Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

Secretos sacados del libro de Cleopatra

Ficción

Para hacerse amar de los hombres o, en su defecto, conservar el cutis suave, fino, blanco y agradable al tacto

Tómese un licor llamado agua de Citiso, que los antiguos filósofos conocían con el nombre de Akarim, déjese en un vaso descubierto expuesto tres noches a las influencias de Urano, Marte y Venus, y luego veinte y cuatro horas del sol; entonces se retira, y se mezclan algunas gotas con la leche fresca de vaca o cabra, aunque es preferible la de yegua o burra, y al cabo de cinco minutos se lava con esta mezcla las manos o la parte que sea. Cleopatra, por ejemplo, se hacía llenar una piscina con leche de burra virgen a este solo efecto y no sólo conquistaba hombres sino incluso imperios.

Para que la piel resplandezca como el alba de Egipto

Tómese un licor llamado agua de heliotropo, que los sabios caldeos veneraban bajo el nombre de Zareph. Déjese reposar en un cuenco de alabastro durante dos noches al claro influjo de Venus y la Luna creciente. Luego, antes del alba del tercer día, introdúzcase en el baño un trozo de ámbar rojo envuelto en hojas de mirto. Esta infusión, mezclada con cinco gotas de esencia de jazmín, debe aplicarse sobre el rostro con un velo de lino, sin hablar palabra durante el acto. Dicen que Cleopatra lo usaba antes de cada aparición pública, y ningún hombre podía sostenerle la mirada sin caer rendido a sus pies.

Para encender el deseo en el corazón de un soberano

Árdase una mezcla de canela, almizcle y raíces de mandrágora en un pebetero de bronce, y en el humo espeso que se alce, dibújese con la mano izquierda el símbolo de Isis desvelada. Acto seguido, tómese una gota de aceite de nardos silvestres y colóquese detrás de cada oreja y en la curva interior de la muñeca. Este rito debe realizarse en la hora exacta del ocaso, cuando el cielo se tiñe de rojo, y jamás debe repetirse dos veces bajo la misma luna. Con este secreto, cuenta el papiro, Cleopatra doblegó la voluntad de César como se dobla una hoja de papiro mojada.

Para conservar la juventud más allá de los años

Recójanse pétalos de rosa al despuntar la aurora, antes de que el sol los haya tocado. Se maceran en miel pura del desierto, junto con una pizca de sal de Amón y cinco granos de polvo de ópalo. La mezcla se guarda en un frasco de cristal oscuro y se deja reposar siete días bajo tierra, entre raíces de granado. Una vez filtrado el ungüento, se frota cada noche sobre el cuello y el pecho, pronunciando en voz baja el nombre de una diosa antigua e ignota. Así, aseguran las tablillas, permanecía Cleopatra inmutable ante los años, como si el tiempo se negara a tocarla.

El Libro de Khafaal de Thaunn

Poesía

«Es conocida así una tablilla cuneiforme, sumeria, antiquísima, rescatada de las ruinas, compuesta de fragmentos poéticos, visiones, glosas y versos proféticos rotos. Su tono es solemne, mítico, pero tan íntimamente humano que habla desde la herida, no desde el estrado.» (Philaletha de Kadmea).

NOTA PRELIMINAR: He dejado en blanco las partes que no eran legibles en la tablilla encontrada. Hay quien interpreta que la tablilla se va reescribiendo a lo largo de la historia, cuando pierde palabras, sin perder nunca su sentido y su potencia profética. Según esta teoría, el libro marcará el final del mundo cuando sólo quede la última palabra. Por ahora quedan 1722 palabras que he traducido como sigue…

Oh tierra batida por soles negros
tierra donde no germina el nombre
tierra donde el viento guarda juramentos rotos
escucha ahora el relato que nadie pidió
pero que aún así persiste

Había un hombre
No un rey No un dios No un héroe
Un hombre sin escudo
sin sangre real
pero con una herida que no cerraba

A él se le apareció el dragón de los siete rostros
el que se oculta en la raíz del silencio
el que devora nombres y los olvida
sin saborearlos

Y el hombre
el sin-manto
el que ya había perdido la ciudad de su infancia
sacó la fíbula de su cintura
símbolo inútil
símbolo último

No como arma
No como escudo
sino como juicio

Y fue entonces que descendió
no en carro de fuego
no con trompetas
no con antorchas
sino con polvo en los pies
y verdad en los ojos

“¡Tarde vienes!” gritó el hombre
“¡Todo está perdido!”
Pero él respondió
“No vengo a ganar
Vengo a mirar contigo”

