RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

AQUELARRES

Ficción

En la cripta del convento olvidé bien las danzas que alguna vez prometieron felicidad, donde la piedra parecía salvaguardándola del tiempo y de la gente que temía habitar allí. Era una prueba para los corazones sembrados de culpa y de otras voces, una fe impura que podía convertirse en castigo sin conversión posible.

Vi la idea crecer como hiedra en el muro propio de mis pensamientos, sin poder explicarme por qué la noche era tan consoladora y cada grito se quedaba atrapado en el musgo. Según la herrumbre de los candiles, las apariencias mentían sobre los climas del alma, y ni el bautizo de la lluvia los limpiaría. Los muertos recibirían paños de silencio mientras el viento volvía con las estaciones, burlándose de nuestra tontería mortal.

En las capitales del reino se hablaba abiertamente de una pareja que rompió principios antiguos, un viejo linaje de sangre bastarda y especial a la vez. Decían que el destino los había tragado como a huesos hervidos en calderos de sombras, solo para distraer a los vivos con licores y promesas.

Cada aquelarre dejaba emblemas tallados en la piel del ganado y advertencias que solo las abuelas sabían leer. Ellas decían que decirlos en voz alta atraía a lo que duerme bajo la tierra, y yo, obediente, guardé silencio mientras la noche cerraba sus manos sobre nosotros.

Guardé silencio, sí, pero el silencio también habla, y lo hace peor. Bajo la bóveda, el musgo empezó a latir como si tuviera memoria, y entendí que no solo había olvidé bien las danzas, sino el precio de haberlas bailado. La felicidad que juramos eterna estaba enterrada allí mismo, salvaguardándola con huesos y promesas rotas, mientras la gente del pueblo fingía no poder verla.

Podía oír a las abuelas rezando sin palabras, una conversión torpe entre el miedo y la costumbre. Decían que era castigo, pero yo vi otra cosa: una prueba más antigua que el convento, sembrada antes de que existieran las capitales y sus leyes limpias. Vi la idea con claridad brutal, y explicarme ya no servía. No había nada consolador en ese grito que subía desde la cripta, mezclado con herrumbre y climas de putrefacción dulce.

El bautizo final no fue agua, sino licores derramados sobre la piedra. Las estaciones volvieron todas a la vez, y el tiempo se rompió como paños viejos. La pareja regresó, vieja y joven al mismo tiempo, bastarda y sagrada, con emblemas marcados en la piel y el ganado siguiéndolos como si entendiera mejor que nosotros.

Aquelarre no fue una reunión, fue un recuerdo colectivo. Yo quedé atrapado, tragado por apariencias que ya no engañaban. Las abuelas asintieron. Decirlos había sido un error, pero callarlos también. Y así, mientras la noche cerraba del todo, supe que este lugar no se habita: se hereda.

Sans adieu

Ficción

 

Sí. Me gusta morderle el cuello como una rata que ha decidido olvidar su condición de sombra. También, dicho en voz baja y sin necesidad de paréntesis, en la entrepierna. Siempre ha sido un juego extraño entre nosotros, un contrato tácito donde la piel es territorio y la respiración, frontera. En el interior del coche, la luz del amanecer entra temblando por el parabrisas como si dudara de su propio derecho a existir.

Cierra la guantera, le digo, porque la tapa vibra con cada bache del camino y me pone nervioso. Ella obedece despacio, como si cada gesto cargara un significado oculto. Es una moraleja tu mirada, contesta sin mirarme. Su voz se derrama por la cabina, espesa y dulzona, incapaz de decidir si es burla, advertencia o simple ruido.

Son veinte pavos, digo al fin, intentando volver al terreno firme de lo concreto. Nunca funciona. Ella toma los billetes y los esparce en el aire con un gesto teatral, casi solemne, como un árbol que acepta que el otoño es un destino y no una estación. Los papeles caen sobre nosotros con suavidad, rozando mejillas y muslos, dejando un perfume a tinta y abandono.

