En la mente de Trump

No ficción

Nadie está dentro de la mente de Trump. Ni siquiera Trump todo el tiempo. Pero sí se puede describir el patrón, que es más útil que intentar psicoanalizarlo desde el sofá.

En su cabeza no hay un mapa del mundo clásico. Hay un tablero de fuerza. Países fuertes, países débiles. Ganadores, perdedores. Lealtad, traición. Todo reducido a relaciones personales y transacciones. La geopolítica como negocio malhumorado.

Trump no piensa en “orden internacional”, “derecho multilateral” o “equilibrios estratégicos”. Esos conceptos le aburren. En su mente, el mundo funciona así:
si alguien no te teme, te está engañando.
si alguien te critica, te debe algo.
si algo no se puede vender como victoria, no sirve.

La coherencia ideológica no es su prioridad. La centralidad sí. Necesita ser el eje del conflicto, el que rompe el guion, el que obliga a todos a reaccionar. Para Trump, gobernar no es administrar. Es dominar la conversación.

Por eso su política exterior parece errática pero no lo es del todo. Tiene tres impulsos constantes:

  1. Demostrar poder, aunque sea simbólico. Amenazas, gestos extremos, declaraciones maximalistas. No siempre importa ejecutarlas. Importa que todos las escuchen.
  2. Romper reglas heredadas, porque las reglas las hicieron otros. El sistema previo es, para él, una humillación acumulada.
  3. Personalizar el mundo. Líderes amigos, líderes enemigos. No estados, personas. No procesos, pulsos.

En su mente, Estados Unidos no debe liderar porque sea responsable, sino porque puede. Y si no puede, castiga. Aranceles, presión diplomática, retirada de compromisos. El mensaje es simple: nada es gratis, ni siquiera la alianza.

Hay también algo más básico, menos sofisticado pero muy potente: resentimiento convertido en política. Contra élites, contra expertos, contra instituciones que no lo aplauden. Trump gobierna como alguien que nunca perdonó haber sido cuestionado.

¿Y el futuro? En su cabeza no existe el largo plazo. Existe la próxima jugada. El siguiente impacto. La siguiente humillación infligida o evitada. El día siguiente se improvisa cuando llega.

En resumen, en la mente de Trump no hay un plan maestro. Hay una obsesión clara: no parecer débil, nunca. Todo lo demás es negociable. Incluido el mundo.

Las consecuencias no son teóricas. Son acumulativas, y ya están ocurriendo aunque todavía no lleven su nombre en los libros.

Primera consecuencia: el mundo se vuelve más imprevisible.
Cuando la principal potencia actúa por impulsos, castigos y gestos personales, el resto deja de confiar en reglas estables. Los aliados dudan, los adversarios calculan mal, los neutrales se arman. La política internacional se convierte en una sala llena de gente hablando más alto porque nadie confía en que el moderador siga ahí mañana.

Segunda: el derecho internacional se debilita sin necesidad de abolirlo.
No hace falta romper tratados. Basta con ignorarlos selectivamente. Cuando eso lo hace quien antes exigía cumplirlos, el mensaje es devastador: las normas valen mientras convienen. El precedente es más peligroso que la acción concreta.

Tercera: los autoritarismos salen reforzados.
Si EE.UU. actúa sin pudor normativo, otros gobiernos encuentran la coartada perfecta. “Si ellos pueden, nosotros también.” Trump no crea autoritarismos, pero les quita la vergüenza. Y eso acelera procesos que ya estaban en marcha.

Cuarta: las alianzas se vuelven transacciones.
La OTAN, la UE, los acuerdos multilaterales pasan de ser compromisos estratégicos a facturas mensuales. Paga o te dejo solo. Eso no destruye las alianzas de golpe, pero las vacía por dentro. Y una alianza sin confianza es solo una reunión cara.

Quinta: el conflicto se normaliza como método.
Amenazar, tensar, humillar… deja de ser una excepción y se vuelve estilo. El problema no es el choque puntual. Es que se enseña al sistema a funcionar a golpes, no a procesos. Y los golpes siempre escalan.

Sexta: el corto plazo devora el futuro.
Decisiones tomadas para ganar hoy generan problemas que nadie quiere heredar mañana. Clima, deuda, seguridad global, tecnología militar. Todo se aplaza porque no da rédito inmediato. El mundo se gestiona como si no hubiera después.

Séptima: la política se contagia del espectáculo.
Cuando el poder se ejerce como show, otros lo imitan. Menos sustancia, más ruido. Menos soluciones, más enemigos. El ciudadano acaba agotado, cínico o radicalizado. A veces las tres cosas a la vez.

La consecuencia final no es el caos inmediato. Eso sería demasiado evidente.
La consecuencia real es peor: la erosión lenta de lo que evitaba el caos. El sistema no se rompe de golpe. Se vuelve frágil. Y los sistemas frágiles no avisan cuando caen.

El síndrome del dictador electo

No ficción

Bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, la guerra —particularmente la campaña en Gaza— ha servido como instrumento político para sostener y consolidar su poder, a menudo a costa de la democracia y de los derechos civiles.


1. Extensión prolongada del conflicto para asegurar la supervivencia política

Investigadores han señalado que Netanyahu aprovechó la guerra tras el ataque del 7 de octubre de 2023 para aplanar tensiones internas y posponer elecciones. Según un estudio de abril de 2025, su objetivo ha sido prolongar el conflicto para mantenerse en el poder y retrasar sus procesos judiciales relacionados con corrupción (Arab Center Washington DC). Otro análisis afirma que “un fin a la guerra podría significar el fin de la carrera política de Netanyahu” (The New Arab, Arab Center Washington DC). En este escenario, la administración degrada las dinámicas democráticas, presentando la gobernabilidad bajo el pretexto de una emergencia nacional.


2. Estado de guerra como excusa para suspender debates democráticos

Tras el estallido del conflicto, el Knesset aprobó un gabinete de guerra el 11 de octubre de 2023, congelando toda legislación no relacionada con la guerra, incluida la controvertida reforma judicial (Wikipedia). Esto fortaleció la narrativa de que cualquier crítica interna “beneficia al enemigo”, reduciendo el espacio para el debate político y reforzando la coalición de Netanyahu incluso ante la erosión de los frágiles equilibrios democráticos.


3. Represión interna y vigilancia reforzada

Las autoridades israelíes han arrestado a decenas de ciudadanos árabes-israelíes por compartir mensajes de solidaridad con Gaza, generando fuertes críticas por parte de grupos de derechos humanos. Muchas detenciones giraron en torno a la expresión en redes sociales (El País, Wikipedia). Además, se han implementado medidas de censura mediática y restricciones a protestas —especialmente las relacionadas con la reforma judicial de 2023—, consolidando un ambiente de autoritarismo de facto (Wikipedia, Wikipedia, haaretz.com).


