Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

LA COSMOGONÍA DEL REHÉN

Poesía

Tan asegurada está la pesada salvador que preparan sufrimientos para el jueves de las cosas.

Seria borraja, entregarme aun solamente al estrecho de los rehenes, donde las celebridades ven cielo por debajo de sus zapatos.

¡Ah, escritor! Están alzada las paredes y repugnan.

Una mano eleva lo que otra mano no alcanza a ahogarme.

Poscosmogonía, sorprenderse es una forma de permanecer prisionera.

El zumbido de las aguadas acabar no acaba. Hay un rico intérprete que traduce los ahogos al idioma de las piedras.

Y yo, que nunca estuve tan cerca de ser entregado, me descubro estrecho, pesado, asegurado hasta los huesos.

¿Quién ha puesto este cielo en la cárcel de mi frente?

¿Quién, dime quién, ha levantado la palabra para que caiga?

Todavía la borraja. Todavía el jueves. Todavía este sufrimiento que no sabe si nacer o ser rehén de su propia criatura.

Y sin embargo, ¡oh salvador de lo que no se salva!, algo se eleva.

Algo que no es cielo, ni escritor, ni cosmogonía.

Algo que, sencillamente, me está esperando del otro lado de la palabra.

Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

El sentido de la vida

Ficción

Imagínate que un día encontramos el sentido de la vida y resulta que es para el otro lado.

Una mañana encontramos el sentido de la vida.

No fue difícil.

Estaba en una oficina.

Nadie supo decirnos qué oficina era aquella ni quién nos había dado permiso para entrar, pero el funcionario que estaba detrás del escritorio levantó la vista y dijo que sí, que era allí, que llevábamos mucho tiempo llegando tarde.

Nos entregó un sobre.

Dentro había una hoja en blanco.

—¿Esto es todo? —preguntamos.

—No —dijo—. Esto es el sentido. Lo que falta es la dirección.

Nos señaló una puerta.

La puerta tenía un cartel:

AL OTRO LADO.

Nos quedamos mirándola.

—¿Podemos pasar?

El funcionario negó con la cabeza.

—No todavía.

—¿Por qué?

Buscó algo entre unos papeles.

—Ustedes ya pasaron.

Nos explicaron entonces que habíamos nacido del lado equivocado. No era culpa nuestra, según dijeron, pero tampoco podían corregirlo. Para solicitar un cambio de lado necesitábamos presentar un documento que acreditara que habíamos vivido la vida correctamente.

—¿Y dónde se consigue ese documento?

El funcionario nos miró con cierta compasión.

—Al otro lado.

Salimos de la oficina.

Desde entonces caminamos.

Cada mañana vemos, a lo lejos, la puerta que lleva al otro lado. Cada noche tenemos la impresión de haber avanzado.

Sin embargo, cuando preguntamos a alguien cuánto falta, todos responden lo mismo:

—Ya casi.

Y continúan caminando en la dirección contraria.

A veces pensamos que quizá el sentido de la vida consiste precisamente en eso: llegar a comprender, demasiado tarde, que la dirección correcta era la que nadie estaba autorizado a indicarnos.

Ayer volvimos a la oficina.

Estaba vacía.

Sobre el escritorio había un nuevo cartel:

SE HA ENCONTRADO EL SENTIDO DE LA VIDA.

Debajo, en letra más pequeña:

LAS PERSONAS INTERESADAS DEBEN PRESENTARSE AL OTRO LADO.

LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

Oficios para la sombra

Poesía

Marchaba a nuestro lado,
ajeno a la cruel evocación,
con su vigor mezclado,
como quien lleva una antigua hoguera
debajo de la camisa.

Desconsuela. Agita peligros.
Una antigualla de inventores,
nuevos oficios para la sombra
y una orgía de semillas
que asusta a los fantasmas.

¡Abrazos demasiado bajos!
¡Calla, sonámbulo, calla!
Que se alzarán los lobos
congregados alrededor de la belleza
que tapa el rostro humano.

Admitía que éramos humanos.
Trabajábamos.
La realidad nos desplazaba lentamente,
como una ópera sin ojos,
como una ortografía perdida
en las charcas de lo divino.

Y yo encontré, alrededor,
los bosques conocidos
y aquellos otros semejantes
que uno no conoce sino cuando los añora.

Vi la viuda.
Vi los venenos.
Vi el yantar de los días,
su mucho soportarla,
sus locuras frívolas,
su honor sin honradez.

Entonces alabé la hoguera.

No porque ardiera,
sino porque todavía
guardaba entre sus cenizas
algo que marchaba a nuestro lado,
algo ajeno a la muerte,
algo terriblemente nuestro.

El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.