Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

LA COSMOGONÍA DEL REHÉN

Poesía

Tan asegurada está la pesada salvador que preparan sufrimientos para el jueves de las cosas.

Seria borraja, entregarme aun solamente al estrecho de los rehenes, donde las celebridades ven cielo por debajo de sus zapatos.

¡Ah, escritor! Están alzada las paredes y repugnan.

Una mano eleva lo que otra mano no alcanza a ahogarme.

Poscosmogonía, sorprenderse es una forma de permanecer prisionera.

El zumbido de las aguadas acabar no acaba. Hay un rico intérprete que traduce los ahogos al idioma de las piedras.

Y yo, que nunca estuve tan cerca de ser entregado, me descubro estrecho, pesado, asegurado hasta los huesos.

¿Quién ha puesto este cielo en la cárcel de mi frente?

¿Quién, dime quién, ha levantado la palabra para que caiga?

Todavía la borraja. Todavía el jueves. Todavía este sufrimiento que no sabe si nacer o ser rehén de su propia criatura.

Y sin embargo, ¡oh salvador de lo que no se salva!, algo se eleva.

Algo que no es cielo, ni escritor, ni cosmogonía.

Algo que, sencillamente, me está esperando del otro lado de la palabra.

Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

Oficios para la sombra

Poesía

Marchaba a nuestro lado,
ajeno a la cruel evocación,
con su vigor mezclado,
como quien lleva una antigua hoguera
debajo de la camisa.

Desconsuela. Agita peligros.
Una antigualla de inventores,
nuevos oficios para la sombra
y una orgía de semillas
que asusta a los fantasmas.

¡Abrazos demasiado bajos!
¡Calla, sonámbulo, calla!
Que se alzarán los lobos
congregados alrededor de la belleza
que tapa el rostro humano.

Admitía que éramos humanos.
Trabajábamos.
La realidad nos desplazaba lentamente,
como una ópera sin ojos,
como una ortografía perdida
en las charcas de lo divino.

Y yo encontré, alrededor,
los bosques conocidos
y aquellos otros semejantes
que uno no conoce sino cuando los añora.

Vi la viuda.
Vi los venenos.
Vi el yantar de los días,
su mucho soportarla,
sus locuras frívolas,
su honor sin honradez.

Entonces alabé la hoguera.

No porque ardiera,
sino porque todavía
guardaba entre sus cenizas
algo que marchaba a nuestro lado,
algo ajeno a la muerte,
algo terriblemente nuestro.

Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.

La espera

Poesía

Sigo la lucha con una fe arisca,
como quien atraviesa brumas
sin saber si habrá un destino
al otro lado de la roca.

El agua llena la habitación,
y los truenos dejan señales
que el tiempo no consigue borrar.
Eso decía el campanario
cada vez que el viento callaba.

He sufrido los vicios,
los celos y alguna paliza
que la vida entrega sin juicio.
Sin embargo, quedaré de pie,
aunque mis miembros parezcan cansados
y el horror deambule cerca.

Hubieran sido alegría
los resplandores de aquella pasada tarde.
Habrían bastado una boca sincera,
una barca sobre la arena,
un anillo compartido,
para creer otra vez.

Pero la espera evapora las delicadezas.
La lengua aprende a suplicar,
los corazones dejan de esconderse,
y hasta los ingenuos descubren
que la educación del dolor
también enseña.

Nació entonces una fuerza tranquila.
Solo ella pudo soltar
el peso de los días pasados.
Los universos siguieron girando,
el castillo permaneció inmóvil,
y yo comprendí, por fin,
que la fe no consiste en vencer,
sino en seguir caminando
cuando las brumas todavía rodean el camino.

Polvo del reloj

Poesía

También lloro adelante,
porque el reloj no sabe
que la existencia nos demuestra pureza
mientras, divirtiéndonos, la fábrica
cría un insecto de verde polvo.

