LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

CONDENADOS

Ficción

Salió como un lobo, dispuesta a que le concedieran la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos, pensaba. Había asistido alguna vez, desde los camarines, a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio.

Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñía con desdén.

Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata.

Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles…

Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas.

Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso busca la parte del cuerpo que aún recuerda haber sido suya.

Fue entonces cuando comprendió que los túneles nunca habían estado bajo la ciudad.

Estaban bajo los nombres.

Cada hombre llevaba excavado un pasadizo invisible entre la palabra con que era conocido y aquella otra, secreta, que jamás pronunciaba. Los jueces condenaban el primer nombre; el segundo permanecía intacto, como una moneda enterrada bajo un templo derruido. Quizá por eso los verdugos parecían fatigarse antes que sus víctimas: mataban únicamente el vocablo visible.

En los albergues de Cymeria circulaba una superstición que los eruditos despreciaban y los mendigos transmitían con escrúpulo religioso. Aseguraban que, al copiar suficientes números de condenados, éstos terminaban por ordenarse solos. No obedecían a la cronología ni a la culpa, sino a una aritmética cuyo inventor acaso fuera Dios o el Demonio, diferencias que en aquella ciudad eran puramente administrativas.

Una madrugada extendió sus cuadernos sobre la mesa de una posada. El aceite de la lámpara agonizaba. Sumó los guarismos por simple aburrimiento y obtuvo siempre el mismo resultado.

Tres.

Probó con otros métodos. Agrupó los reos por edad, por oficio, por delito, por la forma de caminar hacia el cadalso. El resultado persistía.

Tres.

No sintió sorpresa. Hay descubrimientos que el alma reconoce antes que la inteligencia. La sorprendió, en cambio, advertir que los dibujos de las huríes habían cambiado. Ya no eran mujeres grotescas de abundante carne. Eran tres figuras idénticas, cubiertas por velos, que parecían observarla desde el papel con una paciencia mineral.

Pensó en romper los cuadernos.

No lo hizo.

Los libros poseen una forma peculiar de voluntad. Todo lector cree abrirlos; pocas veces sospecha que son ellos quienes lo han abierto a él.

A la mañana siguiente visitó el archivo de las ejecuciones. El anciano que custodiaba los registros le aseguró que muchos folios se habían perdido durante un incendio. Sin embargo, al recorrer los anaqueles encontró un volumen encuadernado en piel cenicienta que no figuraba en catálogo alguno.

No llevaba título.

Sólo un triángulo grabado en seco.

Lo abrió al azar.

Las páginas no contenían nombres de ajusticiados, sino de espectadores.

Comprendió entonces, con un terror singularmente sereno, que el verdadero censo de la ciudad nunca había contado a los culpables.

Contaba a quienes necesitaban contemplar el castigo.

Buscó el suyo.

No tuvo que pasar muchas hojas.

Su nombre aparecía escrito varias veces, con caligrafías distintas y fechas separadas por siglos. Junto a la primera inscripción alguien había añadido una nota marginal:

«Asiste por primera vez. Cree venir por curiosidad.»

En la segunda:

«Empieza a tomar apuntes.»

En la tercera:

«Ya no distingue entre el verdugo y el penitente.»

Las anotaciones posteriores estaban en blanco.

Esperaban ser escritas.

Cerró el volumen con lentitud. Por un instante creyó oír, detrás de los estantes, la respiración de alguien que conocía desde siempre. No era la de un hombre. Tampoco la de un animal. Era el rumor de una inteligencia que aguardaba el momento preciso para ser recordada.

Entonces comprendió por qué los albergues, los túneles y los remedios eran siempre demasiado antiguos.

No los buscaba ella.

Ellos la estaban buscando desde el principio.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

La declaración

Ficción

La declaración llegó sin firma, como llegan ciertas tareas cuya autoridad depende precisamente de no tener origen. Decía, en una prosa rota y sin embargo imperiosa, que yo debía volver individuos aquello que una vez representaba lo general. No entendí entonces la orden, pero ya he aprendido que entender es una superstición tardía y que obedecer suele preceder al sentido.