4. Uso político de la narrativa bélica y discursos nacionalistas

Netanyahu ha refrendado un enfoque de “guerra sin fin” con el lema de que “la paz no puede ni debe durar”. Columnistas destacan cómo mantiene el aparato bélico activo para justificar su permanencia como “líder fuerte” (theguardian.com, Atlantic Council, The New Yorker, haaretz.com). Además, usa la guerra para darle respaldo político a sectores ultranacionalistas y religiosos dentro de su coalición, quienes presionan por una anexión explícita de territorios (Middle East Institute, The New Yorker, The New Arab).


5. Distracción de la crisis judicial y disolución del espacio opositor

El conflicto ha sido aprovechado para postergar los juicios por corrupción que enfrenta Netanyahu —recursos judiciales se congelaron y se alegó que un estado de guerra impedía avances en materia legal (Arab Center Washington DC). Mientras tanto, la presión desde el exterior y las familias de los rehenes (se estiman 650 días de guerra) han sido manejadas como herramienta de control político interno, apuntalando la narrativa de que “sólo un líder firme puede garantizar la seguridad” (theguardian.com, El País).


6. Erosión institucional y retrocesos democráticos

Desde antes del conflicto, Netanyahu promovió reformas que debilitaban el poder judicial y fortalecían su control político (como la Nakba Law, leyes anti-ONG, la reforma judicial de 2023) (Middle East Institute, Wikipedia, Wikipedia). La guerra ha servido como catalizador, permitiendo que estas medidas autoritarias hayan avanzado sin freno, bajo la justificación de una supuesta “preservación del Estado de emergencia”.


Síntesis comparativa

Estrategia autoritaria Ejemplos en Israel
Prolongación de la guerra para evitar elecciones Estudios académicos detallan esta conexión (The New Arab)
Suspensión del debate legislativo Creación del gabinete de guerra y congelamiento de reformas (Wikipedia, Wikipedia)
Represión de disidencia interna Detenciones por solidaridad con Gaza y censura mediática (Wikipedia, Wikipedia, haaretz.com)
Militarización de la narrativa política Uso de la guerra como identidad nacional – “paz no puede durar” (theguardian.com, Atlantic Council, The New Yorker)
Distracción de crisis judicial Postergación de procesos y uso del discurso bélico (Arab Center Washington DC, ISPI, Wikipedia)
Retroceso institucional Reformas judiciales antes y durante el estado de guerra (Middle East Institute, Wikipedia, Wikipedia)


Conclusión

En el caso de Israel, bajo Netanyahu, la guerra en Gaza —iniciada tras el 7 de octubre de 2023— ha funcionado como un mecanismo político que:

  • Refuerza su poder y coalición, neutralizando la oposición interna.
  • Justifica el autoritarismo y la censura bajo el pretexto de seguridad nacional.
  • Retrasa procesos judiciales, disolviendo los frenos democráticos.
  • Fomenta un discurso nacionalista, favorito de los sectores ultraderechistas.

Esto traza un patrón histórico recurrente: las democracias en crisis se transforman bajo el amparo de estados de excepción, retrocediendo hacia formas de gobierno DICTATORIALES como las de Hitler, Franco, los militares argentinos (1976–1983) o el conflicto Rusia-Ucrania . En este contexto, la guerra actúa como catalizador y legitimador interno, lo que denominamos el Síndrome del dictador electo.


Fuentes:

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

No ficción

La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

Entropía y Supercuerdas

Ficción

Lo supe una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con un bostezo anaranjado sobre los tejados del barrio. Aquiles —así se llama el gato— yacía en el alféizar, con la mirada fija en un punto invisible entre las sombras. Sus bigotes vibraban al ritmo de una sinfonía inaudible para el oído humano, y su cola oscilaba con la precisión de un metrónomo cósmico.

No era un simple movimiento. Cada sacudida parecía alterar la textura misma del aire, como si sus vértices felinos tocaran las membranas del universo. En un vaivén perezoso, retorcía el espacio-tiempo como si fuera un ovillo de lana cuántica. Yo, testigo accidental, vi el resplandor de las dimensiones colapsando sobre sí mismas, y comprendí que la física, tal como la conocíamos, no era más que una distracción menor para mentes con pretensiones.

Aquiles, indiferente a su genio, se estiró con pereza, como si nada de eso importara. Su cola se detuvo. El universo, obediente, volvió a su curso ordinario. Las paredes de la habitación respiraron con alivio. Yo también.

Desde entonces, cada vez que lo veo mover la cola, me pregunto cuántos universos se habrán doblado en silencio, cuántas leyes habrán cambiado de lugar, cuántas realidades posibles se habrán deslizado por el pasillo sin que nos demos cuenta.

Y él, como todos los gatos, sigue sin decir nada. Solo observa. Y mueve la cola.

No lo supe de inmediato. Al principio, era solo un gesto más en su repertorio de silencios: ese vaivén leve, casi imperceptible, con que parecía medir la densidad del aire o ajustar el equilibrio de su mundo interior. Lo observaba desde el rincón del sofá, libro en mano, creyendo ingenuamente que yo era el espectador y él, el objeto. Qué torpeza.

Aquiles —así lo llamé porque me pareció que caminaba como un héroe que hubiera vencido a la muerte— había llegado una noche de invierno, empapado y hambriento, con los ojos como faros de otra galaxia. Nunca entendí de dónde vino, ni por qué eligió mi casa. Quizá yo también emitía algún tipo de frecuencia invisible, una cuerda vibrando débilmente en medio de una sinfonía más grande.

Lo cierto es que su presencia fue cambiando cosas. Al principio, detalles mínimos: el reloj de la cocina empezó a marcar la hora con un desfase leve, como si intentara adaptarse a otro ritmo. Las plantas crecían torcidas hacia donde él dormía. Y mis sueños comenzaron a hablarme en lenguajes que no conocía, pero que sentía que alguna vez había entendido.

Todo giraba en torno a su cola. Cuando la movía, algo pasaba. No me refiero al gesto común de irritación o aburrimiento, no. Era un movimiento preciso, calculado, casi ritual. Una ondulación suave que parecía tejer patrones en el espacio. Había noches en que la movía al compás de la lluvia, y otras en que lo hacía en seco, como quien pulsa una cuerda sin sonido pero con eco. Entonces el aire se curvaba. Lo juro. Las paredes temblaban como un holograma mal proyectado, y yo sentía un tirón, como si estuviera a punto de caer dentro de mí mismo.

Empecé a investigar. Abandoné escritos, redes, trabajo. Me sumergí en tratados de física, mecánica cuántica, teoría de cuerdas, geometrías imposibles. Leí a los antiguos y a los que aún no han nacido, buscando una explicación. Descubrí que la teoría de las supercuerdas propone que todo en el universo, cada partícula, no es sino una vibración diminuta en una cuerda subatómica. Como las cuerdas de un violín tocadas por una voluntad oculta. Entonces entendí: Aquiles no era un gato. O no solo. Era un instrumento, o tal vez el músico.

