Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

El sol opina

Ficción

Desde su trono de fuego y egocentrismo en el centro del sistema solar, el Sol —astro rey, divo incandescente y autoproclamado iluminador de todo lo que existe— decidió hoy lanzar su controversia del día:

“La lánguida Luna tiene las lolas caídas.”

¡Boom! Y con eso, explotó más drama cósmico que en un grupo de WhatsApp familiar en Navidad.

Mientras brillaba con la arrogancia de quien sabe que sin él las plantas no hacen ni la fotosíntesis, el Sol giró un rayo directo a la Tierra solo para asegurarse de que todos escucharan su comentario. Obviamente, no pudo resistirse a echarle un poco de sombra (¡irónicamente también!) a su eterna compañera nocturna.

La Luna, que por cierto ni pidió estar orbitando a nadie ni ser romantizada en canciones melosas desde hace siglos, simplemente parpadeó en cuarto menguante y respondió:

— «Perdón, ¿te molesta mi gravedad natural? No todas necesitamos explotar hidrógeno como método de validación personal.»

El resto del sistema solar quedó en silencio. Saturno levantó una ceja (anillos incluidos), Marte se rio por lo bajo, y Urano hizo un chiste que nadie entendió.

Pero el Sol, fiel a su estilo ardiente y ególatra, siguió brillando como si no hubiera dicho nada. Porque claro, si vas a ser el centro del universo —o al menos de este vecindario cósmico—, más vale que te comportes como tal… con comentarios innecesarios, luz deslumbrante, y un ego tan inflado como Júpiter.


Los diarios recogen la noticia, cada uno a su manera:

—El sol se ríe de la luna: dice que tiene las lolas caídas y le falta vitamina D.
—La luna no madruga porque sabe que el sol la criticaría por las lolas caídas.
—El sol la alumbra sólo para burlarse: «Mira esas lolas, ni la gravedad las quiere.»
—El sol, cruel como siempre, dice que la luna ya no es de queso, sino de flan.
—La luna se esconde en cuarto menguante para que el sol no le vea las lolas caídas.

¿Cómo ‘contaminar’ de vida un exoplaneta?

No ficción

¿Cómo podemos vivir fuera de La Tierra en un entorno que no sea hostil para los humanos? Hay una posibilidad, anclada a medio camino entre la ciencia ficción y la realidad: la terraformación de otros planetas…

QUÉ ES LA TERRAFORMACIÓN

La terraformación es, literalmente, dar a un planeta, satélite u otro objeto celeste, un aspecto similar al de la Tierra, o, como mínimo, que pueda ser habitable por la vida tal y como la conocemos en nuestro planeta. Es un concepto que procede de la ciencia ficción. En concreto, una de las primeras menciones aparece en una historia corta (Órbita de colisión) escrita por el estadounidense Jack Williamson, en 1.942 aunque es posible que el término haya sido usado con anterioridad.

La teoría es fácil de comprender. Basándonos en nuestra experiencia con la Tierra, deberíamos poder alterar el entorno de un planeta de manera deliberada (su atmósfera, temperatura, superficie y ecología), aunque el proceso requeriría mucho tiempo (mucho más de lo que dura una vida humana). En la práctica, sin embargo, todavía no está completamente claro si sería posible hacer algo así con otros planetas (por mucho que la teoría diga que sí). En nuestro Sistema Solar, el candidato ideal para ser terraformado, si es que alguna vez llegamos a planteárnoslo en serio, es Marte. De hecho, ya ha habido estudios extensivos sobre cómo calentar el planeta, alterar su atmósfera, e incluso la NASA ha organizado debates para hablar sobre el asunto.

Aunque pueda parecer algo completamente inalcanzable a día de hoy, algunos aspectos, como mínimo, son completamente plausibles desde el punto de vista de nuestra tecnología actual. Por ejemplo, con los medios de los que disponemos en la actualidad sería posible alterar el clima de Marte. El coste económico, sin embargo, estaría muy por encima de lo que cualquier gobierno o sociedad estaría dispuesta a dedicar.

LA TERRAFORMACIÓN EN LA CIENCIA

La NASA no ha sido la primera en hablar sobre la posibilidad de terraformar otros objetos celestes. Carl Sagan, en 1.961, propuso la terraformación de Venus en un artículo que publicó en la revista Science. El astrónomo proponía sembrar la superficie de Venus con algas, que convertirían agua, nitrógeno y dióxido de carbono en compuestos orgánicos. Ese proceso, a su vez, eliminaría el dióxido de carbono de la atmósfera del planeta, provocando que el efecto invernadero que lo asola disminuyese y que la temperatura descendiese hasta niveles más cómodos para los seres humanos. Este proceso da como resultado carbono que, según Sagan, podría ser incinerado por las altas temperaturas de la superficie y quedar atrapado en la misma en forma de grafito o alguna forma de carbono no volátil.

