Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

Sobre el arte de desaprender

No ficción

He sospechado, desde hace tiempo, que todo aprendizaje verdadero encierra, como su sombra inevitable, un olvido. Los maestros, esos custodios de lo esencial, nos conducen por senderos de claridad: nos enseñan a nombrar el mundo, a ordenar el caos, a distinguir lo verdadero de lo falso. Con ellos, el conocimiento parece un ascenso, una lenta escalera hacia una biblioteca infinita que, sin embargo, promete sentido.

Pero existe una etapa posterior, menos celebrada y más ardua: la de desaprender lo que los ignorantes nos imponen. No es un olvido natural, como el que sugiere Pascal cuando habla de la fragilidad de la memoria; es un ejercicio deliberado, casi ritual.

Imagino un extraño libro –quizá escrito en Alejandría, quizá en un espejo– que contenga únicamente argumentos erróneos. En sus páginas, la Tierra sería plana, el tiempo un invento de los relojeros, y toda evidencia, una conspiración urdida por mentes demasiado lúcidas para ser confiables. Los ignorantes leen ese libro con devoción, sin saber que no existe, o peor aún, sin sospechar que ese libro son ellos mismos.

El problema no es su error, sino su convicción. Como en los laberintos de Tlön, donde las ficciones se vuelven reales, sus palabras –repetidas con fervor y ligereza– terminan por infectar el aire, obligándonos a desmontarlas, una a una, como quien deshace un hechizo. Así, el discípulo de los maestros, armado de razonamientos y dudas legítimas, debe iniciar una segunda peregrinación: desandar lo falso, vaciar lo aprendido por imposición, recuperar el silencio interior que la necedad ahoga.

He comprendido, no sin cierta melancolía, que el saber no es una acumulación sino una delicada balanza entre lo que se acepta y lo que se renuncia a aceptar. Aprendemos, sí, pero para luego proteger ese aprendizaje de quienes, sin saberlo, trabajan para desfigurarlo.

Quizá el verdadero conocimiento no consista en conocer más, sino en preservar lo aprendido del desgaste que provoca la ignorancia ajena. Como en un cuento de arena, cada verdad está destinada a ser borrada, y el único mérito del sabio es escribirla, una y otra vez, sabiendo que mañana tendrá que empezar de nuevo.

Primero están los maestros. Los verdaderos. Aquellos que, como Sócrates, no te llenan de respuestas sino de preguntas, que te enseñan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y sospecha. Ellos siembran en ti el noble germen del pensamiento, esa pequeña llama que ilumina incluso cuando la niebla social es espesa. Y tú, aplicado discípulo, crees ingenuamente que el viaje termina allí.

Pero no. Después de aprender de los maestros, toca el penoso deber de desaprender de los ignorantes.

Ellos aparecen siempre, como personajes secundarios en una novela de Dostoievski: contradictorios, ruidosos, convencidos de poseer una verdad tan absoluta que no necesita prueba alguna. Te toman de la mano –con la misma seguridad con la que Alonso Quijano tomó la lanza– y te llevan a un universo paralelo donde las certezas se disuelven, y la lógica, pobre criatura, muere lentamente de inanición.

Allí te explican que la Tierra es plana “porque lo vio en un video”, que las vacunas alteran el ADN y que todo lo que no encaje con su relato es un invento de “los poderosos”. Uno, que venía de leer a Borges, de entender que la verdad puede ser un laberinto, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto mucho peor: el de la necedad.

Y no sirve citar a Montaigne, ni recordar que Galileo tuvo que retractarse, ni siquiera evocar la paciencia de Flaubert para describir la estupidez humana. No. Ante el ignorante ilustrado –esa criatura moderna que desconoce, pero con orgullo–, cualquier argumento es solo leña para su hoguera de certezas.

Así que aprendes, o más bien desaprendes. Olvidas la precisión de las palabras, la disciplina del razonamiento, la cortesía de la evidencia. Adoptas el idioma del “bueno, cada quien con su opinión” para evitar que la conversación termine en un callejón kafkiano, sin salida y lleno de absurdos.

Y mientras sonríes con cortesía fingida, recuerdas a Shakespeare: “El necio se cree sabio, pero el sabio sabe que es un necio”. Quizá, piensas, este es el verdadero examen final que los maestros nunca anuncian: no demostrar lo que sabes, sino resistir la tentación de debatir lo que no vale la pena.

