Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

Computación cuántica en 2026

No ficción

Vamos a meternos de lleno en la computación cuántica en 2026. No hay forma elegante de decirlo: esto no es Star Trek, pero tampoco es ciencia ficción barata. Es como mirar una ciudad en obras desde lejos: hay estructuras, ruido, promesas de cafés de especialidad… y un montón de gente con cascos que te dicen que esto estará listo “en un par de años”. Basado en el panorama técnico, económico y político actual, aquí va un resumen que intenta no reescribir la Historia de la Computación Cuántica como si fuera un best-seller del verano.

Qué está pasando de verdad (no el humo de marketing)

La computación cuántica se ha movido del laboratorio —“guau, tenemos qubits”— al campo donde hay dedos rotos, facturas que pagar y objetivos de negocio que justifican inversiones gigantescas. El mercado global ya no es un hobby de genios con bata blanca: la industria y los gobiernos están apostando billones a que esto cuente de verdad en la próxima década, gracias a avances en estabilidad de qubits, error correction y arquitectura de chips.

Hardware

Los cacharros cuánticos ya no son sólo prototipos con 5 o 50 qubits que se caen a pedazos si miras mal. Hay varias líneas de desarrollo en paralelo:

  • Superconductores y trampa de iones siguen dominando, con empresas como IonQ, Google, IBM y Quantinuum empujando los límites de fidelidad de puertas cuánticas y estabilidad de qubits gracias a nuevos controles electrónicos y técnicas de error correction.
  • Escalabilidad brutal está en la agenda: recientemente se presentó una arquitectura de 10 000 qubits con cableado 3D para derrotar los cuellos de botella tradicionales.
  • Topological qubits (la tecnología que Microsoft persigue con su chip Majorana 1) todavía no ha demostrado al 100 % que sea una explosión de rendimiento práctica, pero es un enfoque prometedor para luchar contra el viejo enemigo de la cuántica real: el error.

Eso suena impresionante hasta que recuerdas que todos estos sistemas siguen necesitando criogenia extrema y entornos casi de laboratorio. No hay iQuantum 14 en casa de tus abuelos todavía.

Software y stack completo

Para no repetir la misma historia de siempre (hardware hardware hardware), hay un cambio clave que los insiders sí están señalando: ya no se trata solo de construir qubits, sino de que todo el ecosistema funcione de verdad. Eso incluye controladores, compiladores cuánticos, simuladores y middleware que puedan hacer que una empresa de verdad use sistemas cuánticos con sentido.

Las plataformas en la nube (AWS, Azure, Google Cloud, OVH) ya ofrecen acceso cuántico como servicio (QaaS), lo cual es un paso enorme: significa que una startup puede probar su algoritmo en hardware de verdad sin comprar una nevera cuántica entera.

Seguridad y aplicaciones

La gran ironía aquí es que la computación cuántica es tanto una esperanza como una amenaza:

  • Ciberseguridad: la llegada de sistemas capaces de romper cifrados clásicos obliga a adoptar criptografía post-cuántica ahora mismo, no cuando las máquinas cuánticas “lleguen”.
  • Aplicaciones reales: hay pruebas de concepto donde ciertos problemas específicos (simulación molecular, optimización combinatoria) son más eficientes en cuántico que en clásico, pero no estamos hablando de reemplazar Google Maps por completo.

El argumento difícil de ignorar: ¿cuándo será útil de verdad?

Aquí es donde todos bajan un poco el tono épico de la charla de presentación. La mayoría de análisis técnicos y financieros coinciden más o menos en esto:

  • Estamos más cerca que hace 5 años, sí.
  • Pero la ventaja cuántica práctica para soluciones masivas todavía parece a años, no meses (probablemente década+).
  • El mercado todavía está creciendo desde una base pequeña, con expectativas de varios miles de millones de dólares en ingresos en 2030 y potenciales decenas de miles de millones para 2040.

Así que si esperabas que tu smartphone cuántico llegue antes de que tú mismo envejezcas, relax.

