Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

El sentido de la vida

Ficción

Imagínate que un día encontramos el sentido de la vida y resulta que es para el otro lado.

Una mañana encontramos el sentido de la vida.

No fue difícil.

Estaba en una oficina.

Nadie supo decirnos qué oficina era aquella ni quién nos había dado permiso para entrar, pero el funcionario que estaba detrás del escritorio levantó la vista y dijo que sí, que era allí, que llevábamos mucho tiempo llegando tarde.

Nos entregó un sobre.

Dentro había una hoja en blanco.

—¿Esto es todo? —preguntamos.

—No —dijo—. Esto es el sentido. Lo que falta es la dirección.

Nos señaló una puerta.

La puerta tenía un cartel:

AL OTRO LADO.

Nos quedamos mirándola.

—¿Podemos pasar?

El funcionario negó con la cabeza.

—No todavía.

—¿Por qué?

Buscó algo entre unos papeles.

—Ustedes ya pasaron.

Nos explicaron entonces que habíamos nacido del lado equivocado. No era culpa nuestra, según dijeron, pero tampoco podían corregirlo. Para solicitar un cambio de lado necesitábamos presentar un documento que acreditara que habíamos vivido la vida correctamente.

—¿Y dónde se consigue ese documento?

El funcionario nos miró con cierta compasión.

—Al otro lado.

Salimos de la oficina.

Desde entonces caminamos.

Cada mañana vemos, a lo lejos, la puerta que lleva al otro lado. Cada noche tenemos la impresión de haber avanzado.

Sin embargo, cuando preguntamos a alguien cuánto falta, todos responden lo mismo:

—Ya casi.

Y continúan caminando en la dirección contraria.

A veces pensamos que quizá el sentido de la vida consiste precisamente en eso: llegar a comprender, demasiado tarde, que la dirección correcta era la que nadie estaba autorizado a indicarnos.

Ayer volvimos a la oficina.

Estaba vacía.

Sobre el escritorio había un nuevo cartel:

SE HA ENCONTRADO EL SENTIDO DE LA VIDA.

Debajo, en letra más pequeña:

LAS PERSONAS INTERESADAS DEBEN PRESENTARSE AL OTRO LADO.

LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.

Bautismo del topo

Poesía

Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.

Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.

Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.

Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.

Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.

Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

Y sin embargo sigo

Ficción

…y sin embargo sigo, como si la tinta tuviera pulso y me empujara desde adentro. Las palabras se me pudren en la boca antes de nacer, pero igual las escupo, torcidas, medio vivas. La musa, caprichosa, bosteza entre líneas y me deja solo con este zumbido que no es idea ni silencio, apenas un eco. Camino sobre frases que ya han sido dichas por otros con mejor voz, con menos prisa, y me pregunto si escribir no será apenas reciclar cenizas. Todo parece repetido, como una canción que insiste aunque nadie la pida. Y aun así, algo se obstina en rasgar la hoja, en abrir un hueco donde tal vez entre aire. Quizá no se trata de decir algo nuevo, sino de fallar de otra manera. Dejar que el error respire, que el balbuceo tenga su propia música. Entonces escribo, no por fe ni por talento, sino por terquedad: por no cerrar la puerta del todo, por si acaso, entre tanto ruido, aparece una chispa que no huela a lo de siempre.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí (Oscar Wilde)

No ficción

La frase tiene una mala intención elegante. “Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.” Es casi un pequeño truco moral: traslada la responsabilidad al que responde. Como si preguntar fuera un acto neutro, inocente, casi higiénico… y el verdadero riesgo estuviera en abrir la boca.

En realidad, es más complicado.
Hay preguntas que ya vienen cargadas como un arma envuelta en papel de regalo. No es lo mismo preguntar “¿cómo estás?” que “¿cuánto ganas?” o “¿por qué sigues soltero?”. Algunas preguntas no buscan información, buscan poder, morbo o confirmación de prejuicios. Eso no es neutralidad, es estrategia social con sonrisa.

Pero la frase también tiene algo interesante: recuerda que uno siempre puede elegir no responder. La respuesta sí es un acto voluntario. Tú decides qué revelar, cuánto exponerte, si pones límites. La pregunta puede tocar la puerta; tú decides si la dejas pasar al salón o la dejas hablando sola en el rellano.

En el fondo, la frase habla de intimidad y responsabilidad. Preguntar es una forma de entrar. Responder es una forma de abrir.

Y ahora dime que no te gusta cuando una frase corta abre más puertas de las que parece. Los humanos somos raros, pero a veces formulamos cosas bastante decentes.

El guardián de los sauces

Ficción

Dicen en el pueblo que en cada primavera el viento baja beodo de la sierra, tambaleándose entre los huertos, buscando a los que aún seguirás recordando. Yo lo sé, porque lo huelo: ese aroma de flores engañosas, donde una centella cae sobre las aguas del río y todo parece acné de perfección, pero basta un suspiro para que nadie recuerde lo que vio.

En esas tardes, los eróticos perfumes de la multitud flotan entre los álamos, y la cabellera del aire se llena de hilos de araña que desea atrapar los suspiros de las violetas. Se dice que ellas reavivan lo muerto. Que si uno se atreve a romper una rama de los sauces, puede escapar del destino, aunque ello traiga consigo las puertas del desierto y sus pesares.

Yo lo hice. Lo confieso. Me arranqué la máscara del miedo y seguí el canto del río hasta adquirir una libertad que nunca pedí. Fui dispensada de los niños que reían junto a las atarjeas, porque yo los llamé y ninguno volvió. Eran tan tiernos, y el galope del agua se los llevó, como si el río reservara su propio combate.

Me refugié entre legumbres y sombras, y me creyeron tonta, pero era capaz de hablar con los muertos. Ellos, descarnado consuelo, me pidieron que dijera la auténtica palabra:
—No la que refiero, sino la que no ha nacido todavía.

Entonces el mundo se volvió un festín, un banquete mecánico de risas que no eran mías. Buscar sentido solo replicaba mis cuidados, mientras las moscas, grises, danzaban sobre el lago donde la luna se encogía entre hojas manchada de recuerdos.

Era la mártir del silencio. Había recuperado algo que no tenía nombre: tal vez las leyes antiguas de Francia, o de Europa, o de alguna camisa blanca que manda sobre los decorados del alma. Sentí que era mi oportunidad francesa, y que si vieras bien, entenderías que todo podría repetirse, como los sueños que estaban antes del nacimiento.

Pero las alimañas del tiempo me cercaron. Y supe que hacerse cuento es el único modo de sobrevivir a lo real. Me senté bajo la lámpara apagada, y el guardián —cuyo rostro era de sombra— me habló sin boca:
—No llores más, hija aventurera. Ni santa ni diosa. Solo un eco que mostró a los humanos lo que no deben tratar de comprender.

En el inmediato silencio nos emborrachábamos de vida.
—Si tienes miedo —me susurró—, deja que los carámbanos del norte alejen los espantosamente dulces recuerdos que te rodeen.

Y esto fue lo que aprendí: los consejos del alma valen más que la falta, y el Cristo existente no cuelga de una cruz, sino de un árbol en flor. Si algún día logras arrojar tus paisajes al occidente, verás cómo los halos custodian la clave del regreso.

Porque en este pueblo, donde las violetas hablan y los sauces lloran, la primavera nunca muere: solo cambia de sueño.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.