Al final, el ciclo es eterno y casi literario: se aprende para luego desaprender. Una tragicomedia humana que Cervantes habría narrado con más gracia, pero que a nosotros nos toca protagonizar con discreta resignación.

Biblioteca de Ramón

Poesía
  1. El libro es un pájaro con más de cien alas para volar.
  2. El reloj despertador es un gallo de acero.
  3. La luna es el espejo de los enamorados pobres.
  4. La risa es una erupción instantánea.
  5. Las golondrinas son pájaros vestidos de etiqueta.
  6. El lápiz escribe bostezando.
  7. El cigarro es el palo de las fiestas solitarias.
  8. El gato es un tigre de salón.
  9. La estrella fugaz es la lágrima de un deseo.
  10. El tren se traga las estaciones sin saborearlas.
  11. El paraguas es un sombrero que se suicida.
  12. Los zapatos tienen la cara triste del que trabaja.
  13. El silencio es el único amigo que jamás traiciona.
  14. La nube es el pañuelo del cielo.
  15. Las rosas tienen más espinas que disculpas.
  16. El eco es el alma de las voces.
  17. El bostezo es un suspiro que se aburre.
  18. La jirafa es una grúa que come hojas.
  19. La nieve es la caspa del cielo.
  20. El espejo es el primer invento de la vanidad.
  21. El pavo real es el abanico de la vanidad.
  22. El pez es el único animal que se ahoga fuera del agua.
  23. La barba es la hierba que crece en el silencio del rostro.
  24. La calvicie es una playa sin olas.
  25. El semáforo es el ojo que vigila sin parpadear.
  26. El ascensor nos sube la autoestima.
  27. El cuervo es el abogado de la muerte.
  28. Las lágrimas son la sangre de los ojos.
  29. El faro es el ojo tuerto del mar.
  30. La niebla es el fantasma del aire.
  31. El beso es el truco de la boca.
  32. El ventilador es el pájaro mecánico del verano.
  33. El vino da sueños colorados.
  34. El teléfono es el timbre de los ausentes.
  35. El humo es el alma de lo que se quema.
  36. La mosca es el punto final de la siesta.
  37. El piano es una máquina de suspiros.
  38. La silla vacía es la ausencia hecha mueble.
  39. El pan caliente tiene alma.
  40. El bostezo es un grito sin ruido.
  41. El otoño es el andén de las hojas.
  42. La lluvia son lágrimas que no son de nadie.
  43. La bicicleta es el esqueleto del caballo.
  44. El fósforo es el estornudo del fuego.
  45. El sol es el pan del día.
  46. El silencio es el único paisaje que no cambia.
  47. La luna se peina en los charcos.
  48. La cabra es el paréntesis de la montaña.
  49. Las mariposas son flores que aprendieron a volar.
  50. La llave es el confidente de las puertas.
  51. El bostezo es una carta sin dirección.
  52. La lámpara es la luciérnaga doméstica.
  53. La muerte es una señora vestida de olvido.
  54. El murciélago es el ratón con paraguas.
  55. El acordeón es el fuelle de la música.
  56. El reloj es el dictador del tiempo.
  57. El papel es el eco de lo que pensamos.
  58. El beso es un punto y coma en el diálogo del amor.
  59. El zapato aprieta más cuando se va el amor.
  60. Las canas son las flores del tiempo.
  61. La chimenea es la nariz de la casa.
  62. El globo es un niño que quiere volar.
  63. El gato ronronea porque tiene el alma llena de cascabeles.
  64. El caracol lleva su casa a cuestas porque tiene miedo de perderla.
  65. El frío es el silencio del calor.
  66. La vejez es la niñez vuelta al revés.
  67. El espejo es el cómplice de Narciso.
  68. La radio es el periódico que habla.
  69. El mar es un sueño de agua.
  70. El cine es el circo de las sombras.
  71. La aspirina es la novia del dolor de cabeza.
  72. La cebolla hace llorar por dentro.
  73. El sollozo es la manera de llorar por dentro.
  74. Las cartas de amor se escriben sin tinta.
  75. El gato es la sombra con bigotes.
  76. La biblioteca es el cementerio de los pensamientos vivos.
  77. El ascensor es la montaña rusa de los edificios.
  78. La escalera es la lengua de los pisos.
  79. El paraguas se convierte en bastón cuando deja de llover.
  80. La escoba es la pluma con que se escribe en el suelo.
  81. El helado es el suspiro del verano.
  82. El tranvía es un gusano de hierro.
  83. La mecedora es la cuna de los abuelos.
  84. El cigarro es la bandera del ocio.
  85. El bigote es el toldo de la boca.
  86. El peine es el verdugo del enredo.
  87. Las campanas son el idioma de las torres.
  88. El pan se parte con respeto.
  89. La vejez es el invierno del cuerpo.
  90. El calendario es el carcelero de los días.
  91. Las pestañas son las persianas del alma.
  92. El corazón tiene razones que el pulso ignora.
  93. La almohada es el confidente de las noches.
  94. El beso robado es el más dulce.
  95. El bostezo es el abrazo del aburrimiento.
  96. Las tijeras son las serpientes mecánicas.
  97. El vino rojo es la sangre feliz de las uvas.
  98. La lluvia es el llanto del cielo.
  99. El tren es el lápiz que dibuja caminos.
  100. La sonrisa es el idioma más corto del mundo.

