Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

Saqqara en mis sueños (2)

Ficción

Sigo avanzando entre callejones estrechos donde las telas suspendidas sobre mi cabeza filtran la luz del sol y la convierten en un mosaico tembloroso de oro y sombra. Los mercaderes hablan en lenguas que apenas comprendo, pero sus gestos son universales: manos abiertas que invitan, sonrisas que esconden secretos, miradas que parecen pesar el alma más que las monedas.

Una anciana cubierta con velos color arena me ofrece un frasco diminuto. Dentro, un líquido ámbar brilla como si guardara un atardecer entero. Cuando destapo el tapón, el aroma es profundo y antiguo, como una tumba abierta al recuerdo. Siento que no sólo huelo el perfume, sino siglos de historias, promesas rotas y amores jurados bajo lunas que ya nadie recuerda.

Sigo caminando hasta que el bullicio del mercado se diluye y aparece un patio interior. En el centro, una fuente de piedra canta con una voz tranquila. El agua cae en ciclos perfectos, como si midiera un tiempo distinto al de los relojes humanos. Me siento en el borde y dejo que el aire fresco toque mi rostro, llevándose el polvo del viaje y parte de mis certezas.

Entonces comprendo que esta ciudad no se deja poseer. Sólo se deja recorrer, como un sueño del que uno despierta sin saber exactamente qué ha perdido ni qué ha ganado.

Al caer la noche, las lámparas se encienden una a una, flotando sobre las calles como constelaciones domesticas. Desde una azotea lejana alguien toca un instrumento de cuerda. La melodía se desliza por los tejados, baja por las escaleras, entra en mi pecho.

Y mientras las estrellas se abren sobre el desierto que he cruzado, siento que tal vez no vine aquí para encontrar algo, sino para recordar quién era antes de olvidar.

El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
“Fui.”

El guardián de los sauces

Ficción

Dicen en el pueblo que en cada primavera el viento baja beodo de la sierra, tambaleándose entre los huertos, buscando a los que aún seguirás recordando. Yo lo sé, porque lo huelo: ese aroma de flores engañosas, donde una centella cae sobre las aguas del río y todo parece acné de perfección, pero basta un suspiro para que nadie recuerde lo que vio.

En esas tardes, los eróticos perfumes de la multitud flotan entre los álamos, y la cabellera del aire se llena de hilos de araña que desea atrapar los suspiros de las violetas. Se dice que ellas reavivan lo muerto. Que si uno se atreve a romper una rama de los sauces, puede escapar del destino, aunque ello traiga consigo las puertas del desierto y sus pesares.

Yo lo hice. Lo confieso. Me arranqué la máscara del miedo y seguí el canto del río hasta adquirir una libertad que nunca pedí. Fui dispensada de los niños que reían junto a las atarjeas, porque yo los llamé y ninguno volvió. Eran tan tiernos, y el galope del agua se los llevó, como si el río reservara su propio combate.

Me refugié entre legumbres y sombras, y me creyeron tonta, pero era capaz de hablar con los muertos. Ellos, descarnado consuelo, me pidieron que dijera la auténtica palabra:
—No la que refiero, sino la que no ha nacido todavía.

Entonces el mundo se volvió un festín, un banquete mecánico de risas que no eran mías. Buscar sentido solo replicaba mis cuidados, mientras las moscas, grises, danzaban sobre el lago donde la luna se encogía entre hojas manchada de recuerdos.

Era la mártir del silencio. Había recuperado algo que no tenía nombre: tal vez las leyes antiguas de Francia, o de Europa, o de alguna camisa blanca que manda sobre los decorados del alma. Sentí que era mi oportunidad francesa, y que si vieras bien, entenderías que todo podría repetirse, como los sueños que estaban antes del nacimiento.

Pero las alimañas del tiempo me cercaron. Y supe que hacerse cuento es el único modo de sobrevivir a lo real. Me senté bajo la lámpara apagada, y el guardián —cuyo rostro era de sombra— me habló sin boca:
—No llores más, hija aventurera. Ni santa ni diosa. Solo un eco que mostró a los humanos lo que no deben tratar de comprender.

