Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

Lo último en Inteligencia Artificial ¿Funciona?

No ficción

Un análisis exhaustivo, condensado (y sin filtros de mercadotecnia) de lo que realmente está pasando ahora (enero de 2026) en inteligencia artificial. Spoiler: no todo es magia; hay avances técnicos, peleas corporativas, bombas ambientales y dilemas éticos que nadie sabe resolver del todo, según nuestras fuentes:

1) Mercado y competencia: guerra fría tecnológica

Meta acaba de estrenar modelos internos avanzados en su nueva división de IA, como parte de un esfuerzo por recuperar relevancia frente a rivales como OpenAI, Google y Anthropic. Los nombres curiosos (Avocado, Mango) no importan tanto como la tendencia: todos están en caballo de combate por el próximo salto en capacidades y productos.

OpenAI no está tomando té y galletitas. Se está expandiendo en alianzas con gigantes, integrando IA en servicios empresariales, telecomunicaciones y finanzas, y hasta pensando en hardware. Todo esto gira en torno a un objetivo brutal: no quedarse atrás mientras otros construyen —y monetizan— IA de próxima generación.

Tendencia de mercado importante: startups que no compiten con GPT o Gemini, sino que ofrecen modelos personalizados usando datos de empresas para reducir errores (“hallucinations”) y cumplir con regulaciones. Ese segundo nivel de la pila tecnológica está recibiendo mucha atención.

2) Dónde está la IA de verdad (más allá de marketing)

Varios análisis de tendencias para 2026 coinciden en tres áreas concretas donde la IA no solo promete sino que está progresando:

a) IA en descubrimiento científico
Los sistemas inteligentes ya no solo responden preguntas. Van a generar hipótesis, diseñar experimentos y formar parte del proceso de investigación real en física, química y biología. Si funciona, esto acelera la ciencia a ritmos que los métodos tradicionales no pueden sostener.

b) Multimodalidad generalizada
Modelos que entienden y razonan no solo con texto, sino con imágenes, voz y video al mismo tiempo, se están convirtiendo en la norma para interfaces de búsqueda y colaboración humano–máquina.

c) Infraestructura inteligente y eficiente
El foco dejó de ser solo “más grande” (más GPU, más FLOPS) para pasar a más inteligente y distribuido: redes de cómputo más densas, sistemas globales interconectados y optimización fina de recursos.

3) Aplicaciones reales que ya están pasando de laboratorio a tu vida

Se anticipa un salto significativo en:

Salud: IA capaz de diagnosticar enfermedades con precisión clínica y ayudar en toma de decisiones médicas. Esto empieza a cruzar la frontera entre investigación y uso cotidiano en hospitales.

Consumo e interacción diaria: Integraciones de IA con correo, televisión, dispositivos hogareños y asistentes visuales ya están ocurriendo (p.ej. Gemini en Gmail o Vision AI de Samsung).

Sectores económicos tradicionales: agricultura, vitivinicultura, logística, manufactura y más están usando IA para optimizar procesos. Estos casos no siempre aparecen en portada, pero están ocurriendo.

4) Problemas gigantes que nadie ha resuelto

a) Regulación y seguridad
No hay reglas globales claras. Hay avances en regulaciones estatales y alianzas estratégicas entre países para investigación responsable, pero sigue siendo el “salvaje oeste” con demandas, leyes diversas y una carrera diplomática por dominar la IA antes de que dominemos a la IA.

b) Veracidad y desinformación
Más del 80-90 % del contenido online podría ser generado por IA pronto. Eso diluye la autenticidad y genera un nuevo tipo de crisis epistemológica: ¿qué es real si la mayoría del contenido está fabricado?

c) Energía y sostenibilidad
Los modelos gigantes devoran electricidad. A menos que rediseñemos centros de datos y usemos fuentes sostenibles, la huella energética de la IA podría convertirse en un cuello de botella ecológico.

d) Empleo y equidad
No solo hay optimismo de que IA creará empleos; también se calcula que puede sustituir roles a gran escala y cambiar la estructura de trabajo, especialmente en tareas rutinarias. Eso exige políticas laborales proactivas que todavía no existen.

