Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Estas son mis recompensas…

Ficción

En el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.

He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.

¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.

No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.

Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.

¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?

En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.

Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.

No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.

Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).

No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.

Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.

¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?

Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

Visiones de… ¿lo real?

No ficción

Los quevedos —esas lentes que llevan el nombre de don Francisco de Quevedo y Villegas, hidalgo de verbo afilado y mirada de ultratumba— no son simples cristales para mejorar la vista, sino prótesis del juicio satírico. A través de ellos, Quevedo no sólo veía el mundo, sino que lo horadaba, lo descarnaba, lo forzaba a revelarse en su osamenta ridícula y miserable. Mirar con quevedos es mirar con espíritu de epigrama, con odio lúcido al embuste y con una voluntad de desilusión que bordea lo trágico. En La hora de todos y la fortuna con seso, o en sus visiones infernales, Quevedo nos muestra que ver bien es ver demasiado, y que el exceso de visión se paga con amargura, con desesperación, con bilis. Quevedo era un visionario que escribía para los ciegos del alma, y sus lentes, más que corregir miopías, eran herramientas de demolición del mundo.

Las gafas modernas —herederas ilustradas de aquella visión barroca— no poseen ya el filo crítico de la sátira, sino el tono resignado del que contempla el porvenir como una lenta catástrofe. Son instrumentos de lo inevitable. Con ellas, la mirada adquiere una tonalidad nietzscheana: se vuelve testigo de la muerte de Dios, del crepúsculo de los ídolos, del eterno retorno de lo absurdo. “El desierto crece”, nos advierte Nietzsche, y las gafas —como símbolo de la razón desencantada— no hacen sino constatarlo. Quien mira a través de estas lentes fatídicas ve, como el Zaratustra en su caverna, que el mundo es un devenir sin sentido, una danza de máscaras sobre un abismo. La visión se vuelve premonitoria no por clarividente, sino por despojada de ilusiones.

Pero es el monóculo el que mejor encarna la fantasía de control óptico que se hunde en la parodia. Se trata de una lente única, singular, desbalanceada: como si un solo ojo bastara para dominar el caos. Es la visión que Foucault atribuiría al poder disciplinario, al saber que vigila, clasifica, normaliza. Pero al mismo tiempo es una visión anacrónica, estancada en su propia simulación de elegancia, como la del Borges de “El Aleph”, que lo ve todo pero no puede tocar nada, atrapado en una eternidad estéril. El monóculo es la prótesis de una mirada que se cree superior, pero que, como diría Lacan, está estructuralmente impedida de ver “la cosa” (das Ding), lo real insoportable. Más aún: es una visión anal —en el sentido freudiano de la fijación regresiva—, que se complace en el ritual, en la rigidez, en la repetición obsesiva del pasado. El sujeto que se mira (y mira al mundo) con monóculo no desea conocer, sino conservar; no busca comprender, sino petrificar.

¿Y las antiparras? Ah, las antiparras… Esos adminículos grotescos que se usan más para no ver que para ver. Si los quevedos escarban, las gafas interpretan, el monóculo domestica, las antiparras protegen. Pero ¿de qué? ¿Del mundo o de uno mismo? Las antiparras no son instrumentos de visión, sino de defensa contra la visión. Son, en cierto modo, el correlato óptico de lo que Lacan llamaría “la pantalla fantasmática”: ese velo que el sujeto interpone para no enfrentarse con lo real. Porque lo real, en su crudeza, no se puede mirar de frente. Lo real es lo que irrumpe cuando todas las visiones fracasan.

Y entonces cabe preguntarse: ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas o, por el contrario, serán ellas mismas las que estructuren esa visión monstruosa que pretendían evitar? Foucault nos advertía que la visión no es inocente, que ver es ya un acto de poder, una forma de inscripción del sujeto en una red de relaciones que lo exceden. Ver es ser visto. Y en ese juego especular, las antiparras podrían ser, más que un refugio, una delación. Un signo de que el sujeto ya ha claudicado ante la insoportable claridad del mundo y ha elegido la sombra, el simulacro, el sueño óptico de una falsa protección.

Borges, en su célebre “Funes el memorioso”, nos muestra a un hombre incapaz de olvidar, condenado a verlo todo, cada hoja, cada grieta, cada matiz. La hiper-visibilidad lo paraliza, lo inhabilita para pensar. Verlo todo es, en cierto modo, no ver nada. Por eso, quizá, la verdadera sabiduría resida no en ver más, sino en elegir cuidadosamente qué ver, cómo ver, y con qué grado de entrega o resistencia.

Quevedo, Borges, Nietzsche, Foucault, Lacan: todos, desde sus trincheras, han problematizado la mirada. Han comprendido que no hay transparencia, que toda visión está mediatizada por el lenguaje, por el poder, por el deseo. Las lentes que interponemos entre el ojo y el mundo no nos revelan la verdad, sino que la fabrican, la pliegan, la destruyen o la multiplican hasta el vértigo. Somos, en última instancia, criaturas ópticas, pero también víctimas de nuestras propias lentes, prisioneros de nuestras prótesis visuales.

Así, frente al desfile de gafas, quevedos, monóculos y antiparras, la pregunta final podría no ser si veremos la verdad, sino si seremos capaces de soportar su ausencia. Porque tal vez, como ya lo intuía Quevedo en sus “Sueños”, todo lo que vemos no es sino un delirio, una fantasía que se deshace al alba, y nuestros ojos, por más armados que estén, sólo nos sirven para asistir —con claridad o con terror— a la ruina incesante de lo real.