Una noche, mientras él dormía en espiral junto a mis papeles caóticos, me atreví a tocarle la cola. Apenas un roce. Fue como introducir la mano en un río de antimateria. Me vi multiplicado en infinitas versiones de mí mismo: uno lloraba, otro reía, otro caminaba por una ciudad sin cielos, otro era un pez, otro jamás había nacido. Vi a Aquiles en todas ellas, siempre igual, siempre distinto, siempre moviendo la cola. Me desmayé.

Al despertar, todo parecía normal. Pero había un cuaderno en mi mesa con mi letra que comenzaba con una frase:

«Cuando el gato mueve la cola reinventa la teoría de las supercuerdas.»

Desde entonces, vivo en un estado de vigilia intermitente. No duermo más de lo necesario. Observo. Anoto. Escucho el susurro del universo reacomodándose cada vez que Aquiles mueve la cola, cada vez que, sin saberlo —o sabiéndolo del todo—, redibuja la arquitectura misma de la existencia.

No sé cuánto tiempo más podré sostener esta verdad. A veces pienso que no estoy en mi universo original. Que he sido desplazado sin saberlo. Que cada vez que Aquiles se estira y gira la cola en un gesto distraído, me transporta a otra versión del mundo, similar pero jamás idéntica. Solo él lo sabe. Pero no habla. Solo observa. Y mueve la cola.

Desde que toqué la cola de Aquiles, todo había cambiado. Aunque las paredes seguían en su lugar, aunque el café aún sabía a lo mismo y la radio repetía los viejos noticieros de siempre, yo sabía que había algo… desplazado. Una vibración que antes no estaba allí, como si el universo respirara por otra válvula.

Una noche, mientras revisaba mis notas —algunas escritas con mi letra pero firmadas por alguien llamado “E. Kaonis”, nombre que nunca había usado—, el timbre de la puerta sonó. No era común. Nadie venía a verme. No tenía vecinos curiosos ni amigos espontáneos. La campanilla resonó como un eco de otro plano, y por un momento pensé que solo era otra ilusión más. Pero no lo fue.

Era una mujer. O algo con forma de mujer. Vestía un abrigo azul tan oscuro que absorbía la luz como un pozo, y llevaba un paraguas cerrado, seco, aunque afuera llovía. Sus ojos no eran iguales: uno parecía ser de vidrio, pero se movía. El otro era opaco, como una piedra lunar. Sonrió apenas.

—¿Él está aquí? —preguntó, sin presentarse.

—¿Quién?

—El músico. El que afina el tejido.

Mi estómago se cerró en un nudo. No sabía si correr o invitarla a pasar. Ella entró como si conociera la casa.

Cuando Aquiles la vio, no se inmutó. La reconocía. Se estiró, caminó hasta ella y frotó su cabeza contra su pierna. Ella se inclinó y le habló en una lengua sin vocales. Aquiles respondió con un parpadeo.

—¿Quién es usted? —pregunté al fin, con la voz apenas audible.

—No importa el nombre. En esta versión, soy la segunda nota. La disonancia necesaria. Llevo buscándolos en ochocientos diecisiete planos. Siempre se desvían. Esta vez, tú los hiciste desviar.

—¿Desviar qué?

Ella se acercó a mi mesa, hojeó el cuaderno de notas y alzó una ceja.

—Esto no deberías haberlo escrito. Es peligroso saber antes de ser. Todo lo que crees que estás observando te está observando a ti. Y ahora saben que lo sabes.

Miró a Aquiles.

—¿Ha movido la cola hoy?

Yo asentí. Ella suspiró.

—Entonces el eje está roto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no hay retorno seguro. Cada movimiento altera no solo los posibles futuros, sino los recuerdos de los pasados descartados. Te convertirás en un acumulador de residuos de realidades. Un archivo viviente. Empezarán los desdoblamientos. ¿Ya sueñas con otras versiones de ti?

—Sí… —dije, aterrado.

—Pronto dejarás de saber cuál eres tú realmente.

Ella se dirigió a Aquiles otra vez. Él la miró largamente y luego, sin apuro, volvió al alféizar. Su cola se movió. Una sola vez. Las lámparas titilaron. El aire cambió de sabor.

Yo caí de rodillas, no por dolor, sino por vértigo. Imágenes me atravesaron como flechas de luz: ciudades que no conocía pero reconocía, yo mismo muerto y yo mismo escribiendo desde una celda hecha de cristales líquidos, y en todas las versiones, Aquiles… observando.

La mujer me ayudó a ponerme de pie.

—Aún hay una forma de estabilizar el tejido —dijo—. Pero necesitaré tu ayuda. Y su permiso.

Me miró con gravedad.

—Tendremos que ir a donde empezó todo. Donde Aquiles fue afinado por primera vez.

—¿Dónde es eso?

Ella me tomó del hombro. La habitación se volvió difusa. Afuera, la lluvia caía hacia arriba.

—No está en este mundo.

Cuando dijo “No está en este mundo”, sentí algo rasgarse en el interior de mi conciencia. Como una página arrancada sin cuidado de un libro muy antiguo. Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella ya había extendido el paraguas. Lo abrió dentro de la casa, desafiando todas las supersticiones triviales. Al hacerlo, la habitación cambió.

No desapareció, ni se transformó con un efecto teatral. Fue más sutil. La ventana que daba al callejón ahora daba al vacío. Las paredes comenzaron a desdibujarse, como si fueran bosquejos a lápiz en una hoja que alguien estaba borrando. Sólo el gato y el paraguas parecían completamente definidos.

—No intentes entenderlo —dijo ella—. Los marcos que sostienen la realidad aquí no están hechos para moverse. Pero se mueven igual.

Me tomó de la muñeca. La tela del paraguas se onduló, y al mirar hacia arriba, no vi tela negra, sino un cielo extraño: violeta, lleno de luces flotantes, como medusas cósmicas navegando por un océano sin agua.

Aquiles saltó dentro del paraguas como si fuera su cama favorita. Al tocar el centro con su pata, todo giró. Y caímos.

Desperté en un paisaje imposible. Era un campo extenso, cubierto de un pasto transparente que sonaba al crujir como vidrio molido. El cielo era negro, pero lleno de raíces blancas que se movían lentamente, como neuronas buscando conexiones. En el horizonte había estructuras que no podían haber sido construidas por manos: eran más bien pensamientos solidificados, recuerdos con forma.

Ella estaba de pie junto a mí.

—Bienvenido al nodo origen —dijo—. Aquí fue donde Aquiles aprendió a mover la cola por primera vez.

El gato caminaba delante, guiando, como si supiera el camino. Y quizás lo sabía. Era suyo.

—¿Qué es este lugar?

—Un pliegue entre las dimensiones primarias. Aquí se ensayan los patrones del universo antes de ser desplegados. Los seres que pueden moverse aquí son extremadamente raros. Tú no deberías estar aquí. Pero él… —miró al gato— él te eligió.