5) El reto filosófico real

No es solo si las máquinas “piensan”. El reto profundo es cómo la humanidad mantiene el control, decide qué es valioso y regula la frontera entre autonomía automatizada y responsabilidad humana. Eso no se logra con mejoras de hardware o más datos. Se logra con filosofía, leyes, ética y decisiones colectivas. Y eso siempre es más lento que las iteraciones de código.

PERO… ¿FUNCIONA DE VERDAD LA IA?

Vamos a ser útiles de verdad, no a repetir notas de prensa disfrazadas de análisis. Esto es, qué está funcionando en IA ahora mismo, qué no, y por qué, bajado a nivel técnico pero sin convertirlo en un paper ilegible.


1. Modelos base: el mito del “más grande es mejor” ya murió

Qué está pasando

  • El escalado bruto (más parámetros, más datos, más GPUs) ya no da saltos proporcionales.
  • Los modelos frontier siguen mejorando, sí, pero a coste energético, económico y de latencia absurdos.

Avances reales

  • Modelos más pequeños afinados superan a gigantes en tareas específicas.
  • Uso masivo de:
    • Fine-tuning con datos propios
    • LoRA / QLoRA
    • Mixture of Experts (MoE) bien implementados
  • El foco pasó de capacidad general a capacidad útil.

Qué NO funciona

  • Entrenar un LLM desde cero sin:
    • capital obsceno
    • acceso a hardware prioritario
    • datos limpios a escala
      Eso es quemar dinero con estilo.

Conclusión
El futuro inmediato no es GPT-X. Es modelos adaptados, conectados y supervisados.


2. RAG (Retrieval-Augmented Generation): la columna vertebral silenciosa

Qué es de verdad

RAG no es un truco. Es la única forma práctica de usar IA en entornos reales.

Qué está funcionando

  • Vector databases maduras (FAISS, Milvus, Weaviate, etc.).
  • Pipelines donde:
    1. El modelo NO confía en su memoria
    2. Busca contexto actualizado
    3. Responde citando fuentes internas

Esto reduce:

  • alucinaciones
  • errores legales
  • respuestas inútiles

Problemas abiertos

  • Latencia.
  • Mala indexación semántica.
  • Datos basura entran → respuestas basura salen.

Regla básica
Si tu sistema no tiene RAG o algo equivalente, no es serio.


3. Agentes autónomos: hype, pero con un núcleo útil

La fantasía

“Agentes que trabajan solos, se coordinan, aprenden y ejecutan tareas complejas”.

No. Todavía no.

La realidad útil

  • Agentes semi-autónomos con:
    • objetivos claros
    • límites estrictos
    • supervisión humana
  • Muy buenos para:
    • análisis iterativo
    • planificación
    • descomposición de tareas
    • workflows empresariales

Lo que falla

  • Bucles infinitos.
  • Toma de decisiones errática.
  • Costes de cómputo impredecibles.

Conclusión
Los agentes funcionan como empleados junior muy literales.
Dejarlos solos es mala idea. Como a muchos humanos, sinceramente.


4. Multimodalidad: aquí sí hay salto cualitativo

Qué cambió

Los modelos ahora razonan entre modalidades, no solo las reconocen.

Ejemplos reales:

  • Imagen + texto → diagnóstico médico asistido.
  • Video + audio → análisis de comportamiento.
  • Documento + gráficos → decisiones financieras.

Qué funciona bien

  • Visión + lenguaje.
  • OCR + razonamiento.
  • Audio para transcripción y análisis semántico.

Qué aún es flojo

  • Video largo.
  • Contextos espaciales complejos.
  • Causalidad física real.

Pero esto sí es un avance estructural, no cosmético.


5. Evaluación: el mayor agujero negro del sector

Problema crítico

Los benchmarks clásicos están contaminados o superados.

  • Los modelos ya “se saben” los tests.
  • Métricas automáticas no reflejan utilidad real.

Qué se está haciendo

  • Evaluaciones humanas.
  • Tareas abiertas.
  • Medición por impacto en procesos reales.