El papel estaba manchado de vino. Pensé en César, no en el hombre sino en la palabra, esa dulzura de metal con que Roma todavía hiere algunas lenguas. Nunca había cambiado la caligrafía de mi corresponsal; cambiar, para él, era una forma menor de la muerte. “Iremos”, añadía en una línea posterior, “cuando Madrid duerma”. Las ciudades, como los tigres y los diccionarios, duermen con innumerables ojos abiertos.

A la hora convenida atravesamos barrios viejos, donde los cobardes sueñan con valentías retrospectivas y el cerebro, fatigado de vigilar, permite cualquier milagro. Mi guía no habló. Nada dijo al entrar en el campo, más allá de los valles, donde el viento parecía arrastraré, palabra imposible, como si la gramática también se deshiciera en la noche.

Debíamos subir una colina de piedras correctas, geométricas, acaso puestas allí por un acecho más antiguo que los hombres. Pensé que ser debía de algún modo equivalente a esperar. Mi compañero, a quien yo juzgaba idiota por su silencio, se volvió y dijo solamente: “Adiós”. Lo dijo como quien canta una nota única que resume una música entera.

Súbitamente comprendí. Las expresiones del miedo no nacen del peligro sino de la inteligencia cuando advierte que ha sido alimentado por una ficción. Quise correr, quise que todo desaparezca, pero las huellas ya se borran mientras se las mira. Vi entonces, habiéndome detenido un momento que fueron muchas veces, una vasta rueda de nombres.

Cada radio de esa rueda llevaba una palabra: repetir, dispersando, países, solas, calma, vez, crujir, hambres, incienso, va, condenación. Giraban con una lentitud que parecía huida y con una rapidez que parecía eternidad. Comprendí también que aquellas palabras no significaban nada por separado y que juntas tampoco, salvo para la ciencia secreta de ciertos políticos, cuya única labor es hablar hasta que el universo consienta.

Cuando amaneció, estaba solo en la llanura. No quedaba rueda ni guía ni colina. En el bolsillo hallé la declaración inicial, pero ahora escrita con mi letra. Desde entonces sospecho que la tarea no era descifrar el mensaje, sino redactarlo para otro. Tal vez para usted, que ahora termina de leerlo y ya recuerda haber estado allí.

La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los que deciden la guerra

No ficción

En las guerras hay dos geografías.

La primera es la que aparece en los mapas militares: fronteras, flechas rojas, nombres de ciudades, rutas de suministro. Es una geografía limpia, ordenada, casi abstracta.

La segunda es la geografía real.

Está hecha de habitaciones oscuras, hospitales improvisados, estaciones de tren llenas de gente que espera sin saber exactamente qué espera.

Entre estas dos geografías existe una distancia enorme.

Quien mejor la conoce rara vez es quien toma las decisiones.

Los líderes que empiezan las guerras viven en otro paisaje. Trabajan en edificios silenciosos, con alfombras gruesas y mesas largas. Allí la guerra llega en forma de informes, gráficos, mapas satelitales. En esas habitaciones el conflicto tiene el aspecto de un problema técnico que puede resolverse con cálculos.

En un despacho de Washington, D.C. o de Teherán, la guerra se presenta como una cuestión de estrategia.

En el terreno, en cambio, es otra cosa.

Es polvo.

Es miedo.

Es espera.

La mayoría de la gente no habla de conquistar territorios ni de destruir enemigos. Habla de cosas más simples.

Gasolina.

Pan.

Escuelas.

Electricidad.

La gente común vive en una escala distinta a la de los líderes. Para un ministro, el mundo se divide en regiones estratégicas. Para un taxista, el mundo se divide en barrios.

En el barrio hay una panadería, una farmacia, una parada de autobús. Ese es el universo que la guerra destruye primero.