Aquí viene la parte política y económica (porque claro)

La guerra por el liderazgo tecnológico está en pleno auge:

  • Estados Unidos, China, Europa y ahora también India están lanzando programas nacionales y fondos enormes para no quedarse atrás.
  • Corporaciones gigantes como Microsoft y IBM invierten cientos de millones o más en infraestructura de laboratorio y talento.
  • Startups y consolidaciones (adquisiciones por cientos de millones) muestran que el sector ya no es exclusivamente académico.

Todo eso se traduce en dos realidades: mucho hype de marketing, y al mismo tiempo movimientos serios con miles de millones de euros en juego.

Resumen brutal (sin villancicos)

Aspecto Estado ahora Qué esperar
Hardware Prototipos avanzados Escalamiento hacia miles de qubits sigue siendo difícil
Software e integraciones Creciendo rápido Mejora continua, pero aún inmadura
Aplicaciones reales Casos puntuales Potencial enorme a largo plazo
Mercado & inversión Miles de millones en juego Crecimiento fuerte pero incierto
Impacto en seguridad Ya relevante Post-cuántica urgente

Conclusión honesta (no empaquetada)

La computación cuántica hoy es tecnología radical y prometedora, pero todavía muy temprana. Vamos camino a algo grande, sí, pero no esperarás un “iPhone cuántico” mañana. Empresas y gobiernos están apostando a que esto cambie industrias enteras (ciencia, química, finanzas, logística y seguridad), y tienen razones técnicas y económicas para hacerlo. El reto real no es tanto si va a transformar el mundo, sino cuándo y cuánto del cuento de hadas tecnológico se concreta en algo más que gráficos espectaculares en presentaciones de PowerPoint.

Listo. Ni magia ni desilusión completa — solo el estado actual de algo que todavía está cocinándose a fuego lento pero con mucho billete metido en la olla.

Donde no apuntan las cámaras ni los titulares

No ficción

También pasan cosas buenas, aunque no hagan ruido ni coticen en bolsa. Hay que agacharse un poco para verlas, mirando donde no apuntan las cámaras.

Este fin de año el mundo no celebró grandes victorias, pero sí pequeñas continuidades, que a veces valen más. No se cayó el sistema. No estallaron todos los conflictos que parecían inevitables. Hubo guerras que no se ampliaron, crisis que no se desbordaron, odios que se quedaron a medio camino. En la política internacional, eso ya cuenta como una forma modesta de esperanza.

En varios países, la inflación empezó a ceder lo suficiente como para que la gente respirara un poco mejor. No es prosperidad, pero es alivio. El precio del pan dejó de subir tan rápido. El alquiler dejó de ser un sobresalto mensual en algunos lugares. La economía no abrazó a nadie, pero dejó de empujar al suelo a tantos.

La ciencia siguió avanzando sin pedir permiso. Nuevos tratamientos, mejores diagnósticos, tecnologías médicas que no salen en titulares porque no generan pánico. Este año se salvaron vidas que no sabrán nunca que estuvieron a punto de no salvarse. Esa es una estadística silenciosa y profundamente optimista.

La transición energética, lenta y contradictoria, dio pasos reales. Más renovables conectadas, menos dependencia de algunos combustibles, más ciudades entendiendo que el aire limpio no es un lujo ideológico, sino una necesidad física. El planeta no se curó, pero el daño dejó de acelerarse en ciertos frentes. También eso importa.

En el plano humano, ocurrieron millones de cosas invisibles. Reencuentros. Gente que consiguió trabajo después de meses. Migrantes que llegaron vivos. Profesores que no se rindieron. Médicos que siguieron yendo. Periodistas que escribieron sin creer demasiado, pero escribieron igual. La civilización se sostiene así, por insistencia.

Y en la cultura, que siempre llega tarde a las buenas noticias, hubo una persistencia casi obstinada. Libros leídos. Obras representadas. Canciones compartidas sin algoritmo de por medio. Cuando el mundo no sabe a dónde va, la cultura no responde. Acompaña. Y eso, al final, salva más de lo que parece.

