Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

DANZA DE INMUNDICIA

Poesía

La peste sigue su lenta danza,
escupe pruebas malsanas
sobre el sendero seco donde habito.

Nosotros, feroces y pueriles,
bandoleros del hambre y la rabia,
seguimos contando extraños
como quien mide el aire con los dedos.

La domesticidad amarga abrió su choza,
pero no quise habitarlo.
Hubiera sido seguro,
hubiera sido permitido,
pero mi olor no era inmundicia
y nadie quiso alquilarme su sombra.

Corteses artistas caritativos
dejaban su conocimiento protegido,
pero yo sólo quise consagrarla,
estrangularla,
dejarla llorada en la cuneta.

No queda nada.
Habiéndose ido hasta el unto de los sentidos,
estaré seco.
Sólo queda la danza,
y la danza no deja estarse.

Sombra de mi choza

Poesía

Sombra de mi choza,

entre versos y susurros,
el silencio y el eco

son amantes eternos.

Te escribo, amigo mío,

en este lienzo oscuro,
que el alma desnuda,

y el corazón sincera.

En este yermo inhóspito,

el tiempo se dilata,
se entretejen mis palabras,
como hilos de esperanza,
buscando en la penumbra,

la luz que nos sombrea,
para hallar en el misterio,

la verdad que aguarda.

Entre sueños y quimeras,

se deslizan mis teclas,

dibujando en el aire

suspiros del silencio,
y en cada verso roto,

historias perfumadas,
como un beso en la distancia,
que el viento exhala.

Amigo de mi vida,

compañero de mis hastíos,
en este páramo infinito,

te busco en la oda,
para compartir contigo

secretos del rocío de Orión,
que humedece nuestras almas,
en este azul desierto.

Que nuestras voces se unan,

en un canto desgarrado,
que atraviese la distancia,

y el oscuro tiempo,
que en cada verso encuentres
un refugio fluido,

que el amor y la amistad,

sean nuestros huesos.

Choza de mis huesos

Poesía

Huesos, huesos, y más huesos.
Trizas en la médula del tiempo,
calcáreos esqueletos de olvido
se despliegan en mi desierta piel.

Vino el viento, y en su hálito,
se dispersaron los huesos como signos
fractales de memorias inconclusas,
esperando el abrazo del polvo.

Oh, huesos que laten en silencio,
tambores mudos en la noche yerta,
donde cada grieta es un grito
de amores que nunca germinaron.

El desierto cruje bajo mis pies,
susurros calcinados en un idioma arcano,
y yo, peregrino de huesos y luz,
traspaso el umbral de lo intangible.

Huesos que se entrelazan,
espectros óseos de estrellas caídas,
formando constelaciones de un anhelo
que danza en la órbita del vacío.

En esta choza de huesos vivos,
esculpo con mis manos el misterio,
el amor verdadero, esquivo,
se esconde en el laberinto de los huesos.

En la choza de mis huesos,
la aridez canta su soneto,
y he sembrado palabras que yacen,
blancas como el polvo del olvido.

Los huesos, amor, los huesos,
se alzan como columnas de un templo
que custodia los ecos perdidos
de lo que fuimos, de lo que no seremos.

En cada grieta de mis huesos
duermen recuerdos, dormitan sueños,
misterios que susurran nombres
que los vientos sirocales borran.

El amor, ay, el amor verdadero,
se esconde en los recovecos cóncavos
de estos huesos tristes y erguidos,
buscando encontrarse, perderse tal vez.

Y en la noche, bajo cielos infinitos, estrellados,
los huesos cantan su melancolía necrosada,
un lamento que atraviesa los tiempos
como una luz que muere en silencio celeste.

El eco de lo que pudo ser

Poesía

Corteses relaciones de la vida,
esta existencia nos escupe pruebas
desde lo más profundo del abismo,
en una danza malsana con extraños
que se presentan como bandoleros
de la verdad. ¿Quién puede contar
con una protegida fortaleza
ante la caritativa incertidumbre,
ante los conocimientos pueriles
de artistas de una peste que sigue
nuestros pasos como la sombra
de la domesticidad amarga?

Se abrió ante mí un camino divertido,
alquilarme la risa que queda
en los rincones de las chozas feroces,
donde nosotros, los perdidos,
sólo consagramos el vacío,
permitido por nuestras rabias lentas.
En una choza me unto los sentidos
con el aroma de la incertidumbre,
intentando estrangularla en un llanto
que habita el eco de lo que pudo ser.

Habiéndose asegurado en el hubiera,
la danza de la vida me daba
un olor a inmundicia seca,
pero estaré aquí, en este sendero,
haciendo de la suciedad una danza
que consagra la verdad de mi existencia.