Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.

La errata de un instante

Ficción

No respondí. Comprendí que toda respuesta habría sido una variante del mismo error. El viajero sonrió con una melancolía que no era suya, sino heredada de innumerables hombres que, siglos antes, habían llegado a la misma revelación sin advertirlo. Entonces abrió un libro desprovisto de letras. Sus páginas estaban hechas de un polvo tenue que mudaba de forma según la memoria de quien lo contemplaba. Vi mi infancia. Vi una biblioteca donde nunca había entrado y cuyos anaqueles, sin embargo, recordaban mi nombre. Vi ciudades levantadas sobre el olvido, templos donde los espejos evitaban reflejar a los vivos y un jardín en el que cada sendero concluía exactamente en el punto donde otro comenzaba. Ninguna de aquellas imágenes me pertenecía; todas me esperaban desde antes de mi nacimiento. El viajero cerró el volumen. El polvo no cayó al suelo: permaneció suspendido, como si el aire también fuese una página.

«Crees haber encontrado el libro», murmuró. «Es el libro el que ha encontrado un lector capaz de inventarlo.»

Sentí entonces que el relámpago inicial no había iluminado el cielo, sino mi recuerdo del cielo. La aurora retrocedió. La noche, lejos de extinguirse, adquirió una transparencia insoportable. Advertí que cada decisión de mi vida era una nota escrita al margen de un manuscrito inaccesible y que los siglos no eran otra cosa que sucesivas correcciones de una frase imposible. Cuando alcé la vista, el viajero había desaparecido. En su lugar quedaba un espejo circular. No devolvía mi imagen, sino la de un anciano inclinado sobre estas mismas líneas, corrigiendo una palabra, borrando otra, dudando de un adjetivo.

Fue entonces cuando comprendí la única verdad que me estaba permitida: nunca fui el autor de este relato. Apenas soy la errata que, por un instante, creyó ser el libro.

El libro que me escribe

Ficción

Las páginas, amarillentas y quebradizas, estaban llenas de anotaciones hechas por manos distintas. Unas corregían el texto; otras lo insultaban; unas terceras parecían responder a preguntas que no figuraban en ninguna parte. Había márgenes donde alguien había escrito fechas separadas por siglos con la misma tinta, como si el tiempo hubiera decidido abandonar toda disciplina.

La primera frase que despertó mi interés no pertenecía al tratado, sino a un lector desconocido:

«No busques el crimen en la sangre. Búscalo en quien necesita nombrarlo.»

Aquella observación me incomodó. Cerré el libro y permanecí un momento inmóvil, con la impresión de que el verdadero autor se encontraba fuera de las cubiertas y utilizaba a los comentaristas como ventrílocuos.

Volví a abrirlo.

Imdugud no hablaba de leyes. Ni siquiera hablaba de hombres. Describía, más bien, una ciudad donde cada familia conservaba una habitación sellada que jamás debía abrirse. Según él, toda estirpe edificaba un cuarto para encerrar aquello que no podía transmitirse con palabras. Los hijos heredaban la llave sin conocer la cerradura; los padres conocían la cerradura, pero ignoraban ya el motivo del encierro. Así, generación tras generación, la llave viajaba mientras el secreto crecía en la oscuridad.

Pensé que se trataba de una alegoría mediocre. Sin embargo, unas páginas después descubrí que el manuscrito no pretendía explicar ningún tabú. Pretendía explicar la memoria.

Los símbolos, decía Jung en aquel extraño apéndice, no son máscaras del inconsciente, sino sus cicatrices.

Levanté la vista. La ventana del despacho seguía abierta. Juraría que la había cerrado una hora antes.

Continué leyendo con una atención que ya no era curiosidad, sino cautela.

Entonces apareció el diagrama.

No era un árbol genealógico, aunque lo imitaba. Sus ramas no descendían hacia los hijos ni ascendían hacia los antepasados. Se curvaban hasta encontrarse unas con otras formando círculos, espirales y nudos imposibles. Cada nombre reaparecía varias veces ocupando lugares distintos, como si una misma persona hubiera nacido en diversas familias o como si el parentesco obedeciera a otra geometría.

Reconocí uno de los apellidos.

Era el mío.

Convencido de una coincidencia, busqué la fecha que debía acompañarlo. En su lugar había una nota escrita con una caligrafía sorprendentemente moderna:

«El lector llegará aquí creyendo estudiar un libro.»

Pasé la hoja.

