Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

Polvo del reloj

Poesía

También lloro adelante,
porque el reloj no sabe
que la existencia nos demuestra pureza
mientras, divirtiéndonos, la fábrica
cría un insecto de verde polvo.

Vuestra fuerza, armados apenas
con la inocencia de las criaturas,
quiso partir el bajel
que parecía hecho de sombras
y de un tratado triste.

Los olmos pintará el viento,
como si la tierra inmensa
contentaré algún día con su piedad natural.
Pero los deshonrados instintos,
parásitos del tiempo,
aguardan abajo.

La primogénita de mis vueltas,
amante de cuanto vértigo respira,
es mía y de las mías;
corrían los bolos del mundo
sin considerar el desenfreno
de los maniáticos que rebelo.

Hay estampas que el narrador disipo
con una consonante solamente.
Hay espantos que darán fuerza
a quien perseguirla quiso
hasta crearlo todo de nuevo.

Estamos juzgados
por un polvo suave
que no distingue entre la ganada
y la pérdida,
entre veinte relojes
y un solo instante.

Simplemente la tierra
nos mira existir.
Y también lloro adelante,
porque el tiempo,
cuando parece detenerse,
empieza otra vez a correr dentro de nosotros.

Bautismo del topo

Poesía

Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.

Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.

Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.

Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.

Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.

Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.

La muerte de pan silencioso

Poesía

Había en ti una muerte de pan silencioso, una sed que bebía las ternuras hasta romper los huesos. El luto no confesaba nada; apenas respiraba entre nosotros como un animal cansado. Los celos, mientras tanto, levantaban sus pequeñas guerras bajo este día estéril, hecho de desdenes que ya nacían viejos.

También la victoria puede doler cuando llega descalza. La cargan los humildes como quien sostiene una piedra tibia contra el pecho. Los otros, en cambio, celebraban con una alegría mutilada, riéndose desde la herida que ellos mismos se habían abierto. Qué pobres resultaban en su estruendo.

Atravesaban sin permiso la tierra seca, donde el polvo parecía recordar nombres que nadie pronunciaría otra vez. El aire olía a criaturas abandonadas, a un mundo que persistía pese a su propia vergüenza, mientras las guerras seguían alimentando al animal ciego que todos soñamos alguna vez. Allí lo inerte pesaba más que la sangre; lo infantil envejecía de pronto; hasta el dolor inventaba su propio cuerpo para seguir respirando.

Yo vivía, extraviado entre aquellos misterios, como si el sueño hubiese aprendido a abrir los ojos sin despertar jamás. Todo pasaba lejos y, sin embargo, me atravesaba de rodillas: los fantasmas, los reyes sin reino, la suerte endurecida, los magos incapaces de devolverle el pulso a la tierra.

Pero él seguía amando aquellos estribillos.

Y esa fidelidad, tan pequeña y tan inútil, era quizá lo único que todavía no había sido derrotado.

 

I. Los que no nos vieron

Los que no nos vieron
todavía creen que el mundo
cabe entero dentro de una ventana.

Ignoran el hambre
que tienen las manos
cuando aprenden el nombre de otra mano.

Nosotros pasamos
como pasan los pozos:
guardando una sed
que nunca fue del agua.

Y nadie supo
que una sombra puede abrazar a otra
hasta dejarle luz.

II. La muerte de pan silencioso

Había una muerte
hecha de pan silencioso.

No venía a llevarse a nadie;
se sentaba a la mesa,
partía la tarde en migas
y esperaba.

La mordíamos sin saberlo.

Por eso el hambre
se parecía tanto a la memoria,
y el trigo,
después de haber sido esperanza,
terminaba pareciéndose a una piedra.

Quién diría
que también el pan
aprende a llorar por dentro.

III. Victoria descalza

Llegó sin trompetas.

Traía los pies
llenos de polvo y espinas,
como quien ha cruzado
todos los fracasos
para encontrar apenas
un rincón donde respirar.

Nadie la reconoció.

Los vencedores
iban demasiado ocupados
contando sus medallas.

Ella,
la verdadera,
se quitó el último dolor de los hombros
y siguió andando,
porque sabía
que el camino nunca aplaude
a quien lo sostiene.

Inventario de la gota

Poesía

La gota no cae:
me recuerda.

Hay un sacrilegio
sentado en la silla más pequeña del mundo,
y una niña,
sin saberlo,
le ofrece un rubí
como quien devuelve la infancia
a un árbol enterrado.

María pasa.

Ninguna estrella
alcanza a justificar el error
de haber nacido completo
cuando el rostro aprende
a vestirse de harapos.

Voy.

No porque pueda.
Porque el viento sopla
y la razón,
esa piedra con vértigos,
insiste en llamarme por un nombre
que todavía no inventar.

Los continentes caben
en el arco de una buena mañana.
Los poetas lo dicen
sin cumplimiento alguno.
La justicia come despacio
el pan de los caseros,
mientras un vampiro
muerde la confianza
y la deja heroica,
aunque nadie lo note.

Aquello volvió
desde un hoy misterioso.
Delante de mí
las piedras fijaban
su evidentísimo silencio.

Entremos.

Acojamos
lo que cualquiera abandonaría:
la digna costumbre
de salvar el mundo
sin saber si el mundo
abandonase primero
a quienes nací para mirar.

Resulte igual.

Mañana,
cuando la última gota
aprenda por fin
que también puede caer hacia arriba,
el sano corazón
dirá un punto.

Y ese punto,
contra toda lógica,
seguirá respirando.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.

«Animum debes mutare, non caelum»

Ficción

Conozco el pensamiento que se alza cuando el frío entra en los pulmones y las calles parecen romperse bajo los pasos de los hombres. “Ay”, murmura la geografía de la patria, como si las naciones fueran costillas expuestas de un cuerpo antiguo, cubierto de ruinas y días perdidos. Sabéis que la vejez no llega sola: trae consigo una jerga de sombras, divagaciones nocturnas, y ese beso prematuro que parece inferior, contiguo a la despedida. Reírme fue mi último cobijo cuando los vasallos del miedo comenzaron a devorar la ternura. En los almacenes de la memoria, entre carbones apagados y óperas humanas que nunca alcanzan su final, hice de la rebeldía un idioma. Lo repetí a mis hermanos: divulgarlo era sostener algo que no dejará de latir, aunque el mundo se vuelva hosco y profano. Viajaremos, dije, aunque las adormideras del oriente nos prometan un edén del que será imposible evadirse. Bailo entre lo que fui y lo que habrán de ser mis ruinas, mientras las razas, los pobres, los paganos y los enfurecidos se mezclan en un vaudeville absurdo que soporta todo, incluso el perdón. Parecerá que el valor se pierde, como arenilla entre los dedos, en estos complicados días donde ningún mapa logra salvarme. Pero hay algo en la alquimia de las palabras, en los sentimientos que aún hablan, que insiste en encender lo que está mustio.

“Animum debes mutare, non caelum”, repito, no como consuelo, sino como acto de fe.

Porque cambiar el cielo es tarea de dioses, y bastante tienen con no entendernos. Cambiar el ánimo, en cambio, es lo único que aún nos pertenece. Incluso cuando todo lo demás ya ha sido devorado.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.