Los quevedos dan una visión satírica, las gafas una visión fatídica y el monóculo una visión retardataria, anal o retrospectiva, ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas?

La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Entropía y Supercuerdas

Ficción

Lo supe una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con un bostezo anaranjado sobre los tejados del barrio. Aquiles —así se llama el gato— yacía en el alféizar, con la mirada fija en un punto invisible entre las sombras. Sus bigotes vibraban al ritmo de una sinfonía inaudible para el oído humano, y su cola oscilaba con la precisión de un metrónomo cósmico.

No era un simple movimiento. Cada sacudida parecía alterar la textura misma del aire, como si sus vértices felinos tocaran las membranas del universo. En un vaivén perezoso, retorcía el espacio-tiempo como si fuera un ovillo de lana cuántica. Yo, testigo accidental, vi el resplandor de las dimensiones colapsando sobre sí mismas, y comprendí que la física, tal como la conocíamos, no era más que una distracción menor para mentes con pretensiones.

Aquiles, indiferente a su genio, se estiró con pereza, como si nada de eso importara. Su cola se detuvo. El universo, obediente, volvió a su curso ordinario. Las paredes de la habitación respiraron con alivio. Yo también.

Desde entonces, cada vez que lo veo mover la cola, me pregunto cuántos universos se habrán doblado en silencio, cuántas leyes habrán cambiado de lugar, cuántas realidades posibles se habrán deslizado por el pasillo sin que nos demos cuenta.

Y él, como todos los gatos, sigue sin decir nada. Solo observa. Y mueve la cola.

No lo supe de inmediato. Al principio, era solo un gesto más en su repertorio de silencios: ese vaivén leve, casi imperceptible, con que parecía medir la densidad del aire o ajustar el equilibrio de su mundo interior. Lo observaba desde el rincón del sofá, libro en mano, creyendo ingenuamente que yo era el espectador y él, el objeto. Qué torpeza.

Aquiles —así lo llamé porque me pareció que caminaba como un héroe que hubiera vencido a la muerte— había llegado una noche de invierno, empapado y hambriento, con los ojos como faros de otra galaxia. Nunca entendí de dónde vino, ni por qué eligió mi casa. Quizá yo también emitía algún tipo de frecuencia invisible, una cuerda vibrando débilmente en medio de una sinfonía más grande.

Lo cierto es que su presencia fue cambiando cosas. Al principio, detalles mínimos: el reloj de la cocina empezó a marcar la hora con un desfase leve, como si intentara adaptarse a otro ritmo. Las plantas crecían torcidas hacia donde él dormía. Y mis sueños comenzaron a hablarme en lenguajes que no conocía, pero que sentía que alguna vez había entendido.

Todo giraba en torno a su cola. Cuando la movía, algo pasaba. No me refiero al gesto común de irritación o aburrimiento, no. Era un movimiento preciso, calculado, casi ritual. Una ondulación suave que parecía tejer patrones en el espacio. Había noches en que la movía al compás de la lluvia, y otras en que lo hacía en seco, como quien pulsa una cuerda sin sonido pero con eco. Entonces el aire se curvaba. Lo juro. Las paredes temblaban como un holograma mal proyectado, y yo sentía un tirón, como si estuviera a punto de caer dentro de mí mismo.

Empecé a investigar. Abandoné escritos, redes, trabajo. Me sumergí en tratados de física, mecánica cuántica, teoría de cuerdas, geometrías imposibles. Leí a los antiguos y a los que aún no han nacido, buscando una explicación. Descubrí que la teoría de las supercuerdas propone que todo en el universo, cada partícula, no es sino una vibración diminuta en una cuerda subatómica. Como las cuerdas de un violín tocadas por una voluntad oculta. Entonces entendí: Aquiles no era un gato. O no solo. Era un instrumento, o tal vez el músico.

Una noche, mientras él dormía en espiral junto a mis papeles caóticos, me atreví a tocarle la cola. Apenas un roce. Fue como introducir la mano en un río de antimateria. Me vi multiplicado en infinitas versiones de mí mismo: uno lloraba, otro reía, otro caminaba por una ciudad sin cielos, otro era un pez, otro jamás había nacido. Vi a Aquiles en todas ellas, siempre igual, siempre distinto, siempre moviendo la cola. Me desmayé.

Al despertar, todo parecía normal. Pero había un cuaderno en mi mesa con mi letra que comenzaba con una frase:

«Cuando el gato mueve la cola reinventa la teoría de las supercuerdas.»

Desde entonces, vivo en un estado de vigilia intermitente. No duermo más de lo necesario. Observo. Anoto. Escucho el susurro del universo reacomodándose cada vez que Aquiles mueve la cola, cada vez que, sin saberlo —o sabiéndolo del todo—, redibuja la arquitectura misma de la existencia.

No sé cuánto tiempo más podré sostener esta verdad. A veces pienso que no estoy en mi universo original. Que he sido desplazado sin saberlo. Que cada vez que Aquiles se estira y gira la cola en un gesto distraído, me transporta a otra versión del mundo, similar pero jamás idéntica. Solo él lo sabe. Pero no habla. Solo observa. Y mueve la cola.