Lo que falta

Un estándar universal de calidad, seguridad y confiabilidad.

Ahora mismo:

  • cada empresa mide lo que le conviene
  • nadie quiere números comparables

6. Seguridad y alineamiento: progreso lento pero real

Avances

  • Mejor control de outputs peligrosos.
  • Filtrado contextual más fino.
  • Entrenamiento con feedback humano más sofisticado.

Problemas sin resolver

  • Prompt injection sigue siendo un desastre.
  • Modelos siguen siendo manipulables.
  • No hay garantías formales fuertes.

La IA no es segura por diseño, es segura por capas frágiles. Importante diferencia.


7. Energía y hardware: el cuello de botella silencioso

Hechos incómodos

  • El coste energético es real.
  • Los data centers están al límite.
  • El acceso a GPUs decide quién innova.

Qué se mueve

  • Chips especializados.
  • Inferencia optimizada.
  • Edge computing para tareas simples.

Pero sin cambios estructurales, esto limita la velocidad del progreso.


8. La frontera real (lo que viene en 12–24 meses)

No AGI. Tranquilidad.

Lo que sí viene:

  • IA integrada en procesos críticos.
  • Sistemas híbridos humano-IA.
  • Menos “chat”, más acción controlada.
  • Regulación que empieza a doler.

La ventaja no será el mejor modelo.
Será el sistema mejor diseñado alrededor del modelo.


Resumen brutal y honesto

  • La IA ya es útil, pero solo si se usa con cabeza.
  • El hype sigue exagerando capacidades.
  • El progreso real está en ingeniería, no en marketing.
  • El límite no es la inteligencia artificial.
  • El límite es la inteligencia humana organizando sistemas complejos.

Si quieres, el siguiente nivel es:

  • arquitectura completa de un sistema IA serio
  • casos reales donde falla
  • o desmontar mitos concretos que te estén vendiendo

Eso ya es cirugía, no divulgación.

Una arquitectura completa de un sistema IA serio

Bien. Dejamos el PowerPoint y entramos en arquitectura real.
Esto es cómo se diseña un sistema de IA serio, de los que funcionan en producción y no colapsan el lunes a las 9:05. No hay magia. Hay capas, límites y paranoia bien distribuida.


0. Principio rector (si fallas aquí, todo falla)

El modelo NO es el sistema.
Es un componente caro, inestable y propenso a inventarse cosas.

Diseñamos alrededor de eso.


1. Capa de entrada (Input & Control)

Función

  • Recibir solicitudes.
  • Validar formato, permisos y contexto.
  • Decidir si la IA debe intervenir o no.

Componentes

  • API Gateway.
  • Autenticación y autorización.
  • Rate limiting.
  • Normalización del input.

Clave

Muchos sistemas serios bloquean inputs ambiguos o maliciosos antes de que lleguen al modelo.

Menos IA = más fiabilidad.


2. Orquestador (el cerebro aburrido)

Función

  • Decide el flujo.
  • Descompone tareas.
  • Llama a herramientas, bases de datos o modelos.

Qué hace de verdad

  • “¿Esto es búsqueda?”
  • “¿Esto requiere razonamiento?”
  • “¿Hay datos suficientes?”
  • “¿Necesito humano en el loop?”

Tecnologías típicas

  • Workflows declarativos.
  • Estado explícito.
  • Reglas duras + heurísticas simples.

Importante
Aquí NO hay creatividad. Hay control.


3. Capa de contexto y conocimiento (RAG bien hecho)

Componentes

  • Bases vectoriales.
  • Bases relacionales.
  • Document stores.
  • Versionado de conocimiento.

Flujo

  1. El sistema busca información relevante.
  2. Filtra por:
    • permisos
    • actualidad
    • calidad
  3. Construye un contexto compacto.
  4. Se lo pasa al modelo.

Regla de oro

El modelo nunca “recuerda”.
Siempre consulta.

Si no puedes rastrear de dónde sale una respuesta, es inaceptable.


4. Capa de modelos (sí, aquí va el LLM)

Qué incluye

  • Uno o varios modelos.
  • Diferentes tamaños y costes.
  • Routing inteligente.

