Homenaje a Jeanne Hébuterne
La mujer que habitaba los espejos
Hubo una joven llamada Jeanne Hébuterne que aprendió muy pronto que los espejos pueden mentir.
Le decían que era hermosa.
Le decían que era la compañera de un pintor.
Le decían que su nombre debía pronunciarse junto al de Modigliani, como si una mujer pudiera convertirse en la sombra de otro hombre por el simple hecho de haberlo amado.
Pero Jeanne pintaba.
Y antes de ser recuerdo, fue una muchacha que miraba el mundo.
Había en sus ojos una paciencia triste, esa forma de tristeza que no pertenece todavía a la desgracia sino al presentimiento. Caminaba por las calles de París con sus cuadernos y sus colores, y acaso ignoraba que algún día otros hombres escribirían sobre ella sin preguntarle nada.
Tal vez por eso me gusta imaginarla frente a un espejo.
No al espejo que devuelve un rostro, sino a ese otro espejo secreto que conserva lo que el tiempo destruye.
Jeanne se mira.
Tiene el cabello recogido.
Sus manos sostienen un pincel.
Detrás de ella está París.
El París de los talleres, de las habitaciones pobres, de los cafés donde los artistas hablaban demasiado y pagaban demasiado poco. Afuera llueve.
Ella no sabe que el futuro la ha condenado a una fecha.
No sabe que habrá libros.
No sabe que habrá cuadros.
No sabe que millones de ojos buscarán en los retratos de Modigliani la forma de sus ojos, de su cuello, de su silencio.
Sólo sabe que quiere pintar.
Y pinta.
Quizá en alguno de sus cuadros haya una puerta.
Quizá detrás de esa puerta esté la verdadera Jeanne, la que no conocemos.
Una Jeanne sin leyenda.
Sin tragedia.
Sin el nombre de ningún hombre junto al suyo.
Una muchacha que ríe.
Una mujer que envejece.
Una pintora que continúa trabajando cuando todos se han marchado.
Una anciana que todavía conserva aquel primer pincel.
Ésa es la Jeanne que quisiera rescatar del espejo.
Porque el tiempo tiene una crueldad particular con las mujeres jóvenes: las convierte demasiado pronto en símbolos.
A unas las llama musas.
A otras, amantes.
A otras, víctimas.
Y casi nunca les pregunta quiénes fueron.
Por eso este homenaje no quiere hacer de Jeanne una estatua.
Quiere devolverle movimiento.
Que camine.
Que mire.
Que se equivoque.
Que pinte.
Que tenga una tarde cualquiera en la que no ocurra absolutamente nada.
Que pueda salir de casa sin saber que el porvenir la está observando.
Que tenga, aunque sea dentro de este cuento, todos los años que la realidad le negó.
En el espejo, Jeanne levanta el pincel.
Pero esta vez no pinta su rostro.
Pinta una ventana.
Después pinta un árbol.
Después una calle.
Después una casa.
Y finalmente pinta a una mujer que se parece a ella, pero que no es ella.
La mujer del cuadro mira hacia afuera.
Jeanne comprende entonces el secreto.
No ha pintado su pasado.
Ha pintado una posibilidad.
La mujer del cuadro tiene ochenta años.
Está sentada junto a una ventana.
Hay luz sobre sus manos.
Sobre la mesa descansan pinceles.
En la pared cuelgan cuadros que nadie ha visto.
Y debajo de uno de ellos, apenas visible, hay una firma:
Jeanne Hébuterne.
La joven contempla el cuadro.
Por primera vez sonríe.
Después deja el pincel.
Y sale del espejo.
Desde entonces, cuentan que en ciertas tardes de lluvia, cuando París parece una ciudad inventada por alguien que ha olvidado el final de su historia, puede verse a una mujer caminando junto al Sena.
No lleva flores.
No busca a nadie.
Lleva consigo un cuaderno.
Se detiene.
Mira el agua.
Y comienza a dibujar.
Quizá sea un fantasma.
Quizá sea un recuerdo.
Quizá sea simplemente Jeanne, que por fin ha conseguido escapar de la historia que otros escribieron para ella.
El espejo queda vacío.
Pero en su superficie permanece una última imagen:
una mujer pintando.
No la mujer de Modigliani.
No la tragedia.
No la leyenda.
Jeanne.
Sólo Jeanne.
Y eso, después de tantos años, es quizá la forma más justa de recordarla.
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