Desde que toqué la cola de Aquiles, todo había cambiado. Aunque las paredes seguían en su lugar, aunque el café aún sabía a lo mismo y la radio repetía los viejos noticieros de siempre, yo sabía que había algo… desplazado. Una vibración que antes no estaba allí, como si el universo respirara por otra válvula.

Una noche, mientras revisaba mis notas —algunas escritas con mi letra pero firmadas por alguien llamado “E. Kaonis”, nombre que nunca había usado—, el timbre de la puerta sonó. No era común. Nadie venía a verme. No tenía vecinos curiosos ni amigos espontáneos. La campanilla resonó como un eco de otro plano, y por un momento pensé que solo era otra ilusión más. Pero no lo fue.

Era una mujer. O algo con forma de mujer. Vestía un abrigo azul tan oscuro que absorbía la luz como un pozo, y llevaba un paraguas cerrado, seco, aunque afuera llovía. Sus ojos no eran iguales: uno parecía ser de vidrio, pero se movía. El otro era opaco, como una piedra lunar. Sonrió apenas.

—¿Él está aquí? —preguntó, sin presentarse.

—¿Quién?

—El músico. El que afina el tejido.

Mi estómago se cerró en un nudo. No sabía si correr o invitarla a pasar. Ella entró como si conociera la casa.

Cuando Aquiles la vio, no se inmutó. La reconocía. Se estiró, caminó hasta ella y frotó su cabeza contra su pierna. Ella se inclinó y le habló en una lengua sin vocales. Aquiles respondió con un parpadeo.

—¿Quién es usted? —pregunté al fin, con la voz apenas audible.

—No importa el nombre. En esta versión, soy la segunda nota. La disonancia necesaria. Llevo buscándolos en ochocientos diecisiete planos. Siempre se desvían. Esta vez, tú los hiciste desviar.

—¿Desviar qué?

Ella se acercó a mi mesa, hojeó el cuaderno de notas y alzó una ceja.

—Esto no deberías haberlo escrito. Es peligroso saber antes de ser. Todo lo que crees que estás observando te está observando a ti. Y ahora saben que lo sabes.

Miró a Aquiles.

—¿Ha movido la cola hoy?

Yo asentí. Ella suspiró.

—Entonces el eje está roto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no hay retorno seguro. Cada movimiento altera no solo los posibles futuros, sino los recuerdos de los pasados descartados. Te convertirás en un acumulador de residuos de realidades. Un archivo viviente. Empezarán los desdoblamientos. ¿Ya sueñas con otras versiones de ti?

—Sí… —dije, aterrado.

—Pronto dejarás de saber cuál eres tú realmente.

Ella se dirigió a Aquiles otra vez. Él la miró largamente y luego, sin apuro, volvió al alféizar. Su cola se movió. Una sola vez. Las lámparas titilaron. El aire cambió de sabor.

Yo caí de rodillas, no por dolor, sino por vértigo. Imágenes me atravesaron como flechas de luz: ciudades que no conocía pero reconocía, yo mismo muerto y yo mismo escribiendo desde una celda hecha de cristales líquidos, y en todas las versiones, Aquiles… observando.

La mujer me ayudó a ponerme de pie.

—Aún hay una forma de estabilizar el tejido —dijo—. Pero necesitaré tu ayuda. Y su permiso.

Me miró con gravedad.

—Tendremos que ir a donde empezó todo. Donde Aquiles fue afinado por primera vez.

—¿Dónde es eso?

Ella me tomó del hombro. La habitación se volvió difusa. Afuera, la lluvia caía hacia arriba.

—No está en este mundo.

Cuando dijo “No está en este mundo”, sentí algo rasgarse en el interior de mi conciencia. Como una página arrancada sin cuidado de un libro muy antiguo. Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella ya había extendido el paraguas. Lo abrió dentro de la casa, desafiando todas las supersticiones triviales. Al hacerlo, la habitación cambió.

No desapareció, ni se transformó con un efecto teatral. Fue más sutil. La ventana que daba al callejón ahora daba al vacío. Las paredes comenzaron a desdibujarse, como si fueran bosquejos a lápiz en una hoja que alguien estaba borrando. Sólo el gato y el paraguas parecían completamente definidos.

—No intentes entenderlo —dijo ella—. Los marcos que sostienen la realidad aquí no están hechos para moverse. Pero se mueven igual.

Me tomó de la muñeca. La tela del paraguas se onduló, y al mirar hacia arriba, no vi tela negra, sino un cielo extraño: violeta, lleno de luces flotantes, como medusas cósmicas navegando por un océano sin agua.

Aquiles saltó dentro del paraguas como si fuera su cama favorita. Al tocar el centro con su pata, todo giró. Y caímos.

Desperté en un paisaje imposible. Era un campo extenso, cubierto de un pasto transparente que sonaba al crujir como vidrio molido. El cielo era negro, pero lleno de raíces blancas que se movían lentamente, como neuronas buscando conexiones. En el horizonte había estructuras que no podían haber sido construidas por manos: eran más bien pensamientos solidificados, recuerdos con forma.

Ella estaba de pie junto a mí.

—Bienvenido al nodo origen —dijo—. Aquí fue donde Aquiles aprendió a mover la cola por primera vez.