Gracias, digo, bonita demostración de poder. La frase flota entre ambos, cargada de un sarcasmo que ninguno quiere reconocer abiertamente. Luego todo ocurre rápido, casi con la limpieza de un acto mecánico: la culata del arma baja en un arco preciso, chocando contra su cabeza con un sonido hueco, casi elegante. Durante un segundo su cuerpo parece querer responder, pero la conciencia se desploma antes de encontrar palabras.

¿Puedo fumar?, pregunto al vacío. Esta vez no recibo ni un murmullo, ni una frase enigmática, ni una de esas respuestas suyas que siempre parecían sacadas de un libro leído demasiado joven. Solo el susurro del viento entrando por la ventana entreabierta.

Oh mundo, pienso mientras enciendo el cigarrillo. Qué precio tiene la cultura, y qué barato lo que se paga por la carne. La primera bocanada me lleva de vuelta a la infancia, a los patios donde se jugaba a morir y resucitar sin comprender del todo que un día el juego sería la vida real. Recuerdo un polvo apresurado entre los senos de una vecina mayor, un memento mori improvisado que no supe interpretar, y la risa ligera de una mosca posándose en mi cuello sudado como si quisiera bautizarme.

Regreso al presente con el cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. Muevo el cuerpo inerte hasta apoyarlo sobre la vaca del coche, como quien coloca una prenda demasiado usada en un perchero destinado al olvido. El motor aún tiembla, expectante. Con una calma que no entiendo, ni intento entender, pongo marcha atrás, coloco el vehículo mirando hacia el barranco y dejo que el peso de la gravedad haga lo que siempre ha querido hacer conmigo.

El coche se precipita con un grito metálico que no pertenece a ningún idioma. Lo observo perderse entre las rocas, una caja de secretos que por fin encuentra silencio.

Adieu, sans adieu. El eco se lo lleva todo, incluso la posibilidad del arrepentimiento.

La tierra, el cielo, la historia y yo nos quedamos quietos mientras el vehículo desaparece entre pliegues irreales.

Y por un instante, muy breve, juro que la escucho reír.

Giuseppe Ungaretti

No ficción

La meta es partir. Giuseppe Ungaretti

Giuseppe Ungaretti (1888-1970) fue un poeta y ensayista italiano, considerado uno de los más importantes del siglo XX en su país. Nació en Alejandría, Egipto, en una familia de origen italiano. Desde joven, mostró una gran pasión por la literatura y la poesía, y comenzó a escribir a temprana edad.

En 1912, se trasladó a París para estudiar literatura y filosofía en la Sorbona. Allí entró en contacto con los movimientos artísticos y literarios más innovadores de la época, como el cubismo, el futurismo y el simbolismo. Estos encuentros tuvieron una gran influencia en su obra, que se caracteriza por la brevedad, la intensidad y la sencillez.

En 1914, estalló la Primera Guerra Mundial, y Ungaretti se enroló en el ejército italiano. Participó en diversos frentes de guerra, incluyendo el de la isla de Caporetto, donde tuvo una experiencia traumática que marcaría su obra para siempre. En 1916, publicó su primer libro de poemas, «Il porto sepolto» («El puerto sepultado»), que fue muy bien recibido por la crítica.

Después de la guerra, Ungaretti regresó a París y comenzó una carrera académica como profesor de literatura italiana en varias universidades francesas. Continuó escribiendo poesía y ensayos, y se convirtió en una figura destacada de la vida cultural italiana. En 1936, regresó a Italia para enseñar en la Universidad de Roma, y en 1952 obtuvo la cátedra de literatura italiana en la Universidad de Milán.

A lo largo de su carrera, Ungaretti recibió numerosos premios y reconocimientos, tanto en Italia como en el extranjero. Fue miembro de la Academia de los Lincei y de la Academia de Italia, y en 1958 recibió el premio internacional de poesía «Petrarca». Su obra ha sido traducida a numerosas lenguas y ha sido objeto de numerosos estudios y análisis críticos.