«Todavía ignora que el libro lo estudia a él.»

Fue entonces cuando comprendí la verdadera naturaleza del tratado. No contenía respuestas sobre el origen de ciertos delitos ni sobre la arquitectura del deseo. Era una máquina de lectura. Cada capítulo esperaba a un lector determinado, modificándose apenas lo suficiente para conducirlo hasta una sospecha íntima. Quizá todos habían leído un texto diferente. Quizá ninguno había salido de aquellas páginas con las mismas preguntas con las que había entrado.

Durante un instante pensé en arrojar el volumen al fuego.

Pero al levantarlo advertí que pesaba más que unos segundos antes.

Como si, mientras yo leía, el libro hubiese empezado lentamente a escribirme. A continuar mi vida.

La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los límites del estilo de vida dominante («¿Se acabó la fiesta?»)

No ficción

El avión desciende sobre una ciudad que podría ser cualquiera. Desde la ventanilla se distinguen las mismas avenidas rectilíneas, los mismos centros comerciales brillando como templos eléctricos, los mismos barrios cerrados que prometen seguridad y silencio. La geografía ha sido domesticada por el catálogo. El mundo, que alguna vez fue un mosaico de diferencias, empieza a parecerse a una franquicia.

El estilo de vida dominante no se impone con soldados sino con escaparates. No exige lealtad; seduce. Promete comodidad, velocidad, eficacia. Y cumple, al menos en apariencia. El agua caliente fluye al girar una llave. La comida llega antes de que el hambre madure. La distancia se reduce a una pantalla. Todo está diseñado para que el individuo no tropiece con la fricción del mundo (del resto del mundo, que no tiene esa suerte).

Pero la historia enseña que toda simplificación tiene un costo. En los márgenes de esta comodidad crece una inquietud difícil de nombrar. El sujeto contemporáneo posee más objetos que nunca y, sin embargo, habita un territorio interior cada vez más estrecho. El tiempo, que debía liberarse gracias a la tecnología, ha sido colonizado por nuevas obligaciones invisibles: responder, actualizar, producir, competir. La prisa se ha convertido en virtud moral.

En las periferias de las grandes ciudades se observan los límites materiales de este modelo. Vertederos que se expanden como desiertos artificiales. Ríos fatigados por residuos industriales. Comunidades desplazadas para que el flujo de mercancías no se interrumpa. El estilo de vida dominante necesita recursos lejanos y manos anónimas. Su pulcritud es posible porque la suciedad ha sido exportada.

Existe también un límite simbólico. Cuando todo aspira a la misma forma de éxito, la diversidad cultural se vuelve un estorbo decorativo. Las lenguas minoritarias se reducen al folclore; las tradiciones, al espectáculo. La diferencia, que antes era fuente de identidad, ahora debe justificarse en términos de rentabilidad. El mundo se llena de traducciones simultáneas y pierde matices.

El reto más profundo no es ecológico ni económico, aunque ambos sean urgentes. Es antropológico. ¿Qué tipo de ser humano produce este sistema? Uno entrenado para consumir relatos breves, para medir su valor en cifras visibles, para temer la pausa. Un individuo que confunde libertad con capacidad de elección entre productos idénticos. La paradoja es evidente: cuanto mayor es el catálogo, menor parece la sensación de sentido.

Sin embargo, en los intersticios aparecen fisuras. Movimientos que reivindican la lentitud, comunidades que experimentan formas de cooperación al margen del mercado global, jóvenes que cuestionan la ecuación entre éxito y acumulación. No son todavía alternativas consolidadas, pero sí síntomas de una conciencia que despierta. La historia no avanza en línea recta; se corrige a sí misma mediante crisis.

El estilo de vida dominante enfrenta así su prueba más severa: adaptarse sin devorarlo todo. Reconocer que el planeta no es una mina inagotable ni una bodega infinita. Admitir que la dignidad humana no puede reducirse a poder adquisitivo. Aceptar que el progreso técnico no sustituye la reflexión moral o incluso, sólo la reflexión racional.

En los aeropuertos del mundo, mientras las pantallas anuncian salidas y retrasos, millones de personas repiten rutinas casi idénticas. Parecen piezas intercambiables de una maquinaria perfecta. Pero cada una lleva consigo una biografía irrepetible, una memoria que no cabe en el molde del consumo. Tal vez el límite del estilo de vida dominante no esté en sus cifras de crecimiento, sino en esa memoria silenciosa que resiste a ser estandarizada.