El gato caminaba delante, guiando, como si supiera el camino. Y quizás lo sabía. Era suyo.

—¿Qué es este lugar?

—Un pliegue entre las dimensiones primarias. Aquí se ensayan los patrones del universo antes de ser desplegados. Los seres que pueden moverse aquí son extremadamente raros. Tú no deberías estar aquí. Pero él… —miró al gato— él te eligió.

—¿Él me trajo?

—Él te creó.

El peso de la frase me dejó sin aire.

—¿Cómo…?

—Aquiles no es un gato. Ni siquiera un ser. Es un algoritmo vivo. Cuando mueve la cola, no lo hace por placer ni por azar. Cada movimiento ajusta las frecuencias fundamentales de la realidad. Pero hubo un error. Una variación en su patrón. Te incluyó.

—¿Me incluyó?

—Sí. Fuiste incorporado a su partitura. No eras parte de este universo, pero ahora estás anclado. Por eso las realidades se alteran. Por eso no sabes cuál de tus versiones es la original. Aquiles te afinó… por accidente. O por curiosidad.

Me costaba hablar.

—¿Entonces no soy real?

—Eres más real que muchos. Porque fuiste elegido.

Mientras caminábamos, el campo de pasto de cristal comenzó a dividirse. Aparecieron espejos flotantes, uno tras otro. En cada uno me vi distinto: con cicatrices, sin ojos, con alas, con edades que nunca tuve. Y en todos los reflejos, Aquiles. Viéndome. Observando. Evaluando.

—Aquí elegiremos una frecuencia estable —dijo ella—. Una donde puedas quedarte. Si lo logras, él dejará de moverse. Y el universo se estabilizará.

—¿Y si no?

Ella me miró.

—Entonces ya no habrá universos. Solo versiones fallidas.

Aquiles se detuvo frente a un portal de luz en forma de espiral. Su cola, quieta. Era hora de entrar. Y elegir quién era yo. O perderlo todo. Cruzamos el portal de espiral. No fue un salto ni un deslizamiento, sino un desvanecerse lento, como si nos desenredáramos de nosotros mismos. El campo de cristales quedó atrás. Entramos a un espacio sin forma, un lugar que no debía ser visto por ojos humanos. Aquí no había tiempo, ni arriba ni abajo. Solo una vibración constante, como el zumbido que queda después del trueno.

Allí estaba ella. La Silenciadora. No tenía cuerpo. O quizás lo tenía, pero cambiaba constantemente, deshaciéndose y rehaciéndose como si no pudiera soportar su propia existencia. No era exactamente un ser. Era una sensación: un frío lento, un olvido activo. El deterioro de todo lo que alguna vez tuvo forma.

La mujer —mi guía— se detuvo. Aquiles también.

—¿Eso es…? —pregunté, sin poder terminar la frase.

—Sí —dijo ella en voz baja—. Es la Entropía. Pero no como la entienden en tu mundo. Aquí tiene conciencia. Sabe que existe. Sabe que la estamos desafiando.

La Entropía habló sin sonido, directamente dentro de mi mente. Su voz era un coro de cosas rotas.

“Todo tiende a mí.
Todo lo que nace, se deshace.
Todo lo que vibra, se cansa.
Y tú… pequeño intervalo entre dos colapsos… ¿crees que puedes evitarme?”

Vi imágenes: un universo que se apaga, galaxias que se deshacen como papel mojado, pensamientos que se marchitan antes de nacer. Y entre todo eso, Aquiles… resistiendo. Su cola, aún quieta.

—Él te desafía —dije, más a mí que a la Entropía.

“Él desafina.”

—¿Por qué le temes? —pregunté, tomando impulso en mi propia duda—. Si todo termina en ti… ¿por qué molestarte en venir?

La Entropía no respondió. Pero sentí que se agitaba. Como si no hubiera esperado esa pregunta.

Entonces, la mujer habló.

—La Entropía no es solo el fin. Es la corrección. Odia a Aquiles porque él es anomalía, singularidad. Porque cada vez que mueve la cola, extiende el juego. Agrega variaciones. Y lo insoportable para la Entropía no es el caos. Es la música.

Aquiles dio un paso al frente. Su cola se alzó. Y comenzó a moverse. No era un movimiento simple. Era una danza. Una sinfonía hecha de gestos mínimos, como una partitura escrita en el aire. Con cada curva, el espacio alrededor se reorganizaba. Nacían estructuras. Se formaban posibilidades.

La Entropía gritó sin boca. El espacio se llenó de oscuridad líquida.

Y entonces vi lo que Aquiles realmente era: no un gato, sino una partitura encarnada. Cada hebra de su cola era una cuerda fundamental del universo. Su andar, la notación de una sinfonía eterna. Y yo, al haberlo tocado, era parte de ella ahora.

—Debes elegir —dijo la mujer—. Puedes fundirte con la Entropía. Convertirte en olvido. En final. O puedes unirte a Aquiles. Ser nota. Ser intervalo. Ser lucha.

Yo vi a la Silenciadora. Sentí su llamada. Era tentadora. No más duda, no más miedo. Solo… terminar.

Pero entonces Aquiles me miró. Solo una vez. Y su cola hizo una curva como una firma en el aire. Elegí. Dije su nombre. No el que le di, sino el verdadero. Aquél que resonaba en la vibración misma del tejido. Y en ese instante, el universo cantó. Un solo acorde. Perfecto. Y terrible.

