El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Las autocracias en el mundo hoy

No ficción

Sobre las autocracias en el mundo a día de hoy, sin inventarse estadísticas, porque hasta las medidas más serias muestran que la democracia sigue cagándose de risa en muchos sitios, lo que podemos decir es:

Cómo está el panorama global

  • El autoritarismo ya no es marginal: varios informes recientes muestran que la mayoría de la población mundial vive bajo algún tipo de régimen autoritario o autocrático. Algunos de los datos que tienen sentido son que más del 70 % de la población mundial vive en sistemas autoritarios o con características autocráticas según análisis de institutos como V-Dem y expertos en política.
  • La cantidad de autocracias supera a la de democracias en algunos índices globales, algo que no pasaba desde hace décadas.
  • Las mediciones por parte de The Economist Intelligence Unit y otros índices muestran que el número de países clasificados como “autoritarismos” ha aumentado y que la tendencia general de la democracia es a empeorar o estancarse en muchos lugares.

Tipos de autocracias hoy
No es todo “dictadura militar con sable y sombrero”: hay varios matices que distinguen a los gobiernos en función de cómo controlan el poder:

  • Autocracias cerradas: Estados donde prácticamente no hay oposición real, ni elecciones competitivas (puro control, represión y uno o pocos líderes eternos). Ejemplos típicos son Corea del Norte o Arabia Saudita.
  • Autocracias “electorales”: tienen elecciones, pero están tan manipuladas (control del sistema judicial, medios, fraude tolerado) que el resultado es prácticamente fijo para el poder gobernante. Rusia o Venezuela se ven así.
  • Regímenes híbridos: entre democracia y autocracia, con libertades limitadas y fuertes controles al poder judicial o al parlamento (no estrictamente dictaduras clásicas, pero tampoco democracias sanas). Este tipo está creciendo, por ejemplo, los Estados Unidos de América con Trump.

Ejemplos notorios de autocracias actuales
(En todas partes hay quien discute las fronteras, pero los nombres siguientes aparecen recurrentemente en estudios serios)

  • China: Partido único con represión sistemática de disidencia.
  • Rusia: elecciones controladas y oposición restringida.
  • Corea del Norte: Estado totalitario clásico
  • Arabia Saudita y otras monarquías absolutistas: poder hereditario con muy pocas libertades.
  • Venezuela: proceso electoral y legal tiene tan poca competitividad real que muchos analistas la ubican como autocracia electoral.
  • Países africanos con golpes militares recientes (Burkina Faso, Mali, Níger, Chad, Gabon) han experimentado regresiones democráticas.

Tendencias y por qué esto importa

  • La democracia global está en retroceso y las autocracias no sólo siguen ahí, sino que en algunos casos aumentan su control interno.
  • Un tipo común ahora es el que usa elecciones para disfrazar poder autocrático, algo que no encaja con la idea clásica de gobierno absoluto por la fuerza, pero que sigue siendo autoritario en los hechos.
  • Esta expansión no es uniforme: regiones como Europa occidental o partes de Oceanía mantienen democracias sanas, mientras que muchas zonas de África subsahariana, Medio Oriente, Asia central y partes de América Latina muestran retrocesos en libertades y competencia política.

Resumiendo sin querer ponernos dramáticos: el mundo está menos democrático y más controlado por gobiernos autoritarios que hace una o dos décadas. No es una película apocalíptica, solo la constatación de que las mediciones de democracia y autocracia se están moviendo en la dirección que nadie pensaba después de los años 90.

¿Por qué las autocracias están ganando terreno?

Sin fingir sorpresa ni caer en el “es muy complejo” para no decir nada, podemos decir:

1. Fatiga democrática (o cuando la democracia promete y no cumple)

La democracia vende participación, igualdad y prosperidad. Luego entrega:

  • burocracia lenta
  • desigualdad creciente
  • políticos que rotan pero problemas que no

Mucha gente no se vuelve autoritaria por ideología, sino por agotamiento. Si votar no cambia nada tangible, aparece la tentación del “que mande uno y decida rápido”. No es amor al tirano, es hartazgo.

