de las más grandes actrices del cine francés. Nació en París, Francia, y desde muy joven mostró interés en el mundo del cine y del teatro.

Moreau comenzó su carrera en el cine a mediados de la década de 1950 y rápidamente se convirtió en una de las actrices más reconocidas de su generación. Ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes por su papel en la película «Seven Days… Seven Nights» en 1960, y también recibió una nominación al Oscar por su actuación en la película «The Lovers» en 1958.

A lo largo de su carrera, Moreau trabajó con algunos de los directores más importantes del cine francés, incluyendo a Louis Malle, François Truffaut, Jean-Luc Godard y Orson Welles. También trabajó en numerosas producciones teatrales en París.

Además de su carrera en el cine y en el teatro, Moreau también incursionó en la música, cantando en varios álbumes y presentándose en conciertos en vivo.

Jeanne Moreau falleció en París en julio de 2017 a la edad de 89 años, dejando un legado como una de las grandes figuras del cine francés.

Filmografía de Jeanne Moreau:

  • Les Amants (1958)
  • Ascensor para el cadalso (1958)
  • Les liaisons dangereuses (1959)
  • Moderato Cantabile (1960)
  • Jules et Jim (1962)
  • La baie des anges (1963)
  • Viva María! (1965)
  • La mariée était en noir (1968)
  • Joanna Francesa (1973)
  • India Song (1975)
  • L’Adolescente (1979)
  • Le dernier métro (1980)
  • Querelle (1982)
  • La noche oscura (1982)
  • Carmen (1983)
  • Le Miraculé (1987)
  • Nikita (1990)
  • Map of the Human Heart (1992)
  • Beyond the Clouds (1995)
  • Ever After: A Cinderella Story (1998)
  • Cet amour-là (2001)
  • Time to Leave (2005)

Moreau también trabajó en numerosas producciones teatrales y televisivas a lo largo de su carrera.

Julio Skarmenti

Ficción

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.

Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.

El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.

Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula.

A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él.

Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas…

Ficción

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

Skarmenti

Ficción

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

  • Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

a las 10 en casa

Skarmenti (3)

Ficción

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él. Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

RPC

Ficción

Hay personas que levantan pasiones, países, guerras, revoluciones, catástrofes, inundaciones, huracanes, ruinas, desenlaces dramáticos, cataclismos, desastres, hecatombes, destrucciones, desgracias, accidentes, trastornos, quiebras, males, abatimientos, aniquilaciones, demoliciones, descalandrajos, descomposiciones, desintegraciones, desmembramientos, desmoronamientos, desolaciones, daños, destrozos, devastaciones, zafarranchos, estragos, estropicios, exterminios, deshechos, discordias, desavenencias, desvalijamientos, terribles consecuencias por la simple fruslería de un destripacuentos que diabólicamente, infernalmente, satánicamente, malignamente no reconoce sus deyecciones.
1.

Esa mañana Ester había desayunado un enorme tazón de cereales. Se sentía con mucha energía para emprender un nuevo día de trabajo en Radio Patraña Continental, la magnífica emisora de noticias.

Mientras se trasladaba en el taxi hacia la calle en que se hallaban los estudios de RPC pudo percatarse de unos insólitos personajes que discutían en las calles de la ciudad. En todas ellas había varios grupos de personas formando un círculo que parecían mantener una discusión un tanto acalorada para ser tan temprano. Como tenía un poco de sueño, no le concedió importancia y simplemente pensó en otra cosa. Había que tener muchas ganas para mantener esas absurdas polémicas matutinas. Cuando dejó el coche el taxista le gruño malhumorado y estuvo a punto de lanzarle un improperio pero se contuvo. Al llegar a la emisora Ester encontró también al jefe de programas discutiendo con el técnico de sonido y, de nuevo, no le concedió gran importancia, aunque ya le empezaba a cansar la enervación que se respiraba en todos sitios a esas horas de la mañana.

Ester se acercó al teletipo, que estaba escupiendo las noticias frescas. Había un atentado en el extranjero; unas elecciones con muchos disturbios en África; la subida del petróleo; la ruptura de los acuerdos de los países de Oriente Próximo; un acalorado debate en el Congreso de los diputados…; y una extravagante noticia que no comprendió pero que le llamó enormemente la atención. Como tenía mucha prisa, pues ya sólo faltaban veinte minutos para empezar el programa y aún no había preparado el comentario, dejó la noticia aparte para volver sobre ella luego. Hizo un resumen y decidió cual de ellas sería la noticia comentada del día.

En pocos minutos estaban emitiendo el programa de Ester, el más famoso de todo el continente. Después de comentar la noticia del día, Ester daba paso a sus infinitos oyentes. Estos llamaban por teléfono para hacer sus propios comentarios sobre la noticia.