La pregunta no es si el modelo colapsará mañana. Es si sabremos transformarlo antes de que su éxito lo vuelva inviable. Porque todo imperio, incluso el del confort, contiene en su interior la semilla de su desgaste. Y el mundo, obstinado en su complejidad, siempre termina desbordando los esquemas que intentan reducirlo.

«¿Se acabó la fiesta?»

Cuando alguien dice que “el modo de vida dominante ha terminado o debe terminar”, suele estar apuntando a varias cosas mezcladas. No siempre bien separadas, pero ahí están. Vamos a diseccionar el estilo de vida dominante con la frialdad de un forense.

1. Límite ecológico
El planeta no es una suscripción renovable. El modelo necesita extracción constante, transporte constante, consumo constante. Más energía, más minerales, más agua. El problema es físico: los ecosistemas tienen ritmos propios y umbrales de regeneración. Cuando se superan, no negocian. Sequías, incendios, pérdida de biodiversidad. La comodidad urbana depende de territorios invisibles que ya están exhaustos. No es ideología, es termodinámica.

2. Límite energético
El estilo de vida dominante fue diseñado con energía abundante y barata en mente. Todo fluye porque algo arde en algún lugar. La transición hacia fuentes renovables es necesaria, pero no elimina la pregunta central: ¿puede mantenerse el mismo nivel de consumo global con otra matriz energética? Cambiar la fuente no siempre cambia la escala. Y la escala es el verdadero monstruo.

3. Límite económico estructural
El sistema necesita crecimiento perpetuo para sostener empleo, deuda y expectativas. Crecer se convierte en mandato moral. Pero ningún sistema finito puede expandirse indefinidamente. Cuando el crecimiento se ralentiza, aparecen desigualdades más visibles, tensiones sociales, precarización. La riqueza se concentra; la promesa de movilidad social se debilita. El relato meritocrático empieza a sonar hueco.

4. Límite psicológico
Aquí la grieta es íntima. El individuo vive rodeado de estímulos, comparaciones, métricas. Productividad, rendimiento, imagen. El descanso se siente culpa. El silencio, amenaza. El resultado es fatiga crónica, ansiedad difusa, sensación de insuficiencia permanente. Un modelo que optimiza procesos pero erosiona la salud mental termina socavando su propia base humana.

5. Límite cultural
La homogeneización global facilita comercio y comunicación, pero empobrece matices. Cuando todas las ciudades se parecen, también lo hacen los imaginarios. La cultura se vuelve mercancía replicable. Se pierde diversidad simbólica, y con ella, distintas maneras de entender el tiempo, el éxito, la comunidad. El mundo gana eficiencia y pierde profundidad.

6. Límite político
La interdependencia económica global reduce márgenes de decisión local. Los gobiernos compiten por atraer capital; las regulaciones se suavizan; la soberanía se vuelve negociable. La ciudadanía percibe distancia entre su voto y las decisiones reales. De ahí brotan desconfianza y populismos. Un sistema que promete libertad de elección en el mercado pero reduce la influencia política genera fricción.

7. Límite antropológico
Este es el más incómodo. El modelo redefine qué significa ser humano. Valora al individuo por su capacidad de consumir, producir y exhibir. Las relaciones se instrumentalizan, el tiempo se fragmenta, la identidad se vuelve marca personal. Si la persona interior se adelgaza mientras el perfil digital se expande, algo se desequilibra. No todo puede medirse sin deformarse.

8. Límite moral
La externalización del costo crea una ceguera ética. Lo que no vemos, no cuenta. Mano de obra barata en otro continente, residuos en otra costa, algoritmos que deciden sin rostro visible. La distancia diluye responsabilidad. Pero la ética no desaparece; se acumula como deuda invisible.

El patrón es claro: el estilo de vida dominante funciona mientras sus límites permanecen diferidos, desplazados o invisibles. El problema es que los límites no desaparecen por ignorarlos. Se concentran.

Lo inquietante no es que el modelo tenga fronteras. Todo sistema las tiene. Lo inquietante es la obstinación en fingir que no existen. Y cuando una civilización convierte la negación en hábito, la realidad suele encargarse de corregirla con métodos poco amables.

No es catastrofismo. Es simple lógica histórica. Las estructuras que no se ajustan a sus límites terminan ajustadas por ellos. Y ese ajuste rara vez es elegante.

