con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!
¡Que vengan!
Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.
Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.
¡Miradlos! ¡Miradlos!
Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.
¡Detenedlos!
¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!
Pero nadie escucha.
Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.
¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!
Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.
Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.
¡Parad! ¡Parad!
¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!
¡Que vuelva aquella tarde!
Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.
¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!
No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.
Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.
¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!
¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!
Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.
Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.
Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.
Vivir es quedarse.
Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.
¡Que los días corran!
¡Pero que no nos encuentren ausentes!
Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.
Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.
Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,
todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:
¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!
Como era de temer la psicosis colectiva ha cundido entre la población, no sólo el pánico. El Serpiente, como ahora le llaman los medios de comunicación, ha inoculado su virus destructivo a todos los asesinos de la ciudad. Los asesinatos se suceden en masa y, aunque se ha descartado la autoría de Serpiente en muchos casos, incluso los ajustes de cuentas se firman con símbolos utilizados por el supuesto masacrador.
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