Ejemplo

  • Modelo pequeño para clasificación.
  • Modelo mediano para resumen.
  • Modelo grande solo para razonamiento complejo.

Estrategia clave

Cost-aware inference
No usas un martillo hidráulico para clavar un alfiler.


5. Agentes y herramientas (acción controlada)

Qué son

  • Agentes con objetivos limitados.
  • Acceso a herramientas explícitas.

Qué pueden hacer

  • Consultar APIs.
  • Ejecutar cálculos.
  • Escribir borradores.
  • Proponer acciones.

Qué NO pueden hacer

  • Tomar decisiones finales críticas.
  • Ejecutar cambios irreversibles sin validación.

Aquí la IA propone, el sistema decide.


6. Validación y verificación (la capa que todos olvidan)

Funciones

  • Chequeos automáticos:
    • consistencia
    • formato
    • reglas de negocio
  • Detección de alucinaciones.
  • Comparación contra fuentes.

Técnicas

  • Modelos secundarios verificadores.
  • Reglas duras.
  • Thresholds de confianza.

Si no pasa validación, no sale.
Da igual lo convincente que suene.


7. Human-in-the-loop (porque seguimos siendo necesarios)

Cuándo entra el humano

  • Baja confianza.
  • Alto impacto.
  • Casos nuevos.
  • Decisiones legales, médicas, financieras.

Cómo entra

  • Revisión.
  • Corrección.
  • Feedback estructurado.

Ese feedback vuelve al sistema para:

  • ajustar prompts
  • mejorar RAG
  • refinar reglas

Esto es aprendizaje real, no magia.


8. Observabilidad y auditoría

Qué se mide

  • Inputs.
  • Contextos usados.
  • Outputs.
  • Decisiones.
  • Costes.
  • Errores.

Por qué importa

  • Cumplimiento legal.
  • Mejora continua.
  • Post-mortems cuando algo falla.

Si no puedes explicar por qué el sistema respondió algo, no es aceptable en producción.


9. Seguridad transversal (en todas las capas)

Amenazas reales

  • Prompt injection.
  • Data leakage.
  • Escalada de permisos.
  • Abuso automatizado.

Contramedidas

  • Sandboxing.
  • Separación de contextos.
  • Sanitización.
  • Tests adversariales continuos.

La seguridad no es una feature. Es un estado mental permanente.


10. Ciclo de vida y evolución

Un sistema serio:

  • Versiona modelos.
  • Versiona datos.
  • Versiona prompts.
  • Prueba cambios gradualmente.

Nada se despliega “a lo loco”.
Eso es para startups con VC y poco que perder.


Arquitectura resumida (en texto, no dibujitos)

Usuario
 ↓
Control de entrada
 ↓
Orquestador
 ↓
Contexto (RAG)
 ↓
Modelo(s)
 ↓
Agentes / Herramientas
 ↓
Validación
 ↓
Humano (si aplica)
 ↓
Salida

Todo monitoreado. Todo auditable. Todo con frenos.


Verdad incómoda final

Un sistema IA serio:

  • Tiene más ingeniería clásica que IA.
  • Gasta más tiempo en control que en creatividad.
  • Confía menos en el modelo que en el diseño.

Eso lo hace aburrido. Eso lo hace fiable.

Un grito que no alcanza

Poesía

Negro
demasiada compondrán
tesoro en aromas extraviadas
de un otoño que se astilla.

Sabiduría
mendigos desearía
poderes en el puño,
camino que se entrega
al golpe,
andar que no pregunta.

Sombra
cuyas edades contestan
lo amable encontrado
al atar
lo pagano,
la dicha otorgada
en desenvolvimientos rotos.

Yo también sentía entonces
la magia de la luz
tras queridos armad,
hallo quienes entre zarzas
vacían el mundo
y lo oxidan.

Temporada de esperanza
fingía ser mirada,
seguirlo al abismo,
familias en el vientre
habían explicado
lo que gira
luego
aquí
en su instinto ciego.

Guijarros para pensar,
moda que haya llevado
a dormir tumbado el día.

