El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

En la piel del relato

No ficción

Hoy el sol no ha bastado para calmar al mundo. Las noticias de hoy llegan como fragmentos de un mosaico quebrado, donde cada grieta sangra resignación, esperanza y urgencia. Trato de recomponerlo en una crónica —no exacta— con algo del eco en que el corresponsal no solo relate hechos, sino una piel que observa, siente y se resiste.


España se detiene —y camina— en la protesta

España se levanta esta mañana con una huelga general convocada por múltiples sindicatos y organizaciones estudiantiles en solidaridad con el pueblo palestino, y como rechazo a la persistencia del conflicto pese al armisticio inicial.

La movilización no es sólo contra bombas: es contra el silencio, la omisión, la complicidad que sienten los convocantes detrás de las mesas diplomáticas. Las interrupciones serán parciales a lo largo del día —turnos de dos horas para trabajadores— junto con paros estudiantiles de 24 horas. 
En Madrid, las marchas saldrán desde Atocha hacia Sol, a mediodía y también a las 7 de la tarde. 
No será un paro vacío: los sectores mínimos (salud, servicios de emergencia) garantizarán atención, pero la ciudad respirará la tensión de quienes actúan.

Este día de huelga habla también de un país fracturado: la voz que protesta contra una guerra lejana es la misma que cuestiona sus silencios internos.


Washington contra Madrid: amenazas en nombre de la Alianza

Donald Trump no baja el tono. Esta madrugada volvió a aludir a la posibilidad de imponer aranceles a España como castigo por no cumplir con la meta del 5 % del PIB en gasto militar para la OTAN. 
No es sólo una amenaza comercial: es un recordatorio de dependencia política e imposición. “Puede que haya que castigarlos”, dijo —palabras que quemarán los papeles diplomáticos y harán latir la soberanía como herida. 
La explicación oficial de Madrid —que cumple sus “capacidades operativas” aunque no alcance ese porcentaje rígido— suena esta vez como escudo frente al vendaval.

Este cruce recuerda que las alianzas no son fraternidades: son equilibrios que aceptan puños discretos sin encubrimiento.


En Gaza: armisticio que no calma los fantasmas

El cese del fuego firmado hace días se tambalea entre acusaciones mutuas. Hamas acusa a Israel de violar los términos y anuncia que no tolerará más transgresiones de control interno, enfrentándose a los llamados “colaboradores” y saqueadores. 
Desde Israel, informan de ataques sobre quienes cruzan líneas del acuerdo, justificando que no respondieron a llamadas de advertencia. 
El pacto, gestado en Sharm el-Sheikh bajo auspicios diplomáticos, fue un paso tácito hacia la paz —pero esa paz vive de promesas no cumplidas. 
La tregua no ha sido mansa: el polvo aún se posa sobre cadáveres que esperan ser evacuados, y las ciudades en ruinas callan historias que no caben en informes oficiales.


Mercados, crudo y tibios augurios

El precio del petróleo baja hoy bajo nubes de excedente y tensiones comerciales renovadas entre EE.UU. y China. 
Brent retrocedió 0,21 USD hasta 62,18 USD por barril; el West Texas Intermediate cayó 0,16 USD hasta 58,54 USD. 
Se anticipa un eventual exceso de producción de 4 millones de barriles diarios para 2026, según informes de la Agencia Internacional de la Energía. 
Los mercados globales reaccionan: las señales de posibles recortes de tasas en EE.UU. reavivan el optimismo limitado, mientras la guerra comercial reduce apetito por riesgos. 
El dólar sufre: la expectativa de recortes pesa más que la ausencia de datos oficiales por el cierre parcial del gobierno estadounidense.

Un mundo que se mide en precios y anticipos, donde el mañana ya tiene valor especulativo.


Asia llama la atención: sanciones cruzadas

China impuso sanciones contra filiales estadounidenses del gigante naval surcoreano Hanwha, como advertencia política más que como golpe inmediato. 
Las medidas llegan en medio del pulso comercial global: tasas portuarias nuevas, controles estratégicos, amenazas de ruptura.
Mientras, Corea del Sur enviará altos funcionarios a EE.UU. para negociar tarifas y buscar alivios diplomáticos. 
Estas maniobras no son vestigios locales: son piezas de un tablero donde cada sanción lanza ondas hacia otros territorios.