2. Desigualdad económica y precariedad crónica

Las autocracias prosperan cuando:

  • hay clases medias empobreciéndose
  • jóvenes sin expectativas
  • regiones enteras olvidadas

En ese caldo, el discurso autoritario funciona porque es simple y emocional: culpa a élites, extranjeros, minorías, periodistas, jueces. La democracia, en cambio, responde con gráficos y comisiones. Adivina cuál gana en TikTok.

3. Líderes que usan la democracia para matarla

Este es el truco moderno estrella:

  • llegas al poder por elecciones
  • debilitas tribunales, prensa y oposición
  • sigues celebrando elecciones, pero ya amañadas

No hacen falta tanques. Basta con leyes “técnicas”, reformas “legales” y control del relato. Es más limpio, más barato y mucho menos escandaloso. Rusia, Hungría, Turquía, Venezuela y compañía no inventaron nada, solo lo perfeccionaron.

4. Tecnología como aliada del control

Antes vigilar a la población era caro e ineficiente. Ahora:

  • cámaras
  • reconocimiento facial
  • rastreo digital
  • manipulación algorítmica

Las autocracias modernas no necesitan terror constante. Les basta con vigilancia permanente y castigo selectivo. El mensaje es claro: “Sabemos quién eres. Compórtate.” Funciona sorprendentemente bien.

5. El modelo autoritario dejó de dar vergüenza

Durante años, el consenso era: democracia = progreso. Eso se rompió.

  • China crece sin libertades
  • monarquías del Golfo son ricas y estables
  • Rusia vendió durante años la idea de orden y orgullo nacional

Muchos países miran eso y piensan: “No necesitamos democracia para desarrollarnos”. No es cierto a largo plazo, pero a corto plazo parece funcionar. Y la política vive de lo inmediato.

6. Crisis global tras crisis global

Desde 2008 el mundo encadena:

  • crisis financiera
  • pandemia
  • guerras
  • inflación
  • crisis climática

Las crisis favorecen el mando fuerte, el estado de excepción, el “ahora no es momento de protestar”. Las democracias sobreviven mal a emergencias prolongadas. Las autocracias se sienten como en casa.

7. Democracias que se disparan en el pie

Corrupción, polarización extrema, desinformación, partidos que prefieren ganar a gobernar. Cuando la democracia se convierte en:

  • insultos constantes
  • bloqueos institucionales
  • política como espectáculo

la gente deja de verla como algo valioso y empieza a verla como un circo caro. Y nadie defiende con entusiasmo un sistema que percibe como inútil.

En resumen, y sin poesía

Las autocracias avanzan porque:

  • ofrecen orden cuando la democracia ofrece frustración
  • usan elecciones como fachada
  • explotan crisis reales con soluciones falsas pero simples
  • controlan mejor el relato y la tecnología

No es que la gente ame menos la libertad. Es que muchos sienten que la libertad no les está sirviendo de mucho.

Y ahí está el problema de fondo. No el autócrata. El vacío que aprovecha.

El sueño americano es una pesadilla para la tortilla española

Ficción

La tortilla española llegó a Nueva York en la maleta de Teresa, una cocinera madrileña con aspiraciones internacionales y una inquebrantable fe en las propiedades místicas del huevo. Venía con una receta ancestral, heredada de su abuela, que según la leyenda familiar había conseguido evitar tres guerras, dos divorcios y una plaga de langostas.

—Aquí, en América, lo vais a flipar con mi tortilla —dijo Teresa, convencida de que la mezcla de huevos, patatas y cebolla haría temblar a Gordon Ramsay.

Montó su food truck en Brooklyn, el lugar donde los hipsters van a morir de ironía, y lo bautizó “Omelette? No, gracias”. Pintó una gran tortilla sonriente sobre fondo rojo y escribió en letras doradas: “Sabe a España. No es paella. No lleva chorizo. No es un taco.” Porque uno tiene que cubrir todas las bases.

Los primeros clientes llegaron por curiosidad. El primero, un influencer gastronómico llamado Sky con más seguidores que neuronas, preguntó:

—¿Esto tiene gluten?

—No.

—¿Y es vegano?

—No. Es huevo, cielo. Huevo real.

Sky hizo una mueca de dolor, como si le hubieran ofrecido un filete crudo en una reunión de veganos de Vermont.