Cuando uno conversa con los dirigentes, escucha palabras grandes: seguridad nacional, equilibrio regional, líneas rojas. Cuando uno conversa con la gente en la calle, escucha preguntas pequeñas: ¿habrá trabajo mañana?, ¿volverá mi hijo?, ¿cuándo terminará esto?

Las guerras nacen casi siempre en la primera conversación.

Y se sufren en la segunda.

Hoy el mundo observa con inquietud lo que ocurre en torno a Irán, donde las tensiones con Estados Unidos e Israel han vuelto a colocar la palabra nuclear en los titulares.

En los despachos donde se toman decisiones estratégicas, la discusión gira en torno a instalaciones como Natanz Nuclear Facility o Fordow Fuel Enrichment Plant.

Son nombres que suenan técnicos, casi burocráticos.

Pero cada una de esas palabras puede convertirse en una explosión, en una evacuación, en una ciudad vacía.

Entre los líderes que dominan ahora los titulares está Donald Trump, un hombre cuya forma de ejercer el poder provoca admiración en unos y rechazo en otros. En tiempos de crisis, las personalidades de los dirigentes adquieren un peso extraordinario.

Pero incluso los líderes más poderosos se enfrentan a algo que rara vez aparece en los discursos: la incertidumbre.

Las guerras comienzan con planes muy claros y terminan casi siempre de forma inesperada.

Los generales creen conocer el terreno. Los economistas calculan el impacto. Los estrategas trazan escenarios.

Y sin embargo la historia de las guerras está llena de sorpresas.

Un puente que se derrumba antes de tiempo.

Un aliado que no llega.

Un soldado que dispara demasiado pronto.

La guerra es el territorio donde los planes se vuelven frágiles.

Por eso los corresponsales de guerra aprenden pronto una lección: quienes deciden las guerras casi nunca ven su verdadero rostro.

No ven las estaciones de tren llenas de refugiados.

No escuchan las sirenas en mitad de la noche.

No sienten el silencio extraño que aparece después de un bombardeo.

Ese silencio es una de las cosas más difíciles de describir.

No es tranquilidad.

Es una pausa en la que todos esperan el siguiente sonido.

Tal vez un avión.

Tal vez nada.

A veces la paz depende precisamente de ese instante: de que alguien, en algún despacho lejano, decida esperar un poco más antes de firmar una orden.

Estilo de vida de los ricos, famosos y otros ‘Epstein’

No ficción

En las fotografías aparecen sonrientes. El mar al fondo, un yate blanco como una declaración de inocencia, copas sostenidas con la naturalidad de quien jamás ha tenido que pedir permiso. Todo brilla: la piel bronceada, los relojes, los apellidos. Es un mundo sin arrugas visibles. Pero la luz, cuando es demasiado intensa, también ciega.

El siglo XXI perfeccionó una vieja ilusión: la de que la riqueza no solo compra objetos, sino también silencio. Las mansiones ya no son fortalezas medievales; son islas privadas, aviones con interiores tapizados en cuero, fundaciones filantrópicas que organizan cenas bajo lámparas de cristal. En esas mesas se sientan empresarios, celebridades, políticos. Conversan sobre mercados emergentes y sobre la pobreza como si fuera un fenómeno meteorológico, inevitable, ajeno.

La caída de Jeffrey Epstein no fue simplemente la caída de un hombre. Fue la grieta en un espejo cuidadosamente pulido. Durante años, su nombre circuló en listas de invitados, en agendas privadas, en vuelos que cruzaban océanos con la discreción de quien sabe que la impunidad es un servicio incluido. A su alrededor orbitaban figuras deslumbrantes, algunas por talento, otras por poder heredado, otras por ambas cosas. Nadie parecía preguntarse demasiado de dónde provenía la fortuna, qué precio pagaban los invisibles.