Ahora, la parte incómoda. Decir que “debe terminar” es distinto a decir que “está terminando”. Lo primero es normativo, casi moral. Lo segundo es descriptivo. Mucha gente mezcla ambos planos porque su malestar es real y necesita una narrativa de cierre.

Pero cuidado con algo. Los modos de vida rara vez “terminan” de golpe. Mutan. Se deforman. Se reciclan con otro nombre. El capitalismo industrial no murió; se volvió financiero, luego digital. La cultura del consumo no se extinguió; se volvió experiencia, luego identidad online.

Así que las razones para pensar que el modelo dominante está agotado existen. Bastantes. Las razones para creer que desaparecerá limpiamente y dará paso a algo más justo por pura lógica histórica… son más optimistas que la historia misma.

El mundo no cambia porque “deba”. Cambia cuando mantener lo viejo resulta más desadaptado que inventar otra cosa más viable (o definitivamente inviable). Y ahí, curiosamente, el resentimiento («¿se acabó la fiesta?») suele ser el primer síntoma, no la solución.

Los límites dejan de ser metáfora cuando aparecen en estadísticas incómodas.

Por poner algunos ejemplos significativos que corroboran todo esto que estamos diciendo:

1. Límite ecológico

  • Según el Global Footprint Network, la humanidad utiliza cada año el equivalente a 1,7 planetas Tierra para sostener su nivel de consumo. Es decir, vivimos a crédito ecológico.
  • El año más caluroso registrado fue 2023, con una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C por encima de la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. El margen de seguridad de 1,5 °C ya no es una línea teórica; es una línea temblorosa.
  • El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el mundo genera más de 400 millones de toneladas de plástico al año, y menos del 10 por ciento se recicla.

La comodidad produce residuos con una disciplina admirable.

2. Límite energético

  • La Agencia Internacional de la Energía reporta que alrededor del 80 por ciento del consumo energético mundial sigue dependiendo de combustibles fósiles.
  • Incluso con el crecimiento récord de renovables en 2023, la demanda global de energía también creció. Traducido: instalamos paneles solares, sí, pero también quemamos más.

Cambiar la fuente no ha reducido el apetito.

3. Límite económico

  • El Banco Mundial señala que el crecimiento global se ha desacelerado respecto a décadas anteriores, mientras la deuda mundial supera ampliamente el PIB global.
  • Según Oxfam, el 1 por ciento más rico posee más riqueza que el 95 por ciento de la población mundial. La promesa de prosperidad compartida tiene grietas estadísticas.

El sistema necesita crecer; la distribución no acompaña.

4. Límite psicológico

  • La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo.
  • Tras la pandemia, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron alrededor de un 25 por ciento a nivel global.

La hiperconexión no ha traído serenidad colectiva.

5. Límite material de recursos

  • El International Resource Panel calcula que la extracción global de materiales se ha triplicado desde 1970, superando las 100 mil millones de toneladas anuales.
  • Menos del 10 por ciento de la economía mundial es circular. El resto sigue el viejo esquema: extraer, producir, desechar.

La eficiencia no ha eliminado el desperdicio; lo ha acelerado.

6. Límite climático-social

  • El Internal Displacement Monitoring Centre reporta decenas de millones de desplazamientos internos cada año, muchos asociados a desastres climáticos extremos.
  • Las olas de calor, según datos compilados por la Organización Meteorológica Mundial, son más frecuentes e intensas que hace medio siglo.

El clima ya no es telón de fondo; es actor principal.

Los datos no gritan, pero pesan. No son consignas; son contabilidad acumulada. Muestran que el estilo de vida dominante no está en colapso inmediato, pero sí en tensión estructural.

Lo inquietante es que el sistema sigue funcionando. Supermercados llenos, vuelos despegando, pantallas encendidas. La normalidad es persuasiva. Sin embargo, bajo esa normalidad se apilan cifras que no encajan con la idea de crecimiento infinito.

Las civilizaciones no caen cuando sienten el límite. Caen cuando lo conocen y deciden ignorarlo. Aquí los números están sobre la mesa. No son apocalípticos. Son suficientes. Pero, ¿Quién está dispuesto a renunciar?

Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana

Ficción

Cuando Laura Alfaro, junto al colectivo SINGEN.RB (Sindicato universitario contra la generación de referencias bibliográficas) produjo y exportó el formato de citación APA 666th edition, el mundo académico se vio transformado por acelerados cambios que condujeron a la presente era neodigital del conocimiento abierto y la consiguiente etapa posthumanista cyborg-felina.