En el inmediato silencio nos emborrachábamos de vida.
—Si tienes miedo —me susurró—, deja que los carámbanos del norte alejen los espantosamente dulces recuerdos que te rodeen.

Y esto fue lo que aprendí: los consejos del alma valen más que la falta, y el Cristo existente no cuelga de una cruz, sino de un árbol en flor. Si algún día logras arrojar tus paisajes al occidente, verás cómo los halos custodian la clave del regreso.

Porque en este pueblo, donde las violetas hablan y los sauces lloran, la primavera nunca muere: solo cambia de sueño.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

Viaje interior

Ficción

Envidiaba bastante la prisa con que los demás parecían encontrar su rumbo en la vida, mientras yo me demoraba, cargada de remordimiento ligero y de sueños truncados. Doce carnes distintas —como doce festines que representaban pasiones y traiciones— habían pasado por mi mesa, y cada una dejó su huella como confidencia escrita en el cuerpo. El licor, con su encanto pagano, me arrastraba a zambullidas repentinas en recuerdos que parecían ratos de hospital: muecas de un hombre que figuraba siempre en mis noches, como un maestro antiguo de intensidades, enseñándome a discernir entre lo que eran riquezas verdaderas y lo que eran mentiras bellas.

Veo todavía las calesas rodando por calles húmedas, las flores en los balcones orientales, las palmas agitadas por la lluvia, como si todo fueran voces eternas repitiendo la camaradería perdida de otro tiempo. En el brezal, donde solía refugiarme, los nidos parecían ángeles quietos; pero pronto entendí que también podían asfixiarse, porque nada queda inmóvil: todo se renueva o se consume.

Yo misma, en plena luna, viajaba entre ciudades y repúblicas límpidas, buscando compañeros que no huyeran ante mis muecas ni ante el ardor que podía enloquecer cualquier calma. Había ratos en que me gustaba pensar que la vida era solo un arado dando fuego arriba, abriendo surcos de posible redención. Pero otras veces, la pesadilla volvía: me figuraba atrapada en un nido de hadas que reían con intensidad cruel, mientras mi voz no encontraba eco.

Todavía me pregunto si fue cobardía o poder lo que me llevó a abandonarme al consumo de ilusiones, viajando de una mentira a otra, de una mirada a otra, esperando que me vieran de verdad. El discernimiento, maestro severo, me recuerda que la vida no es más que un tejido de ciudades y cuerpos, de flores y muecas, de ardor y lluvia, todo renovándose y enloqueciendo, como un compañero eterno que se disfraza de ángel o de galo, según el sueño.

Y así sigo, escribiéndose en mí una historia que no termina: la de quien busca en las riquezas antiguas el secreto de las pasiones modernas, la de quien, en medio de traiciones y camufladas camaraderías, trata todavía de encontrar el poder ligero y límpido de dar fuego a la vida sin asfixiarse en ella.

 

CELESTE Y YO

Ficción

Fumaré un cigarro tan grande que necesitaré a la luna como cenicero, Celeste.

Lo dije sin pensar, apenas un murmullo en medio del desierto de sal donde tú y yo habíamos decidido acampar para ver cómo el mundo se apagaba. Tenías los pies descalzos, enterrados en cristales blancos, y los ojos fijos en el horizonte como si esperaras que el sol se rindiera ante ti. El viento soplaba como un suspiro largo, y en el cielo las primeras estrellas se asomaban tímidas, conscientes de que asistían a un final.

—Siempre tan dramático —dijiste, dándome una piedra con forma de corazón—. ¿Piensas fumar tu derrota o tu gloria?

—Lo que quede —respondí—. Lo que no hayas querido quedarte tú.

Celeste era así. Venía con las tormentas, se iba con las migraciones. La conocí en una manifestación de relojes rotos, en un país que había olvidado el tiempo. Desde entonces, habíamos recorrido juntos todas las fronteras que existían y otras que nos inventamos. Pero ahora, estábamos en el último mapa, y yo aún no sabía si era una despedida o un reinicio.