—¿Y si le pones tofu? ¿Y lo sirves en una tostada de pan de cúrcuma?

Teresa sintió un escalofrío recorrerle el espinazo. La palabra tofu y tortilla española no deberían compartir planeta, mucho menos frase. Pero como buena emprendedora, fingió una sonrisa homicida y contestó:

—Claro, lo apunto para nunca hacerlo.

Pero lo peor estaba por llegar. Un día se acercó un ejecutivo de una cadena de comida rápida con una camiseta que decía: “Innovar es freír la tradición”. Le propuso franquiciar el concepto.

—Imagínatelo: TortiBurger. Tortilla en pan de brioche, con ketchup, bacon y… ¿Qué te parece si le metemos trufa?

Teresa pensó en el espíritu de su abuela revolviéndose en la tumba y probablemente también preparando una maldición. Contestó:

—Lo que me parece es que acabas de matar a toda mi línea materna con esa frase.

Pero el capitalismo, como el colesterol, no descansa. El concepto Tortilla 2.0 se viralizó gracias a un vídeo donde un actor que no sabía pronunciar “España” probaba la tortilla mientras decía:

—Es como un panqueque de papas… pero con más alma. ¡Y sin hot sauce! So exotic.

La gente empezó a hacer colas kilométricas. Pero no por la tortilla original. No, eso sería demasiado lógico. Querían la “versión con esencia de trufa y espuma de chipotle” creada por un chef de Portland que había visto un tutorial en YouTube sobre tapas.

Teresa, frustrada, vio cómo su receta se deformaba como una pesadilla freudiana: tortillas en conos de helado, tortillas azules (por la estética Instagram), tortillas servidas con leche de avena, y una cosa que llamó especialmente su atención: tortilla molecular desestructurada en cápsulas de gelatina biodegradable. Eso último lo sirvieron en una galería de arte moderno con una performance de fondo titulada «Desayuno postcolonial».

Para cuando Teresa quiso reaccionar, la tortilla ya no le pertenecía. Había pasado a ser parte del catálogo de apropiaciones culturales junto con los sombreros mexicanos y el yoga sin contexto.

Una mañana, al ver una versión “low carb” servida en hojas de kale y decorada con oro comestible, Teresa rompió. Cerró el food truck, se compró un billete de ida a Madrid y dejó un cartel que decía: “La tortilla ha muerto. Viva la tortilla.”

En el vuelo de regreso, una azafata le ofreció un menú internacional.

—¿Quiere probar nuestro Spanish egg pie? —preguntó sonriendo.

Teresa lloró en silencio mientras miraba por la ventana. Allá abajo, el mundo giraba sin entender nada. Y yo tampoco.

Teresa volvió a Madrid como quien regresa de una guerra que nadie ha reconocido, con el alma revuelta y el colesterol en cifras de escándalo. Al llegar a Barajas, la recibió un cartel que decía: “Bienvenido a Madrid: ahora también con poke bowls. Tuvo una visión rápida de la Virgen del Pilar llorando lágrimas de soja dulce.

Ya no confiaba en nadie. Ni en los turistas con acento de GPS ni en las abuelas que cocinaban tortillas light “porque el médico me lo ha dicho”. Teresa se encerró en su cocina con su sartén de hierro fundido, esa que tiene más carácter que un concejal corrupto, y decidió hacer una última tortilla, una definitiva, una tortilla que haría que los dioses se levantaran de sus sillas plegables del Olimpo y aplaudieran con las chanclas puestas.

Pero algo falló.

La patata lloraba nostalgia americana. El huevo dudaba de su identidad. La cebolla estaba infiltrada por el existencialismo francés. El aceite, antes virgen, ahora venía con traumas. Teresa gritó:

—¡Maldita globalización, me has jodido la yema!

Encendió la tele para olvidar, pero ahí estaba: un concurso culinario llamado Master Castiza. Un jurado con acento argentino-madrileño-croata le explicaba a un niño de 9 años que su tortilla debía “tener altura emocional y narrativa transmedia”. El niño, que llevaba un delantal con emojis y se llamaba Kevin José, respondía:

—Yo la hice sin patata porque es más sostenible. Le puse quinoa y esencia de huevo.