El estilo de vida de los ricos contemporáneos no es solo ostentación; es una coreografía. Hay códigos: el traje exacto, la sonrisa ensayada, la causa benéfica adecuada. Se dona a hospitales mientras se cierran fábricas; se habla de igualdad en conferencias patrocinadas por bancos que multiplican deudas. El lujo ya no grita, susurra. Y en ese susurro se diluyen responsabilidades.

Lo inquietante no es únicamente la extravagancia. Es la red. La red de relaciones que convierte a ciertos espacios en zonas inmunes a la sospecha. Cuando todos se conocen, cuando todos comparten vuelos y fiestas, el escrutinio se vuelve una descortesía. La cercanía con el poder opera como una vacuna moral: si él lo invita, si ella asiste, si la foto existe, entonces debe ser aceptable.

Sin embargo, la historia demuestra que las élites rara vez se vigilan a sí mismas. La rendición de cuentas suele venir desde afuera, desde periodistas persistentes, desde víctimas que deciden hablar pese al miedo, desde tribunales que por un momento logran atravesar el blindaje social. Entonces, el brillo se apaga y quedan los pasillos vacíos, los registros de vuelo, las declaraciones incómodas.

No se trata de demonizar la riqueza en abstracto. Se trata de interrogar el ecosistema que la protege cuando degenera en abuso. De preguntarse por qué ciertos nombres tardan tanto en ser cuestionados, por qué la fama funciona como escudo, por qué la filantropía puede convertirse en maquillaje.

En las fotografías, aún sonríen. La imagen permanece en internet como un recordatorio de que el poder también posa. Pero ahora, quien mira esas imágenes ya no ve únicamente glamour. Ve la sombra. Y entiende que el verdadero escándalo no es el exceso, sino la normalidad con la que fue aceptado durante tanto tiempo.

Las élites contemporáneas no viven: se exhiben. Han convertido la existencia en un escaparate donde cada gesto es una inversión y cada sonrisa, una póliza de seguro. En la superficie, el espectáculo deslumbra. Yates anclados en aguas turquesas, aviones privados que cruzan el Atlántico como si el planeta fuera un patio trasero, galas benéficas donde el champán corre con la misma naturalidad que los discursos sobre “cambiar el mundo”.

El nombre de Jeffrey Epstein no era un secreto susurrado en callejones oscuros. Era un anfitrión frecuente en mesas iluminadas por candelabros, en recepciones donde el poder se reconoce por el tono de voz y la seguridad del apretón de manos. A su alrededor desfilaban figuras cuya fama parecía blindarlas contra cualquier sospecha. Políticos, magnates, celebridades. Algunos alegaron ignorancia cuando la fachada se desplomó. Otros apelaron a la amnesia selectiva, esa enfermedad tan conveniente que solo afecta a quienes pueden pagarla.

Lo verdaderamente obsceno no era el lujo. El lujo siempre ha sido vulgar, incluso cuando intenta disfrazarse de elegancia. Lo obsceno era la naturalidad con la que se aceptaba la proximidad con un hombre cuya riqueza carecía de raíces claras y cuya hospitalidad parecía demasiado generosa para ser inocente. En ese mundo, preguntar es una descortesía. Dudar es una traición. La red de contactos funciona como una muralla invisible: si todos están dentro, nadie está fuera para señalar.

Las fundaciones filantrópicas operan como absoluciones anticipadas. Se dona a universidades, se financian investigaciones científicas, se organizan conferencias sobre ética global mientras, en privado, se negocian silencios. La caridad, en estos círculos, no es compasión: es estrategia. Es la compra de una narrativa.

El caso Epstein expuso algo más profundo que un catálogo de crímenes. Mostró la arquitectura moral de una clase que ha aprendido a confundirse con el destino. Para ellos, el acceso es un derecho natural. El cuerpo de los otros, una variable secundaria. La ley, un obstáculo técnico que puede sortearse con buenos abogados y mejores relaciones públicas.

Cuando el escándalo estalló, muchos se apresuraron a cortar lazos, a borrar fotografías, a explicar coincidencias como si la historia fuera un accidente geográfico. La indignación apareció con la puntualidad de una conferencia de prensa. Pero la pregunta persiste, ¿Cuántos sabían y callaron? ¿Cuántos sospecharon y decidieron no incomodarse?