Vuestra fuerza, armados apenas
con la inocencia de las criaturas,
quiso partir el bajel
que parecía hecho de sombras
y de un tratado triste.

Los olmos pintará el viento,
como si la tierra inmensa
contentaré algún día con su piedad natural.
Pero los deshonrados instintos,
parásitos del tiempo,
aguardan abajo.

La primogénita de mis vueltas,
amante de cuanto vértigo respira,
es mía y de las mías;
corrían los bolos del mundo
sin considerar el desenfreno
de los maniáticos que rebelo.

Hay estampas que el narrador disipo
con una consonante solamente.
Hay espantos que darán fuerza
a quien perseguirla quiso
hasta crearlo todo de nuevo.

Estamos juzgados
por un polvo suave
que no distingue entre la ganada
y la pérdida,
entre veinte relojes
y un solo instante.

Simplemente la tierra
nos mira existir.
Y también lloro adelante,
porque el tiempo,
cuando parece detenerse,
empieza otra vez a correr dentro de nosotros.

Bautismo del topo

Poesía

Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.

Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.

Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.

Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.

Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.

Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.

La muerte de pan silencioso

Poesía

Había en ti una muerte de pan silencioso, una sed que bebía las ternuras hasta romper los huesos. El luto no confesaba nada; apenas respiraba entre nosotros como un animal cansado. Los celos, mientras tanto, levantaban sus pequeñas guerras bajo este día estéril, hecho de desdenes que ya nacían viejos.

También la victoria puede doler cuando llega descalza. La cargan los humildes como quien sostiene una piedra tibia contra el pecho. Los otros, en cambio, celebraban con una alegría mutilada, riéndose desde la herida que ellos mismos se habían abierto. Qué pobres resultaban en su estruendo.

Atravesaban sin permiso la tierra seca, donde el polvo parecía recordar nombres que nadie pronunciaría otra vez. El aire olía a criaturas abandonadas, a un mundo que persistía pese a su propia vergüenza, mientras las guerras seguían alimentando al animal ciego que todos soñamos alguna vez. Allí lo inerte pesaba más que la sangre; lo infantil envejecía de pronto; hasta el dolor inventaba su propio cuerpo para seguir respirando.

Yo vivía, extraviado entre aquellos misterios, como si el sueño hubiese aprendido a abrir los ojos sin despertar jamás. Todo pasaba lejos y, sin embargo, me atravesaba de rodillas: los fantasmas, los reyes sin reino, la suerte endurecida, los magos incapaces de devolverle el pulso a la tierra.

Pero él seguía amando aquellos estribillos.

Y esa fidelidad, tan pequeña y tan inútil, era quizá lo único que todavía no había sido derrotado.

 

I. Los que no nos vieron

Los que no nos vieron
todavía creen que el mundo
cabe entero dentro de una ventana.

Ignoran el hambre
que tienen las manos
cuando aprenden el nombre de otra mano.

Nosotros pasamos
como pasan los pozos:
guardando una sed
que nunca fue del agua.

Y nadie supo
que una sombra puede abrazar a otra
hasta dejarle luz.

II. La muerte de pan silencioso

Había una muerte
hecha de pan silencioso.

No venía a llevarse a nadie;
se sentaba a la mesa,
partía la tarde en migas
y esperaba.

La mordíamos sin saberlo.

Por eso el hambre
se parecía tanto a la memoria,
y el trigo,
después de haber sido esperanza,
terminaba pareciéndose a una piedra.

Quién diría
que también el pan
aprende a llorar por dentro.

III. Victoria descalza

Llegó sin trompetas.

Traía los pies
llenos de polvo y espinas,
como quien ha cruzado
todos los fracasos
para encontrar apenas
un rincón donde respirar.

Nadie la reconoció.

Los vencedores
iban demasiado ocupados
contando sus medallas.

Ella,
la verdadera,
se quitó el último dolor de los hombros
y siguió andando,
porque sabía
que el camino nunca aplaude
a quien lo sostiene.