AQUELARRES

Ficción

En la cripta del convento olvidé bien las danzas que alguna vez prometieron felicidad, donde la piedra parecía salvaguardándola del tiempo y de la gente que temía habitar allí. Era una prueba para los corazones sembrados de culpa y de otras voces, una fe impura que podía convertirse en castigo sin conversión posible.

Vi la idea crecer como hiedra en el muro propio de mis pensamientos, sin poder explicarme por qué la noche era tan consoladora y cada grito se quedaba atrapado en el musgo. Según la herrumbre de los candiles, las apariencias mentían sobre los climas del alma, y ni el bautizo de la lluvia los limpiaría. Los muertos recibirían paños de silencio mientras el viento volvía con las estaciones, burlándose de nuestra tontería mortal.

En las capitales del reino se hablaba abiertamente de una pareja que rompió principios antiguos, un viejo linaje de sangre bastarda y especial a la vez. Decían que el destino los había tragado como a huesos hervidos en calderos de sombras, solo para distraer a los vivos con licores y promesas.

Cada aquelarre dejaba emblemas tallados en la piel del ganado y advertencias que solo las abuelas sabían leer. Ellas decían que decirlos en voz alta atraía a lo que duerme bajo la tierra, y yo, obediente, guardé silencio mientras la noche cerraba sus manos sobre nosotros.

Guardé silencio, sí, pero el silencio también habla, y lo hace peor. Bajo la bóveda, el musgo empezó a latir como si tuviera memoria, y entendí que no solo había olvidé bien las danzas, sino el precio de haberlas bailado. La felicidad que juramos eterna estaba enterrada allí mismo, salvaguardándola con huesos y promesas rotas, mientras la gente del pueblo fingía no poder verla.

Podía oír a las abuelas rezando sin palabras, una conversión torpe entre el miedo y la costumbre. Decían que era castigo, pero yo vi otra cosa: una prueba más antigua que el convento, sembrada antes de que existieran las capitales y sus leyes limpias. Vi la idea con claridad brutal, y explicarme ya no servía. No había nada consolador en ese grito que subía desde la cripta, mezclado con herrumbre y climas de putrefacción dulce.

El bautizo final no fue agua, sino licores derramados sobre la piedra. Las estaciones volvieron todas a la vez, y el tiempo se rompió como paños viejos. La pareja regresó, vieja y joven al mismo tiempo, bastarda y sagrada, con emblemas marcados en la piel y el ganado siguiéndolos como si entendiera mejor que nosotros.

Aquelarre no fue una reunión, fue un recuerdo colectivo. Yo quedé atrapado, tragado por apariencias que ya no engañaban. Las abuelas asintieron. Decirlos había sido un error, pero callarlos también. Y así, mientras la noche cerraba del todo, supe que este lugar no se habita: se hereda.

El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
“Fui.”

Tres pulsos del día

No ficción

La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

Viaje interior

Ficción

Envidiaba bastante la prisa con que los demás parecían encontrar su rumbo en la vida, mientras yo me demoraba, cargada de remordimiento ligero y de sueños truncados. Doce carnes distintas —como doce festines que representaban pasiones y traiciones— habían pasado por mi mesa, y cada una dejó su huella como confidencia escrita en el cuerpo. El licor, con su encanto pagano, me arrastraba a zambullidas repentinas en recuerdos que parecían ratos de hospital: muecas de un hombre que figuraba siempre en mis noches, como un maestro antiguo de intensidades, enseñándome a discernir entre lo que eran riquezas verdaderas y lo que eran mentiras bellas.

Veo todavía las calesas rodando por calles húmedas, las flores en los balcones orientales, las palmas agitadas por la lluvia, como si todo fueran voces eternas repitiendo la camaradería perdida de otro tiempo. En el brezal, donde solía refugiarme, los nidos parecían ángeles quietos; pero pronto entendí que también podían asfixiarse, porque nada queda inmóvil: todo se renueva o se consume.