Ecos alemanes: mirar al Sur

Desde Berlín emerge un enfoque estratégico: redefinir la política hacia África. Una iniciativa empresarial reclama que la relación no sea solo extractiva, sino asociativa, con acuerdos vinculantes sobre materias primas. Umm…
La urgencia no es moral, sino económica: Alemania, dependiente de minerales tecnológicos, ve en el Sur una palanca para diversificar. El proyecto sugiere que quien domina el comercio del mañana ordenará también los pactos del presente.


En la piel del relato

Hoy redacto esto sabiendo que el corresponsal caminante no informa desde un pedestal: pisa charcos, esquiva vidrios, recoge cenizas. Cada noticia es un fragmento de una geografía que sangra: una huelga que exige presencia, un país bajo presión externa, una guerra que no se apaga con firmas, mercados que temblorosos calculan futuro, sanciones lejanas pero con reflejo en nuestras vidas.

No basta decir lo que sucede: hay que sentir cómo los bordes del mundo tiemblan al contacto de las noticias. Tal vez mañana muchas de estas líneas sean criticadas, descartadas u olvidadas. Pero algo del pulso quedará: que un día como hoy alguien intentó urdir con palabras el tejido herido de nuestro tiempo.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

CELESTE Y YO

Ficción

Fumaré un cigarro tan grande que necesitaré a la luna como cenicero, Celeste.

Lo dije sin pensar, apenas un murmullo en medio del desierto de sal donde tú y yo habíamos decidido acampar para ver cómo el mundo se apagaba. Tenías los pies descalzos, enterrados en cristales blancos, y los ojos fijos en el horizonte como si esperaras que el sol se rindiera ante ti. El viento soplaba como un suspiro largo, y en el cielo las primeras estrellas se asomaban tímidas, conscientes de que asistían a un final.

—Siempre tan dramático —dijiste, dándome una piedra con forma de corazón—. ¿Piensas fumar tu derrota o tu gloria?

—Lo que quede —respondí—. Lo que no hayas querido quedarte tú.

Celeste era así. Venía con las tormentas, se iba con las migraciones. La conocí en una manifestación de relojes rotos, en un país que había olvidado el tiempo. Desde entonces, habíamos recorrido juntos todas las fronteras que existían y otras que nos inventamos. Pero ahora, estábamos en el último mapa, y yo aún no sabía si era una despedida o un reinicio.

Encendí el cigarro, uno enorme, artesanal, envuelto en hojas de atlas y sellado con ceniza de poemas quemados. Cuando lo llevé a los labios, sentí que el mundo se volvía más ligero, como si todo lo vivido pesara un poco menos con cada bocanada. El humo se elevaba en espirales lentas, y al tocar el cielo, se curvaba hacia la luna, que parecía encenderse poco a poco, cómplice silenciosa de mi ritual absurdo.

—¿Sabes qué pasaría si realmente usaras la luna de cenicero? —preguntó Celeste, sentándose junto a mí—. Se apagaría tu cigarro. No por falta de fuego, sino por respeto.

—Entonces dejaría de fumar. Y te invitaría a bailar.

—¿Sin música?

—Siempre hay música. Lo que no siempre hay… eres tú.

Ella no dijo nada. Pero me alcanzó la mano.

Y bailamos. Entre columnas de humo, estrellas insomnes y el recuerdo de todas las veces que el mundo estuvo a punto de acabar y no lo hizo. Celeste giraba como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Y yo, con cada paso, recordaba que aún podía elegir a qué sueños no renunciar.

La luna, blanca y quieta, nos miraba. Y por primera vez, pareció sonreír.

Porque a veces, para encender lo que importa, basta con decir algo absurdo… y hacerlo poesía.

Secretos sacados del libro de Cleopatra

Ficción

Para hacerse amar de los hombres o, en su defecto, conservar el cutis suave, fino, blanco y agradable al tacto

Tómese un licor llamado agua de Citiso, que los antiguos filósofos conocían con el nombre de Akarim, déjese en un vaso descubierto expuesto tres noches a las influencias de Urano, Marte y Venus, y luego veinte y cuatro horas del sol; entonces se retira, y se mezclan algunas gotas con la leche fresca de vaca o cabra, aunque es preferible la de yegua o burra, y al cabo de cinco minutos se lava con esta mezcla las manos o la parte que sea. Cleopatra, por ejemplo, se hacía llenar una piscina con leche de burra virgen a este solo efecto y no sólo conquistaba hombres sino incluso imperios.