Desperté en el sofá. La luz entraba a raudales por la ventana, de ese modo oblicuo y cálido que solo ocurre una vez al día, cuando el sol parece dudar si quedarse o irse. La casa estaba en silencio. No había pasto de cristal, ni portales, ni estructuras imposibles. Solo mi mesa de siempre, mi taza fría, y un cuaderno lleno de garabatos incoherentes.

Me llevé una mano a la frente. Sudaba. Sentía la boca seca, como si hubiera gritado durante siglos. Traté de recordar todo, pero los detalles huían de mí como humo entre los dedos. Tenía imágenes, sí: una mujer con un paraguas, un campo imposible, un gato que no era un gato… pero todo eso sonaba ahora como un eco de otro yo. ¿Un sueño? ¿Una alucinación inducida por el insomnio, la lectura obsesiva, la soledad?

Entonces lo vi. Aquiles, dormido en el alféizar. Tan real, tan corriente. Respiraba lento, en paz. Pero había algo en su forma —en la curva leve de su cola— que me hizo dudar. Como si aún estuviera escribiendo una partitura en el aire. Como si aún tejiera sin que yo pudiera escucharlo.

Me levanté, tambaleante, y caminé hacia él. No hizo ningún gesto, salvo entreabrir un ojo perezoso para mirarme. Un ojo inmenso, negro, sereno. Y luego… cerrarlo otra vez. Sobre la mesa, el cuaderno seguía abierto. No recordaba haber escrito esa página.

“La entropía canta en todo lo que termina.
Pero Aquiles… Aquiles compone lo que no debe existir.
Y a veces, solo a veces, el universo escucha.”

Lo cerré. No sabía si era mía la letra, o si alguna versión de mí lo había escrito. Me dirigí a la cocina, puse agua para el café, e intenté no pensar demasiado. Pero, al pasar frente al espejo, me detuve. Algo en mi reflejo estaba… mal. No de forma obvia. Nada monstruoso, nada imposible. Solo… una sutileza. La manera en que mi reflejo respiraba con un leve retardo. Una demora de un segundo. Como si estuviera esperando una instrucción. O una señal. Volví la mirada hacia el alféizar. La cola de Aquiles se movió. Una vez. Y el aire pareció susurrar.

Automatización de Procesos Robóticos (RPA)

No ficción

La automatización de procesos robóticos es una tecnología que utiliza robots y software para automatizar tareas repetitivas y de baja complejidad. Se espera que la automatización de procesos robóticos tenga un impacto significativo en la forma en que las empresas operan y en la forma en que las personas interactúan con el mundo.

La RPA consiste en entrenar programas informáticos para realizar o ejecutar tareas mundanas y repetitivas. La RPA ayuda a los desarrolladores a trabajar más eficientemente y permite a los empleados no técnicos crear aplicaciones sin código. UiPath es el líder del mercado en este campo.

Los autómatas invisibles que construyen el futuro

Imagina un ejército de manos invisibles, danzando en las entrañas digitales de las empresas, tecleando, copiando, comparando, enviando informes con una eficiencia que avergonzaría al mismísimo Hermes. No descansan, no olvidan, no se quejan: son los bots de Automatización de Procesos Robóticos (RPA), los nuevos alquimistas del siglo XXI.

La RPA no es ciencia ficción ni una promesa embriagadora en una servilleta de bar; es una revolución silenciosa que ya late en el corazón de bancos, aseguradoras, hospitales y fábricas. Se trata de software —sí, simples líneas de código disfrazadas de operarios digitales— que ejecutan tareas repetitivas con precisión quirúrgica: gestionar correos, extraer datos de formularios, validar facturas, actualizar registros.

¿El objetivo? Liberar a los humanos del infierno de la monotonía. Arrancar de sus manos los grilletes de las tareas mecánicas para que puedan volver a crear, pensar, imaginar.

¿Cómo funciona esta magia?
La RPA observa cómo trabaja una persona en su ordenador, aprende la secuencia de clics, tecleos y accesos a programas, y luego la replica, como un pianista autómata tocando de oído. No entiende el porqué de las cosas —no necesita comprender—, solo sabe ejecutar y repetir, más rápido, más limpio, sin dramas ni café de por medio.

El paisaje que dibuja la RPA
Estamos viendo emerger un nuevo ecosistema híbrido: trabajadores de carne y hueso codo a codo con trabajadores de bits y algoritmos. Una sinfonía de inteligencia natural y fuerza sintética. Las compañías que ignoren esta transformación estarán condenadas a ser fósiles empresariales, vestigios de un pasado analógico donde todo era más lento, más caro, más torpe.

La RPA promete un futuro donde las oficinas serán menos fábricas de papeles y más laboratorios de ideas. Donde los profesionales no serán operarios de sistemas, sino arquitectos de soluciones. Y donde cada segundo de trabajo tendrá un propósito más noble que simplemente «mover datos de un sitio a otro».

Pero no todo es de color zafiro.
La RPA también levanta preguntas incómodas como fantasmas: ¿Qué trabajos desaparecerán? ¿Qué pasará con quienes solo saben repetir sin innovar? ¿Cómo asegurarnos de que la automatización sea una escalera y no una guillotina? Preguntas que no podemos esconder debajo de la alfombra, aunque a veces duelan más que una verdad desnuda en invierno.