Oráculo furioso

Poesía

Haiku 1 — Incendio de papel

garbanzos secos
arde su orgullo hueco —
cenizas cantan


Haiku 2 — Desdén absoluto

bailan momias
en el festín del bostezo
sin sangre, sin voz


Haiku 3 — Herejía

vomita el barro
nombres de piedra muerta —
yo siembro rayos


Haiku 4 — Réquiem

campos baldíos,
ruido de dientes rotos
yertos en la niebla


Haiku 5 — Ultimátum

rompo cadenas,
no hay pan, ni circo, ni ley
sólo grito vivo

Enero

Ficción

Descúbreme, mi única conexión es la palabra.
Tu mirada me dejó sin aliento.
Qué inútil decir adiós a los que ya no escuchan.
Las estrellas son fango donde hundir la mirada.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Soy sonoro silencio que incendió tu mirada. Mis cenizas volaron cabalgando los vientos para buscar el aire que respiraste hoy.
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
El precio del amor es el infierno.
Mi amor estará pensando en mi…
Sin pasión ¿qué puede quedar en pie en nuestras ruinas?
Pasaron las nubes como pasa el olvido.
No quiero sentirlo, lo siento sin querer.
No me sigas, amor… yo voy a todas partes para perderte.
¿Cuánto rinden mis sueños en el banco de tu realidad?
Mis lágrimas quieren escribirse en tu corazón.
Para amarte están las nubes hoy así.
El tiempo es estar a más de una mirada de ti.
La distancia es estar a más de diez labios de mi.
Hay delirio en tus labios, hay locura en mi cuerpo, vayamos al veneno ahora.
Te he raptado tantas veces con mi pensamiento… Y tú sin enterarte.
La ciudad en que nos conocimos era un mito. Por eso jamás te encontré.
Ves la gacela y tras ella un cazador. Desarmado serás mío.
No me sigas, amor… Yo voy a todas partes para perderme.
Busco un amor incondicional. ¿Hay uno así?
El destino te ha traído hasta mi. No juegues con el destino.
No me sigas si no esperas un gran amor en tu vida.
Eres el mejor presagio de una gran tormenta.
Las pestañas se hicieron para volar en tu mirada.
Al fin me encontré en el doble cielo de tus ojos.
Me atravesó la rapsodia en azul de tu mirada.
La música de tu corazón es el jazz de mis latidos.
Cada día saco brillo a tus labios.
No hay fracaso para el que regala amor.
Llenaré mis manos de tu cuerpo.
Guardo mi corazón para el que viva por él.
Tu aliento funde mi cuerpo.
Buenas noches a todos los que hoy me amaron con un click.
Cambio un amor por tu cielo de bolsillo.
Las corcheas al borde del abismo: veneno en tus labios, venus de ébano, ni el aire, ni las hojas arpa de lluvia, son reflejo de otro lado.
Luces de muñecas rusas entre tus labios. Cuajada celeste, la noche del oráculo es nieve y agua.