Las élites suelen hablar de meritocracia como si fuera una religión civil. Sin embargo, su verdadera fe es la impunidad compartida. Se protegen no porque sean inocentes, sino porque se necesitan. Cada nombre es un escudo para el siguiente. Cada silencio, una garantía.

El escándalo no reside solo en los actos de un hombre. Reside en el ecosistema que permitió que esos actos prosperaran durante años bajo la luz más brillante. Un sistema donde la fama funciona como desinfectante moral y la riqueza como pasaporte a territorios sin preguntas.

Las fotografías siguen allí. Sonrisas, brindis, abrazos. El archivo visual de una época que creyó que el poder era sinónimo de virtud. Ahora sabemos que, con frecuencia, era apenas una coartada.

Arquitectura moral de la clase ociosa

La clase ociosa no se define por no trabajar. Se define por no rendir cuentas. Esa es la primera columna de su arquitectura moral: la convicción íntima de que el mundo es un escenario y ellos, los productores ejecutivos.

En la cima, el tiempo no es escaso. Es un material maleable. Se estira en veranos perpetuos, en fiestas que no figuran en calendarios públicos, en vuelos privados donde la frontera entre lo legal y lo tolerado se vuelve bruma. El ocio, lejos de ser descanso, es un laboratorio. Allí se ensayan alianzas, se intercambian favores, se prueba hasta dónde llega el silencio del otro.

La segunda columna es la estética de la respetabilidad. No basta con ser rico; hay que parecer necesario. Fundaciones, patronatos, consejos asesores. La filantropía funciona como barniz moral. El dinero no solo compra bienes, compra causas. Se financia una cátedra, se inaugura un ala en un hospital, se posa junto a científicos y artistas. La fotografía es el certificado de virtud. La caridad, una inversión reputacional.

La tercera columna es la red. No una simple agenda de contactos, sino una trama densa donde cada nombre valida al siguiente. En ese circuito, la proximidad sustituye a la ética. Si asiste un expresidente, si participa una estrella, si aparece un premio Nobel, entonces el anfitrión queda purificado por contagio inverso. Así operó durante años el entorno de Jeffrey Epstein: la acumulación de prestigios ajenos como blindaje propio. No era solo su dinero lo que impresionaba, sino la constelación que lo rodeaba.

La cuarta columna es el lenguaje. La clase ociosa no habla de privilegios; habla de oportunidades. No habla de víctimas; habla de “errores”, “malentendidos”, “excesos”. El eufemismo es su herramienta favorita. Reduce la violencia a incidente, el abuso a imprudencia, la explotación a transacción. El vocabulario funciona como anestesia colectiva.

La quinta columna es la gestión del escándalo. Cuando la fachada se agrieta, la reacción no es moral, es estratégica. Se contratan abogados, asesores de imagen, expertos en crisis. Se emiten comunicados cuidadosamente redactados. Se expresa sorpresa. Se condena en abstracto. Se promete cooperación. El problema no es lo ocurrido, sino el daño a la marca personal.

Hay, además, una convicción más profunda y más inquietante: la creencia de que el acceso es un derecho natural. Que ciertas puertas se abren porque así debe ser. Que ciertos cuerpos, ciertos territorios, ciertas voluntades están disponibles si se paga el precio adecuado. Esta lógica no necesita ser explicitada; se respira en las fiestas privadas, en las conversaciones donde nadie pregunta demasiado.

La arquitectura moral de esta clase no se sostiene sobre la crueldad abierta, sino sobre la indiferencia cultivada. No es necesario odiar a los demás; basta con no verlos. Las víctimas son estadísticas, riesgos legales, daños colaterales. Lo esencial es preservar la estructura.

