No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Niña de la desolación en Gaza

No ficción

En medio de la desolación, la niña se erige como un eco silencioso de la resistencia, un verso perdido en la sinfonía rota de la ciudad. Su figura menuda, contornos de esperanza en una paleta de desesperación, se yergue como un lamento callado entre las ruinas.

En sus ojos, la travesía de los tiempos oscuros, un reflejo de estrellas desterradas, buscando su propio camino a través del humo y la sombra. Sus pies descalzos tocan la tierra herida, absorben la memoria de las calles que antes resonaban con risas infantiles, ahora ahogadas por el estruendo de la tragedia.

La polvorienta vestimenta que la envuelve se convierte en el estandarte de una resistencia que no cede ante el tiempo, una armadura frágil pero indestructible que lleva impresa la historia en cada hilo desgastado. Sus manos, pequeñas y firmes, sostienen la fragilidad de la vida en este teatro de desolación.

La mirada de la niña, un faro de determinación perdido en un horizonte de desesperanza, se proyecta hacia el futuro incierto. Un susurro de sueños olvidados danza en su mirar, desafiando a la desolación que la rodea. Su cabello, un río de ébano, fluye como un tributo a la libertad que aún persiste en los corazones, a pesar de la opresión de los escombros.

En este paisaje desgarrado, la niña se convierte en la musa de la resistencia, la poesía que emerge de las grietas del caos. Es el verso clandestino que se escribe con la tinta de la supervivencia, una promesa en el eco de la destrucción. En su soledad, se forja la epopeya de un renacimiento que desafía el silencio de la guerra, un eco que resonará en las páginas que la historia aún no ha escrito.

Fantasma de Hébuterne en el espejo

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne y Amedeo Modigliani

 

Fantasma de Hébuterne en el espejo

En la Casa Grande había un espejo que nadie quería mirar después de la puesta del sol.

Estaba en una de las cámaras más antiguas, detrás de una puerta que casi siempre permanecía cerrada. El espejo era alto, estrecho y tenía el marco cubierto de pequeñas flores talladas. Nadie sabía quién lo había llevado allí.

Los adultos decían que era un espejo viejo.

Los niños sabían que aquello no explicaba nada.

Tomás fue el primero en descubrirlo.

Una tarde entró en la cámara buscando una pelota que había desaparecido. La encontró debajo de una mesa, pero antes de salir levantó los ojos y se miró en el espejo.

Al principio vio su propio rostro.

Después vio la habitación.

Y luego vio a una niña.

Estaba detrás de él.

Tomás se volvió.

No había nadie.

Volvió a mirar.

La niña seguía allí.

Tenía el cabello oscuro y un vestido antiguo. No parecía triste ni alegre. Parecía, sencillamente, estar esperando.

Tomás salió corriendo.

Aquella noche se lo contó a Clara.

—¿Cómo era?

—Como una niña.

—Eso ya lo has dicho.

—No sé cómo explicarlo.

Clara pensó un momento.

—¿Te habló?

Tomás negó con la cabeza.

—No.

—Entonces quizá quería que la escucharas.

Al día siguiente volvieron juntos.

La cámara estaba vacía.

El espejo también.

Pero cuando Clara se acercó, la niña apareció.

Esta vez estaba sentada.

En sus manos tenía una flor.

Clara levantó una mano.

La niña hizo lo mismo.

—¿Quién eres? —preguntó Clara.

La aparición señaló el espejo.

En el cristal comenzaron a formarse unas letras.

HÉBUTERNE.

Los dos niños no conocían aquel nombre.

Debajo apareció otra palabra:

AUGUSTIN.

Tomás recordó entonces algo que había oído a su abuela.

Hébuterne era el nombre de un lugar lejano, y también el apellido de una familia que había vivido allí muchos años antes.

Pero nadie sabía por qué el espejo mostraba aquel nombre.

Clara tocó el cristal.

Estaba frío.

La niña acercó la mano desde el otro lado.

Durante unos segundos, las manos de ambas parecieron tocarse.

Entonces el espejo cambió.

Ya no mostró la cámara.

Mostró un jardín.

Había árboles, una casa y un camino cubierto de hojas.

La niña caminó por aquel jardín.

Al fondo apareció un hombre.

La niña corrió hacia él.

Pero antes de llegar, la imagen desapareció.

Quedó solamente el reflejo de los dos niños.

—Creo que no es un fantasma —dijo Clara.

—¿Entonces qué es?

Clara miró el espejo.

—Quizá es un recuerdo.

Aquella explicación les pareció más extraña que un fantasma.

Durante varios días regresaron a la cámara.

Cada vez que aparecía la niña, les mostraba una parte distinta de su historia.

Una mesa.

Un jardín.

Una ventana.

Una casa.

Un hombre.

Una flor.

Nunca hablaba.

Nunca sonreía.

Nunca pedía ayuda.

Finalmente, una tarde, la niña señaló a Tomás.

Después señaló el espejo.

Tomás comprendió.

Se acercó.

La niña puso la flor contra el cristal.

Tomás hizo lo mismo con una pequeña hoja de la huerta.

Durante un instante, ambos objetos parecieron ocupar el mismo lugar.

Luego el espejo quedó completamente oscuro.

La niña había desaparecido.

Desde aquel día nadie volvió a verla.

Pero Tomás conservó la hoja.

La guardó dentro de un libro.

Muchos años después, cuando ya era adulto, regresó a la Casa Grande.

La cámara seguía allí.

El espejo también.

Tomás entró.

Se miró.

Vio su propio rostro, envejecido por los años.

Pero durante un instante, detrás de él, apareció la niña.

Ya no parecía una niña.

Era una mujer.

Y en sus manos llevaba la misma flor.

Tomás comprendió entonces algo que nunca había entendido de pequeño.

