El sentido de la vida

Ficción

Imagínate que un día encontramos el sentido de la vida y resulta que es para el otro lado.

Una mañana encontramos el sentido de la vida.

No fue difícil.

Estaba en una oficina.

Nadie supo decirnos qué oficina era aquella ni quién nos había dado permiso para entrar, pero el funcionario que estaba detrás del escritorio levantó la vista y dijo que sí, que era allí, que llevábamos mucho tiempo llegando tarde.

Nos entregó un sobre.

Dentro había una hoja en blanco.

—¿Esto es todo? —preguntamos.

—No —dijo—. Esto es el sentido. Lo que falta es la dirección.

Nos señaló una puerta.

La puerta tenía un cartel:

AL OTRO LADO.

Nos quedamos mirándola.

—¿Podemos pasar?

El funcionario negó con la cabeza.

—No todavía.

—¿Por qué?

Buscó algo entre unos papeles.

—Ustedes ya pasaron.

Nos explicaron entonces que habíamos nacido del lado equivocado. No era culpa nuestra, según dijeron, pero tampoco podían corregirlo. Para solicitar un cambio de lado necesitábamos presentar un documento que acreditara que habíamos vivido la vida correctamente.

—¿Y dónde se consigue ese documento?

El funcionario nos miró con cierta compasión.

—Al otro lado.

Salimos de la oficina.

Desde entonces caminamos.

Cada mañana vemos, a lo lejos, la puerta que lleva al otro lado. Cada noche tenemos la impresión de haber avanzado.

Sin embargo, cuando preguntamos a alguien cuánto falta, todos responden lo mismo:

—Ya casi.

Y continúan caminando en la dirección contraria.

A veces pensamos que quizá el sentido de la vida consiste precisamente en eso: llegar a comprender, demasiado tarde, que la dirección correcta era la que nadie estaba autorizado a indicarnos.

Ayer volvimos a la oficina.

Estaba vacía.

Sobre el escritorio había un nuevo cartel:

SE HA ENCONTRADO EL SENTIDO DE LA VIDA.

Debajo, en letra más pequeña:

LAS PERSONAS INTERESADAS DEBEN PRESENTARSE AL OTRO LADO.

Un comentario en “El sentido de la vida”

  1. Una mañana encontramos el sentido de la vida.

    No fue difícil.

    Estaba en una oficina del Ministerio de Asuntos Fundamentales, en la tercera planta de un edificio que, según el directorio, no existía.

    El funcionario que nos atendió llevaba una chaqueta gris y tenía delante siete sellos, ninguno de los cuales parecía funcionar.

    —¿Motivo de la consulta?

    —Hemos encontrado el sentido de la vida.

    El funcionario dejó de escribir.

    —¿Por iniciativa propia?

    —Sí.

    Frunció el ceño.

    —Eso puede ser un problema.

    Nos entregó un formulario.

    En la parte superior decía:

    SOLICITUD DE ACCESO AL SENTIDO DE LA VIDA

    Había que rellenarlo por triplicado.

    Nombre.

    Fecha de nacimiento.

    Motivo por el que se desea conocer el sentido de la vida.

    Motivo por el que se considera que se está preparado para conocerlo.

    Motivo por el que se considera que no conocerlo podría perjudicar al solicitante.

    Y, finalmente:

    Indique si, antes de conocer el sentido de la vida, ya conocía usted el sentido de la vida.

    Marcamos «no».

    El funcionario lo tachó.

    —Tiene que dejarlo en blanco.

    —Pero la pregunta…

    —No se puede contestar.

    —Entonces, ¿para qué está?

    —Para comprobar que no la contesta.

    Entregamos los formularios.

    El funcionario los revisó y nos informó de que faltaba el certificado de haber vivido una vida susceptible de tener sentido.

    —¿Dónde se obtiene?

    —En la Oficina de Experiencias Previas.

    —¿Dónde está?

    —Al otro lado.

    —¿Al otro lado de qué?

    El funcionario levantó la vista.

    —Eso es precisamente lo que tienen que averiguar.