—¿Él me trajo?

—Él te creó.

El peso de la frase me dejó sin aire.

—¿Cómo…?

—Aquiles no es un gato. Ni siquiera un ser. Es un algoritmo vivo. Cuando mueve la cola, no lo hace por placer ni por azar. Cada movimiento ajusta las frecuencias fundamentales de la realidad. Pero hubo un error. Una variación en su patrón. Te incluyó.

—¿Me incluyó?

—Sí. Fuiste incorporado a su partitura. No eras parte de este universo, pero ahora estás anclado. Por eso las realidades se alteran. Por eso no sabes cuál de tus versiones es la original. Aquiles te afinó… por accidente. O por curiosidad.

Me costaba hablar.

—¿Entonces no soy real?

—Eres más real que muchos. Porque fuiste elegido.

Mientras caminábamos, el campo de pasto de cristal comenzó a dividirse. Aparecieron espejos flotantes, uno tras otro. En cada uno me vi distinto: con cicatrices, sin ojos, con alas, con edades que nunca tuve. Y en todos los reflejos, Aquiles. Viéndome. Observando. Evaluando.

—Aquí elegiremos una frecuencia estable —dijo ella—. Una donde puedas quedarte. Si lo logras, él dejará de moverse. Y el universo se estabilizará.

—¿Y si no?

Ella me miró.

—Entonces ya no habrá universos. Solo versiones fallidas.

Aquiles se detuvo frente a un portal de luz en forma de espiral. Su cola, quieta. Era hora de entrar. Y elegir quién era yo. O perderlo todo. Cruzamos el portal de espiral. No fue un salto ni un deslizamiento, sino un desvanecerse lento, como si nos desenredáramos de nosotros mismos. El campo de cristales quedó atrás. Entramos a un espacio sin forma, un lugar que no debía ser visto por ojos humanos. Aquí no había tiempo, ni arriba ni abajo. Solo una vibración constante, como el zumbido que queda después del trueno.

Allí estaba ella. La Silenciadora. No tenía cuerpo. O quizás lo tenía, pero cambiaba constantemente, deshaciéndose y rehaciéndose como si no pudiera soportar su propia existencia. No era exactamente un ser. Era una sensación: un frío lento, un olvido activo. El deterioro de todo lo que alguna vez tuvo forma.

La mujer —mi guía— se detuvo. Aquiles también.

—¿Eso es…? —pregunté, sin poder terminar la frase.

—Sí —dijo ella en voz baja—. Es la Entropía. Pero no como la entienden en tu mundo. Aquí tiene conciencia. Sabe que existe. Sabe que la estamos desafiando.

La Entropía habló sin sonido, directamente dentro de mi mente. Su voz era un coro de cosas rotas.

“Todo tiende a mí.
Todo lo que nace, se deshace.
Todo lo que vibra, se cansa.
Y tú… pequeño intervalo entre dos colapsos… ¿crees que puedes evitarme?”

Vi imágenes: un universo que se apaga, galaxias que se deshacen como papel mojado, pensamientos que se marchitan antes de nacer. Y entre todo eso, Aquiles… resistiendo. Su cola, aún quieta.

—Él te desafía —dije, más a mí que a la Entropía.

“Él desafina.”

—¿Por qué le temes? —pregunté, tomando impulso en mi propia duda—. Si todo termina en ti… ¿por qué molestarte en venir?

La Entropía no respondió. Pero sentí que se agitaba. Como si no hubiera esperado esa pregunta.

Entonces, la mujer habló.

—La Entropía no es solo el fin. Es la corrección. Odia a Aquiles porque él es anomalía, singularidad. Porque cada vez que mueve la cola, extiende el juego. Agrega variaciones. Y lo insoportable para la Entropía no es el caos. Es la música.

Aquiles dio un paso al frente. Su cola se alzó. Y comenzó a moverse. No era un movimiento simple. Era una danza. Una sinfonía hecha de gestos mínimos, como una partitura escrita en el aire. Con cada curva, el espacio alrededor se reorganizaba. Nacían estructuras. Se formaban posibilidades.

La Entropía gritó sin boca. El espacio se llenó de oscuridad líquida.

Y entonces vi lo que Aquiles realmente era: no un gato, sino una partitura encarnada. Cada hebra de su cola era una cuerda fundamental del universo. Su andar, la notación de una sinfonía eterna. Y yo, al haberlo tocado, era parte de ella ahora.

—Debes elegir —dijo la mujer—. Puedes fundirte con la Entropía. Convertirte en olvido. En final. O puedes unirte a Aquiles. Ser nota. Ser intervalo. Ser lucha.

Yo vi a la Silenciadora. Sentí su llamada. Era tentadora. No más duda, no más miedo. Solo… terminar.

Pero entonces Aquiles me miró. Solo una vez. Y su cola hizo una curva como una firma en el aire. Elegí. Dije su nombre. No el que le di, sino el verdadero. Aquél que resonaba en la vibración misma del tejido. Y en ese instante, el universo cantó. Un solo acorde. Perfecto. Y terrible.

Desperté en el sofá. La luz entraba a raudales por la ventana, de ese modo oblicuo y cálido que solo ocurre una vez al día, cuando el sol parece dudar si quedarse o irse. La casa estaba en silencio. No había pasto de cristal, ni portales, ni estructuras imposibles. Solo mi mesa de siempre, mi taza fría, y un cuaderno lleno de garabatos incoherentes.

Me llevé una mano a la frente. Sudaba. Sentía la boca seca, como si hubiera gritado durante siglos. Traté de recordar todo, pero los detalles huían de mí como humo entre los dedos. Tenía imágenes, sí: una mujer con un paraguas, un campo imposible, un gato que no era un gato… pero todo eso sonaba ahora como un eco de otro yo. ¿Un sueño? ¿Una alucinación inducida por el insomnio, la lectura obsesiva, la soledad?

Entonces lo vi. Aquiles, dormido en el alféizar. Tan real, tan corriente. Respiraba lento, en paz. Pero había algo en su forma —en la curva leve de su cola— que me hizo dudar. Como si aún estuviera escribiendo una partitura en el aire. Como si aún tejiera sin que yo pudiera escucharlo.

Me levanté, tambaleante, y caminé hacia él. No hizo ningún gesto, salvo entreabrir un ojo perezoso para mirarme. Un ojo inmenso, negro, sereno. Y luego… cerrarlo otra vez. Sobre la mesa, el cuaderno seguía abierto. No recordaba haber escrito esa página.

“La entropía canta en todo lo que termina.
Pero Aquiles… Aquiles compone lo que no debe existir.
Y a veces, solo a veces, el universo escucha.”