Quizá los fantasmas no son los muertos.

Quizá son las personas que quedaron atrapadas en un instante de su propia vida.

Y quizá los espejos no reflejan solamente aquello que somos.

A veces reflejan aquello que fuimos.

O aquello que alguien, en algún lugar del tiempo, todavía recuerda.

Tomás cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el espejo estaba vacío.

Pero sobre el cristal había quedado una pequeña palabra escrita desde dentro:

GRACIAS.

Jeanne Hébuterne

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne

La mujer que habitaba los espejos

Hubo una joven llamada Jeanne Hébuterne que aprendió muy pronto que los espejos pueden mentir.

Le decían que era hermosa.

Le decían que era la compañera de un pintor.

Le decían que su nombre debía pronunciarse junto al de Modigliani, como si una mujer pudiera convertirse en la sombra de otro hombre por el simple hecho de haberlo amado.

Pero Jeanne pintaba.

Y antes de ser recuerdo, fue una muchacha que miraba el mundo.

Había en sus ojos una paciencia triste, esa forma de tristeza que no pertenece todavía a la desgracia sino al presentimiento. Caminaba por las calles de París con sus cuadernos y sus colores, y acaso ignoraba que algún día otros hombres escribirían sobre ella sin preguntarle nada.

Tal vez por eso me gusta imaginarla frente a un espejo.

No al espejo que devuelve un rostro, sino a ese otro espejo secreto que conserva lo que el tiempo destruye.

Jeanne se mira.

Tiene el cabello recogido.

Sus manos sostienen un pincel.

Detrás de ella está París.

El París de los talleres, de las habitaciones pobres, de los cafés donde los artistas hablaban demasiado y pagaban demasiado poco. Afuera llueve.

Ella no sabe que el futuro la ha condenado a una fecha.

No sabe que habrá libros.

No sabe que habrá cuadros.

No sabe que millones de ojos buscarán en los retratos de Modigliani la forma de sus ojos, de su cuello, de su silencio.

Sólo sabe que quiere pintar.

Y pinta.

Quizá en alguno de sus cuadros haya una puerta.

Quizá detrás de esa puerta esté la verdadera Jeanne, la que no conocemos.

Una Jeanne sin leyenda.

Sin tragedia.

Sin el nombre de ningún hombre junto al suyo.

Una muchacha que ríe.

Una mujer que envejece.

Una pintora que continúa trabajando cuando todos se han marchado.

Una anciana que todavía conserva aquel primer pincel.

Ésa es la Jeanne que quisiera rescatar del espejo.

Porque el tiempo tiene una crueldad particular con las mujeres jóvenes: las convierte demasiado pronto en símbolos.

A unas las llama musas.

A otras, amantes.

A otras, víctimas.

Y casi nunca les pregunta quiénes fueron.

Por eso este homenaje no quiere hacer de Jeanne una estatua.

Quiere devolverle movimiento.

Que camine.

Que mire.

Que se equivoque.

Que pinte.

Que tenga una tarde cualquiera en la que no ocurra absolutamente nada.

Que pueda salir de casa sin saber que el porvenir la está observando.

Que tenga, aunque sea dentro de este cuento, todos los años que la realidad le negó.

En el espejo, Jeanne levanta el pincel.

Pero esta vez no pinta su rostro.

Pinta una ventana.

Después pinta un árbol.

Después una calle.

Después una casa.

Y finalmente pinta a una mujer que se parece a ella, pero que no es ella.

La mujer del cuadro mira hacia afuera.

Jeanne comprende entonces el secreto.

No ha pintado su pasado.

Ha pintado una posibilidad.

La mujer del cuadro tiene ochenta años.

Está sentada junto a una ventana.

Hay luz sobre sus manos.

Sobre la mesa descansan pinceles.

En la pared cuelgan cuadros que nadie ha visto.

Y debajo de uno de ellos, apenas visible, hay una firma:

Jeanne Hébuterne.

La joven contempla el cuadro.

Por primera vez sonríe.

Después deja el pincel.

Y sale del espejo.

Desde entonces, cuentan que en ciertas tardes de lluvia, cuando París parece una ciudad inventada por alguien que ha olvidado el final de su historia, puede verse a una mujer caminando junto al Sena.

No lleva flores.

No busca a nadie.

Lleva consigo un cuaderno.

Se detiene.

Mira el agua.

Y comienza a dibujar.

Quizá sea un fantasma.

Quizá sea un recuerdo.

Quizá sea simplemente Jeanne, que por fin ha conseguido escapar de la historia que otros escribieron para ella.

El espejo queda vacío.

Pero en su superficie permanece una última imagen:

una mujer pintando.

No la mujer de Modigliani.

No la tragedia.

No la leyenda.

Jeanne.

Sólo Jeanne.

Y eso, después de tantos años, es quizá la forma más justa de recordarla.

Sin aliento, dejo el cabello chino con c …

Ficción

Sin aliento, dejo el cabello chino con color a desagüe y, errante, intento escribir, como un fantasma, el libro que mi musa me dicta. Nadie dice nada nuevo, olor a página de siempre. El presente, satanes, es semen derramado como sopa en un sueño sobre la teta o el vientre de una yegua. Web bye.

Me pesa el aliento, los satanes somos as …

Ficción

Me pesa el aliento, los satanes somos así, el aliento de plomo nos delata. Por fin el chino me muestra la teta de plástico. Anoto en mi libro la sensación de su olor y sueño con mi musa. El color va a tono con mi página web. Bien. Ya tengo un nuevo presente que regalarte junto al semen, pienso. Como un fantasma serviré la espesa sopa a mi yegua. Impregnaré su cabello como nadie y podré escribir sobre su vientre lo que, errante, un día envié al desagüe.