Para que la piel resplandezca como el alba de Egipto

Tómese un licor llamado agua de heliotropo, que los sabios caldeos veneraban bajo el nombre de Zareph. Déjese reposar en un cuenco de alabastro durante dos noches al claro influjo de Venus y la Luna creciente. Luego, antes del alba del tercer día, introdúzcase en el baño un trozo de ámbar rojo envuelto en hojas de mirto. Esta infusión, mezclada con cinco gotas de esencia de jazmín, debe aplicarse sobre el rostro con un velo de lino, sin hablar palabra durante el acto. Dicen que Cleopatra lo usaba antes de cada aparición pública, y ningún hombre podía sostenerle la mirada sin caer rendido a sus pies.

Para encender el deseo en el corazón de un soberano

Árdase una mezcla de canela, almizcle y raíces de mandrágora en un pebetero de bronce, y en el humo espeso que se alce, dibújese con la mano izquierda el símbolo de Isis desvelada. Acto seguido, tómese una gota de aceite de nardos silvestres y colóquese detrás de cada oreja y en la curva interior de la muñeca. Este rito debe realizarse en la hora exacta del ocaso, cuando el cielo se tiñe de rojo, y jamás debe repetirse dos veces bajo la misma luna. Con este secreto, cuenta el papiro, Cleopatra doblegó la voluntad de César como se dobla una hoja de papiro mojada.

Para conservar la juventud más allá de los años

Recójanse pétalos de rosa al despuntar la aurora, antes de que el sol los haya tocado. Se maceran en miel pura del desierto, junto con una pizca de sal de Amón y cinco granos de polvo de ópalo. La mezcla se guarda en un frasco de cristal oscuro y se deja reposar siete días bajo tierra, entre raíces de granado. Una vez filtrado el ungüento, se frota cada noche sobre el cuello y el pecho, pronunciando en voz baja el nombre de una diosa antigua e ignota. Así, aseguran las tablillas, permanecía Cleopatra inmutable ante los años, como si el tiempo se negara a tocarla.

EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

El sol opina

Ficción

Desde su trono de fuego y egocentrismo en el centro del sistema solar, el Sol —astro rey, divo incandescente y autoproclamado iluminador de todo lo que existe— decidió hoy lanzar su controversia del día:

“La lánguida Luna tiene las lolas caídas.”

¡Boom! Y con eso, explotó más drama cósmico que en un grupo de WhatsApp familiar en Navidad.

Mientras brillaba con la arrogancia de quien sabe que sin él las plantas no hacen ni la fotosíntesis, el Sol giró un rayo directo a la Tierra solo para asegurarse de que todos escucharan su comentario. Obviamente, no pudo resistirse a echarle un poco de sombra (¡irónicamente también!) a su eterna compañera nocturna.

La Luna, que por cierto ni pidió estar orbitando a nadie ni ser romantizada en canciones melosas desde hace siglos, simplemente parpadeó en cuarto menguante y respondió:

— «Perdón, ¿te molesta mi gravedad natural? No todas necesitamos explotar hidrógeno como método de validación personal.»

El resto del sistema solar quedó en silencio. Saturno levantó una ceja (anillos incluidos), Marte se rio por lo bajo, y Urano hizo un chiste que nadie entendió.

Pero el Sol, fiel a su estilo ardiente y ególatra, siguió brillando como si no hubiera dicho nada. Porque claro, si vas a ser el centro del universo —o al menos de este vecindario cósmico—, más vale que te comportes como tal… con comentarios innecesarios, luz deslumbrante, y un ego tan inflado como Júpiter.


Los diarios recogen la noticia, cada uno a su manera:

—El sol se ríe de la luna: dice que tiene las lolas caídas y le falta vitamina D.
—La luna no madruga porque sabe que el sol la criticaría por las lolas caídas.
—El sol la alumbra sólo para burlarse: «Mira esas lolas, ni la gravedad las quiere.»
—El sol, cruel como siempre, dice que la luna ya no es de queso, sino de flan.
—La luna se esconde en cuarto menguante para que el sol no le vea las lolas caídas.

Del tiempo y del alma

Poesía

Agriaba el sol la corona de un día,
y el pueblo al fin, salvado, se despierta,
mantenido el alimento que oferta
artesonados de melancolía.

Abordarlos no es cosa que sería
razonable, pues sombra ya se alerta:
ropa en otoño, esperanza que invierta
su flor en lo profundo de otra vía.

Oscurece el otoño en las llanuras,
florece el arrepentimiento fuerte,
niñez de arenas, moral de religiones.

Un siglo inmemorial y sus figuras,
prestaba al divino su buena suerte,
y el esposo exijo en mis oraciones.