Por desgracia, con el paso de los años, hemos sabido que por la composición de Venus, este planteamiento sería imposible. La atmósfera del planeta tiene una cantidad de ácido sulfúrico muy elevada, y aunque hubiese algas que pudiesen sobrevivir en ese entorno, la elevada presión atmosférica provocaría que Venus tuviese una atmósfera de oxígeno molecular puro, mientras la superficie estaría recubierta de una fina capa de grafito. Con cualquier proceso de combustión, lo único que sucedería es que se volvería a liberar dióxido de carbono y que, por tanto, estaríamos justo donde empezamos…

El propio Carl Sagan también se planteó cómo poder hacer que Marte fuese habitable en un artículo publicado en la revista Icarus en 1.973, llamado «Ingeniería Planetaria en Marte». Tres años después, la NASA publicó su propio estudio al respecto en el que concluía que era posible hacer que el planeta rojo fuese habitable para los seres humanos. En los años posteriores, se sucedieron diversos eventos en los que, poco a poco, se fue exponiendo al gran público al concepto de la terraformación de planetas.

CANDIDATOS PARA TERRAFORMACIÓN

Dentro del Sistema Solar, hemos puesto nuestra atención en varios objetos celestes que podrían ser terraformados. Hay que tener en cuenta que, en algunos de ellos, no sólo se habla de terraformación, si no también del mantenimiento que sería necesario para que el planeta continuase siendo habitable a largo plazo (por ejemplo, en el caso de Marte, que está perdiendo su atmósfera con cada segundo que pasa).

Comencemos por Marte y Venus. En el caso del planeta rojo, el principal reto es que habría que reforzar la atmósfera y calentarla. Sabemos que hace mucho tiempo (más de 3.500 millones de años), el planeta rojo debió ser muy similar a la Tierra. También sabemos que, incluso hoy en día, tiene agua en estado líquido en su superficie en ciertos momentos de su órbita alrededor del Sol. Por tanto, una atmósfera más densa, con gases que favorezcan el efecto invernadero (como dióxido de carbono) atraparían más radiación solar y provocarían que la temperatura subiese. Ese aumento de temperatura haría que el propio planeta añadiese más gases de efecto invernadero, que, a su vez, seguirían elevando las temperaturas.

Por la parte de Venus, el desafío es precisamente el opuesto. Hay que eliminar la mayor parte del dióxido de carbono de la atmósfera y reducir su temperatura de superficie (450ºC). Si quitamos ese dióxido de carbono (no por completo), reducimos la temperatura del planeta y hacemos que sea habitable. Una de las soluciones más evidentes, por desgracia, es imposible en la actualidad: podríamos transportar ese dióxido de carbono de Venus a Marte, haciendo que ambos planetas comiencen a sufrir su adaptación a la vez. Si imaginamos una sociedad que tenga colonias espaciales, una sociedad en la que los viajes en las cercanías del Sistema Solar sean algo habitual, no es difícil pensar que transportar ese dióxido de carbono no sería demasiado problemático.

Europa, el satélite de Júpiter, también ha sido considerado un posible candidato. La principal ventaja es que tiene agua líquida, que sería muy útil para introducir formas de vida de la Tierra. Sin embargo, los principales desafíos provienen de su distancia, tanto a Júpiter, como al Sol. Por un lado, su cercanía a Júpiter hace que Europa esté muy cerca del gigantesco cinturón de radiación, y por tanto habría que construir algún dispositivo para evitar esa radiación (algo que en la actualidad no es posible). Además, habría que darle una fuente de oxígeno (en cuyo caso podríamos recurrir a la electrólisis del agua que ya hay en el satélite) y elevar su temperatura.