Teresa soltó una greguería en voz baja, como quien lanza un conjuro:

La tortilla sin patata es como un toro sin cuernos: se convierte en vaca y da pena.

Fue entonces cuando decidió vengarse. Si no podía salvar la tortilla, al menos arrastraría al enemigo con ella. Se infiltró en una de esas startups gastronómicas donde sirven aire en tarros de vidrio reciclado y tienen menús escritos en código QR, como si la comida fuera un videojuego indie.

Pidió trabajo como “consultora de identidad culinaria”.

—¿Experiencia? —le preguntó una chica con el pelo rosa y un máster en Fenomenología Gastronómica Comparada.

—Mi abuela me pegó con una espumadera por ponerle perejil a la tortilla. ¿Eso cuenta?

La contrataron de inmediato.

Teresa entonces lo hizo. Lanzó la “Tortilla NFT”: una tortilla virtual, en 3D, que se vendía en Ethereum y solo se podía comer con los ojos (literalmente, venía con unas gafas de realidad virtual). Se volvió un éxito rotundo. La gente pagaba 800 euros por verla girar en cámara lenta mientras sonaba flamenco vaporwave.

Cuando entrevistaron a Teresa en El País Gourmet, respondió:

—Es la evolución lógica. Si no puedes comerte una tortilla sin sentir culpa por las calorías, cómprate una tortilla que solo existe en la nube. Así engordas el alma, que es lo único que engorda sin consecuencias fiscales.

Mientras tanto, en un barrio olvidado de Madrid, una anciana encendía su cocina de gas, pelaba patatas sin Wi-Fi y batía los huevos con ritmo de bolero. Sin saberlo, estaba resistiendo. Porque hay cosas que no se pueden destruir ni siquiera con likes: la memoria, el fuego lento, y el punto exacto en el que la tortilla está jugosa pero no babosa.

Teresa lo entendió demasiado tarde.

Una noche, su propia tortilla NFT apareció en un museo posmoderno dentro de una vitrina, al lado de un zapato con espuma de lenteja y una performance titulada «El hummus soy yo». Un turista se acercó, leyó la descripción y dijo:

—¿Tortilla española? ¡Ah! ¿Eso no es lo que hacen en Texas con jalapeños y bacon?

Y en ese momento, la tortilla, desde su encierro digital, suspiró. Sí, la tortilla suspiró. Porque hasta las ideas, cuando se retuercen lo suficiente, acaban teniendo alma. Una alma frita, por supuesto.

Greguerías finales, por cortesía de Teresa:

  • El huevo es el círculo perfecto donde la patria se derrite.
  • El aceite de oliva es el sudor del sol llorando por la gastronomía.
  • A la tortilla le duele el mundo y sangra cebolla cada vez que alguien le dice “omelette”.

Migrando rápidamente a redes sociales

Ficción

En una tranquila oficina donde el fax aún suspiraba de vez en cuando, Don Ernesto, gerente de mercadotecnia y maestro del clipart, tuvo una revelación tras recibir un meme impreso por la impresora matricial: “¡Debemos migrar rápidamente a redes sociales!”

Como un moderno Moisés guiando a su pueblo hacia la tierra prometida del engagement, Don Ernesto convocó a su equipo en la sala de juntas, también conocida como «la cueva del PowerPoint». Allí, entre termos de café recalentado y una pizarra blanca saturada de ideas del 2009, anunció su estrategia:

Vamos a abrir una cuenta de TikTok. También haremos lives en Instagram, memes en Twitter, y si nos alcanza el presupuesto, ¡filtramos un escándalo para hacernos virales!

El equipo lo miró con ojos de fe (y algo de pánico). La señora Matilde del área legal preguntó si “TikTok” era un medicamento nuevo. El becario, entre lágrimas y cafés, asumió que su contrato no incluía convertirse en influencer.

La transición fue tan rápida como torpe. En una semana, la empresa que antes usaba sobres manila como CRM, ahora tenía presencia en siete plataformas. Subieron su primer TikTok: un lip sync de Don Ernesto bailando “As It Was” mientras mostraba un diagrama de flujo. El video acumuló siete vistas, cinco de las cuales eran de la señora Matilde tratando de entender si era un montaje.