Entonces el cielo se cerró
No con trueno
No con ira
sino con esa calma espesa
que anuncia la extinción del lenguaje

El dragón se alzó
No era un monstruo
Era la memoria sin dueño
Era el pasado que nadie sostuvo
Era el olvido con forma de aliento

Y el hombre caminó hacia él
Solo
Con el nombre roto colgando del pecho
como un amuleto vencido

El fuego no lo consumió
El dragón no lo devoró
El cielo no lo reconoció

Pero la ceniza supo su nombre

Y eso para algunos
fue suficiente

Amante de la verdad

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
para poder acosar al dragón con ella

Estaba realmente enfurecido

Y vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
afortunadamente

Adiós
Adiós viejo cielo

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
No como adorno
No esta vez
Como acero
Como grito
Como rabia

Con ella acosé al dragón
No el de escamas y fuego
El otro
El que se arrastra bajo la piel
El que devora los nombres de los caídos
El que susurra en las noches sin estrellas
«Ya no queda nada por salvar»

Estaba realmente enfurecido
No por miedo No por honor
Por memoria
Por los que creyeron
Por los que aún me llaman
Hermano
desde los huesos

Y entonces vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
Khafaal que juró no volver a empuñar su lanza
Khafaal que perdió a su hijo en las minas de Lorsamm Aar
Khafaal el último justo en esta tierra torcida
Gracias a los dioses rotos vino

Y juntos lo enfrentamos
El dragón
El pasado
El fin

El cielo
Ah viejo cielo
tan cansado de mirar guerras de hombres
Tan azul Tan inútilmente azul

Adiós
Adiós viejo cielo
Que otro levante la espada
Que otro recuerde nuestros nombres
Yo
Yo me duermo ya

Me la quité sin temblor
No era un adorno
era el eco de mi nombre
cosido al pecho

La lancé como lanza
y silbó en el aire
como si supiera
lo que el acero ha olvidado
«Que toda belleza
puede volverse herida»

No ruge
No alza el vuelo
No duerme sobre oro

Se arrastra por los pasillos
donde guardo los nombres de los que amé
Sabe deletrear el olvido
con lengua de humo

Y cada vez que dudo
se hace más real
Más hueso
Más rastro

Él llegó sin armadura
Solo una mirada
de quien ya ha muerto dos veces

No preguntó por qué luchaba
Clavó su lanza
como quien siembra algo
en tierra yerma

Luchó sin fe
pero con memoria
Y eso quizás
fue suficiente

Ese cielo
azul de cansancio azul de olvido
gris de tanto mirar sin tocar
no tiene dioses
Solo testigos

Cada estrella es una promesa rota
Cada nube un juramento olvidado

Le dije adiós
como se saluda a un padre
que nunca estuvo ahí

Cuando la sangre calla
el viento habla

Dice cosas que olvidamos
Que no hay victoria
Que no hay tumba justa
Que el mundo no recuerda

Pero aún así
mientras caía
apreté la fíbula en mi puño
como si fuera una flor

Y sonreí
Porque no me rendí

El Fuego de Thaunn
No descendió del cielo de ningún dios
Nadie abrió los cielos con relámpagos
La tierra no tembló
Y sin embargo supimos que había llegado la hora

El dragón no vino desde los bosques lejanos
ni surgió del abismo con alas negras
Estaba ya allí
en los pliegues del silencio
en la palabra no dicha
en la carne que recuerda
lo que la mente querría olvidar

Yo arrojé al suelo la fíbula
ya sin manto sin escudo
con el pecho expuesto al juicio del acero
No porque creyera en la victoria
sino porque aún me aferraba
a una forma rota de la verdad

Entonces llegó Khafaal de Thaunn
No traía estandarte
ni un nombre grabado en los anales
Solo cicatrices en el rostro
y una lámpara encendida
que parecía arder sin aceite

“No hay oro que salvar” dijo
“Ni mundo que redimir
Solo tú
y la llama que aún se resiste a extinguirse”

No me dio órdenes
No tomó mi mano
Se sentó a mi lado
y esperó

El dragón nos encontró así
uno con su lanza enterrada en la tierra
el otro con la mirada vuelta hacia adentro
Y cuando rugió
no fue su aliento lo que nos amenazó
sino su pregunta

“¿Por qué aún estás de pie?”