También hemos pensado en otros objetos como Calisto, Titán, Ganímedes, la Luna, Mercurio, Encélado (la luna de Saturno) y Ceres. Casi todos (excepto Ganímedes) presentan los mismos desafíos: poca masa y poca gravedad para sostener una atmósfera de manera indefinida, y además, excepto Mercurio y la Luna, los demás están tan lejos del Sol que sería mucho más difícil darles una fuente de calor…

LA ÉTICA DE LA TERRAFORMACIÓN

En todo esto, aunque pueda parecer extraño, se esconde un debate ético. ¿Hasta qué punto es lícito que el ser humano pueda interferir en la naturaleza de otros planetas, aunque sea para asegurar su propia supervivencia? Si bien todos estamos de acuerdo en que no hay ningún tipo de dilema ético por terraformar (y colonizar) planetas totalmente vacíos de cualquier tipo de forma de vida, las cosas se ponen mucho más peliagudas en el caso de objetos celestes que sí podrían tener algún tipo de vida, por básica que pueda ser.

En un lado del argumento (a favor de la terraformación) tenemos a aquellos que creen que hacer que otros mundos puedan ser habitados es una obligación moral de la humanidad, y que hacerlo es una continuación de la historia de la vida en nuestro planeta, que siempre ha alterado los entornos a su alrededor. Además, tarde o temprano, la Tierra será destruida si la naturaleza sigue su curso, así que la humanidad se encuentra ante un dilema a largo plazo entre terraformar otros mundos o permitir que la vida terrestre se extinga.

Por otro lado, sin embargo, algunos consideran que terraformar otros objetos sería interferir en la naturaleza, y que otros planetas estarían mejor sin interferencias humanas (basta echar un vistazo a nuestro propio planeta para ver cómo se ve afectado por nuestra sociedad) porque a la larga sólo provocarían desastres.

Entre ambos puntos de vista, hay también un punto medio: puede ser éticamente aceptable terraformar planetas una vez que sepamos que no tiene vida alienígena, pero si tuviese sus propias formas de vida, entonces no deberíamos intentar adaptarlo a nuestro propio uso, si no adaptar su entorno para ayudar a esa vida alienígena a expandirse y evolucionar, y coexistir con los humanos. Y tú, ¿por qué punto de vista te decantarías?

FarOut: LejosFuera

No ficción

El objeto más distante conocido en nuestro sistema solar es 2018 VG18, apodado «Farout». No se sabe mucho al respecto, pero tarda más de 1.000 años orbitar alrededor del Sol.

FarOut es el nombre dado a un objeto transneptuniano descubierto en diciembre de 2018. Es el objeto más lejano del sistema solar conocido hasta la fecha, con una distancia media del Sol de aproximadamente 120 unidades astronómicas (UA). Eso significa que está 120 veces más lejos del Sol que la Tierra.

FarOut es un objeto de hielo y roca, y se cree que tiene un diámetro de alrededor de 500 kilómetros. Fue descubierto por un equipo de astrónomos liderado por Scott S. Sheppard, del Instituto Carnegie para la Ciencia en Washington D.C., utilizando el telescopio Subaru en Hawái.

FarOut pertenece a una clase de objetos transneptunianos conocidos como «objetos extremadamente distantes» (E-SDOs), que tienen órbitas muy elípticas y se cree que fueron arrojados a los bordes exteriores del sistema solar por la influencia gravitacional de Júpiter o Saturno en los primeros días del sistema solar.

El descubrimiento de FarOut es importante para los astrónomos porque puede proporcionar información valiosa sobre la historia temprana del sistema solar y la influencia de los planetas gigantes en la formación y evolución de los objetos del cinturón de Kuiper y los objetos transneptunianos.

Saturno juega al hula hoop

Poesía
Saturno juega al hula hoop con la cintura triste de los siglos.

Gira que gira, el viejo dios, con sus anillos de luz y una infancia que le pesa más que todos sus satélites.

Nadie le ha dicho que el universo es una habitación desordenada, que los planetas llegan tarde y que la eternidad es un juguete roto en manos del vacío.

Saturno ríe, y en su risa se desprenden lunas, pequeños lunes desahuciados, martes que jamás encontraron trabajo.

Mientras tanto, aquí abajo, los hombres se abrochan la miseria, se ponen serios para la fotografía y llaman progreso a dar vueltas alrededor de su hambre.

Saturno juega al hula hoop.

Y Dios, desde una esquina del infinito, lo mira con envidia: también Él quisiera soltarse un rato de su propia creación.

Saturno

Ficción


Yo soy el que ha cuajado los planetas
con el metal pesado de los asnos;
el hechicero que a Cibeles engaña
con sargazos de plomo y de desidia;
el que a guadaña pasa los dioses planetarios
con ignorados múltiplos de amargura y de sombra;
quien alado desciende del templo de la muerte
para planchar los duelos del horizonte en los abismos.