Yo misma, en plena luna, viajaba entre ciudades y repúblicas límpidas, buscando compañeros que no huyeran ante mis muecas ni ante el ardor que podía enloquecer cualquier calma. Había ratos en que me gustaba pensar que la vida era solo un arado dando fuego arriba, abriendo surcos de posible redención. Pero otras veces, la pesadilla volvía: me figuraba atrapada en un nido de hadas que reían con intensidad cruel, mientras mi voz no encontraba eco.

Todavía me pregunto si fue cobardía o poder lo que me llevó a abandonarme al consumo de ilusiones, viajando de una mentira a otra, de una mirada a otra, esperando que me vieran de verdad. El discernimiento, maestro severo, me recuerda que la vida no es más que un tejido de ciudades y cuerpos, de flores y muecas, de ardor y lluvia, todo renovándose y enloqueciendo, como un compañero eterno que se disfraza de ángel o de galo, según el sueño.

Y así sigo, escribiéndose en mí una historia que no termina: la de quien busca en las riquezas antiguas el secreto de las pasiones modernas, la de quien, en medio de traiciones y camufladas camaraderías, trata todavía de encontrar el poder ligero y límpido de dar fuego a la vida sin asfixiarse en ella.

 

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

Paranoias

Ficción

Las paranoias revoloteaban en su mente como paragüayas erráticas, deformadas, cada una con su propia rotura, su propio hueco. No eran simples refugios contra tormentas pasajeras, sino más bien escudos inútiles, deshilachados, que dejaban entrar una lluvia fina e insistente de dudas y miedos.

Las veía desplegarse como un desfile absurdo en la penumbra de su conciencia: una con varillas oxidadas que se doblaban al menor soplo de viento, otra pintada con colores vibrantes pero ajada por el tiempo, y la más pequeña, de esas que caben en un bolsillo, girando sin rumbo, atrapada en un ciclón interno.

Sentía que cada paragüaya correspondía a un rincón distinto de su memoria, un eco lejano de palabras dichas o no dichas, de gestos que quizá nunca existieron más allá de su imaginación febril. Allí estaban, empapándolo con gotas de incertidumbre, chorreando significados que se le escapaban entre los dedos como agua en una grieta.

Pero había una belleza melancólica en aquel espectáculo. En medio del caos, notaba cómo la luz —esa luz extraña que solo se filtra en los momentos de introspección más hondos— acariciaba los pliegues de las telas mojadas, convirtiendo lo roto en un caleidoscopio efímero de reflejos irisados. Quizá, pensó, las paranoias no eran otra cosa que artefactos inútiles pero bellos, testigos de su fragilidad y, al mismo tiempo, de su humanidad.

Ese pensamiento lo sacudió, como si al nombrar la belleza de aquello hubiera activado un engranaje secreto en su mente. Las paranoias comenzaron a flotar con menos violencia, como si reconocieran en él una especie de complicidad. Se movían ahora con una cadencia más pausada, danzando en el aire húmedo de su imaginación, casi como si aguardaran instrucciones.

Extendió la mano hacia una de ellas, la de colores vibrantes, desgastada por los años pero aún orgullosa en su miseria. La sintió liviana, hecha de un material que no pertenecía del todo al mundo tangible, y cuando sus dedos la rozaron, el objeto pareció descomponerse en un susurro de voces apenas inteligibles. Eran retazos de conversaciones, risas lejanas, y fragmentos de silencios incómodos, todos girando en espiral hacia un centro invisible.

—¿Qué intentan decirme? —murmuró, no del todo consciente de que hablaba en voz alta.

El eco de su propia voz pareció transformar las paragüayas restantes. Una a una, comenzaron a desplegarse con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cada tela rota revelaba imágenes, como si fueran pantallas proyectando escenas de su vida. Allí estaba él, con cinco años, escondido bajo la mesa de la cocina mientras sus padres discutían sobre algo que ya no recordaba. Luego, con doce, viendo llover desde la ventana del colegio, convencido de que la tormenta le hablaba en un idioma que nunca llegó a descifrar. Y más adelante, con veinte, en un banco del parque, sosteniendo una carta que nunca entregó, mientras el cielo se desplomaba sobre su espalda.