Este fin de año no trae un mensaje triunfal. Trae algo más creíble: continuidad con sentido. La prueba de que, pese al cansancio, la humanidad no ha renunciado del todo a corregirse, a cuidarse, a no empeorarlo todo al mismo tiempo.

No es un final feliz. Es algo mejor y más raro: un final abierto donde todavía hay margen para hacerlo un poco mejor mañana. Y en estos tiempos, eso ya es una buena noticia.

En la piel del relato

No ficción

Hoy el sol no ha bastado para calmar al mundo. Las noticias de hoy llegan como fragmentos de un mosaico quebrado, donde cada grieta sangra resignación, esperanza y urgencia. Trato de recomponerlo en una crónica —no exacta— con algo del eco en que el corresponsal no solo relate hechos, sino una piel que observa, siente y se resiste.


España se detiene —y camina— en la protesta

España se levanta esta mañana con una huelga general convocada por múltiples sindicatos y organizaciones estudiantiles en solidaridad con el pueblo palestino, y como rechazo a la persistencia del conflicto pese al armisticio inicial.

La movilización no es sólo contra bombas: es contra el silencio, la omisión, la complicidad que sienten los convocantes detrás de las mesas diplomáticas. Las interrupciones serán parciales a lo largo del día —turnos de dos horas para trabajadores— junto con paros estudiantiles de 24 horas. 
En Madrid, las marchas saldrán desde Atocha hacia Sol, a mediodía y también a las 7 de la tarde. 
No será un paro vacío: los sectores mínimos (salud, servicios de emergencia) garantizarán atención, pero la ciudad respirará la tensión de quienes actúan.

Este día de huelga habla también de un país fracturado: la voz que protesta contra una guerra lejana es la misma que cuestiona sus silencios internos.


Washington contra Madrid: amenazas en nombre de la Alianza

Donald Trump no baja el tono. Esta madrugada volvió a aludir a la posibilidad de imponer aranceles a España como castigo por no cumplir con la meta del 5 % del PIB en gasto militar para la OTAN. 
No es sólo una amenaza comercial: es un recordatorio de dependencia política e imposición. “Puede que haya que castigarlos”, dijo —palabras que quemarán los papeles diplomáticos y harán latir la soberanía como herida. 
La explicación oficial de Madrid —que cumple sus “capacidades operativas” aunque no alcance ese porcentaje rígido— suena esta vez como escudo frente al vendaval.

Este cruce recuerda que las alianzas no son fraternidades: son equilibrios que aceptan puños discretos sin encubrimiento.


En Gaza: armisticio que no calma los fantasmas

El cese del fuego firmado hace días se tambalea entre acusaciones mutuas. Hamas acusa a Israel de violar los términos y anuncia que no tolerará más transgresiones de control interno, enfrentándose a los llamados “colaboradores” y saqueadores. 
Desde Israel, informan de ataques sobre quienes cruzan líneas del acuerdo, justificando que no respondieron a llamadas de advertencia. 
El pacto, gestado en Sharm el-Sheikh bajo auspicios diplomáticos, fue un paso tácito hacia la paz —pero esa paz vive de promesas no cumplidas. 
La tregua no ha sido mansa: el polvo aún se posa sobre cadáveres que esperan ser evacuados, y las ciudades en ruinas callan historias que no caben en informes oficiales.


Mercados, crudo y tibios augurios

El precio del petróleo baja hoy bajo nubes de excedente y tensiones comerciales renovadas entre EE.UU. y China. 
Brent retrocedió 0,21 USD hasta 62,18 USD por barril; el West Texas Intermediate cayó 0,16 USD hasta 58,54 USD. 
Se anticipa un eventual exceso de producción de 4 millones de barriles diarios para 2026, según informes de la Agencia Internacional de la Energía. 
Los mercados globales reaccionan: las señales de posibles recortes de tasas en EE.UU. reavivan el optimismo limitado, mientras la guerra comercial reduce apetito por riesgos. 
El dólar sufre: la expectativa de recortes pesa más que la ausencia de datos oficiales por el cierre parcial del gobierno estadounidense.

Un mundo que se mide en precios y anticipos, donde el mañana ya tiene valor especulativo.