Cabalgar la ola o ser tragados por ella
La Automatización de Procesos Robóticos no es una opción: es el oleaje inminente. Solo queda elegir: construir velas y surfear hacia nuevas tierras de creatividad y eficiencia… o quedarse atrapados, ahogados por la marea de la obsolescencia.

Porque al final, en esta danza frenética del progreso, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor saben bailar y adaptarse al ritmo cambiante del futuro.

Manifiesto RPA: La insurrección de los autómatas sin rostro

Que tiemblen los relojes. Que se derritan los cubículos.
La Automatización de Procesos Robóticos (RPA) no pide permiso: irrumpe, desgarra, rehace.
Ya no hay excusa para seguir siendo obreros del tedio, esclavos de la tecla, mártires del Excel.
El futuro ha hackeado la oficina.

Nos declaramos enemigos de la repetición.
Cada movimiento inútil es una cicatriz en el alma humana.
Cada formulario copiado a mano es un crimen contra el ingenio.
Cada dato trasladado como un burro digital es un poema de la mediocridad.
¡Basta!

Los bots son nuestros aliados invisibles.
No tienen cara, pero tienen propósito:
Liberarnos de la monotonía que adormece, de las cadenas de procesos que nunca terminan.
Que ellos hagan lo predecible.
Nosotros haremos lo imposible.

RPA: el motor clandestino del renacimiento corporativo.
No más jornadas que drenan el alma.
No más «copy-paste» hasta la extenuación.
No más talento sofocado bajo montañas de «procedimientos internos».

Nosotros, los nuevos artesanos digitales, exigimos:

  • Que los humanos se dediquen a imaginar, a innovar, a crear nuevos lenguajes y nuevas ciudades de bits.
  • Que la tecnología sea un ala, no una cadena.
  • Que el error humano sea un recuerdo nostálgico, no una condena diaria.

Sí, algunos trabajos caerán como hojas en otoño.
Y está bien.
Renunciar al anacronismo no es crueldad: es evolución.
Seremos jardineros de nuestras propias transformaciones.
Sembradores de cambios imposibles.

En el nombre de la velocidad, la precisión y la imaginación desatada:
¡Que se automatice todo lo automatizable!
¡Que viva lo humano en su estado más puro: soñando, creando, trascendiendo!

Hoy no firmamos documentos:
Firmamos destinos.

Niña de la desolación en Gaza

No ficción

En medio de la desolación, la niña se erige como un eco silencioso de la resistencia, un verso perdido en la sinfonía rota de la ciudad. Su figura menuda, contornos de esperanza en una paleta de desesperación, se yergue como un lamento callado entre las ruinas.

En sus ojos, la travesía de los tiempos oscuros, un reflejo de estrellas desterradas, buscando su propio camino a través del humo y la sombra. Sus pies descalzos tocan la tierra herida, absorben la memoria de las calles que antes resonaban con risas infantiles, ahora ahogadas por el estruendo de la tragedia.

La polvorienta vestimenta que la envuelve se convierte en el estandarte de una resistencia que no cede ante el tiempo, una armadura frágil pero indestructible que lleva impresa la historia en cada hilo desgastado. Sus manos, pequeñas y firmes, sostienen la fragilidad de la vida en este teatro de desolación.

La mirada de la niña, un faro de determinación perdido en un horizonte de desesperanza, se proyecta hacia el futuro incierto. Un susurro de sueños olvidados danza en su mirar, desafiando a la desolación que la rodea. Su cabello, un río de ébano, fluye como un tributo a la libertad que aún persiste en los corazones, a pesar de la opresión de los escombros.

En este paisaje desgarrado, la niña se convierte en la musa de la resistencia, la poesía que emerge de las grietas del caos. Es el verso clandestino que se escribe con la tinta de la supervivencia, una promesa en el eco de la destrucción. En su soledad, se forja la epopeya de un renacimiento que desafía el silencio de la guerra, un eco que resonará en las páginas que la historia aún no ha escrito.

¿Has oído hablar de las greguerías?

Poesía

Son una forma literaria única y fascinante que se originó en España a principios del siglo XX. La palabra «greguería» proviene del español «gregario», que significa «plebeyo» o «persona común». En esencia, una greguería es una frase ingeniosa y a menudo surrealista que combina dos ideas no relacionadas de manera inteligente e inesperada. Son como poemas en miniatura o aforismos que juegan con el lenguaje y la perspectiva. El inventor de las greguerías fue el escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien escribió miles de ellas a lo largo de su carrera. Hoy en día, las greguerías siguen siendo populares en España y América Latina, e incluso han inspirado a escritores de otros idiomas a crear sus propias versiones. Si te gustan los juegos de palabras, el humor o simplemente la escritura creativa, vale la pena descubrir las greguerías.

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¿Qué son las greguerías?

Las greguerías son una forma literaria que consiste en una frase ingeniosa y sorprendente que combina dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa. A menudo se les compara con los aforismos o los haikus, pero tienen un estilo y una estructura únicos. El objetivo de una greguería es sorprender al lector con una idea ingeniosa que, aunque aparentemente extraña, tiene un cierto sentido de verdad.