La conexión entre esas imágenes y las paranoias se le escapaba, pero había un patrón que se insinuaba en los pliegues de la tela. Un lenguaje velado, un código que tal vez siempre había estado allí, esperando a que él lo notara. Las gotas que antes caían sobre él sin piedad parecían ahora componerse en figuras, trazando rutas, dibujando mapas de significados.

Se inclinó hacia adelante, hipnotizado por el vaivén de las sombras y reflejos, como si en cualquier momento fuera a alcanzar la clave. Pero entonces una ráfaga de viento imaginario barrió las paragüayas y las hizo desaparecer. Todo quedó en silencio, salvo por el eco de sus propios pensamientos, que ahora parecían menos fragmentados, menos hostiles.

Quizá —pensó— las paranoias no eran enemigas, sino mensajeras torpes, portadoras de verdades que solo podían revelarse entre líneas. O, tal vez, no tenían ningún mensaje, y su única razón de existir era recordarle que el caos, a veces, es solo otra forma de belleza.

El Bosco /3

Ficción

Voz del Investigador

No dormí anoche. Ni anteayer. Ni el día anterior. El tiempo ha dejado de ser una línea recta. Es un círculo, un reloj sin manecillas.

Desde la fábrica, desde que vi el tríptico viviente, algo se instaló detrás de mis ojos. Al principio eran solo imágenes fugaces: un hombre con cabeza de pájaro devorando su propio reflejo, una mujer con piernas de insecto que rezaba en silencio… Pero ahora ya no son solo imágenes. Son voces.

Bosco me dijo, justo antes de desaparecer:
—No me busque. Mírela a ella.

Y desde entonces la veo en todas partes. En los charcos de lluvia, en las grietas del techo, en el reflejo de los cristales. Siempre sonriendo. Siempre esperando.

Hoy en mi despacho, mientras repasaba los informes policiales, vi que las palabras de las actas se transformaban. Ya no decían “víctima”, “sospechoso”, “evidencia”. Decían:

Panel izquierdo. Panel central. Panel derecho.

Y entendí que yo también estoy dentro del cuadro.

Voz del Testigo (antes de desaparecer)

Me duele… pero no de forma física. Es como si me estuvieran borrando poco a poco. Ya no siento mis manos, ni mis pies. Solo queda mi rostro, y ni siquiera estoy seguro de que siga siendo mío.

Bosco me prometió que cuando terminara, vería lo que hay detrás del velo. Y tenía razón. Ahora veo lo que los demás no pueden: somos pinceladas de algo que no entendemos.

Dile al inspector… que no intente luchar. Dile que acepte. Porque ella ya lo ha elegido.

Voz del Asesino (Bosco)

No necesito quedarme. Él, el inspector, ya está preparado.

La Primogénita lo reclama. Lo vi en sus ojos cuando me encontró en la fábrica: esa mezcla de horror y fascinación, ese temblor que no es solo miedo. Él ya escuchó la música. Él ya sintió el vértigo.

Pronto será él quien continúe el tríptico. Porque así es como funciona. Siempre hay un testigo. Siempre hay un ejecutor. Siempre hay un heredero.

Yo solo fui un intermediario. Ahora es su turno.

Voz del Investigador

Anoche soñé con El Jardín de las Delicias. Caminaba por él, pero no como espectador: yo estaba dentro del cuadro. En el paraíso inicial, veía cuerpos desnudos y luminosos, pero al tocarlos se disolvían como ceniza. Luego crucé al panel central: allí todo era exceso, un desenfreno de carne y hierro, como si las criaturas de Milton hubieran decidido construir su propio reino.

Finalmente llegué al infierno. Y allí estaba ella.

Era inmensa. Más grande que cualquier forma humana. Tenía un nimbo, pero no era luz: era un halo de polvo y gusanos verdes. Me miró. Sonrió. Y dijo:

—Ahora tú pintarás.

Me desperté con las manos manchadas. No de sangre. De pigmento. Rojo oscuro, casi negro.

No recuerdo haber tomado un pincel. Y sin embargo… ya empecé.

Voz del Investigador (más tarde)

He empezado a ver patrones en el pueblo. En las calles, en las casas, en los rostros de la gente. Todo tiene forma de alas, de espirales, de círculos que se repiten. Y cuando cierro los ojos… veo el espacio detrás del espacio, como un segundo lienzo que late bajo la realidad.