En Instagram, intentaron un sorteo: “Etiqueta a tu jefe favorito y gana una calculadora Casio”. Solo participó un bot ruso y un primo de Recursos Humanos.

Pero el verdadero hito llegó cuando Don Ernesto, en su obsesión por la viralidad, usó los hashtags #Yolo #NoFilter y #FreeBritney en una publicación de LinkedIn sobre regulaciones fiscales. Aquella noche soñó que Bezos le ofrecía trabajo en Amazon por su “atrevida estrategia multiplataforma”.

Al mes, el caos reinaba. El community manager desarrolló un tic nervioso cada vez que sonaba una notificación. El CEO, confundido, preguntó por qué la empresa estaba vendiendo «merch» de memes en vez de servicios. Y en una videollamada con un cliente alemán, accidentalmente activaron un filtro de perro durante toda la presentación.

Finalmente, tras una lluvia de memes internos, Don Ernesto convocó otra reunión:

Señores, la migración ha sido un éxito. Hemos ganado 12 seguidores y perdido la dignidad. Pero eso es branding, ¿no?

Y así, la empresa aprendió que “migrar rápidamente a redes sociales” no significaba entenderlas, ni tener un plan. Pero sí dejaba anécdotas, gifs y una demanda por derechos de autor por usar la cara de Baby Yoda sin permiso.

No, amigos, no todos los que migran, llegan. Y no todos los que llegan, deberían postear, especialmente mi vecino «irfluenser» (sic).

El conocimiento, el poder y la responsabilidad

No ficción

Hay personas que se consolarían hasta del fin del mundo con tal de que ellas lo hubiesen anunciado. Friedrich Hebbel

Algunas personas encuentran consuelo o satisfacción en la idea de predecir eventos, incluso si son catastróficos, porque les da una sensación de control o conocimiento. Es un tema común en la literatura y la filosofía, donde se explora la relación entre el conocimiento, el poder y la responsabilidad.

En la literatura y la filosofía, se exploran una amplia variedad de temas que abordan cuestiones fundamentales de la existencia humana y el conocimiento. Algunos de los temas comunes incluyen:

  • Epistemología: El estudio del conocimiento, su naturaleza y limitaciones.
  • Ética: La reflexión sobre la moralidad, el bien y el mal, y los principios éticos.
  • Estética: La exploración de la belleza, el arte y las experiencias estéticas.
  • Ontología: El análisis del ser, la existencia y la realidad.
  • La relación entre lenguaje y realidad: Cómo el lenguaje influye en nuestra comprensión del mundo y viceversa.

Estos temas se entrelazan a menudo con la narrativa, los personajes y las representaciones artísticas para explorar la condición humana, la sociedad y el universo.

La relación entre el conocimiento, el poder y la responsabilidad es un tema central en diversas disciplinas, incluyendo la filosofía, la sociología y la política. Aquí hay algunos puntos clave y hechos relacionados:

Conocimiento como Fundamento del Poder: El conocimiento otorga a las personas la capacidad de tomar decisiones informadas y ejercer influencia. Francis Bacon, un filósofo del Renacimiento, acuñó la frase “ipsa scientia potestas est” (el conocimiento en sí es poder), destacando la importancia del conocimiento empírico y científico.

Poder y su Ejercicio Responsable: El poder conlleva la responsabilidad de usarlo de manera ética y justa. En la educación, por ejemplo, el poder del conocimiento debe usarse para promover la autonomía, el respeto y la solidaridad, en lugar de generar violencia o discriminación.

Foucault y el Poder: Michel Foucault, un filósofo del siglo XX, analizó cómo el conocimiento está intrínsecamente ligado al poder y cómo las ‘verdades’ son establecidas por aquellos en posiciones de autoridad.

Estos puntos subrayan la importancia de entender la relación entre conocimiento, poder y responsabilidad para fomentar sociedades más justas y equitativas.

Varios filósofos más han abordado el tema del poder y la responsabilidad a lo largo de la historia:

Baruch Spinoza: En su obra “Ética”, Spinoza argumenta que la libertad consiste en comprender la necesidad existente entre causas y efectos del universo, incluidas las del cuerpo y la mente humana. Según él, es precisamente cuando el hombre comprende que no es libre cuando es libre, ya que el conocimiento nos convierte en personas libres y, por tanto, responsables de nuestra vida.