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Historia de las greguerías

Las greguerías fueron inventadas por el escritor español Ramón Gómez de la Serna en la década de 1910. Gómez de la Serna escribió miles de greguerías a lo largo de su carrera, y su obra fue muy influyente en la literatura española de la época. Además de ser un escritor prolífico, Gómez de la Serna también era conocido por ser un personaje excéntrico y extravagante. Fue un gran defensor del arte moderno y una figura clave en la vanguardia literaria y artística de España en la primera mitad del siglo XX.

Escritores famosos de greguerías

Además de Ramón Gómez de la Serna, muchos otros escritores españoles y latinoamericanos han experimentado con las greguerías a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentran Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, y Julio Cortázar, entre otros. También ha habido escritores de otros idiomas que han sido influenciados por las greguerías, como el escritor francés Raymond Queneau, quien creó una forma literaria similar llamada «centón».

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Características de las greguerías

Las greguerías tienen algunas características distintivas que las hacen diferentes de otras formas literarias. Por ejemplo, a menudo son breves y concisas, pero también pueden ser muy poéticas. También se caracterizan por su ingenio y su capacidad para combinar dos ideas de manera sorprendente. Las greguerías también pueden ser surrealistas o absurdas, pero siempre tienen un cierto sentido de verdad o realidad.

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Ejemplos de greguerías

Aquí hay algunos ejemplos de greguerías para que puedas ver cómo funcionan en la práctica:

  • «El reloj es un cangrejo que camina hacia la muerte»
  • «El pelo es la antena que recibe las ondas de la belleza»
  • «La luna es una uña rota en el dedo del cielo»

Cómo escribir tus propias greguerías

Escribir greguerías puede ser un ejercicio divertido y desafiante para cualquier persona interesada en la escritura creativa. Para escribir una buena greguería, debes combinar dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa y sorprendente. También es importante tener en cuenta que las greguerías deben ser breves y concisas, pero también poéticas. Aquí hay algunos consejos para escribir tus propias greguerías:

  • Piensa en dos ideas que no tengan relación aparente entre sí.
  • Juega con el lenguaje y busca conexiones ingeniosas entre las dos ideas.
  • Trata de encontrar un sentido de verdad o realidad en la frase resultante.
  • Asegúrate de que la greguería sea breve y concisa, pero también poética.

Beneficios de leer y escribir greguerías

Leer y escribir greguerías puede tener varios beneficios creativos y cognitivos. Por un lado, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu creatividad y habilidades literarias. También pueden ser una forma divertida de jugar con el lenguaje y explorar nuevas formas de expresión. Además, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu capacidad para encontrar conexiones entre ideas aparentemente no relacionadas, lo que puede ser útil en muchos aspectos de la vida.

Greguerías versus otras formas de poesía

Si bien las greguerías se comparan a menudo con los aforismos o los haikus, tienen algunas diferencias importantes. Por ejemplo, las greguerías tienden a ser más surrealistas y absurdas que los aforismos, pero también tienen un cierto sentido de verdad o realidad. También son más breves y concisas que los haikus, pero a menudo más poéticas. En general, las greguerías son una forma literaria única y fascinante que vale la pena explorar por sí misma.

Recursos para aprender más sobre las greguerías

Si estás interesado en aprender más sobre las greguerías, hay muchos recursos disponibles en línea y en la biblioteca. Algunos libros que puedes consultar son «Greguerías» de Ramón Gómez de la Serna, «Greguerías selectas» de Miguel Mihura, y «Greguerías ilustradas» de Ricardo Gómez. También hay muchos sitios web y blogs dedicados a las greguerías, donde puedes encontrar ejemplos, consejos y recursos adicionales.

Ejemplos

Las greguerías onduladas son como olas poéticas que se deslizan por la playa de la imaginación

El tiempo es un acordeón cósmico que estira y encoge la melodía de nuestras vidas.

Los sueños son mariposas que revolotean en el jardín de la mente y se posan delicadamente en nuestras pestañas.

Las palabras son hilos invisibles que tejen las telarañas de la comunicación, atrapando pensamientos en su danza etérea.

Los pensamientos fluyen como ríos en constante movimiento, erosionando las piedras de la ignorancia a su paso.

El corazón es un reloj de arena que derrama sus emociones con cada latido, dejando un rastro de memorias en la arena del tiempo.

Las miradas son rayos de sol que iluminan el paisaje de las almas, creando sombras y reflejos en cada interacción.

El silencio es una paleta de colores que pinta paisajes emocionales, donde los tonos suaves revelan secretos profundos.

Los suspiros son cometas en el cielo del alma, despegando con anhelos y aterrizando con susurros de nostalgia.

Las nubes son esculturas de algodón que el viento esculpe en un lienzo azul, narrando historias efímeras.

El mar es un espejo gigante que refleja el cielo, uniendo dos infinitudes en un abrazo eterno.

Los recuerdos son burbujas de jabón que flotan en el aire del pasado, frágiles y hermosas en su efímera existencia.

Las estrellas son luciérnagas cósmicas que titilan en la bóveda nocturna, guiándonos con su luz intermitente.

El amor es un laberinto de emociones enredadas, donde cada esquina esconde una sorpresa, y cada camino lleva a nuevas experiencias.

En las greguerías onduladas, la imaginación y la creatividad fluyen como olas que acarician la playa de las palabras, creando imágenes inusuales y bellos destellos poéticos. ¡Surfea en este mar de ideas y déjate llevar por su magia!