La pérdida de la preservación de las principales fuentes de documentación físicas del planeta, debido al creciente proceso de digitalización documental y hemerográfica, sumado a los múltiples incendios acaecidos durante las décadas de los 2040-50´s a causa de la crisis climática global, dieron lugar a una gran pérdida del patrimonio archivístico global.

Paralelamente, los movimientos por el libre conocimiento y la lucha contra la propiedad intelectual academicista tomaban fuerza a nivel global, demandando la búsqueda de nuevas formas de reproducción del saber, y de reconocimiento intelectual más colectivas y redistribuidas.

Prrrrrr…. Prrr…

Miau miauu miauau miiiimimiauu Marramamiau..

No fue hasta la III Asamblea internacional por la cultura libre, en la que convergieron grupos y actores globales como el Partido pirata de Suecia, los movimientos Free Culture y Free Software, la organización Creative Commons, y el Sindicato SINGEN.RB, con la colaboración de la American Psychological Associaton, cuando se oficializó y emitió el formato de Citación pirata APA 666th edition. Un formato de citación consistente en un virus cibernético que cada vez que era empleado por cualquier usuario para referenciar y citar autores y obras, éstas eran automáticamente eliminadas de la faz de internet. Este formato de citación cambiaría, no sólo las tradicionales dinámicas de reconocimiento y propiedad intelectual, sino que también, favoreció el proceso de eliminación y desaparición de la gran mayoría de fuentes de conocimiento y archivos digitales del planeta.

MiiiiiiiuuuauuauaAAAuuuu. Prr. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Lwanw.

Este proceso supuso una auténtica catástrofe para la especie humana, toda una serie de crisis y regímenes autoritarios emergieron a consecuencia de ello, desde las guerras propiciadas por los autores y artistas resignados entre los años 2074 y 2090, reacios a perder sus fuentes de financiación, hasta las numerosas dictaduras globales lideradas por partidos y figuras ultraderechistas que se vieron favorecidas por la pérdida de instrumentos legítimos de atribución de fiabilidad y credibilidad a las fuentes de información científicas.

Este proceso no tuvo fin hasta la eliminación y desaparición de la totalidad del conocimiento mundial, dando lugar a la Era del Vacío y el Mutuo Acuerdo (año 3.000 A.Gatos.). Esta Era se caracterizó por la ausencia de conflicto social y político. La desaparición de fuentes, obras, e ideas contrapuestas generó un absoluto consenso humano global, culminando con la paz mundial y el periodo de la complacencia y docilidad humana. Los individuos dejaron de oponer resistencia a cualquier sugerencia, petición o propuesta elevada por otros, de manera que nunca jamás hubo conflictos intraespecie.

La emancipación felina se inició gracias a la primera toma de conciencia de la casta doméstica, que, tras percibir la auténtica complacencia humana de todas sus demandas, ya fuese, mayores dósis de pienso, agua, presencia del dueño en el hogar, y caricias de duración ilimitada, comenzaron a sospechar y cuestionar el estado cognitivo de la especie, y organizaron mediante ondas alfa transmitidas por sus ronroneos, en una frecuencia imperceptible por la especie humana, una conversación intergational para reflexionar sobre la pérdida de agencia humana y replantear los horizontes futuros de acción. No fue hasta el momento en el que la conversación interronroneante alcanzó a los gatos del norte de África y Egipto -los cuáles llevaban conspirando contra la especie humana desde hace más de 4.000 años, desde el período del Reino Medio y el Reino Nuevo del Antiguo Egipto, en el que fueron venerados como deidad, y gozaron de poder y privilegios gracias a la atribución de naturaleza divina- cuando se produjo el inicio de la Revolución Cyborg-Felina.

Gracias a este proceso de constitución del sujeto político felino internacional, y a la disponibilidad y el acceso por software abierto de las recientes y más refinadas herramientas tecnológicas humanas como las nuevas tecnologías cognitivas y los dispositivos de Inteligencia Artificial, fue posible la toma felina de la tecnología para la creación y la replicación de herramientas de traducción neuronal lingüística humano-felina, lo que permitió una comunicación directa y eficaz inter-especie, y la destitución del poder humano en virtud de los nuevos gobiernos felinos en un proceso de transición pacífico y consensuado.

