El sentido de la vida

Ficción

Imagínate que un día encontramos el sentido de la vida y resulta que es para el otro lado.

Una mañana encontramos el sentido de la vida.

No fue difícil.

Estaba en una oficina.

Nadie supo decirnos qué oficina era aquella ni quién nos había dado permiso para entrar, pero el funcionario que estaba detrás del escritorio levantó la vista y dijo que sí, que era allí, que llevábamos mucho tiempo llegando tarde.

Nos entregó un sobre.

Dentro había una hoja en blanco.

—¿Esto es todo? —preguntamos.

—No —dijo—. Esto es el sentido. Lo que falta es la dirección.

Nos señaló una puerta.

La puerta tenía un cartel:

AL OTRO LADO.

Nos quedamos mirándola.

—¿Podemos pasar?

El funcionario negó con la cabeza.

—No todavía.

—¿Por qué?

Buscó algo entre unos papeles.

—Ustedes ya pasaron.

Nos explicaron entonces que habíamos nacido del lado equivocado. No era culpa nuestra, según dijeron, pero tampoco podían corregirlo. Para solicitar un cambio de lado necesitábamos presentar un documento que acreditara que habíamos vivido la vida correctamente.

—¿Y dónde se consigue ese documento?

El funcionario nos miró con cierta compasión.

—Al otro lado.

Salimos de la oficina.

Desde entonces caminamos.

Cada mañana vemos, a lo lejos, la puerta que lleva al otro lado. Cada noche tenemos la impresión de haber avanzado.

Sin embargo, cuando preguntamos a alguien cuánto falta, todos responden lo mismo:

—Ya casi.

Y continúan caminando en la dirección contraria.

A veces pensamos que quizá el sentido de la vida consiste precisamente en eso: llegar a comprender, demasiado tarde, que la dirección correcta era la que nadie estaba autorizado a indicarnos.

Ayer volvimos a la oficina.

Estaba vacía.

Sobre el escritorio había un nuevo cartel:

SE HA ENCONTRADO EL SENTIDO DE LA VIDA.

Debajo, en letra más pequeña:

LAS PERSONAS INTERESADAS DEBEN PRESENTARSE AL OTRO LADO.

LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

Oficios para la sombra

Poesía

Marchaba a nuestro lado,
ajeno a la cruel evocación,
con su vigor mezclado,
como quien lleva una antigua hoguera
debajo de la camisa.

Desconsuela. Agita peligros.
Una antigualla de inventores,
nuevos oficios para la sombra
y una orgía de semillas
que asusta a los fantasmas.

¡Abrazos demasiado bajos!
¡Calla, sonámbulo, calla!
Que se alzarán los lobos
congregados alrededor de la belleza
que tapa el rostro humano.

Admitía que éramos humanos.
Trabajábamos.
La realidad nos desplazaba lentamente,
como una ópera sin ojos,
como una ortografía perdida
en las charcas de lo divino.

Y yo encontré, alrededor,
los bosques conocidos
y aquellos otros semejantes
que uno no conoce sino cuando los añora.

Vi la viuda.
Vi los venenos.
Vi el yantar de los días,
su mucho soportarla,
sus locuras frívolas,
su honor sin honradez.

Entonces alabé la hoguera.

No porque ardiera,
sino porque todavía
guardaba entre sus cenizas
algo que marchaba a nuestro lado,
algo ajeno a la muerte,
algo terriblemente nuestro.

El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.

La errata de un instante

Ficción

No respondí. Comprendí que toda respuesta habría sido una variante del mismo error. El viajero sonrió con una melancolía que no era suya, sino heredada de innumerables hombres que, siglos antes, habían llegado a la misma revelación sin advertirlo. Entonces abrió un libro desprovisto de letras. Sus páginas estaban hechas de un polvo tenue que mudaba de forma según la memoria de quien lo contemplaba. Vi mi infancia. Vi una biblioteca donde nunca había entrado y cuyos anaqueles, sin embargo, recordaban mi nombre. Vi ciudades levantadas sobre el olvido, templos donde los espejos evitaban reflejar a los vivos y un jardín en el que cada sendero concluía exactamente en el punto donde otro comenzaba. Ninguna de aquellas imágenes me pertenecía; todas me esperaban desde antes de mi nacimiento. El viajero cerró el volumen. El polvo no cayó al suelo: permaneció suspendido, como si el aire también fuese una página.

«Crees haber encontrado el libro», murmuró. «Es el libro el que ha encontrado un lector capaz de inventarlo.»

Sentí entonces que el relámpago inicial no había iluminado el cielo, sino mi recuerdo del cielo. La aurora retrocedió. La noche, lejos de extinguirse, adquirió una transparencia insoportable. Advertí que cada decisión de mi vida era una nota escrita al margen de un manuscrito inaccesible y que los siglos no eran otra cosa que sucesivas correcciones de una frase imposible. Cuando alcé la vista, el viajero había desaparecido. En su lugar quedaba un espejo circular. No devolvía mi imagen, sino la de un anciano inclinado sobre estas mismas líneas, corrigiendo una palabra, borrando otra, dudando de un adjetivo.

Fue entonces cuando comprendí la única verdad que me estaba permitida: nunca fui el autor de este relato. Apenas soy la errata que, por un instante, creyó ser el libro.

Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.