    Nos indicó una ventanilla.

    En la ventanilla había otra persona esperando desde hacía treinta y ocho años.

    —¿Qué espera?

    —Que me digan dónde tengo que esperar.

    Cuando por fin nos tocó, presentamos nuestra solicitud.

    La funcionaria la examinó.

    —Falta el sello de la Oficina de Experiencias Previas.

    —Nos han enviado aquí para conseguirlo.

    —Sí.

    —Entonces, ¿por qué no podemos conseguirlo aquí?

    —Porque aquí no somos la Oficina de Experiencias Previas.

    —¿Y dónde está?

    —Al otro lado.

    —¿Otra vez?

    —No necesariamente. Depende de qué lado venga usted.

    Nos dio un mapa.

    El mapa tenía dos lados.

    En ambos aparecía escrito:

    USTED ESTÁ AQUÍ.

    Preguntamos cuál era el correcto.

    La funcionaria nos pidió disculpas.

    —Eso requiere una certificación.

    —¿De quién?

    —De usted mismo.

    —¿Y cómo certifico que estoy aquí?

    —Debe acudir personalmente.

    —Pero ya estoy aquí.

    —Eso no basta.

    —¿Qué hace falta?

    —Que esté aquí oficialmente.

    Para estar oficialmente allí necesitábamos presentar un certificado de presencia.

    Para obtener el certificado de presencia necesitábamos demostrar que estábamos allí.

    Para demostrarlo necesitábamos dos testigos.

    Los dos testigos debían estar oficialmente allí.

    Para estar oficialmente allí necesitaban certificados de presencia.

    Y para obtenerlos necesitaban dos testigos.

    El trámite se suspendió durante varios años por falta de testigos.

    Finalmente recibimos una carta.

    Decía:

    SE LE COMUNICA QUE SU SOLICITUD HA SIDO APROBADA.

    Debajo:

    Para hacer efectiva la aprobación deberá presentar la solicitud.

    Volvimos a la primera oficina.

    El funcionario ya no estaba.

    En su lugar había un cartel:

    POR REORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA, EL SENTIDO DE LA VIDA HA SIDO TRASLADADO AL OTRO LADO.

    Debajo había una flecha.

    Seguimos la flecha.

    Nos condujo a otra oficina.

    En la puerta había una cola interminable.

    Preguntamos qué trámite se realizaba allí.

    La persona que estaba al final de la cola nos miró con cansancio.

    —El de averiguar si estamos haciendo cola para el trámite correcto.

    —¿Y lo han averiguado?

    —Todavía no.

    —¿Cuánto llevan esperando?

    Miró su número.

    —Desde antes de nacer.

    Nos dieron un número.

    Era el 0.

    Preguntamos cuándo nos atenderían.

    —Después del último.

    —¿Cuál es el último número?

    —Todavía no ha nacido.

    Nos sentamos.

    Pasaron los años.

    A veces llamaban un número, pero nunca el nuestro.

    Finalmente, un funcionario salió y anunció que el sentido de la vida había sido encontrado.

    Todos nos levantamos.

    —¿Dónde?

    —Al otro lado.

    —¿Podemos ir?

    —No sin autorización.

    —¿Cómo la obtenemos?

    El funcionario nos entregó un formulario.

    En la parte superior decía:

    SOLICITUD DE AUTORIZACIÓN PARA ACCEDER AL OTRO LADO.

    En el último apartado preguntaba:

    ¿Ha estado usted alguna vez al otro lado?

    Marcamos «no».

    El funcionario examinó el documento.

    —Entonces no puede solicitarla.

    —¿Por qué?

    —Porque la autorización solo se concede a quienes demuestren haber estado allí.

    —Pero si hubiéramos estado allí, no necesitaríamos la autorización.

    El funcionario sonrió por primera vez.

    —Ahora empieza a comprender.

    Y puso un sello sobre nuestra solicitud.

    DENEGADA POR FALTA DE SENTIDO.

    Debajo añadió, a mano:

    Vuelva mañana.

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