Giuseppe Ungaretti falleció en Milán en 1970, dejando una obra poética que sigue siendo una de las más importantes de la literatura italiana del siglo XX. Las obras más importantes de Giuseppe Ungaretti son:

  1. «Il porto sepolto» («El puerto sepultado»): Publicado en 1916, este fue el primer libro de poemas de Ungaretti, y es considerado una de las obras más importantes de la poesía italiana del siglo XX. Los poemas de este libro tratan sobre la experiencia de la guerra y la pérdida, y están marcados por una gran intensidad emocional y una gran concisión.
  2. «Sentimiento del tiempo» («Sentimento del tempo»): Publicado en 1933, este libro representa una evolución en la obra de Ungaretti, en la que comienza a explorar temas más existenciales y metafísicos. En este libro, el poeta reflexiona sobre el paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la búsqueda de la verdad.
  3. «La vita dei campi» («La vida de los campos»): Publicado en 1954, este libro es una recopilación de los poemas que Ungaretti escribió durante su estancia en el campo durante la Segunda Guerra Mundial. Los poemas de este libro son de una gran sencillez y profundidad, y reflejan la relación del poeta con la naturaleza y con su propia identidad.
  4. «Un grido e paesaggi» («Un grito y paisajes»): Publicado en 1952, este libro recoge la poesía de Ungaretti desde 1936 hasta 1952. En él se aprecia una evolución en la obra del poeta, que se aleja de la poesía puramente emocional para adentrarse en temas más universales y filosóficos.

En general, la obra de Ungaretti se caracteriza por su lenguaje conciso y su estilo sencillo, pero profundamente evocador. Sus poemas son reflexiones sobre la vida, la muerte, la guerra, la naturaleza y la identidad, y reflejan una visión del mundo marcada por la angustia existencial y la búsqueda de la verdad.

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

Jeanne Hébuterne

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne

La mujer que habitaba los espejos

Hubo una joven llamada Jeanne Hébuterne que aprendió muy pronto que los espejos pueden mentir.

Le decían que era hermosa.

Le decían que era la compañera de un pintor.

Le decían que su nombre debía pronunciarse junto al de Modigliani, como si una mujer pudiera convertirse en la sombra de otro hombre por el simple hecho de haberlo amado.

Pero Jeanne pintaba.

Y antes de ser recuerdo, fue una muchacha que miraba el mundo.

Había en sus ojos una paciencia triste, esa forma de tristeza que no pertenece todavía a la desgracia sino al presentimiento. Caminaba por las calles de París con sus cuadernos y sus colores, y acaso ignoraba que algún día otros hombres escribirían sobre ella sin preguntarle nada.

Tal vez por eso me gusta imaginarla frente a un espejo.

No al espejo que devuelve un rostro, sino a ese otro espejo secreto que conserva lo que el tiempo destruye.

Jeanne se mira.

Tiene el cabello recogido.

Sus manos sostienen un pincel.

Detrás de ella está París.

El París de los talleres, de las habitaciones pobres, de los cafés donde los artistas hablaban demasiado y pagaban demasiado poco. Afuera llueve.

Ella no sabe que el futuro la ha condenado a una fecha.

No sabe que habrá libros.

No sabe que habrá cuadros.

No sabe que millones de ojos buscarán en los retratos de Modigliani la forma de sus ojos, de su cuello, de su silencio.

Sólo sabe que quiere pintar.

Y pinta.

Quizá en alguno de sus cuadros haya una puerta.

Quizá detrás de esa puerta esté la verdadera Jeanne, la que no conocemos.

Una Jeanne sin leyenda.

Sin tragedia.

Sin el nombre de ningún hombre junto al suyo.

Una muchacha que ríe.

Una mujer que envejece.

Una pintora que continúa trabajando cuando todos se han marchado.

Una anciana que todavía conserva aquel primer pincel.

Ésa es la Jeanne que quisiera rescatar del espejo.

Porque el tiempo tiene una crueldad particular con las mujeres jóvenes: las convierte demasiado pronto en símbolos.

A unas las llama musas.

A otras, amantes.

A otras, víctimas.

Y casi nunca les pregunta quiénes fueron.

Por eso este homenaje no quiere hacer de Jeanne una estatua.

Quiere devolverle movimiento.

Que camine.

Que mire.

Que se equivoque.

Que pinte.

Que tenga una tarde cualquiera en la que no ocurra absolutamente nada.

Que pueda salir de casa sin saber que el porvenir la está observando.