Max Weber: Weber exploró la relación entre el poder y los valores éticos, y cómo estos influyen en la organización social y la política.

Max Weber fue un influyente sociólogo, economista, jurista, historiador y politólogo alemán, nacido el 21 de abril de 1864 en Erfurt y fallecido el 14 de junio de 1920 en Múnich. Es considerado uno de los fundadores del estudio moderno de la sociología y la administración pública. Weber es conocido por su análisis del capitalismo, la burocracia y la religión. Su obra más famosa, “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, explora cómo las creencias religiosas pueden influir en el desarrollo económico y la ética del trabajo.

Además, Weber introdujo conceptos fundamentales en sociología como la “jaula de hierro” para describir el aumento de la racionalización y la burocratización en la sociedad moderna. También diferenció entre el poder y la autoridad, y desarrolló una tipología de la acción social que sigue siendo relevante en la teoría sociológica actual. Weber tuvo un impacto duradero en las ciencias sociales

Sigmund Freud: Aunque es más conocido por sus contribuciones al psicoanálisis, Freud también reflexionó sobre cómo el poder y la autoridad afectan al individuo y a la sociedad.

Hans Kelsen: Kelsen fue un jurista y filósofo que analizó el poder desde una perspectiva legal y ética.

Estos pensadores han contribuido significativamente a nuestra comprensión del poder y la responsabilidad, cada uno desde su propia perspectiva y contexto histórico.

¿Has oído hablar de las greguerías?

Poesía

Son una forma literaria única y fascinante que se originó en España a principios del siglo XX. La palabra «greguería» proviene del español «gregario», que significa «plebeyo» o «persona común». En esencia, una greguería es una frase ingeniosa y a menudo surrealista que combina dos ideas no relacionadas de manera inteligente e inesperada. Son como poemas en miniatura o aforismos que juegan con el lenguaje y la perspectiva. El inventor de las greguerías fue el escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien escribió miles de ellas a lo largo de su carrera. Hoy en día, las greguerías siguen siendo populares en España y América Latina, e incluso han inspirado a escritores de otros idiomas a crear sus propias versiones. Si te gustan los juegos de palabras, el humor o simplemente la escritura creativa, vale la pena descubrir las greguerías.

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¿Qué son las greguerías?

Las greguerías son una forma literaria que consiste en una frase ingeniosa y sorprendente que combina dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa. A menudo se les compara con los aforismos o los haikus, pero tienen un estilo y una estructura únicos. El objetivo de una greguería es sorprender al lector con una idea ingeniosa que, aunque aparentemente extraña, tiene un cierto sentido de verdad.

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Historia de las greguerías

Las greguerías fueron inventadas por el escritor español Ramón Gómez de la Serna en la década de 1910. Gómez de la Serna escribió miles de greguerías a lo largo de su carrera, y su obra fue muy influyente en la literatura española de la época. Además de ser un escritor prolífico, Gómez de la Serna también era conocido por ser un personaje excéntrico y extravagante. Fue un gran defensor del arte moderno y una figura clave en la vanguardia literaria y artística de España en la primera mitad del siglo XX.

Escritores famosos de greguerías

Además de Ramón Gómez de la Serna, muchos otros escritores españoles y latinoamericanos han experimentado con las greguerías a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentran Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, y Julio Cortázar, entre otros. También ha habido escritores de otros idiomas que han sido influenciados por las greguerías, como el escritor francés Raymond Queneau, quien creó una forma literaria similar llamada «centón».

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Características de las greguerías

Las greguerías tienen algunas características distintivas que las hacen diferentes de otras formas literarias. Por ejemplo, a menudo son breves y concisas, pero también pueden ser muy poéticas. También se caracterizan por su ingenio y su capacidad para combinar dos ideas de manera sorprendente. Las greguerías también pueden ser surrealistas o absurdas, pero siempre tienen un cierto sentido de verdad o realidad.