Asia llama la atención: sanciones cruzadas

China impuso sanciones contra filiales estadounidenses del gigante naval surcoreano Hanwha, como advertencia política más que como golpe inmediato. 
Las medidas llegan en medio del pulso comercial global: tasas portuarias nuevas, controles estratégicos, amenazas de ruptura.
Mientras, Corea del Sur enviará altos funcionarios a EE.UU. para negociar tarifas y buscar alivios diplomáticos. 
Estas maniobras no son vestigios locales: son piezas de un tablero donde cada sanción lanza ondas hacia otros territorios.


Ecos alemanes: mirar al Sur

Desde Berlín emerge un enfoque estratégico: redefinir la política hacia África. Una iniciativa empresarial reclama que la relación no sea solo extractiva, sino asociativa, con acuerdos vinculantes sobre materias primas. Umm…
La urgencia no es moral, sino económica: Alemania, dependiente de minerales tecnológicos, ve en el Sur una palanca para diversificar. El proyecto sugiere que quien domina el comercio del mañana ordenará también los pactos del presente.


En la piel del relato

Hoy redacto esto sabiendo que el corresponsal caminante no informa desde un pedestal: pisa charcos, esquiva vidrios, recoge cenizas. Cada noticia es un fragmento de una geografía que sangra: una huelga que exige presencia, un país bajo presión externa, una guerra que no se apaga con firmas, mercados que temblorosos calculan futuro, sanciones lejanas pero con reflejo en nuestras vidas.

No basta decir lo que sucede: hay que sentir cómo los bordes del mundo tiemblan al contacto de las noticias. Tal vez mañana muchas de estas líneas sean criticadas, descartadas u olvidadas. Pero algo del pulso quedará: que un día como hoy alguien intentó urdir con palabras el tejido herido de nuestro tiempo.

El ciclo eterno

Poesía

I. Desolación

1
Raza quizá nueva,
en el calvero arde
sueño encendido.

2
Crueles saqueos,
Satán bajo los cielos
ríe del hombre.

3
Bosque desnudo,
saqueadores queman
promesas viejas.

4
Llaves caídas,
separaciones grises,
desesperanza.

5
País mío,
me senté sin saberlo,
sombra y ceniza.

II. Conflicto

6
Fogatas arden,
el comercio forzado
marca la sangre.

7
Armas confías,
holgazanes pastores
ríen del llanto.

8
Movimiento arde,
cizañas se levantan
en los sembrados.

9
Noche cerrada,
aparecía un rayo,
sueño frustrado.

10
Despreocupado,
Satán juega en los limbos
con nuestra pena.

III. Revelación

11
Reina sencilla,
desvela en la penumbra
su ardiente llama.

12
Entre las ruinas,
una voz me recuerda
cielos de oro.

13
Almita frágil,
ofrezco las hespérides
que aún resplandecen.

14
Claridad nueva,
aunque el dolor persista
brilla la aurora.

15
Causa perdida,
en la desesperanza
crece la fe.

IV. Esperanza

16
Cálido viento,
me acostumbraré al tiempo
del porvenir.

17
Noche encendida,
sequé las separaciones,
volví a soñar.

18
Movimiento humano,
trabajaré con ansias
en la semilla.

19
Bella promesa,
la simple claridad
abre caminos.

20
Arrojo tierno,
en mangas de esperanza
vivir despacio.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

Estas son mis recompensas…

Ficción

En el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.

He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.

¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.

No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.

Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.

¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?

En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.

Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.

No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.

Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).

No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.

Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.

¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?

Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.

El Bosco /2

Ficción

INSPECTOR (OFF)

Lo encontré en las afueras del pueblo, en la vieja fábrica de catequesis que todos decían abandonada. Había rastros de arrastre en la hierba húmeda. Y, en las paredes, pintados con hollín y sangre, aparecían símbolos que no reconocí… hasta que los comparé con los grabados del Infierno de El Bosco.