Lo cerré. No sabía si era mía la letra, o si alguna versión de mí lo había escrito. Me dirigí a la cocina, puse agua para el café, e intenté no pensar demasiado. Pero, al pasar frente al espejo, me detuve. Algo en mi reflejo estaba… mal. No de forma obvia. Nada monstruoso, nada imposible. Solo… una sutileza. La manera en que mi reflejo respiraba con un leve retardo. Una demora de un segundo. Como si estuviera esperando una instrucción. O una señal. Volví la mirada hacia el alféizar. La cola de Aquiles se movió. Una vez. Y el aire pareció susurrar.

Typebot

No ficción

Typebot permite la incorporación de chatbots en aplicaciones web o móviles para recopilar resultados de manera eficiente, ofreciendo flujos de chat personalizables, fácil integración y recopilación de datos de usuario sin problemas. Está diseñado para empresas y desarrolladores que buscan mejorar la interacción con el usuario y agilizar los procesos de recopilación de datos.

Typebot es una plataforma sin código que permite crear e integrar chatbots avanzados en sitios web y plataformas de chat como WhatsApp. Con más de 45 bloques de construcción, Typebot facilita la creación de experiencias de chat personalizadas, incluyendo texto, imágenes, videos y diversas opciones de entrada como campos de texto, botones, selectores de fecha y entradas de pago.

Características Principales de Typebot

  1. Integración Multicanal: Typebot permite desplegar tu bot en cualquier lugar, ya sea mediante dominios personalizados, contenedores incrustados, ventanas emergentes, burbujas de chat o incluso en WhatsApp.
  2. Conexión con Herramientas: Se integra fácilmente con herramientas como OpenAI, Google Sheets, Zapier, y permite personalizar cada detalle, desde fuentes y colores hasta formas y sombras.
  3. Análisis y Crecimiento: Typebot ofrece análisis en tiempo real para mejorar la experiencia de chat de los clientes y optimizar estrategias. Puedes acceder a métricas detalladas como tasas de abandono y de finalización, y exportar datos a CSV para un análisis más profundo.
  4. Automatización para Todos los Departamentos: Desde marketing hasta soporte y ventas, Typebot automatiza conversaciones a lo largo de todo el recorrido del cliente.

Comunidad y Recursos

Typebot cuenta con una comunidad activa de más de 3,000 miembros en Discord, donde los entusiastas de los chatbots pueden compartir ideas, aprender juntos y crear automatizaciones avanzadas. Además, Typebot es 100% de código abierto, lo que permite a los desarrolladores contribuir y personalizar la plataforma según sus necesidades.

Conclusión

Typebot es una herramienta poderosa y flexible para cualquier negocio que desee mejorar la interacción con sus clientes a través de chatbots personalizados. Con su facilidad de uso, integración con múltiples herramientas y capacidad de análisis, Typebot se posiciona como una solución líder en el ámbito de la inteligencia artificial conversacional.

Soy Vargas, Antonio Vargas

Ficción

Vine al mundo hace ya casi cincuenta años en un club de Kansas City. Mis padres fueron dos auténticos desconocidos. De hecho nunca me enteré de quiénes eran. Un saxofón y una trompeta se hicieron cargo de mí. Siempre me gustó pensar que fueron el del gran Charlie Parker y la del bueno de Gillespie. Lo bien cierto es que lo único que heredé de ellos fue una sordera incurable y una morbosa atracción por los pentagramas vacíos. Detesto a los poetas y a los músicos, los unos por prescindibles, los otros por cretinos. No se me conoce ocupación remunerada. El mejor día de mi vida lo tengo asociado a un paseo bajo la lluvia una tarde de domingo en la que recorrí mi ciudad borracho. Recuerdo que en el último bar, el de los Pérez Brothers, una generosa mujer le arrimaba a su pequeño vástago dos domingas rotundas que nunca he olvidado. Cuántas veces mis sueños han bebido de esa leche imposible.

Soy Vargas, Antonio Vargas

Ficción

Vine al mundo hace ya casi cincuenta años en un club de Kansas City. Mis padres fueron dos auténticos desconocidos. De hecho nunca me enteré de quiénes eran. Un saxofón y una trompeta se hicieron cargo de mí. Siempre me gustó pensar que fueron el del gran Charlie Parker y la del bueno de Gillespie. Lo bien cierto es que lo único que heredé de ellos fue una sordera incurable y una morbosa atracción por los pentagramas vacíos. Detesto a los poetas y a los músicos, los unos por prescindibles, los otros por cretinos. No se me conoce ocupación remunerada. El mejor día de mi vida lo tengo asociado a un paseo bajo la lluvia una tarde de domingo en la que recorrí mi ciudad borracho. Recuerdo que en el último bar, el de los Pérez Brothers, una generosa mujer le arrimaba a su pequeño vástago dos domingas rotundas que nunca he olvidado. Cuántas veces en sueños he bebido de esa leche imposible.

LA ÉPICA DE LA IRONÍA

Ficción

En el crepúsculo de una era absurda, el Emperador, un tipo con el carisma de una piedra y la inteligencia de un zapato izquierdo, decidió que la única forma de inmortalizar su legado era organizar un torneo de proporciones mitológicas. El premio: un anillo encantado capaz de conceder cualquier deseo, o al menos, eso decía la publicidad.
Los participantes llegaban de todos los rincones del mundo conocido (y algunos del desconocido). Prometeo, harto de que la humanidad no le enviara ni una simple carta de correspondencia agradeciéndole el fuego, decidió competir solo para pedir como deseo la extinción de la especie. Lilith, con su eterna actitud de femme fatale, quería la victoria para demostrar que el patriarcado no era más que un chiste mal contado.
Entre los concursantes destacaba un bucentauro, mitad hombre, mitad barco (un error de hechizo, evidentemente). También estaba un gigante con un coeficiente intelectual inferior al de una serpiente, un dragón con problemas de autoestima y una de las Hespérides, que solo participaba porque le habían prometido un vale de descuento en un spa celestial.
La primera prueba consistía en atravesar un bosque de encinas carnívoras, seguido de un duelo con Cerbero, quien, en plena crisis existencial, se negaba a luchar a menos que alguien le diera una razón válida para seguir viviendo. Nadie la encontró.
Más tarde, en una prueba patrocinada por farmacéuticas, los concursantes debían escalar una montaña resbaladiza mientras lidiaban con los efectos secundarios de una dosis letal de Viagra. (Algunos siguen atrapados en esa ladera hasta el día de hoy).
El Enamorado, un donjuán con la elocuencia de una piedra pómez, intentó conquistar a Lilith. Ella, con una mezcla de fuerza y hartazgo, le estampó una maza en la cara.
El último obstáculo era un combate cuerpo a cuerpo con el pájaro de la mala suerte. Un gallo con complejo de dictador que se había autoproclamado juez supremo del torneo. Solo una persona lo venció: un competidor anónimo que, en un gesto de abrumadora sensatez, decidió usar un arma de verdad en lugar de las espadas de goma espuma provistas por la organización.
Para sorpresa de todos, el premio no era el anillo mágico, sino un vale de descuento para un servicio de cremación con un 10 % de rebaja. El Emperador, entre risas, declaró que la verdadera victoria era el aprendizaje.
Prometeo, con su paciencia agotada, prendió fuego al estadio y se marchó con un aire de satisfacción. Lilith fundó un gimnasio de guerreras radicales. Cerbero encontró un trabajo como terapeuta de almas errantes. Y el dragón, después de una intensa terapia, aceptó que no necesitaba que los demás le dijeran que era imponente para saberlo.