Trague tres
muda adopté acciones,
horrores
existencias
mejor
ambiciones.

No tengo otra manera
de gritar.

Capítulo I — La Llama que Vuelve

Ficción

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto. ¿Qué importancia tiene ya? Aquellos frutos dorados, antes custodios de mis desvelos, se han tornado en presencias casi ajenas, sombras de un pasado que anidó en mí, más por terquedad que por destino. No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más. Tampoco me someteré al comercio forzado de la doméstica vida, esa mecánica del gesto y la palabra que reduce a cenizas cualquier impulso de grandeza.

¿Y qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Me hago la pregunta una y otra vez mientras observo la llanura que se despliega ante mí, silenciosa como un animal antiguo que respira sin moverse. He acabado con las cortas mangas del porvenir, esas expectativas mezquinas que alguna vez creí suficientes. Las arrojé, contundentes, al foso ardiente donde crepita todo aquello que ya no admito en mí. Repugnancias descriptivas como espesa lava; recuerdos tibios, palabras que se quedaron a medio pronunciar.

Mi causa, exasperada, se va soñando sola. Avanza como el rayo que cae en el desierto: súbito, abrasador, sin testigos que lo confirmen. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? No lo sé. Tal vez fui un nombre extraño en la boca de quienes creí cercanos, o una imagen borrosa en el pensamiento de aquellos que juraron comprenderme.

Bajé de los limbos, sí. Bajé para encontrar la tierra firme, para respirar un aire que no fuera prestado. Y por las fogatas inspirado me siento: las que encendí con mis propias manos y las que encontré en ruinas ajenas. Arde, arde, repito, como si esa palabra fuera el conjuro que me sostiene.

Pero pensemos. Aparte de cizaña e innobles corazones, ¿Qué nos queda? Un puñado de preguntas, un manto de incertidumbre, un eco que persiste tras cada paso. Y aun así, ¿os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Porque hay algo —una pequeña estrella que no renuncia— que insiste en que la lucha puede desembocar en un alba distinta.

Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones. No las grandes, no las escritas en mármol o en sangre ajena, sino las íntimas, las que se gestan sin pronunciarse, en el recoveco más oculto de la voluntad. Y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Fue allí, en aquella oscuridad densa, donde comprendí que incluso la sombra posee memoria. Y que cuando uno decide encender una luz, aunque sea pequeña, el mundo entero se acomoda para mirarla.

A lo lejos, el horizonte vibra. Algo se aproxima. O quizás soy yo quien, por primera vez, avanza.

La llama aún no se ha extinguido. Y ese es el comienzo de todo.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

El Bosco /3

Ficción

Voz del Investigador

No dormí anoche. Ni anteayer. Ni el día anterior. El tiempo ha dejado de ser una línea recta. Es un círculo, un reloj sin manecillas.

Desde la fábrica, desde que vi el tríptico viviente, algo se instaló detrás de mis ojos. Al principio eran solo imágenes fugaces: un hombre con cabeza de pájaro devorando su propio reflejo, una mujer con piernas de insecto que rezaba en silencio… Pero ahora ya no son solo imágenes. Son voces.

Bosco me dijo, justo antes de desaparecer:
—No me busque. Mírela a ella.

Y desde entonces la veo en todas partes. En los charcos de lluvia, en las grietas del techo, en el reflejo de los cristales. Siempre sonriendo. Siempre esperando.

Hoy en mi despacho, mientras repasaba los informes policiales, vi que las palabras de las actas se transformaban. Ya no decían “víctima”, “sospechoso”, “evidencia”. Decían:

Panel izquierdo. Panel central. Panel derecho.

Y entendí que yo también estoy dentro del cuadro.

Voz del Testigo (antes de desaparecer)

Me duele… pero no de forma física. Es como si me estuvieran borrando poco a poco. Ya no siento mis manos, ni mis pies. Solo queda mi rostro, y ni siquiera estoy seguro de que siga siendo mío.

Bosco me prometió que cuando terminara, vería lo que hay detrás del velo. Y tenía razón. Ahora veo lo que los demás no pueden: somos pinceladas de algo que no entendemos.