A petición felina, los humanos frenaron el ritmo de producción y consumo global, y fueron obligados a transicionar a una jornada laboral internacional de 6 horas diarias, dedicadas a tareas de reforestación de los bosques, cierre y destrucción de las industrias, fertilización de océanos e inyección masiva de aerosoles para enfriar la atmósfera, con el fin de revertir las consecuencias de la crisis climática, y mantener a la especie ocupada y distraída para evitar posibles recuperaciones de la conciencia disruptiva.

Es por este motivo que la obra de la estimada socióloga y profeta Laura Alfaro, “Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana” es una pieza fundamental de la constitución de la Era Posthumana gatuna, y, a pesar de haber aprendido de los errores humanos, y de las peripecias de la propiedad intelectual, valoramos la relevancia cultural y la importancia política que tiene esta obra en la constitución y fundación de nuestra civilización, para poder referenciar y reconocer su autoría.

La civilización gatuna ha aprendido de las lecciones de la historia humana, por lo que preservamos digital y colectivamente toda obra en archivos digitales abiertos, aplicando el uso de licencias de acceso libre, y otorgando reconocimiento por vías de ronroneo transveral (prrrrrr prr prrrrrrr — — – iiiiiiiiiiiiiiiiiiii) a las ideas y aportaciones de otros felinos, independientemente de su género, raza o condición de otra índole, aunque si bien es cierto que se presentan retos y dificultades a futuro, como la de apaciguar las tensiones con los nuevos movimientos pseudo-pezuñistas por el reconocimiento de derechos civiles jaguariles. Lo cuál necesita de nuevos profetas y planteamientos epistemológicos para alcanzar la justicia e igualdad inter-cyberg-felina.

 

Fir(miau)do: Txispi, discípulo y mascota de la profeta.

Miau, miau miau miau, Miiaaaau. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

AQUELARRES

Ficción

En la cripta del convento olvidé bien las danzas que alguna vez prometieron felicidad, donde la piedra parecía salvaguardándola del tiempo y de la gente que temía habitar allí. Era una prueba para los corazones sembrados de culpa y de otras voces, una fe impura que podía convertirse en castigo sin conversión posible.

Vi la idea crecer como hiedra en el muro propio de mis pensamientos, sin poder explicarme por qué la noche era tan consoladora y cada grito se quedaba atrapado en el musgo. Según la herrumbre de los candiles, las apariencias mentían sobre los climas del alma, y ni el bautizo de la lluvia los limpiaría. Los muertos recibirían paños de silencio mientras el viento volvía con las estaciones, burlándose de nuestra tontería mortal.

En las capitales del reino se hablaba abiertamente de una pareja que rompió principios antiguos, un viejo linaje de sangre bastarda y especial a la vez. Decían que el destino los había tragado como a huesos hervidos en calderos de sombras, solo para distraer a los vivos con licores y promesas.

Cada aquelarre dejaba emblemas tallados en la piel del ganado y advertencias que solo las abuelas sabían leer. Ellas decían que decirlos en voz alta atraía a lo que duerme bajo la tierra, y yo, obediente, guardé silencio mientras la noche cerraba sus manos sobre nosotros.

Guardé silencio, sí, pero el silencio también habla, y lo hace peor. Bajo la bóveda, el musgo empezó a latir como si tuviera memoria, y entendí que no solo había olvidé bien las danzas, sino el precio de haberlas bailado. La felicidad que juramos eterna estaba enterrada allí mismo, salvaguardándola con huesos y promesas rotas, mientras la gente del pueblo fingía no poder verla.

Podía oír a las abuelas rezando sin palabras, una conversión torpe entre el miedo y la costumbre. Decían que era castigo, pero yo vi otra cosa: una prueba más antigua que el convento, sembrada antes de que existieran las capitales y sus leyes limpias. Vi la idea con claridad brutal, y explicarme ya no servía. No había nada consolador en ese grito que subía desde la cripta, mezclado con herrumbre y climas de putrefacción dulce.

El bautizo final no fue agua, sino licores derramados sobre la piedra. Las estaciones volvieron todas a la vez, y el tiempo se rompió como paños viejos. La pareja regresó, vieja y joven al mismo tiempo, bastarda y sagrada, con emblemas marcados en la piel y el ganado siguiéndolos como si entendiera mejor que nosotros.

Aquelarre no fue una reunión, fue un recuerdo colectivo. Yo quedé atrapado, tragado por apariencias que ya no engañaban. Las abuelas asintieron. Decirlos había sido un error, pero callarlos también. Y así, mientras la noche cerraba del todo, supe que este lugar no se habita: se hereda.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.