Yo no respondí con palabras
La fíbula ya era hierro candente entre mis dedos
Y la arrojé
No para matar
sino para marcar el límite
entre la oscuridad y lo que aún puede arder

El dragón no cayó
El cielo no se abrió
Pero en el humo
algo se quebraba

Y en el crujido de ese instante
supe que el mundo no se salva
pero uno puede salvar
una chispa
Una memoria
Un gesto limpio
en medio del caos

Khafaal asintió
Se levantó
Y sin mirar atrás
se perdió por el mismo camino
por donde vino

No todas las brasas son ceniza
Hay algunas que fingen haberse extinguido
pero en la noche del alma
arden más que el sol

Khafaal dijo
«Guarda esas brasas
No para incendiar el mundo
sino para iluminar tu nombre
cuando te sea negado»

El dragón no se alimenta de cuerpos
Devora los nombres
Los pronuncia lentamente
hasta hacerlos polvo

Por eso luchamos
no por el cuerpo
sino por el eco que lo sigue

El cielo es testigo pero no aliado

Khafaal alzó la mirada y dijo:
«No reces No maldigas
Mira ese azul
como quien mira una piedra
sin esperar respuesta
pero sabiendo que existes
porque puedes contemplarlo»

El umbral no es la puerta
Es la pregunta antes de cruzarla

¿Qué de ti debe morir
para que lo que debe vivir
respire?

Cuando el guerrero partió la fíbula en dos
ya no era un broche
Era el primer signo de revelación

Uno de los fragmentos se hundió
en el pecho del dragón
El otro en el suyo

Y así se volvieron iguales
dos cuerpos marcados
por la misma herida

Aquel que no haya sentido
el peso de un símbolo
no ha sentido aún el mundo

No busques la verdad como un mapa
búscala como se busca un recuerdo
sabiendo que quizás lo que encuentres
te cambie

El fuego no pregunta por tu causa
Solo consume lo que arde

Khafaal habló ante las llamas:
“No hay metal noble sin horno
Ni rostro verdadero sin incendio”

Y arrojó su nombre al brasero
como quien entrega una llave

Algunos fueron tocados
por una llama distinta
no los hirió
pero tampoco los dejó igual

Se les conocía por la mirada
ardían en silencio
y no buscaban testigos

No es el cuerpo el que muere primero
sino el nombre al que ya nadie llama

El dragón lo sabe
por eso guarda los nombres
en su vientre
como huesos no digeridos

“Cuando digas mi nombre
dilo despacio
No por reverencia
sino por precisión
Cada sílaba fue ganada
como una trinchera”

Lo que no se nombra
se desvanece
Pero lo que se nombra mal
también perece

La noche no es oscuridad
Es el silencio donde se decide
si aún eres tú

Cuando no pude dormir
Khafaal habló
“La noche es el rostro
de lo que no pudiste perdonar
Pero si la atraviesas
te hablará sin mentir”

Si ves una figura en la noche
que no tiene sombra
síguela

No te llevará a la luz
pero tampoco al engaño

No hay mayor consuelo
que aquel que no promete consuelo

Khafaal no prometió nada
Se sentó
Y en su silencio
supe que no estaba solo

El compañero no lucha por ti
Lucha para que tú no olvides
cómo hacerlo

“¿Y si caemos?”
“Entonces no caerás solo”

“¿Eso basta?”
“A veces es todo lo que hay”

No todo lo olvidado está perdido
Hay cosas que duermen bajo la ceniza
esperando que alguien respire hondo

El olvido no borra
Desvía

Un día miras un rostro y no sabes
si fue un enemigo
un hermano
o tú mismo

La muerte no es olvido
El olvido es más lento

Es el crujido del nombre
mientras cae
sin que nadie lo recoja

Yo no fui testigo
No combatí en los días de la fíbula
No hablé con Khafaal de Thaunn
No vi al dragón
ni al cielo viejo
ni al fuego sin causa

Y sin embargo he vivido con estas tablillas
más tiempo del que he vivido con mi propio nombre
Las heredé de manos temblorosas
en un zigurat sin lámparas
entre estantes rotos y juramentos carcomidos

Nadie recuerda ya por qué se escribió este libro
Algunos creen que es un canto épico
disfrazado de fragmentos
Otros dicen que es alquimia
disfrazada de mito

Para mí es un espejo

No uno liso no uno de palacio
sino de los antiguos
curvo oxidado
que muestra el rostro
que no sabías
que llevabas dentro

Hay quienes buscan aquí instrucciones
No las hay
Hay quienes buscan consuelo
Lo encontrarán pero no como esperaban

Aquí hay fuego Nombre Noche Compañero Olvido
Y algo más
Un Eco Un eco
un eco

Porque cada vez que recito estas líneas
aunque las sepa de memoria
hay una palabra que suena distinta

Como si el libro no fuera un libro
sino un ser que escucha

Que espera
Que no olvida

Que quizás recuerda de ti
más de lo que tú mismo recuerdas

La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Migrando rápidamente a redes sociales

Ficción

En una tranquila oficina donde el fax aún suspiraba de vez en cuando, Don Ernesto, gerente de mercadotecnia y maestro del clipart, tuvo una revelación tras recibir un meme impreso por la impresora matricial: “¡Debemos migrar rápidamente a redes sociales!”