Al principio pensaron que se trataba de problemas técnicos, pues no llegaba ninguna llamada. Era realmente raro que no telefonease nadie. Cualquier otro día el cúmulo de llamadas era tal que los técnicos de la emisora se volvían locos para seleccionarlas. Pero curiosamente hoy no entraba ninguna. Ester un poco abochornada se disculpó ante su supuesto auditorio por estos aparentes problemas técnicos e incluso pidió un poco de paciencia a los que intentaban llamar. Toda fue inútil. Los técnicos no encontraban ninguna avería y empezaron a discutir acaloradamente entre ellos. En toda esta discusión alguien entró de la calle gritando. Nadie le escuchó. Ester, un poco enfadada, quiso poner orden y, empezando por el que acababa de entrar, se puso a repartir improperios.

  • salid a la calle – dijo de nuevo con rabia el que acababa de entrar. Nadie le hizo caso. Tan solo Ester, que era muy curiosa, se asomó a la ventana. El espectáculo que contempló le dejó estupefacta. A pesar del estupendo cielo azul y el sol radiante, desde la calle del ferrocarril hasta la del parque y también en todas las calles aledañas, que habitualmente estaban transitadas por una pequeña cantidad de personas, se habían convertido en una auténtica y sorprendente romería de gentes que se gritaban y lanzaban trastos unos a otros. Ester no daba crédito a sus ojos. Todo el mundo parecía estar loco y no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo. Incluso sus compañeros habían salido ya a la calle y continuaban allí la discusión que habían comenzado en el estudio. Ester pensó que estaba teniendo una pesadilla y para cerciorarse se pellizcó en los mofletes. Estaba despierta y bien despierta.

Bajó, ella también, a la calle con su grabadora, como habitualmente hacía cuando iba a la caza de noticias. Un predicador estaba subido en un púlpito improvisado con unas grandes cajas de transporte y arengaba a las multitudes. Recordó la noticia que había leído en el teletipo. Hablaba de una secta, del fin del mundo y no recordaba que otros presagios de mal agüero, pero no le otorgó importancia en vista de los tumultos que se arremolinaban a su alrededor.

  1. De los muchos disturbios que se produjeron, ninguno fue tan sonado como el que recorría las calles de Madenera a la hora del almuerzo. “Ardieron troyas”, como decía ufana Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, conocidísima diva de la radio y la primera que descubrió el asunto en la mañana del 18 de julio de 1963.

Mientras se fumaba aquel gran Coíbas fálico que caracterizaba a Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, contempló como el predicador se esforzaba vanamente hasta llegar a la extenuación, pues más bien parecía provocar las alergias de los concurrentes que sus adhesiones y amenes. Ya desde que entró en la secta se caracterizaba por su fulgor fatuo al predicar. Y es que, como decía mi difunta abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

Ester, por esa curiosidad innata que la caracterizaba, empezó a escuchar a aquel energúmeno propagandista.

  • … y una nube dejará su rastro de discordia y desolación entre los que no escuchan a “los enviados encima de las cajas”, pues el Señor es justo y compasivo con los que le escuchan… – vociferaba el predicante.

Emilio Sobeque. Cuentos escogidos. Madrid, 1987.

El whisky con hielo

Ficción

En un rincón opulento de la ciudad, en un bar cuya iluminación parecía orquestada por un diseñador de interiores con complejo de divinidad, se reunían cada viernes por la noche los hombres más exitosos (según ellos) del distrito financiero. Este lugar, donde las bebidas costaban lo que un almuerzo para tres en cualquier otro sitio, se había convertido en su refugio semanal para desahogar el tedio de sus vidas presuntamente perfectas.

Entre ellos, sobresalía Maximiliano López del Campo, o Max, como él insistía que lo llamaran, porque “Maximiliano suena a nombre de personaje de novela antigua”. Max era un hombre que vivía por y para la apariencia. Su camisa de seda, con más botones desabrochados de lo socialmente aceptable, dejaba entrever un pecho depilado con esmero, donde colgaba una cadena de oro tan gruesa que amenazaba con dislocarle el cuello.

Max siempre tenía una historia que contar, un relato exagerado de su vida donde las cifras nunca eran menos de seis ceros y las mujeres caían rendidas a sus pies al primer pestañeo. Esta noche, su anécdota trataba sobre su último viaje a Mónaco, donde, según él, había ganado una pequeña fortuna en la ruleta, mientras una modelo sueca le masajeaba los hombros.

—Pero ya saben, lo importante no es el dinero —decía, sorbiendo su whisky de manera calculada—, sino la clase. La clase es lo que diferencia a los hombres de los muchachos.

Mientras hablaba, sus amigos lo miraban con una mezcla de admiración y envidia, convencidos de que el éxito de Max era tan real como las sonrisas de las azafatas en sus vuelos de primera clase. Sin embargo, había uno entre ellos, un tipo más reservado y observador, que conocía a Max desde la infancia y sabía que tras esa fachada no había más que un niño grande jugando a ser adulto.