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Ejemplos de greguerías

Aquí hay algunos ejemplos de greguerías para que puedas ver cómo funcionan en la práctica:

  • «El reloj es un cangrejo que camina hacia la muerte»
  • «El pelo es la antena que recibe las ondas de la belleza»
  • «La luna es una uña rota en el dedo del cielo»

Cómo escribir tus propias greguerías

Escribir greguerías puede ser un ejercicio divertido y desafiante para cualquier persona interesada en la escritura creativa. Para escribir una buena greguería, debes combinar dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa y sorprendente. También es importante tener en cuenta que las greguerías deben ser breves y concisas, pero también poéticas. Aquí hay algunos consejos para escribir tus propias greguerías:

  • Piensa en dos ideas que no tengan relación aparente entre sí.
  • Juega con el lenguaje y busca conexiones ingeniosas entre las dos ideas.
  • Trata de encontrar un sentido de verdad o realidad en la frase resultante.
  • Asegúrate de que la greguería sea breve y concisa, pero también poética.

Beneficios de leer y escribir greguerías

Leer y escribir greguerías puede tener varios beneficios creativos y cognitivos. Por un lado, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu creatividad y habilidades literarias. También pueden ser una forma divertida de jugar con el lenguaje y explorar nuevas formas de expresión. Además, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu capacidad para encontrar conexiones entre ideas aparentemente no relacionadas, lo que puede ser útil en muchos aspectos de la vida.

Greguerías versus otras formas de poesía

Si bien las greguerías se comparan a menudo con los aforismos o los haikus, tienen algunas diferencias importantes. Por ejemplo, las greguerías tienden a ser más surrealistas y absurdas que los aforismos, pero también tienen un cierto sentido de verdad o realidad. También son más breves y concisas que los haikus, pero a menudo más poéticas. En general, las greguerías son una forma literaria única y fascinante que vale la pena explorar por sí misma.

Recursos para aprender más sobre las greguerías

Si estás interesado en aprender más sobre las greguerías, hay muchos recursos disponibles en línea y en la biblioteca. Algunos libros que puedes consultar son «Greguerías» de Ramón Gómez de la Serna, «Greguerías selectas» de Miguel Mihura, y «Greguerías ilustradas» de Ricardo Gómez. También hay muchos sitios web y blogs dedicados a las greguerías, donde puedes encontrar ejemplos, consejos y recursos adicionales.

Ejemplos

Las greguerías onduladas son como olas poéticas que se deslizan por la playa de la imaginación

El tiempo es un acordeón cósmico que estira y encoge la melodía de nuestras vidas.

Los sueños son mariposas que revolotean en el jardín de la mente y se posan delicadamente en nuestras pestañas.

Las palabras son hilos invisibles que tejen las telarañas de la comunicación, atrapando pensamientos en su danza etérea.

Los pensamientos fluyen como ríos en constante movimiento, erosionando las piedras de la ignorancia a su paso.

El corazón es un reloj de arena que derrama sus emociones con cada latido, dejando un rastro de memorias en la arena del tiempo.

Las miradas son rayos de sol que iluminan el paisaje de las almas, creando sombras y reflejos en cada interacción.

El silencio es una paleta de colores que pinta paisajes emocionales, donde los tonos suaves revelan secretos profundos.

Los suspiros son cometas en el cielo del alma, despegando con anhelos y aterrizando con susurros de nostalgia.

Las nubes son esculturas de algodón que el viento esculpe en un lienzo azul, narrando historias efímeras.

El mar es un espejo gigante que refleja el cielo, uniendo dos infinitudes en un abrazo eterno.

Los recuerdos son burbujas de jabón que flotan en el aire del pasado, frágiles y hermosas en su efímera existencia.

Las estrellas son luciérnagas cósmicas que titilan en la bóveda nocturna, guiándonos con su luz intermitente.

El amor es un laberinto de emociones enredadas, donde cada esquina esconde una sorpresa, y cada camino lleva a nuevas experiencias.

En las greguerías onduladas, la imaginación y la creatividad fluyen como olas que acarician la playa de las palabras, creando imágenes inusuales y bellos destellos poéticos. ¡Surfea en este mar de ideas y déjate llevar por su magia!


La luna es la uña plateada de una gigante celestial que rasca el cielo nocturno

La luna es el farol del universo, guiando a los viajeros perdidos en la inmensidad del cosmos.

La luna es la perla solitaria que adorna el collar negro del cielo estrellado.