Como un moderno Moisés guiando a su pueblo hacia la tierra prometida del engagement, Don Ernesto convocó a su equipo en la sala de juntas, también conocida como «la cueva del PowerPoint». Allí, entre termos de café recalentado y una pizarra blanca saturada de ideas del 2009, anunció su estrategia:

—Vamos a abrir una cuenta de TikTok. También haremos lives en Instagram, memes en Twitter, y si nos alcanza el presupuesto, ¡filtramos un escándalo para hacernos virales!

El equipo lo miró con ojos de fe (y algo de pánico). La señora Matilde del área legal preguntó si “TikTok” era un medicamento nuevo. El becario, entre lágrimas y cafés, asumió que su contrato no incluía convertirse en influencer.

La transición fue tan rápida como torpe. En una semana, la empresa que antes usaba sobres manila como CRM, ahora tenía presencia en siete plataformas. Subieron su primer TikTok: un lip sync de Don Ernesto bailando “As It Was” mientras mostraba un diagrama de flujo. El video acumuló siete vistas, cinco de las cuales eran de la señora Matilde tratando de entender si era un montaje.

En Instagram, intentaron un sorteo: “Etiqueta a tu jefe favorito y gana una calculadora Casio”. Solo participó un bot ruso y un primo de Recursos Humanos.

Pero el verdadero hito llegó cuando Don Ernesto, en su obsesión por la viralidad, usó los hashtags #Yolo #NoFilter y #FreeBritney en una publicación de LinkedIn sobre regulaciones fiscales. Aquella noche soñó que Bezos le ofrecía trabajo en Amazon por su “atrevida estrategia multiplataforma”.

Al mes, el caos reinaba. El community manager desarrolló un tic nervioso cada vez que sonaba una notificación. El CEO, confundido, preguntó por qué la empresa estaba vendiendo «merch» de memes en vez de servicios. Y en una videollamada con un cliente alemán, accidentalmente activaron un filtro de perro durante toda la presentación.

Finalmente, tras una lluvia de memes internos, Don Ernesto convocó otra reunión:

—Señores, la migración ha sido un éxito. Hemos ganado 12 seguidores y perdido la dignidad. Pero eso es branding, ¿no?

Y así, la empresa aprendió que “migrar rápidamente a redes sociales” no significaba entenderlas, ni tener un plan. Pero sí dejaba anécdotas, gifs y una demanda por derechos de autor por usar la cara de Baby Yoda sin permiso.

No, amigos, no todos los que migran, llegan. Y no todos los que llegan, deberían postear, especialmente mi vecino «irfluenser» (sic).

Fastissimus diebus

Ficción

En San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.

Nadie supo quién dio la orden.

A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.

—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.

Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.

El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.

Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.

Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.

Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.

El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.

—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.

—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.

—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.

—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.

A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.

Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.

Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.

Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.

Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.

Oyó el mar.

Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.

Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.

—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.

Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.

En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.

—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.

—Porque no sé adónde voy.

—Todos saben adónde van.

—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?

La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.

—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.

Isidoro se sentó a su lado.

La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.

—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.

El hombre cerró los ojos.

Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.

Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.

Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.

La niña le tendió la muñeca sin rostro.

—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.

—¿Y cómo se llega?

—Despacio.

Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.

Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.

Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.

—Vengo a recuperar un día.

—¿Cuál?

—El día que perdí a mi hermano.

El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.

—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.

—Era una tarde de agosto. Había amapolas.

El guardia suspiró.

—Las tardes de agosto son muy caras.

—No tengo dinero.

—Entonces no tiene tiempo.

Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.

—Tengo esto.

El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.

—¿De dónde lo ha sacado?

—De mi abuelo.

—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.

Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.

El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.

Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.

Lo abrió.

Y el mundo se detuvo.

El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.

En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.

Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.

Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.

Se sentó en la hierba.

Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.

—Has tardado mucho —dijo el niño.

—Lo sé.

—¿Te quedas?

Isidoro lloró sin hacer ruido.

—Me quedo.

Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.

Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.

Isidoro cerró el frasco.

No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.

Después rompió el reloj contra el suelo.

El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.

Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.

En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.

Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.

Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.

Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.

En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:

Fastissimus diebus.

Los días velocísimos.

Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:

No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.

Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.

Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.

Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.