Cuando uno observa las fotografías de aquellos años, no ve monstruos evidentes. Ve sonrisas entrenadas, trajes impecables, un orden perfecto. Esa es la última columna: la normalización. La idea de que todo esto es simplemente el funcionamiento natural del éxito.

Y sin embargo, cada sistema que se cree eterno termina revelando sus grietas. La arquitectura moral de la clase ociosa parece sólida porque está construida con dinero y prestigio. Pero su cemento real es el silencio. Y el silencio, cuando se rompe, deja al descubierto algo más frágil de lo que aparentaba: una élite que confundió influencia con inocencia y poder con absolución.

Gramática de la superioridad

O por qué los ricos son sostenidos alegremente por los pobres, según el pensador T. Veblen

T. Veblen no se escandalizaría. Tomaría nota. Ajustaría las gafas. Y diría algo incómodo con la calma de quien ya lo explicó en 1899.

En The Theory of the Leisure Class, Veblen sostuvo que la clase ociosa no existe para producir, sino para exhibir. Su función social no es trabajar, sino demostrar que no necesita hacerlo. El ocio y el derroche no son vicios accidentales, sino rituales. Señales. Lenguaje. Estructura.

¿Qué diría frente a los estilos de vida de multimillonarios, celebridades y cortesanos del poder? Probablemente hablaría de consumo conspicuo u ostentoso en su forma más refinada: yates imposibles, viajes espaciales, islas privadas. No se trata del placer. Se trata de la demostración pública de que el gasto duele menos que para los demás. El lujo, para Veblen, es una gramática de la superioridad.

También señalaría el ocio conspicuo. No trabajar no basta; hay que mostrar que no se trabaja. Galas benéficas un martes por la tarde, retiros espirituales en lugares remotos, semanas enteras dedicadas a “networking”. El tiempo libre, cuando es visible, funciona como trofeo. En una sociedad donde millones venden horas para sobrevivir, exhibir horas improductivas es un acto de poder.

Veblen insistiría en algo más punzante: la clase ociosa marca estándares culturales. Lo que ellos hacen termina definiendo lo deseable. Si el magnate convierte la filantropía en espectáculo, la caridad se vuelve performance. Si el acceso exclusivo es el bien supremo, la exclusión se normaliza. La élite no solo acumula riqueza; moldea aspiraciones.

Ante figuras como Jeffrey Epstein y el círculo que lo rodeó, Veblen no hablaría primero de moral individual. Hablaría de estructura. Diría que la proximidad al poder es una forma de capital simbólico. Que asociarse con ciertos nombres eleva el estatus, incluso cuando la fuente de la riqueza es turbia. En su lógica, el prestigio ajeno se consume igual que un diamante: como prueba visible de posición.

También recordaría su idea de la emulación pecuniaria. Las clases inferiores imitan a las superiores, aunque esa imitación las empobrezca. Así, el despilfarro en la cima legitima el endeudamiento abajo. El sistema entero se convierte en una carrera por aparentar. La moral queda subordinada al rango.

Y sería implacable con la filantropía ornamental. Para Veblen, muchas formas de beneficencia son extensiones del consumo ostentoso: donaciones que no buscan justicia, sino prestigio. El hospital lleva tu nombre. La universidad te invita al consejo. El acto caritativo se transforma en monumento personal, en egolatría.

Lo más corrosivo que diría, probablemente, es que nada de esto es una desviación. Es el funcionamiento normal de una economía basada en la competencia por estatus. La indignación pública surge cuando el espectáculo se vuelve demasiado crudo, no cuando el sistema produce desigualdad cotidiana.

Veblen no gritaría. No haría discursos morales inflamados. Diría algo más frío: mientras el honor social se mida por la capacidad de gastar y exhibir, la clase ociosa seguirá gobernando la imaginación colectiva. Cambiar los nombres no altera la lógica. Cambiar la lógica, en cambio, implicaría cuestionar qué admiramos y por qué.

Y eso, claro, resulta mucho más difícil que escandalizarse por una fotografía.

El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
Fui.”