Julio, que así se llamaba este observador, recordaba con claridad la primera vez que Max había probado el whisky. Habían sido apenas adolescentes, y Max, tratando de impresionar a unas chicas de la escuela, había robado una botella del mueble de licor de su padre. Tras tragar el primer sorbo, había puesto tal cara de asco que las chicas no pudieron contener la risa. Max, furioso por haber quedado en ridículo, prometió en ese momento que algún día sería un hombre al que el whisky le sabría tan natural como el agua.

Y vaya si había cumplido esa promesa, al menos en apariencia. Cada viernes, Max pedía su whisky con hielo, agitaba el vaso y sonreía como si en ese sonido encontrara el sentido de la vida. Pero Julio sabía, por ese brillo de inseguridad en sus ojos, que Max seguía siendo el mismo muchacho que se ahogaba en su propio reflejo.

Aquella noche, mientras Max seguía narrando su vida de fantasía, Julio decidió que era momento de poner fin a la farsa. Con una sonrisa socarrona, esperó el momento oportuno y, en un descuido de Max, tomó su vaso y lo agitó con exageración.

—¡Salud, Max! —dijo, imitando el tono grandilocuente de su amigo—. Que nunca nos falte clase.

Todos rieron, incluyendo a Max, que no había notado la ironía en la voz de Julio. Pero éste, inclinándose hacia los otros con una complicidad maliciosa, remató en un susurro:

—Porque, ya saben, el whisky con hielo es el sonajero del mamado.

Facundo Cabral. Presente.

No ficción

Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida. Facundo Cabral

Nació el 22 de mayo de 1937 en La Plata, Argentina, y desde joven comenzó a dedicarse a la música. Su estilo musical se caracterizó por la fusión de diferentes géneros, como el folclore argentino, el rock, el pop y la música de autor.

A lo largo de su carrera, Cabral grabó más de 40 discos y escribió varios libros, entre los que se destacan «No estás deprimido, estás distraído» y «Este es un nuevo día». Sus letras, que combinaban poesía, filosofía y crítica social, lo convirtieron en un referente de la canción protesta en América Latina.

Además de su carrera musical, Cabral se destacó como conferencista y escritor de libros de autoayuda. Sus conferencias, en las que hablaba sobre temas como la libertad, la paz y la espiritualidad, tuvieron una gran repercusión en varios países de América Latina y Europa.

Tristemente, el 9 de julio de 2011, Cabral fue asesinado a tiros en Guatemala, donde había ofrecido un concierto. Su muerte causó conmoción en todo el mundo y su legado musical y literario sigue siendo recordado y valorado hasta el día de hoy.

A lo largo de su carrera, grabó numerosos álbumes y canciones. A continuación, te menciono algunas de sus obras más destacadas:

  1. «No Soy de Aquí, Ni Soy de Allá» (1970): Este es uno de los álbumes más icónicos de Facundo Cabral y contiene la famosa canción homónima «No Soy de Aquí, Ni Soy de Allá.»
  2. «En Vivo en la Argentina» (1984): Un álbum en vivo que recoge una actuación memorable de Cabral en su país natal.
  3. «Este es un Nuevo Día» (1987): Otro álbum que incluye algunas de sus canciones más populares.
  4. «Lo Cortés No Quita lo Cabral» (1991): Este álbum contiene una selección de canciones que reflejan la filosofía de vida de Facundo Cabral.
  5. «Pateando Tachos» (1996): Un álbum en vivo que presenta algunas de sus canciones más queridas.
  6. «Inolvidables» (2000): Una recopilación de sus éxitos más destacados a lo largo de su carrera.

Todo lo que quiso saber del año nuevo y nadie le dijo

Ficción

Aquí tienes algunas curiosidades que quizás no conocías:

  • El origen de la celebración del año nuevo se remonta al año 46 a.C., cuando el emperador romano Julio César estableció el 1 de enero como el inicio del año, coincidiendo con el solsticio de invierno.
  • La costumbre de comer doce uvas al son de las campanadas se originó en España en 1909, como una forma de dar salida al excedente de cosecha de uva que hubo ese año.
  • El color de la ropa interior que se usa en la noche de fin de año tiene un significado simbólico según la tradición popular. El rojo atrae el amor, el amarillo la prosperidad, el blanco la paz y el verde la salud.
  • En algunos países, como Dinamarca, se rompen platos en las puertas de los amigos y familiares para desearles buena suerte. Cuantos más platos rotos haya en la entrada, más querido es el dueño de la casa.
  • En otros países, como Colombia, se lleva una maleta vacía alrededor de la casa o la manzana para atraer los viajes y las aventuras en el nuevo año.

Te deseo un feliz y próspero 2024. 😊