La moraleja: no te apuntes a torneos organizados por idiotas.

Criptomonedas, blockchain y Web3 ¿Son ecológicas

No ficción

Las criptomonedas son monedas digitales que utilizan criptografía para asegurar y verificar transacciones y controlar la creación de nuevas unidades. Bitcoin es la criptomoneda más conocida.

Blockchain es la tecnología de registro distribuido que se utiliza para mantener una base de datos compartida y segura. Se utiliza principalmente para registrar transacciones en criptomonedas, pero también se está utilizando en una variedad de aplicaciones como la cadena de suministro, la gestión de activos y la votación en línea.

Web3 es un término utilizado para describir la próxima generación de la World Wide Web, en la que se utilizarán tecnologías como blockchain y criptomonedas para permitir una mayor descentralización y privacidad. El objetivo de Web3 es crear un Internet más seguro, transparente y justo.

Qué sabemos y qué no. La controversia ecológica está servida. Veamos…

Las criptomonedas son una clase de activos digitales que utilizan criptografía para asegurar y verificar transacciones, y para controlar la creación de nuevas unidades. El Bitcoin, creado en 2009, es la criptomoneda más conocida y utilizada. Sin embargo, existen muchas otras criptomonedas, como Ethereum, Litecoin, Ripple, entre otras.

Blockchain, como ya hemos dicho, es una tecnología de registro distribuido que se utiliza para mantener una base de datos compartida y segura. La tecnología blockchain permite el registro de transacciones de manera descentralizada, lo que significa que no existe una entidad central que controle la base de datos. Esto permite una mayor transparencia y seguridad en las transacciones. Además, las transacciones registradas en la cadena de bloques son inmutables, lo que significa que una vez registradas, no pueden ser modificadas.

Web3, igualmente, es un término utilizado para describir la próxima generación de la World Wide Web, en la que se utilizarán tecnologías como blockchain y criptomonedas para permitir una mayor descentralización y privacidad. El objetivo de Web3 es crear un Internet más seguro, transparente y justo, donde los usuarios tengan más control sobre sus datos y activos digitales.

Por tanto, las criptomonedas son monedas digitales que utilizan tecnología blockchain, mientras que web3 es una evolución de la web actual donde se utilizará esta tecnología para una mayor descentralización, privacidad y seguridad en la web.

La minería es el proceso mediante el cual se validan las transacciones en una criptomoneda y se añaden nuevos bloques a la cadena de bloques o blockchain. Los mineros utilizan potentes computadoras para resolver problemas matemáticos complejos, conocidos como pruebas de trabajo (PoW) o pruebas de participación (PoS), para validar las transacciones y añadirlas a la cadena de bloques.

En el caso del algoritmo de prueba de trabajo (PoW), los mineros compiten entre sí para resolver un problema matemático complejo y ser el primero en validar un bloque de transacciones. El minero que primero resuelve el problema recibe una recompensa en criptomonedas. Este proceso requiere un gran poder de procesamiento y, por lo tanto, consume una gran cantidad de energía.

Por otro lado, el algoritmo de prueba de participación (PoS) se basa en la cantidad de criptomonedas que un minero tiene y mantiene en su billetera digital. En lugar de resolver problemas matemáticos complejos, los mineros «apostando» con sus monedas y tienen una probabilidad proporcional a la cantidad de monedas que tienen. Este proceso requiere menos poder de procesamiento y, por lo tanto, consume menos energía.

Otro algoritmo es el Prueba de estaca (PoSV) es una variante de PoS en el cual se hace énfasis en la participación activa, incentivando a los usuarios a mantener sus criptomonedas y participar activamente en la red, manteniendo su estabilidad y seguridad.

En resumen, hay varios algoritmos diferentes que se utilizan en las criptomonedas, cada uno con sus propias ventajas y desventajas. El algoritmo de prueba de trabajo (PoW) es el más utilizado y es utilizado por criptomonedas como Bitcoin, pero tiene un alto consumo energético, mientras que algoritmos como prueba de participación (PoS) o prueba de estaca (PoSV) son menos costosos en términos energéticos y fomentan la estabilidad de la red.

Hay muchas criptomonedas diferentes disponibles en el mercado, cada una con sus propias características y usos. Algunos ejemplos de criptomonedas populares incluyen:

Bitcoin (BTC): es la criptomoneda más conocida y utilizada. Fue creada en 2009 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW) para validar transacciones.

Ethereum (ETH): es la segunda criptomoneda más valiosa en términos de capitalización de mercado. Fue lanzada en 2015 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW). Ethereum también es utilizado como plataforma para el desarrollo de aplicaciones descentralizadas (dApps) y contratos inteligentes.

Litecoin (LTC): es una criptomoneda similar a Bitcoin pero con transacciones más rápidas y menores tarifas de transacción. Fue creada en 2011 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW).

Ripple (XRP): es una criptomoneda utilizada principalmente para facilitar transacciones financieras internacionales. Fue creada en 2012 y utiliza un algoritmo de consenso diferente al utilizado por Bitcoin y Ethereum.

Bitcoin Cash (BCH): es una criptomoneda que surge como una bifurcación de Bitcoin en 2017, su objetivo es mejorar la escalabilidad y velocidad de las transacciones.

Tether (USDT): es una criptomoneda estable, su valor está respaldado por un activo físico como el dólar estadounidense, lo que lo hace menos volátil que otras criptomonedas.

En los últimos años, se han producido varias tendencias en el campo de las criptomonedas y la tecnología blockchain. Algunas de las tendencias más recientes incluyen:

Adopción institucional: cada vez más instituciones financieras y empresas están adoptando criptomonedas y tecnología blockchain, como medio de inversión, medio de pago y herramienta para mejorar la eficiencia en sus procesos.

Desarrollo de aplicaciones descentralizadas: cada vez más desarrolladores están construyendo aplicaciones descentralizadas (dApps) utilizando tecnología blockchain, lo que permite una mayor descentralización y privacidad en la web.

Adopción de criptomonedas en el comercio: cada vez, más empresas están aceptando criptomonedas como medio de pago, lo que permite a los usuarios realizar transacciones de manera más rápida y segura.

DeFi (Finanzas Descentralizadas): el sector de las finanzas descentralizadas ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años. Los proyectos de finanzas descentralizadas permiten a los usuarios obtener préstamos, invertir y realizar transacciones financieras de manera descentralizada, utilizando criptomonedas y tecnología blockchain.