No eran simples garabatos. Eran fragmentos exactos: el hombre-árbol del Jardín de las Delicias, los rostros deformes del infierno musical, las aves con coronas que devoraban cuerpos humanos. Todo estaba allí, como si alguien hubiera arrancado esas criaturas del lienzo y las hubiera colocado en las paredes.

Avancé con la linterna temblando. Y entonces lo vi.

TESTIGO (OFF)

Estoy colgado. Atado con sogas que huelen a humedad. No sé si estoy despierto o soñando. Frente a mí hay tres paneles de madera, como los de un tríptico. Bosco los está pintando, pero no con pinceles. Con sangre. Con pedazos de cosas que no quiero reconocer.

—Es el último paso —me dice, con voz suave, casi cariñosa—. Tú eres el centro del panel. Sin ti, no hay cuadro.

En el panel izquierdo ha pintado un paraíso corrupto, lleno de hombres desnudos con rostros de animales. Me recuerda a las visiones que describía Dante al entrar en los círculos del Infierno, pero aquí no hay jerarquía, no hay castigo… solo una fiesta enferma.

En el derecho, un infierno mecánico, con máquinas de tortura hechas de huesos y relojes sin manecillas. Me hace pensar en las visiones de Milton, pero más caóticas, como si la caída no tuviera fin.

Y en el panel central… estoy yo. Bosco me está pintando a mí. Pero no es mi cuerpo lo que aparece, sino mi rostro deshecho, mi carne convertida en polvo verde. Y detrás de mí, ella, la mujer de sombras, me sostiene como si fuera un niño.

Quiero gritar. No puedo. Mi voz está atrapada.

BOSCO (OFF)

Todo está dispuesto.

El tríptico debe ser viviente, no solo pintado. Por eso el testigo está suspendido en el centro, justo delante de su propio retrato. Pronto será él mismo y su reflejo, como en las visiones de El Bosco, donde las criaturas se devoran y se duplican en un eterno regreso.

En el ala izquierda, he colocado a las ranas que croan dentro de relojes rotos. En el ala derecha, el arpa hecha de tendones sigue sonando con cada gota de sangre que cae. Y en el centro, cuando su respiración se detenga, abriré su pecho. Dejaré al descubierto su corazón como si fuera una esfera de cristal, y entonces ella entrará.

Ya la siento cerca. Su nimbo se dibuja en las paredes.

INSPECTOR (OFF)

Entré en la nave principal de la fábrica. Mi linterna iluminó algo que nunca debería haber existido.

Era… un altar, pero no como los de las iglesias. Era un altar de carne y madera, cubierto de restos de cuadros, de páginas arrancadas de libros antiguos. Vi citas de La Divina Comedia, escritas en sangre:

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

Y junto a ellas, fragmentos de El Paraíso Perdido:

Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.

En el centro estaba él. El testigo. Vivo. Atado. Y detrás… un hombre con un rostro tranquilo, casi amable. Bosco.

—Sabía que vendría —me dijo sin mirarme—. Usted también forma parte del cuadro.

Vi los paneles. Vi el infierno que estaba creando. Y por un segundo, creí entenderlo. Creí ver algo detrás de todo eso, algo más grande que nosotros.

Y entonces la vi a ella. La mujer de sombras.

Estaba de pie, justo detrás de Bosco. Me miraba. Sonreía.

TESTIGO (OFF)

La oigo. Está aquí. Ella ha llegado.

Bosco me toca la frente. Y cuando lo hace, todo cambia. Ya no hay paredes. No hay fábrica. Solo un espacio infinito, lleno de figuras flotantes, mitad humanas, mitad bestias, como en los cuadros de El Bosco. Y en el centro, ella, inmensa, hecha de polvo y verde.

Me dice, sin hablar:

—Mira lo que siempre estuvo oculto.

Y entonces lo entiendo todo.

No hay escape.

BOSCO (OFF)

El inspector ya ha visto su rostro. Ahora también está marcado. Pronto lo oirá en sueños. Pronto sabrá que no soy yo quien elige. Ella elige.

El tríptico está completo. Pero no es el final. Es solo la primera tabla de una obra mayor.

Pronto habrá más.