Dile al inspector… que no intente luchar. Dile que acepte. Porque ella ya lo ha elegido.

Voz del Asesino (Bosco)

No necesito quedarme. Él, el inspector, ya está preparado.

La Primogénita lo reclama. Lo vi en sus ojos cuando me encontró en la fábrica: esa mezcla de horror y fascinación, ese temblor que no es solo miedo. Él ya escuchó la música. Él ya sintió el vértigo.

Pronto será él quien continúe el tríptico. Porque así es como funciona. Siempre hay un testigo. Siempre hay un ejecutor. Siempre hay un heredero.

Yo solo fui un intermediario. Ahora es su turno.

Voz del Investigador

Anoche soñé con El Jardín de las Delicias. Caminaba por él, pero no como espectador: yo estaba dentro del cuadro. En el paraíso inicial, veía cuerpos desnudos y luminosos, pero al tocarlos se disolvían como ceniza. Luego crucé al panel central: allí todo era exceso, un desenfreno de carne y hierro, como si las criaturas de Milton hubieran decidido construir su propio reino.

Finalmente llegué al infierno. Y allí estaba ella.

Era inmensa. Más grande que cualquier forma humana. Tenía un nimbo, pero no era luz: era un halo de polvo y gusanos verdes. Me miró. Sonrió. Y dijo:

—Ahora tú pintarás.

Me desperté con las manos manchadas. No de sangre. De pigmento. Rojo oscuro, casi negro.

No recuerdo haber tomado un pincel. Y sin embargo… ya empecé.

Voz del Investigador (más tarde)

He empezado a ver patrones en el pueblo. En las calles, en las casas, en los rostros de la gente. Todo tiene forma de alas, de espirales, de círculos que se repiten. Y cuando cierro los ojos… veo el espacio detrás del espacio, como un segundo lienzo que late bajo la realidad.

Comprendo ahora lo que Bosco quiso decir. No era un asesino. No del todo. Era un instrumento.

Y yo… también lo seré.

Esta tarde llevé el primer cuerpo a la vieja fábrica. No lo maté yo, al menos no conscientemente. Simplemente ocurrió. Como si mis manos ya no me pertenecieran. Lo dispuse en el ala izquierda. Su carne brilla como un barniz fresco.

Pronto completaré el panel derecho.

Voz del Asesino (Bosco, en algún lugar desconocido)

Lo supe desde el principio. León Maraver no vino para atraparme. Vino para sucederme.

Ella lo eligió. Y yo obedecí.

Ahora él ve lo que yo vi. Ahora él la escucha. Y cuando termine su tríptico, otro vendrá. Y otro. Y otro. Porque la obra nunca termina. Es infinita. Como el Infierno de Dante, como el universo de Milton, como los cuadros de El Bosco donde no hay principio ni final, solo un ciclo eterno.

La Primogénita sonríe. El cuadro sigue creciendo.

Voz del Investigador

No soy León Maraver. Ya no.

Soy Bosco.


Nadie volvió a ver al inspector León Maraver.
La vieja fábrica fue sellada, aunque los vecinos dicen que por las noches aún se escucha una música suave, como un arpa que toca sola, desafinada, hecha de algo que no debería resonar.

Algunos aseguran que en la plaza apareció un nuevo objeto: un espejo ovalado, con un nimbo invertido grabado en el marco. Quien se atreve a mirarlo demasiado tiempo dice ver otra ciudad detrás del reflejo, una ciudad llena de criaturas que caminan como hombres pero sonríen como bestias.

Se rumorea que antes de desaparecer, Maraver dejó escrito un último informe. No era un acta oficial. Era solo una frase, garabateada con tinta oscura:

No hay asesinos. No hay víctimas. Solo hay pinceladas.

Nadie sabe qué pasó con el testigo. Nadie sabe si Bosco murió, o si sigue vivo en otra parte. Pero de vez en cuando, en los muros de las casas abandonadas, aparece un nuevo símbolo: una rana, una esfera, una fuente, un nimbo, un arpa. Siempre cinco. Siempre en orden.