La luna es el espejo de los sueños, reflejando nuestras esperanzas y anhelos en su superficie brillante.

La luna es la lágrima de una diosa enamorada que llora su amor por el sol ausente.

La luna es una cuchara de plata que remueve la sopa de las mareas en el océano de la noche.

La luna es el faro de los amantes, iluminando su camino en la oscuridad romántica.

La luna es un reloj de arena cósmico, midiendo el tiempo de los sueños mientras dormimos.

La luna es una sonrisa tímida que se asoma entre las nubes, regalándonos su resplandor nocturno.

La luna es un ojo curioso que observa desde lo alto los secretos de la Tierra.

La luna es el espejo mágico de los cuentos de hadas, reflejando mundos misteriosos y fantásticos.

La luna es un lienzo en blanco donde los poetas pintan versos con la tinta de la inspiración.

La luna es una mariposa nocturna que despliega sus alas luminosas en el firmamento estrellado.

En las greguerías sobre la luna, la poesía y la fantasía se entrelazan para capturar la belleza y el misterio de nuestro brillante satélite. Sus formas cambiantes y su presencia en el cielo nocturno inspiran imágenes sorprendentes y evocadoras que despiertan la imaginación.


Las ondas de radio son susurros del espacio que viajan en la velocidad del pensamiento

Las ondas de radio son como mensajes en una botella cósmica, lanzados al vasto océano del universo.

Las ondas de radio son bailarinas invisibles que atraviesan el éter con elegancia y gracia.

Las ondas de radio son puentes de comunicación que unen mundos distantes en un abrazo electromagnético.

Las ondas de radio son las melodías del universo, transmitiendo sus notas ocultas entre el ruido cósmico.

Las ondas de radio son como los ecos del tiempo, llevando consigo la historia de civilizaciones pasadas y presentes.

Las ondas de radio son pintores que crean paisajes sonoros en el lienzo del espacio.

Las ondas de radio son mensajeros cósmicos que llevan noticias desde las estrellas más lejanas.

Las ondas de radio son las cartas de amor del cosmos, escritas con luz invisible para todos aquellos que las sintonizan.

Las ondas de radio son como las corrientes del océano cósmico, conectando galaxias y sistemas solares en una danza cósmica.

Las ondas de radio son antenas invisibles que capturan los secretos del universo y los traducen en conocimiento humano.

Las ondas de radio son como huellas dactilares del espacio, dejando marcas únicas que nos permiten rastrear los rumbos del tiempo.

Las ondas de radio son destellos de luz en el éter oscuro, guiando nuestras exploraciones más allá de las fronteras terrestres.

Las greguerías sobre las ondas de radio capturan la esencia misteriosa y fascinante de estas formas de energía que nos permiten conectarnos con el universo y explorar sus secretos más profundos. Desde su papel en la comunicación hasta su uso en la astronomía y la exploración espacial, las ondas de radio nos invitan a reflexionar sobre nuestro lugar en el vasto cosmos.

Las greguerías son una forma literaria única y fascinante que combina ingeniosamente dos ideas aparentemente no relacionadas. Aunque se originaron en España a principios del siglo XX, las greguerías siguen siendo populares en todo el mundo y han inspirado a muchos escritores de otros idiomas. Si te interesa la escritura creativa o simplemente quieres explorar nuevas formas de expresión, las greguerías son una forma divertida y desafiante de hacerlo.

He sembrado como un tubérculo su carne …

Ficción

He sembrado como un tubérculo su carne y la he regado de rocío. Conviene tener ese detalle. Sólo porque hoy celebro esa clase de éxito moderno de enterrar al enemigo. Levanto mi sombrero. Le dejé en calzoncillos, pienso con gran satisfacción. En este laberinto, de todas formas, no lo van a encontrar. Qué muerte tan poética, comenta Mira. Ha sido rápido, respondo. El cascabel de la muerte sonando de nuevo en nuestra familia, otro cadáver más, dice. El cementerio huele a orín y ese maldito símbolo está por todas partes. Saco un pañuelo del bolsillo y cubro mi nariz. La literatura, muchacha, es el barco en que este viejo acaricia tus senos, digo para animarla. Sonríe.