Del tiempo y del alma

Poesía

Agriaba el sol la corona de un día,
y el pueblo al fin, salvado, se despierta,
mantenido el alimento que oferta
artesonados de melancolía.

Abordarlos no es cosa que sería
razonable, pues sombra ya se alerta:
ropa en otoño, esperanza que invierta
su flor en lo profundo de otra vía.

Oscurece el otoño en las llanuras,
florece el arrepentimiento fuerte,
niñez de arenas, moral de religiones.

Un siglo inmemorial y sus figuras,
prestaba al divino su buena suerte,
y el esposo exijo en mis oraciones.

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

No ficción

La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

El regreso imposible

Ficción

En el año sombrío de mi juventud, cuando los vientos parecían murmurar secretos en lenguas olvidadas y los relojes latían con la angustia del tiempo maldito, emprendí un viaje. No fue un viaje común, no, sino una huida desesperada, envuelta en el sudario de una mentira cuidadosamente tejida, como una mortaja perfumada de esperanza falsa.

A los ojos del pueblo —ese enjambre de ojos suspicaces y bocas ansiosas de devorar escándalos— me marché investido de gloria: una beca para la facultad de medicina, dijeron, un destino luminoso al que sólo los elegidos acceden. Así lo proclamé, y ellos, sedientos de prodigios, lo creyeron. ¡Oh, cuánto gozo infernal hallé al verlos consumirse de envidia bajo la máscara de admiración!

Pero mi corazón —ese órgano traicionero y profético— palpitaba no con orgullo, sino con el tumulto de un crimen no cometido aún, y sin embargo ya condenado. Pues yo no marchaba a estudiar, sino a perderme, a disolver mi ser entre las grietas de una ciudad monstruosa, como un insecto que se arrastra entre las ruinas de un templo profanado. Mis bolsillos iban vacíos de letras académicas y llenos de silencios. Mi alma, ajada por la deuda y la ignominia, deseaba sepultarse en el anonimato de los miserables.

Durante años —¡ay, años!— mantuve mi ficción como un cadáver embalsamado que aún sonríe. Escribía cartas con tinta robada y relatos imaginarios que palpitaban de logros que jamás viví. Mi madre, dulcemente engañada, bordó un retrato mío con bata blanca; mi padre, ya muerto, se volvió mártir de un hijo triunfante; y los vecinos, ¡esos sepultureros del juicio!, me elevaron como un santo profano.

Mas el tiempo, ese cuervo que picotea la verdad hasta desnudarla, no duerme.

Una noche de octubre —oscura, húmeda, suspendida en un silencio de tumba— vi ante mí a un niño. No era fantasmal, sino real como el pecado. Me observaba desde la entrada del tugurio donde lavaba platos para vivir. A su lado, una mujer de rostro familiar —¿quizás hija de un vecino antiguo?— lo sostenía con la misma mezcla de piedad y horror que se reserva a los condenados.

—¿Ese es el doctor? —preguntó el niño, señalándome con un dedo tembloroso.

El filo de su voz hendió mi alma como un bisturí oxidado. Quise hablar, justificar, gritar. Pero las palabras eran plomo en mi lengua, y sólo un susurro escapó:

—Con una mentira… uno puede ir muy lejos…

La mujer bajó la mirada. El niño ladeó la cabeza, inquisitivo.

—¿Y por qué no volvió?

Ah, qué pregunta. Qué sencilla y qué mortal.

—Porque el que miente para huir —musité— deja enterrado el camino de regreso. Y lo que se entierra… ya no vive.

Ellos se alejaron. Yo quedé, como un espectro atado a su pecado, en ese rincón maloliente donde la esperanza no entra y la verdad no tiene rostro. Y aún hoy, cuando el reloj marca la medianoche y los muertos abren los ojos bajo la tierra, me parece oír esa voz infantil, repitiendo:

—¿Por qué no volvió?

¡Oh, Dios misericordioso! Porque el regreso no existe para los que cabalgan sobre mentiras.

Y así, como en un relato ya escrito en las páginas del infierno, aguardo… sin esperanza.