Y en el horizonte, al atardecer, se ven sombras que no son de este mundo. Sombras que se alargan y se contraen, como si pintaran algo que no podemos entender.

Quizá todo termine algún día.
O quizá no.

Porque los cuadros de El Bosco nunca tuvieron un principio claro ni un final verdadero. Solo un ciclo.

Y ella, la Primogénita, sigue sonriendo.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

—Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

—Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

El escarabajo

Ficción

El escarabajo se arrastra como un ataúd que respira. Su caparazón, negro y pulido como un espejo de obsidiana, refleja un cielo que no existe. Dentro de él, las mariposas no están muertas del todo: palpitan en silencio, con sus alas desgarradas pegadas a la carne invisible del miedo. Sus colores, podridos y líquidos, gotean en hilos lentos, formando charcos de un arcoíris enfermo.

Cuando el escarabajo avanza, el suelo tiembla con un sonido que nadie debería escuchar: un crujido de huesos diminutos, un murmullo que parece venir de debajo de la piel del mundo. Donde pasa, la luz se curva, y las sombras adquieren formas imposibles, como si alguien estuviera dibujando pesadillas en la realidad.

Sus antenas son agujas que hurgan en el aire, buscando algo que no tiene nombre. A veces, se detiene y abre apenas una grieta en su caparazón. De allí emergen las mariposas, pero no vuelan: flotan a media altura, con las alas colgando como trapos rotos, mirándote con ojos que nunca tuvieron. Se acercan y susurran en un idioma sin palabras, y por un instante entiendes que no hay diferencia entre la vida y la muerte, solo un zumbido interminable.

Y entonces, con una lentitud insoportable, el escarabajo vuelve a cerrarse. Continúa su marcha en un sendero que no lleva a ninguna parte, dejando tras de sí un hilo de polvo negro que se eleva como humo… pero no hay fuego, solo el recuerdo de algo que nunca debió existir.

Avanza como un féretro viviente, con su caparazón negro y reluciente, bruñido por los susurros de la podredumbre. Bajo su armadura laten sombras viscosas, y en su interior, como un vientre invertido, guarda las mariposas muertas. Sus alas, que un día fueron llamas suspendidas en el aire, ahora son pétalos rotos, pegados a la humedad del olvido.

Cada paso del escarabajo resuena como un tambor hueco en un pasillo sin fin. No camina: arrastra el silencio. Y donde pasa, el aire se vuelve espeso, como si una boca invisible lo masticara. Es un furgón fúnebre que no necesita ruedas; lleva en sus patas diminutas todo el peso del cielo derrumbado.

En sus antenas penden los últimos suspiros del vuelo, deformados en lenguas de sombra. Él no entierra: engulle. No custodia: profana. Y sin embargo, en su marcha torpe y perfecta, hay una lógica de sueño febril: las mariposas deben morir para que él exista, y él debe existir para que la muerte tenga un rostro.

Al final, solo queda un rastro de polvo brillante, como ceniza de luz consumida. Y el escarabajo sigue, incansable, devorando la memoria del aire, hasta que no quede más que la noche.

Avanza lento, con su caparazón negro bruñido por la sombra. Nadie lo mira, nadie lo celebra. Es un carruaje de tierra y silencio. Sobre su espalda lleva, invisibles, las alas marchitas de las mariposas que ya no bailan en el aire. Allí, donde antes hubo colores que rozaban la luz, ahora hay apenas un murmullo apagado, una ceniza de vuelos extintos.

Cada paso del escarabajo es un toque de campana grave. No hay ceremonia, solo el tránsito paciente de lo inevitable. Bajo las hojas caídas, recoge los fragmentos de belleza que el tiempo despoja, y los guarda sin lamento. Porque sabe que todo fulgor termina por volverse polvo.

Es el furgón fúnebre de la levedad. Custodia las sombras de aquello que una vez fue vuelo, y las lleva, sin prisa, al vientre oscuro de la tierra. Y aunque su andar parezca tosco, es un gesto de piedad: enterrar lo que fue luz para que algo, algún día, pueda volver a florecer.

Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

—Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»