LA ÉPICA DE LA IRONÍA

Ficción

En el crepúsculo de una era absurda, el Emperador, un tipo con el carisma de una piedra y la inteligencia de un zapato izquierdo, decidió que la única forma de inmortalizar su legado era organizar un torneo de proporciones mitológicas. El premio: un anillo encantado capaz de conceder cualquier deseo, o al menos, eso decía la publicidad.
Los participantes llegaban de todos los rincones del mundo conocido (y algunos del desconocido). Prometeo, harto de que la humanidad no le enviara ni una simple carta de correspondencia agradeciéndole el fuego, decidió competir solo para pedir como deseo la extinción de la especie. Lilith, con su eterna actitud de femme fatale, quería la victoria para demostrar que el patriarcado no era más que un chiste mal contado.
Entre los concursantes destacaba un bucentauro, mitad hombre, mitad barco (un error de hechizo, evidentemente). También estaba un gigante con un coeficiente intelectual inferior al de una serpiente, un dragón con problemas de autoestima y una de las Hespérides, que solo participaba porque le habían prometido un vale de descuento en un spa celestial.
La primera prueba consistía en atravesar un bosque de encinas carnívoras, seguido de un duelo con Cerbero, quien, en plena crisis existencial, se negaba a luchar a menos que alguien le diera una razón válida para seguir viviendo. Nadie la encontró.
Más tarde, en una prueba patrocinada por farmacéuticas, los concursantes debían escalar una montaña resbaladiza mientras lidiaban con los efectos secundarios de una dosis letal de Viagra. (Algunos siguen atrapados en esa ladera hasta el día de hoy).
El Enamorado, un donjuán con la elocuencia de una piedra pómez, intentó conquistar a Lilith. Ella, con una mezcla de fuerza y hartazgo, le estampó una maza en la cara.
El último obstáculo era un combate cuerpo a cuerpo con el pájaro de la mala suerte. Un gallo con complejo de dictador que se había autoproclamado juez supremo del torneo. Solo una persona lo venció: un competidor anónimo que, en un gesto de abrumadora sensatez, decidió usar un arma de verdad en lugar de las espadas de goma espuma provistas por la organización.
Para sorpresa de todos, el premio no era el anillo mágico, sino un vale de descuento para un servicio de cremación con un 10 % de rebaja. El Emperador, entre risas, declaró que la verdadera victoria era el aprendizaje.
Prometeo, con su paciencia agotada, prendió fuego al estadio y se marchó con un aire de satisfacción. Lilith fundó un gimnasio de guerreras radicales. Cerbero encontró un trabajo como terapeuta de almas errantes. Y el dragón, después de una intensa terapia, aceptó que no necesitaba que los demás le dijeran que era imponente para saberlo.

La moraleja: no te apuntes a torneos organizados por idiotas.

HÉRCULES

Ficción

El crepúsculo se deslizaba como una gasa sobre los campos dorados, tiñendo el horizonte de malvas y ocres, mientras Hércules descendía por el sendero de encinas que crujían bajo sus pasos. La maza, lustrosa de antiguas batallas, reposaba sobre su hombro como un viejo amigo cansado. Su mirada, ardiente como la antorcha que portaba Prometeo, vagaba por el confín del mundo conocido, buscando la sombra fugaz del bucentauro que escapaba entre las brumas del ocaso.

El gigante del Olimpo había recibido correspondencia del Emperador. Un pergamino sellado con un anillo de oro que destellaba con el fulgor de Hespérides, convocándolo a nuevas pruebas. La tinta, oscura como el veneno de la serpiente, anunciaba que Lilith había despertado en las profundidades del Tártaro y que Cerbero, inquieto, comenzaba a desobedecer las reglas de los infiernos. Era la fuerza del enamorado lo que impulsó a Hércules a emprender el camino, pues sólo con el ardor de su corazón podía vencer los miedos del alma.

A medida que avanzaba, un pájaro de plumaje negro surcó los cielos, lanzando un canto que resonó como un presagio. En las colinas lejanas, el rugido de un dragón resquebrajó la calma del atardecer. Hércules apretó la empuñadura de sus armas y sintió en su pecho el tamborileo de la gesta. La cremación de sus temores se avivaba con cada paso, dejando tras de sí la ceniza de antiguas derrotas.

Géminis ascendía en el firmamento cuando Hércules divisó la entrada al bosque donde Lilith tejía su reino de sombras. La túnica de piel de león ondeaba con el viento, y la victoria, esquiva como el rocío, se erguía ante él como una promesa. Se dijo que no era más que un hombre, pero en su pecho ardía el fuego de un dios. Como viagra para el espíritu, el deber encendió en él una pasión inquebrantable, y con cada latido, la historia de Hércules se escribía en las estrellas.

Al adentrarse en el bosque, las sombras se desvanecieron ante su luz, y Lilith emergió, etérea y serpentina, envuelta en los velos de la noche. Habló con una voz que era susurro y viento, pero Hércules no titubeó. La maza se alzó y, con un golpe que resonó en los abismos, la oscuridad se dispersó como cenizas al viento.