Interoperabilidad: se están desarrollando soluciones para permitir la interoperabilidad entre diferentes blockchains, lo que permitiría a las diferentes criptomonedas y aplicaciones descentralizadas interactuar entre sí de manera más fácil.

Las criptomonedas y la tecnología blockchain tienen algunas desventajas, aunque estas desventajas varían dependiendo del uso específico que se le quiera dar. Algunas de las desventajas comunes incluyen:

Volatilidad: el valor de las criptomonedas puede variar significativamente en un corto período de tiempo, lo que puede ser incierto para los inversores.

Escasez de regulación: aunque cada vez más países están regulando las criptomonedas y la tecnología blockchain, todavía existe una escasez de regulación en muchos lugares, lo que puede crear incertidumbre y riesgos legales.

Riesgo de fraude: al igual que con cualquier activo financiero, existe el riesgo de que las criptomonedas sean utilizadas para fraude o estafas.

Riesgo de hackeo: las billeteras digitales donde se guardan las criptomonedas pueden ser hackeadas, lo que podría resultar en la pérdida de las criptomonedas almacenadas en ellas.

Escalabilidad: debido a la naturaleza descentralizada de la tecnología blockchain, puede ser difícil escalar el sistema para manejar un gran número de transacciones. Esto puede limitar la capacidad de la tecnología blockchain para manejar un gran volumen de transacciones.

Costo de transacción: En algunas ocasiones, los costos de transacción en blockchain pueden ser elevados debido a la competencia por el espacio en el bloque.

Cambio en el proceso de minería: Con el tiempo, se espera que el proceso de minería se vuelva más complejo y requiera un mayor poder de procesamiento, lo cual podría aumentar los costos de minería y dificultar la participación para los mineros individuales.

En cuanto a la eficiencia, las criptomonedas y la tecnología blockchain pueden ser muy eficientes en términos de tiempo y costo para realizar transacciones. La tecnología blockchain permite realizar transacciones de manera descentralizada y sin la necesidad de un intermediario, lo que puede reducir significativamente los tiempos de transacción y los costos asociados.

Sin embargo, en cuanto a su impacto ambiental, algunas criptomonedas, especialmente aquellas basadas en el algoritmo de prueba de trabajo (PoW) como el Bitcoin, requieren una gran cantidad de energía para ser minadas. Esto se debe a que los mineros deben resolver problemas matemáticos complejos para validar transacciones y añadirlas a la cadena de bloques. Este proceso de minería requiere un gran poder de procesamiento, lo que a su vez requiere una gran cantidad de energía.

En consecuencia, el impacto ambiental de las criptomonedas basadas en PoW puede ser significativo, ya que el consumo de energía para minar criptomonedas se ha comparado con el consumo de energía de países enteros. Sin embargo, hay alternativas de minado más eficientes como el algoritmo de prueba de participación (PoS) o prueba de estaca (PoS) que son menos costosos en términos energéticos.

En resumen, las criptomonedas y la tecnología blockchain pueden ser muy eficientes en términos de tiempo y costo para realizar transacciones, pero el impacto ambiental de algunas criptomonedas, especialmente aquellas basadas en PoW, puede ser significativo. Sin embargo, hay alternativas más eficientes que pueden ser utilizadas para reducir el impacto ambiental.

Como se puede ver, si sacáis vuestras propias conclusiones, la controversia está servida. No todo lo que reluce es oro: mi conclusión es que hay que evitar aquellas tecnologías que consumen ingentes cantidades de energía, se utilizan para competir y no para participar y no están reguladas democráticamente.

Ocho tendencias en las Redes Sociales, más importantes que nunca

No ficción

Las redes sociales son una parte esencial de la vida digital de millones de personas en todo el mundo. Cada año, surgen nuevas plataformas, formatos, funcionalidades y tendencias que cambian la forma en que nos comunicamos, nos informamos y nos entretenemos en el entorno online.

En este artículo, vamos a repasar algunas de las tendencias más importantes que marcarán el futuro de las redes sociales en 2023 y 2024 y cómo pueden afectar a tu negocio.

1. El contenido creado por el usuario es el protagonista

El contenido creado por el usuario (UGC, por sus siglas en inglés) es aquel que proviene de los propios usuarios de las redes sociales, sin intervención de las marcas o los medios de comunicación. Este tipo de contenido suele ser más auténtico, original, creativo y cercano, lo que genera mayor confianza y engagement entre la audiencia.

Según un estudio de HubSpot, el UGC es el formato preferido por el 51% de los consumidores para seguir a las marcas en redes sociales, por encima de los contenidos propios de las marcas (36%) o de los influencers (13%).

Además, el UGC tiene un gran potencial para generar tráfico, conversiones y ventas, ya que el 79% de las personas dice que el UGC influye en sus decisiones de compra.

Por eso, las marcas deben aprovechar el poder del UGC y fomentar la participación de sus seguidores, por ejemplo, mediante concursos, retos, testimonios, reseñas o etiquetas.

2. TikTok continuará dando la pauta sobre cómo hacer contenido para redes sociales

TikTok es la red social de moda, con más de 1.000 millones de usuarios activos al mes. Su éxito se basa en ofrecer vídeos cortos, verticales y muy creativos, que captan la atención de los usuarios con humor, música, bailes, efectos y tendencias virales.

TikTok ha influido en el resto de las redes sociales, que han incorporado formatos similares, como Reels en Instagram, Shorts en YouTube o Spotlight en Snapchat. Además, TikTok ha introducido nuevas funcionalidades, como el comercio electrónico, la monetización o el aprendizaje.

Las marcas que quieran triunfar en redes sociales deben adaptarse al estilo de TikTok y crear contenidos que sean divertidos, dinámicos, originales y que conecten con las emociones y los intereses de los usuarios.

3. La experiencia del usuario será phygital

El término phygital se refiere a la combinación de lo físico y lo digital, es decir, a la integración de las experiencias online y offline. Esta tendencia se ha acelerado con la pandemia, que ha obligado a muchos negocios a digitalizarse y a ofrecer servicios a distancia.

Las redes sociales juegan un papel clave en el phygital, ya que permiten conectar con los clientes en cualquier momento y lugar, ofrecerles información, entretenimiento, asesoramiento, atención al cliente o incluso realizar transacciones.

Algunos ejemplos de experiencias phygital son las tiendas virtuales, los eventos en directo, los códigos QR, las realidades aumentada y virtual, los chatbots o los asistentes de voz.

Las marcas que quieran mejorar la experiencia del usuario deben apostar por el phygital y ofrecer soluciones que aporten valor, comodidad, seguridad y personalización a sus clientes.

4. Influencers tendrán mayor autoridad en redes sociales

Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.

Según un informe de Business Insider, el mercado de los influencers moverá más de 15.000 millones de dólares en 2023, lo que supone un crecimiento del 34% respecto a 2022.