Comprendo ahora lo que Bosco quiso decir. No era un asesino. No del todo. Era un instrumento.

Y yo… también lo seré.

Esta tarde llevé el primer cuerpo a la vieja fábrica. No lo maté yo, al menos no conscientemente. Simplemente ocurrió. Como si mis manos ya no me pertenecieran. Lo dispuse en el ala izquierda. Su carne brilla como un barniz fresco.

Pronto completaré el panel derecho.

Voz del Asesino (Bosco, en algún lugar desconocido)

Lo supe desde el principio. León Maraver no vino para atraparme. Vino para sucederme.

Ella lo eligió. Y yo obedecí.

Ahora él ve lo que yo vi. Ahora él la escucha. Y cuando termine su tríptico, otro vendrá. Y otro. Y otro. Porque la obra nunca termina. Es infinita. Como el Infierno de Dante, como el universo de Milton, como los cuadros de El Bosco donde no hay principio ni final, solo un ciclo eterno.

La Primogénita sonríe. El cuadro sigue creciendo.

Voz del Investigador

No soy León Maraver. Ya no.

Soy Bosco.


Nadie volvió a ver al inspector León Maraver.
La vieja fábrica fue sellada, aunque los vecinos dicen que por las noches aún se escucha una música suave, como un arpa que toca sola, desafinada, hecha de algo que no debería resonar.

Algunos aseguran que en la plaza apareció un nuevo objeto: un espejo ovalado, con un nimbo invertido grabado en el marco. Quien se atreve a mirarlo demasiado tiempo dice ver otra ciudad detrás del reflejo, una ciudad llena de criaturas que caminan como hombres pero sonríen como bestias.

Se rumorea que antes de desaparecer, Maraver dejó escrito un último informe. No era un acta oficial. Era solo una frase, garabateada con tinta oscura:

No hay asesinos. No hay víctimas. Solo hay pinceladas.

Nadie sabe qué pasó con el testigo. Nadie sabe si Bosco murió, o si sigue vivo en otra parte. Pero de vez en cuando, en los muros de las casas abandonadas, aparece un nuevo símbolo: una rana, una esfera, una fuente, un nimbo, un arpa. Siempre cinco. Siempre en orden.

Y en el horizonte, al atardecer, se ven sombras que no son de este mundo. Sombras que se alargan y se contraen, como si pintaran algo que no podemos entender.

Quizá todo termine algún día.
O quizá no.

Porque los cuadros de El Bosco nunca tuvieron un principio claro ni un final verdadero. Solo un ciclo.

Y ella, la Primogénita, sigue sonriendo.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

—Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

—Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

MI GRITO CONDENADO

Poesía

Sí, cualquiera podía callarme. Bastaba un tímido chisporroteo al saludar y algo me atenazaba, ya no reía. Como si contemplara vergeles de cadáveres en una luna de plata. Pero ahora grito y es distinto. Arrastro mi voz, acaso reencontrada, desde esta playa… por todo el continente, como haré cuando, de cerca, me ofrezca sus rezagadas odas, esos juegos de palabras en los que antes pedía socorro con deletéreos estertores…

…y ya no hay temor en mi timbre, sino un incendio.
Un incendio que no pide permiso.
Porque cada palabra que hoy brota —áspera, desbocada, necesaria—
es la cicatriz viva de una lengua que se negó a morir.

No es que haya aprendido a hablar, no.
Es que ya no consiento el silencio impuesto.
Porque en cada sílaba vibra una multitud que fui escondiendo,
y me brotan los nombres que me negaron,
las calles que me hicieron rodear,
los rostros que fingí no ver por miedo a mirarlos.

Y si mi grito es torpe, si se traba, si cruje,
no importa.
Es mío.
Ya no lo devuelvo.

Que se entere el continente,
que se entere la lluvia,
que se entere hasta el aire que me vio encogido:
mi voz no vuelve a mendigar lugar.
Ahora es sitio.
Ahora es cuerpo.
Ahora es grieta que florece.

 

Mientras caen los cuerpos

No ficción

Uno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.

Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.

En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.

En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.

En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.

Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.