Cerbero, vencido y dócil, volvió a su lugar en la puerta del Hades, y el dragón, ahora mudo, se desvaneció entre las estrellas. El enamorado regresó triunfante, sabiendo que su verdadera victoria no yacía en la fuerza de sus brazos, sino en la llama inextinguible de su corazón. Al llegar al Olimpo, el Emperador lo recibió con una corona de encina, y las Hespérides cantaron su gesta al ritmo del crepúsculo.

Hércules sonrió, sabiendo que, aunque sus hazañas se grabaran en mármol y leyenda, su verdadero legado vibraba en cada alma que se atreviera a desafiar las sombras con la antorcha de su espíritu.

LILITH

Ficción

Pero admitía su amor por aquella serpiente, que arrastraba en el limo esencial su libidinoso vientre. Hércules fue vencido por las Hécates y Brunildas, Amazonas descendientes de Eva.

Crimilda cazaba Liebres como una loba en celo. Demostraba un dominio que ni Adán al conjuro del misal de los Símbolos hubiera imaginado al separarse de la Madre terrible.

Cantadas por los Nibelungos… Así eran ambas, y también todas sus descendientes.

Adán

Ficción

La falsa idea de que Adán fue expulsado del paraíso ha provocado un desconocimiento de la verdad que me veo obligado a desmentir. Siempre se ha escrito que, una vez probado el fruto del árbol, Dios le castigó a salir para siempre del paraíso. No fue así en absoluto. Adán fue condenado a vagar por la tierra al perder su inocencia primordial. Siempre es así: cualquier nuevo conocimiento nos expulsa de algún paraíso. Sólo que Adán no murió por ello y vive aún acosado por su atrevimiento. Difícil es verlo por ahí, desde luego, pues sus cabellos han crecido a lo largo de los siglos y ya no puede arrastrarlos por el lodo, sin embargo, es posible encontrarlo junto a Lilith, aquella terrible madre que le ofreció la manzana y que también derrama su vientre por el fango como la serpiente que les obsequió con la sabiduría prohibida. ¡Lástima que no la hayamos heredado los descendientes de Caín!

A la vuelta te espero -sentenciaba Boomerang

A.M.D.G.

Ficción

Era Caín, el hombre. Era Lilith, la mujer. Ambos eran depravados, insanos, perversos. Pero ellos sobrevivieron a todo. Habían inventado al dios que adoraban los demás. Eran los Sumos sacerdotes de un culto satánico vestido de piedad, coronado por la exaltación del dolor, ungido de la debilidad y la desdicha, alimentado por el miedo. Los había que incluso se atrevían a llamarlo el cuento de la cigarra y la hormiga. Las hormigas trabajaban incansables, las cigarras cantaban y bailaban. Las hormigas pagaban impuestos, las cigarras los evadían a paraísos fiscales. Las hormigas madrugaban, se desvelaban, sufrían. Las cigarras dormían hasta mediodía, trasnochaban, disfrutaban. Sometían a sus huestes a cuarenta años de hipoteca mientras ellos blanqueaban su dinero al diez por ciento tras cuarenta años de farras y desmadres. Y el cuento seguía dando sus frutos…. Ad Maiorem Dolar Gloriam. Amén.

Lilith

Ficción

Pero admitía su amor por aquella serpiente, que arrastraba en el limo esencial su libidinoso vientre. Hércules fue vencido por las Hécates y Brunildas, Amazonas descendientes de Eva.

Crimilda cazaba Liebres como una loba en celo. Demostraba un dominio que ni Adán al conjuro del misal de los Símbolos hubiera imaginado al separarse de la Madre terrible.

Cantadas por los Nibelungos… Así eran ambas, y también todas sus descendientes.

LILITH

Ficción

Pero admitía su amor por aquella serpiente, que arrastraba en el limo esencial su libidinoso vientre. Hércules fue vencido por las Hécates y Brunildas, Amazonas descendientes de Eva.

Crimilda cazaba Liebres como una loba en celo. Demostraba un dominio que ni Adán al conjuro del misal de los Símbolos hubiera imaginado al separarse de la Madre terrible.

Cantadas por los Nibelungos… Así eran ambas, y también todas sus descendientes.

Adán

Ficción

La falsa idea de que Adán fue expulsado del paraíso ha provocado un desconocimiento de la verdad que me veo obligado a desmentir. Siempre se ha escrito que, una vez probado el fruto del árbol, Dios le castigó a salir para siempre del paraíso. No fue así en absoluto. Adán fue condenado a vagar por la tierra al perder su inocencia primordial. Siempre es así: cualquier nuevo conocimiento nos expulsa de algún paraíso. Sólo que Adán no murió por ello y vive aún acosado por su atrevimiento. Difícil es verlo por ahí, desde luego, pues sus cabellos han crecido a lo largo de los siglos y ya no puede arrastrarlos por el lodo, sin embargo, es posible encontrarlo junto a Lilith, aquella terrible madre que le ofreció la manzana y que también derrama su vientre por el fango como la serpiente que les obsequió con la sabiduría prohibida. ¡Lástima que no la hayamos heredado los descendientes de Caín!