Que tenga, aunque sea dentro de este cuento, todos los años que la realidad le negó.

En el espejo, Jeanne levanta el pincel.

Pero esta vez no pinta su rostro.

Pinta una ventana.

Después pinta un árbol.

Después una calle.

Después una casa.

Y finalmente pinta a una mujer que se parece a ella, pero que no es ella.

La mujer del cuadro mira hacia afuera.

Jeanne comprende entonces el secreto.

No ha pintado su pasado.

Ha pintado una posibilidad.

La mujer del cuadro tiene ochenta años.

Está sentada junto a una ventana.

Hay luz sobre sus manos.

Sobre la mesa descansan pinceles.

En la pared cuelgan cuadros que nadie ha visto.

Y debajo de uno de ellos, apenas visible, hay una firma:

Jeanne Hébuterne.

La joven contempla el cuadro.

Por primera vez sonríe.

Después deja el pincel.

Y sale del espejo.

Desde entonces, cuentan que en ciertas tardes de lluvia, cuando París parece una ciudad inventada por alguien que ha olvidado el final de su historia, puede verse a una mujer caminando junto al Sena.

No lleva flores.

No busca a nadie.

Lleva consigo un cuaderno.

Se detiene.

Mira el agua.

Y comienza a dibujar.

Quizá sea un fantasma.

Quizá sea un recuerdo.

Quizá sea simplemente Jeanne, que por fin ha conseguido escapar de la historia que otros escribieron para ella.

El espejo queda vacío.

Pero en su superficie permanece una última imagen:

una mujer pintando.

No la mujer de Modigliani.

No la tragedia.

No la leyenda.

Jeanne.

Sólo Jeanne.

Y eso, después de tantos años, es quizá la forma más justa de recordarla.

EXT. LAGO – NOCHE

Aventura, Ficción

Un volcán de agua o gran fuente y constelación con una gran estrella. Una joven vierte dos vasijas, una vasija en el suelo y otra vasija en el agua. Fulgor de las estrellas. Borbotones de agua. Cráteres y aguas sulfurosas. Rosa abierta, rama de acacia.
La emperatriz tiene gemelos del emperador TAU.
Uno reinará sobre el Reino Denso y otro sobre el Reino Fluido.
PEH I NADA, una joven mujer complaciente.
Unos piden señales para creer y otros sabiduría para obrar mas el corazón esperanzado lo tiene todo en su esperanza.
La joven PEH vierte el agua de una vasija en el suelo y produce así el canal navegable.
La gran estrella refulge.
PEH
Soy una estrella que camina con vosotros y brilla desde lo hondo.
Un pájaro sale volando y hace un sonido parecido a «wirth, wirth».
Redundar en la idea de encantamiento.
El Alicor sale despedido por un vómito de la descomunal boca del maligno Belcebú, el goloso.
Al salir despedido cae sobre la cabeza de TAU que queda convertido en un blanco Unicornio.
¡¡¡Encontrado!!!
PEH
El alma ligando el espíritu a la materia.

Alguien debiera darle una bofetada en su …

Ficción

Alguien debiera darle una bofetada en su carnal moflete. Vuelve a comer como un estúpido cochino, sin ningún respeto por el mar, con su engañosa y feliz apariencia. Siento frío. La herida de mi infancia se reabre ante este necio joven. Le prepararé un lugar en el laberinto de la muerte, me digo. No le manifiesto mi desprecio todavía. Escucho la melodía, como al principio. La puerta sigue su ritmo, sin sentido. Qué sorpresa te espera, patán, pienso. La tormenta se acerca. Ajusto mi visión. Vale.

No es feliz. Es manifiesto. Sin embargo, …

Ficción

No es feliz. Es manifiesto. Sin embargo, mientras hurga en el laberinto carnal de su herida, no ha dejado de comer. Oigo el ritmo al que engulle. Esa visión me transporta a una engañosa melodía de mi infancia en clave de sonora bofetada. De principio, un té rojo, dice. Abro la puerta y él pierde el sentido. Es joven, alguien para quien la sorpresa continúa siendo el frío de la tormenta en el mar. Aprende, le digo.