Los influencers seguirán siendo una tendencia en 2023, pero con algunos cambios. Por un lado, se dará más importancia a la calidad que a la cantidad, es decir, a la relevancia, el engagement y la afinidad de los influencers con las marcas y los consumidores, más que al número de seguidores.

Por otro lado, se diversificarán los tipos de influencers, desde los macroinfluencers (más de 1 millón de seguidores) hasta los microinfluencers (entre 10.000 y 100.000 seguidores), los nanoinfluencers (menos de 10.000 seguidores) o los employee influencers (empleados de las marcas).

Las marcas que quieran aprovechar el poder de los influencers deben elegir a los más adecuados para sus objetivos, establecer una relación de confianza y transparencia con ellos y medir los resultados de sus campañas.

5. El contenido de video es el rey de las publicaciones

El contenido de video es el formato más consumido y compartido en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Según un estudio de Wyzowl, el 86% de las empresas utiliza el video como herramienta de marketing, y el 93% de ellas dice que el video les ha ayudado a conseguir clientes.

El video seguirá siendo el rey de las publicaciones en 2023, pero con algunas novedades. Por ejemplo, se dará más protagonismo al video en directo, que permite interactuar con la audiencia en tiempo real y generar mayor engagement y fidelidad.

También se potenciará el video educativo, que ofrece contenido de valor y utilidad a los usuarios, como tutoriales, consejos, demostraciones o cursos. Además, se explorarán nuevos formatos, como el video 360, el video interactivo o el video inmersivo.

Las marcas que quieran destacar en redes sociales deben incorporar el video a su estrategia de contenidos, y crear videos que sean cortos, claros, creativos y que resuelvan las necesidades y los problemas de sus clientes.

6. Los usuarios de LinkedIn transforman la dinámica hacia un enfoque humano

LinkedIn es la red social profesional por excelencia, con más de 800 millones de usuarios. Su objetivo es conectar a profesionales, empresas, instituciones y organizaciones, y facilitar el intercambio de información, conocimiento y oportunidades laborales.

LinkedIn seguirá siendo una red social clave en 2023, pero con una transformación hacia un enfoque más humano. Esto significa que los usuarios buscarán establecer relaciones más auténticas, personales y duraderas con sus contactos, y no solo basadas en el interés profesional.

Además, los usuarios demandarán contenidos más inspiradores, motivadores y divertidos, que les ayuden a afrontar los retos y las incertidumbres del mundo laboral. También se valorarán más las historias de éxito, los casos de estudio, las recomendaciones o los reconocimientos.

Las marcas que quieran aprovechar el potencial de LinkedIn deben humanizar su perfil, mostrar su lado más cercano y empático, interactuar con su comunidad, generar conversaciones y ofrecer contenidos de calidad que aporten valor a su público objetivo.

7. El SEO en redes sociales será más importante que nunca

El SEO (Search Engine Optimization) es el conjunto de técnicas que se aplican para mejorar el posicionamiento de una página web en los motores de búsqueda, como Google o Bing. El SEO es fundamental para aumentar la visibilidad, el tráfico y las conversiones de un sitio web.

Pero el SEO no solo se aplica a las páginas web, sino también a las redes sociales. Cada vez más, los usuarios utilizan las redes sociales como fuentes de información, y realizan búsquedas dentro de las propias plataformas o a través de los buscadores externos.

Por eso, el SEO en redes sociales será más importante que nunca en 2023, y las marcas deberán optimizar sus perfiles y contenidos para aparecer en los primeros resultados de las búsquedas. Para ello, deberán utilizar palabras clave relevantes, títulos atractivos, descripciones claras, hashtags adecuados, enlaces de calidad o imágenes optimizadas.

Las marcas que quieran mejorar su SEO en redes sociales deben realizar un análisis de palabras clave, conocer las tendencias de búsqueda, monitorizar su rendimiento y adaptarse a los cambios de los algoritmos.

8. El comercio en redes sociales se consolidará como una opción de compra

El comercio en redes sociales (social commerce) es la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico será reforzada cada vez más.

Y en 2024?

Para el año 2024, se espera que las redes sociales sigan evolucionando y presentando nuevas tendencias que afectarán a las marcas y los consumidores. Algunas de las posibles tendencias son:

  • El contenido efímero seguirá ganando popularidad. Se trata de aquel contenido que desaparece después de un tiempo determinado, como las Stories de Instagram, Facebook o Snapchat. Este tipo de contenido genera más interés, urgencia y fidelidad entre los usuarios, que quieren ver lo que sus contactos o marcas favoritas están haciendo en el momento.
  • Las plataformas de redes sociales de nicho funcionarán bien. Son aquellas que se enfocan en un público específico, con intereses, gustos o necesidades particulares. Por ejemplo, Clubhouse es una red social basada en el audio, donde los usuarios pueden participar en salas de chat sobre diversos temas. Estas plataformas ofrecen una mayor personalización, segmentación y engagement que las redes sociales masivas.
  • Instagram eliminará los me gusta. Esta medida ya se ha implementado en algunos países, con el objetivo de reducir la presión y la competencia entre los usuarios, y fomentar un uso más saludable y creativo de la red social. Sin los me gusta, los usuarios se centrarán más en el contenido y la calidad que en la cantidad y la popularidad.
  • El comercio social se expandirá. Se trata de la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico ofrece una mayor comodidad, rapidez y seguridad a los compradores, que pueden acceder a catálogos, reseñas, ofertas o métodos de pago desde sus redes sociales favoritas.
  • Predominará el contenido de video. El video es uno de los formatos más consumidos y compartidos en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Ya sean los videos de formato corto como aquellos en TikTok y las Stories, o los contenidos de formato largo en YouTube, los videos son el futuro del contenido en redes sociales.
  • La adopción de tecnología estará en sus niveles más altos. Las redes sociales incorporarán cada vez más tecnologías innovadoras, como la inteligencia artificial, el big data, la realidad aumentada, la realidad virtual o el blockchain, para mejorar la experiencia de los usuarios y ofrecerles nuevas posibilidades de interacción, personalización, información y entretenimiento.
  • El marketing de influencers continuará creciendo. Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.
  • Habrá más control reglamentario y jurídico. Las redes sociales tendrán que enfrentarse a mayores exigencias y regulaciones por parte de los gobiernos, las organizaciones y los usuarios, en temas como la privacidad, la seguridad, la transparencia, la veracidad, la responsabilidad o la ética. Las redes sociales deberán adaptarse a estas normas y garantizar el cumplimiento de los derechos y deberes de sus usuarios.

Estas son algunas de las tendencias que podrían marcar el futuro de las redes sociales en 2024, pero seguro que habrá muchas más. Lo importante es estar atento a los cambios y las oportunidades que ofrecen las redes sociales, y aprovecharlas para crear estrategias de marketing efectivas y exitosas. Sigue leyéndonos.