Junio

Ficción

Oh luna silente que los árboles aman y eres sobre el llano dulzura de la sombra o niebla y resonancia en el alma dormida del paisaje.
Todas la rosas de la pálida luna caían, fantasmales, por la ventana abierta de tu cuerpo desnudo.
Estábamos juntos. Después lo he olvidado. (Walt Whitman)
Hazme, divino amor, la lluvia dorada de tus versos.
Limpios son los abismos de la ausencia. Como besos sin aire que no dejan huella. Como miradas que ni rastro dejan. Como la pena.
Hoy somos como los pasajeros de un vuelo perdido. Pasajeros del amor que no saben coger pista de aterrizaje.
A los pies que idolatro desplegada, Mano al fin de madurez inesperada, Otro rebelde henchido de mirada Repicará la carne desgarrada.
Como estrellas fugaces, todos los sueños se rompen. Fin?
Quiero aprender tu piel como mapa de un tesoro imposible, escondido en la isla de los sueños, en la playa arenosa de tus días, en tu mar.
El polvo sometido iza sus llamas, conteniendo de luz sólo las formas. Las fúlgidas espinas de mis lágrimas tristes sonríen a tus ojos.
Cerebro hueco: vergel de perversiones debajo del sombrero.
Acaríciame como la suave y fresca sombra de junio.
El amor eterno es inconcluso.

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

Explora

Ficción

Hoy, en este preciso instante de tiempo que fluye, como un río callado que se desplaza entre la niebla del amanecer, te contaré la historia de un hombre que nunca alcanzó el instante que soñó. Su nombre era Elías, y había dedicado su vida a las sombras, buscando, como tantos otros, esa luz fugaz que ilumina la existencia de un modo tan transitorio que nadie puede aferrarse a ella.

Elías vivía en un pequeño pueblo sobre una colina olvidada, rodeado de campos que se deshacían lentamente bajo la mirada indiferente del sol. Cada mañana, se sentaba junto a la ventana, mirando cómo la niebla se disipaba con lentitud, como si la misma naturaleza supiera que él no debía apurarse en sus quehaceres. A través de la penumbra de su casa, las cosas parecían estar más cerca de la eternidad; las sillas, las mesas, la copa de cristal con un rosario de polvo acumulado, todo conservaba el aire de la quietud inalterable.

Una tarde de otoño, cuando las hojas doradas caían y la tierra estaba impregnada del aroma húmedo de la caída, Elías decidió que algo debía cambiar. La rutina había comenzado a pesar como un manto de plomo sobre sus hombros, como esas horas muertas que se deslizan sin esfuerzo entre los dedos, invisibles pero implacables.

«Hoy,» se dijo, «hoy voy a caminar hasta el final del camino que nunca recorrí.»

Se puso el abrigo de lana, aunque la tarde ya se anunciaba fría, y comenzó su peregrinaje. El viento soplaba entre las ramas, un murmullo bajo, como si las voces de aquellos que ya no estaban pudieran ser escuchadas en la corriente de aire. Cada paso que daba le parecía un eco de sí mismo, un repaso de su propia vida.

Pero mientras avanzaba, una figura extraña se le apareció. Era una mujer, de rostro envejecido pero sereno, cuyos ojos reflejaban un horizonte lejano. Llevaba una cesta de mimbre, del que caían algunas flores secas. La miró, y un silencio profundo se extendió entre ambos, como un puente invisible.

«¿A dónde vas?» le preguntó ella, con una voz que parecía venir de otra época.

«Voy al final del camino,» respondió Elías, aunque no sabía muy bien qué significaba esa meta.

La mujer sonrió con tristeza y dijo: «No hay final para los que buscan sin saber qué buscan.»

Elías, sorprendido, le preguntó: «¿Y tú? ¿Dónde vas?»

«Voy a recoger las flores que olvidé en el tiempo,» contestó, y se desvaneció lentamente, como una niebla disuelta por el sol.

El hombre quedó allí, en el mismo lugar, con la misma sensación de estar buscando algo que no podía identificar. Y, de alguna manera, comprendió que esa búsqueda era lo único que podía darle sentido al camino. Porque tal vez, al final, no importa el destino, sino el transitar.

Y así, Elías siguió caminando, pero ahora con una nueva perspectiva: sabía que la búsqueda en sí misma era el único fin posible. La tarde continuó su curso, y el viento, al igual que los pensamientos de Elías, nunca dejó de moverse, sin nunca detenerse del todo.

Saint-Benoit-sur-Loire

Ficción

—Hemos construido una. Será para la sirena y estará sobre El mar de seda, al que ahora llamamos así por su rebelde naturaleza. En cierto modo, estamos orgullosos de ello. Nos sirve para dominar desde este castillo inexpugnable del infierno, para continuar dominando sobre este reino de tinieblas en el que nadie puede hacernos frente, ni aventurarse a explorar, azorados por la angustia y sus represiones. Y mientras, somos los causantes de crímenes cuya resolución pasa necesariamente por nuestra destrucción.