La luna es la uña plateada de una gigante celestial que rasca el cielo nocturno

La luna es el farol del universo, guiando a los viajeros perdidos en la inmensidad del cosmos.

La luna es la perla solitaria que adorna el collar negro del cielo estrellado.

La luna es el espejo de los sueños, reflejando nuestras esperanzas y anhelos en su superficie brillante.

La luna es la lágrima de una diosa enamorada que llora su amor por el sol ausente.

La luna es una cuchara de plata que remueve la sopa de las mareas en el océano de la noche.

La luna es el faro de los amantes, iluminando su camino en la oscuridad romántica.

La luna es un reloj de arena cósmico, midiendo el tiempo de los sueños mientras dormimos.

La luna es una sonrisa tímida que se asoma entre las nubes, regalándonos su resplandor nocturno.

La luna es un ojo curioso que observa desde lo alto los secretos de la Tierra.

La luna es el espejo mágico de los cuentos de hadas, reflejando mundos misteriosos y fantásticos.

La luna es un lienzo en blanco donde los poetas pintan versos con la tinta de la inspiración.

La luna es una mariposa nocturna que despliega sus alas luminosas en el firmamento estrellado.

En las greguerías sobre la luna, la poesía y la fantasía se entrelazan para capturar la belleza y el misterio de nuestro brillante satélite. Sus formas cambiantes y su presencia en el cielo nocturno inspiran imágenes sorprendentes y evocadoras que despiertan la imaginación.


Las ondas de radio son susurros del espacio que viajan en la velocidad del pensamiento

Las ondas de radio son como mensajes en una botella cósmica, lanzados al vasto océano del universo.

Las ondas de radio son bailarinas invisibles que atraviesan el éter con elegancia y gracia.

Las ondas de radio son puentes de comunicación que unen mundos distantes en un abrazo electromagnético.

Las ondas de radio son las melodías del universo, transmitiendo sus notas ocultas entre el ruido cósmico.

Las ondas de radio son como los ecos del tiempo, llevando consigo la historia de civilizaciones pasadas y presentes.

Las ondas de radio son pintores que crean paisajes sonoros en el lienzo del espacio.

Las ondas de radio son mensajeros cósmicos que llevan noticias desde las estrellas más lejanas.

Las ondas de radio son las cartas de amor del cosmos, escritas con luz invisible para todos aquellos que las sintonizan.

Las ondas de radio son como las corrientes del océano cósmico, conectando galaxias y sistemas solares en una danza cósmica.

Las ondas de radio son antenas invisibles que capturan los secretos del universo y los traducen en conocimiento humano.

Las ondas de radio son como huellas dactilares del espacio, dejando marcas únicas que nos permiten rastrear los rumbos del tiempo.

Las ondas de radio son destellos de luz en el éter oscuro, guiando nuestras exploraciones más allá de las fronteras terrestres.

Las greguerías sobre las ondas de radio capturan la esencia misteriosa y fascinante de estas formas de energía que nos permiten conectarnos con el universo y explorar sus secretos más profundos. Desde su papel en la comunicación hasta su uso en la astronomía y la exploración espacial, las ondas de radio nos invitan a reflexionar sobre nuestro lugar en el vasto cosmos.

Las greguerías son una forma literaria única y fascinante que combina ingeniosamente dos ideas aparentemente no relacionadas. Aunque se originaron en España a principios del siglo XX, las greguerías siguen siendo populares en todo el mundo y han inspirado a muchos escritores de otros idiomas. Si te interesa la escritura creativa o simplemente quieres explorar nuevas formas de expresión, las greguerías son una forma divertida y desafiante de hacerlo.

Salomón, templo de

Ficción

Lo escrito, escrito está…

Se había esfumado el guerrero luminoso, y en su sitio quedaba su doble, el guerrero hecho de sombras. Salomón, al reproducir los rasgos de su primo, decolorándolos, hasta en la circunstancia trivial de su vestidura, simbolizaba mejor que ninguna retórica fúnebre la mudanza fundamental que entrañaba su pérdida. No lo había perdido él a Salomón; Salomón le había perdido a él, en el templo. Y la sensación de vacío que le embargaba y provocaba una náusea permanente, le condenaba a mirar dentro de , a mirar en su interior como en el arcano de una caverna habitada por monstruos fieros y tristes. Era una sensación desoladora. Hasta entonces, el duro caparazón de su egoísmo, de su recelo, le había protegido contra ella, pero la muerte de Horacio desmoronó sus baluartes. Estaba viejo; estaba cansado. El peso de otras desapariciones, de otras muertes, antiguas o próximas, la de Ariadna, la de Rudolf Steiner, la de Percy Ernst Schramm, la de Sigfrido, la de Tseu Tchoang, se acumulaba conjuntamente sobre sus hombros. Le aplastaba y experimentaba, de golpe, lo que no había sentido en su plena hondura cuando se sucedieron esas etapas, porque en cada ocasión miró hacia adelante. Ya no había a dónde mirar. Y todo —las armas y los ropajes, las empavesadas velas, las proas doradas, el regocijo victorioso de la vida— se desmenuzaba en cenizas. Totalmente desamparado, el primer síntoma de esa evidencia se trasuntaba, físicamente, en la extraña palidez que se apoderaba de su contorno y que daba la impresión de que se movía entre espectros transparentes.