Encendí el cigarro, uno enorme, artesanal, envuelto en hojas de atlas y sellado con ceniza de poemas quemados. Cuando lo llevé a los labios, sentí que el mundo se volvía más ligero, como si todo lo vivido pesara un poco menos con cada bocanada. El humo se elevaba en espirales lentas, y al tocar el cielo, se curvaba hacia la luna, que parecía encenderse poco a poco, cómplice silenciosa de mi ritual absurdo.

—¿Sabes qué pasaría si realmente usaras la luna de cenicero? —preguntó Celeste, sentándose junto a mí—. Se apagaría tu cigarro. No por falta de fuego, sino por respeto.

—Entonces dejaría de fumar. Y te invitaría a bailar.

—¿Sin música?

—Siempre hay música. Lo que no siempre hay… eres tú.

Ella no dijo nada. Pero me alcanzó la mano.

Y bailamos. Entre columnas de humo, estrellas insomnes y el recuerdo de todas las veces que el mundo estuvo a punto de acabar y no lo hizo. Celeste giraba como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Y yo, con cada paso, recordaba que aún podía elegir a qué sueños no renunciar.

La luna, blanca y quieta, nos miraba. Y por primera vez, pareció sonreír.

Porque a veces, para encender lo que importa, basta con decir algo absurdo… y hacerlo poesía.

Secretos sacados del libro de Cleopatra

Ficción

Para hacerse amar de los hombres o, en su defecto, conservar el cutis suave, fino, blanco y agradable al tacto

Tómese un licor llamado agua de Citiso, que los antiguos filósofos conocían con el nombre de Akarim, déjese en un vaso descubierto expuesto tres noches a las influencias de Urano, Marte y Venus, y luego veinte y cuatro horas del sol; entonces se retira, y se mezclan algunas gotas con la leche fresca de vaca o cabra, aunque es preferible la de yegua o burra, y al cabo de cinco minutos se lava con esta mezcla las manos o la parte que sea. Cleopatra, por ejemplo, se hacía llenar una piscina con leche de burra virgen a este solo efecto y no sólo conquistaba hombres sino incluso imperios.

Para que la piel resplandezca como el alba de Egipto

Tómese un licor llamado agua de heliotropo, que los sabios caldeos veneraban bajo el nombre de Zareph. Déjese reposar en un cuenco de alabastro durante dos noches al claro influjo de Venus y la Luna creciente. Luego, antes del alba del tercer día, introdúzcase en el baño un trozo de ámbar rojo envuelto en hojas de mirto. Esta infusión, mezclada con cinco gotas de esencia de jazmín, debe aplicarse sobre el rostro con un velo de lino, sin hablar palabra durante el acto. Dicen que Cleopatra lo usaba antes de cada aparición pública, y ningún hombre podía sostenerle la mirada sin caer rendido a sus pies.

Para encender el deseo en el corazón de un soberano

Árdase una mezcla de canela, almizcle y raíces de mandrágora en un pebetero de bronce, y en el humo espeso que se alce, dibújese con la mano izquierda el símbolo de Isis desvelada. Acto seguido, tómese una gota de aceite de nardos silvestres y colóquese detrás de cada oreja y en la curva interior de la muñeca. Este rito debe realizarse en la hora exacta del ocaso, cuando el cielo se tiñe de rojo, y jamás debe repetirse dos veces bajo la misma luna. Con este secreto, cuenta el papiro, Cleopatra doblegó la voluntad de César como se dobla una hoja de papiro mojada.

Para conservar la juventud más allá de los años

Recójanse pétalos de rosa al despuntar la aurora, antes de que el sol los haya tocado. Se maceran en miel pura del desierto, junto con una pizca de sal de Amón y cinco granos de polvo de ópalo. La mezcla se guarda en un frasco de cristal oscuro y se deja reposar siete días bajo tierra, entre raíces de granado. Una vez filtrado el ungüento, se frota cada noche sobre el cuello y el pecho, pronunciando en voz baja el nombre de una diosa antigua e ignota. Así, aseguran las tablillas, permanecía Cleopatra inmutable ante los años, como si el tiempo se negara a tocarla.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

—Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

—Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.