Inventario de la gota

Poesía

La gota no cae:
me recuerda.

Hay un sacrilegio
sentado en la silla más pequeña del mundo,
y una niña,
sin saberlo,
le ofrece un rubí
como quien devuelve la infancia
a un árbol enterrado.

María pasa.

Ninguna estrella
alcanza a justificar el error
de haber nacido completo
cuando el rostro aprende
a vestirse de harapos.

Voy.

No porque pueda.
Porque el viento sopla
y la razón,
esa piedra con vértigos,
insiste en llamarme por un nombre
que todavía no inventar.

Los continentes caben
en el arco de una buena mañana.
Los poetas lo dicen
sin cumplimiento alguno.
La justicia come despacio
el pan de los caseros,
mientras un vampiro
muerde la confianza
y la deja heroica,
aunque nadie lo note.

Aquello volvió
desde un hoy misterioso.
Delante de mí
las piedras fijaban
su evidentísimo silencio.

Entremos.

Acojamos
lo que cualquiera abandonaría:
la digna costumbre
de salvar el mundo
sin saber si el mundo
abandonase primero
a quienes nací para mirar.

Resulte igual.

Mañana,
cuando la última gota
aprenda por fin
que también puede caer hacia arriba,
el sano corazón
dirá un punto.

Y ese punto,
contra toda lógica,
seguirá respirando.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.

Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Suspiros de lo marchado

Poesía

 

Bruto nuevo el día,
con pereza de volver a playas
donde las novelas susurran lóbrego destino.

Hemos de trabajar, dicen,
mientras los sofismas siguen atacando
ambos lados de la cólera,
ese minuto que oyen los encantamientos
antes de desmenuzar tristemente la desgracia.

Egoísmo en las sienes,
como un cuadrado mal trazado,
arrastraba lo terrenal entre tiranos
y ellas, que eran millones,
decían que poseo apenas un círculo de piedra.

Innoble el rumor de los avellanos:
caen, como caen las promesas
que pondrían fin a la sed de los rebaños
que prohibían la explosión de los brazos.

Enorme reino que ahorrará futuros,
conoceré el trabajo y las canciones
aunque la torpeza arda en quemadores de paciencia.

Muchas veces, en éxtasis, somos
lo que no sabemos guardarse,
lo que intenta traer lo precioso
entre músicas rotas y cuántas preguntas.

Suspiros de lo marchado,
de esa misma sombra donde logré
nombrar al terror
con la luz temblorosa de los cirios.

Un grito que no alcanza

Poesía

Negro
demasiada compondrán
tesoro en aromas extraviadas
de un otoño que se astilla.

Sabiduría
mendigos desearía
poderes en el puño,
camino que se entrega
al golpe,
andar que no pregunta.

Sombra
cuyas edades contestan
lo amable encontrado
al atar
lo pagano,
la dicha otorgada
en desenvolvimientos rotos.

Yo también sentía entonces
la magia de la luz
tras queridos armad,
hallo quienes entre zarzas
vacían el mundo
y lo oxidan.

Temporada de esperanza
fingía ser mirada,
seguirlo al abismo,
familias en el vientre
habían explicado
lo que gira
luego
aquí
en su instinto ciego.

Guijarros para pensar,
moda que haya llevado
a dormir tumbado el día.

Trague tres
muda adopté acciones,
horrores
existencias
mejor
ambiciones.

No tengo otra manera
de gritar.

Soy la sombra que lleva mi nombre

Poesía

Sombrenómbrame,
desquebrajando el aire que me sostiene,
yo me desmonto en sí mismo
y los huesos del verbo me llueven.

No, no soy,
soy-no,
somnombra,
y me arrastro sin nada,
sin nombre, sin sombra,
sin sombra-nombre que me jale.

Gritan los días,
los días que no tienen nombre,
los que inventan mi silencio
y me tragonean la garganta
con dientes de nada.

Yo me derramo,
me derrito,
me derritro,
y el yo que creo
se me rompe en pedacitos
como reloj que nunca fue.

Sombranombre mío,
¡qué me haces!
Me zumbas, me deshielas,
me escupo entre los dedos
y yo no sé si existo o me invento.

Soy sombra que me lleva,
soy sombra que me muele,
soy sombra que me nombra
y me nombra roto,
nunca entero,
nunca mío,
siempre deshecho
en la boca del tiempo que me vomita.

sombrenombre yo,
me deshice en mí-mismo,
me desmigajo y no me encuentro
en los huesóleos del aire roto.

ya no soy,
soy-no,
somnom,
y los días me mastican,
me vomitan las letras
que se me deshacen en la garganta.

gritos sin gritar,
yo-yo me fragmento
y me desbasto en pedacitos
como reloj que nunca fue,
como yo que nunca fui.

Sombrámbre mío,
¡quién me parte!
me zumbas, me deslizo,
me deshecho, me invento,
y el yo que creo se me disuelve
entre nada y nada
y nada.

soy-sombra-yo
que me lleva,
que me muerde,
que me nombra roto,
nunca entero,
siempre deshecho
en la boca del tiempo
que me vomita
sin misericordia
sin nombre
sin sombra.

Como quien suelta un universo

Poesía

Vinieran ariscas las horas,
hirviendo en mi pecho.
Logro que doy, pero con fe sincera,
aunque la roca se parta bajo el llanto.

Rodeada la lucha,
habrá celos de los vivos,
vicios que pacen la espera,
miembros cansados de sostener el alma.

Cuántos se evaporan,
nacidos sin destino.
Eso era, un agua llena de nombres olvidados.

Fantásticos los que aún ríen,
campanario de alegría en ruinas.
Pasada habitación del juicio,
decía mi madre entre truenos:
“solo se salva quien ama lo que duele.”

Suplico, brutal, la ternura.
Las pasadas se anillan en mi garganta,
barca noble, hundida en los corazones.

El horror ronda éstos días,
castillos de resplandores que fueron.

Y sin embargo, algo ingenuo me inclina,
sobre la arena, la espuma y sus castillos
como quien suelta un universo
para salvar un simple destino, hija mía.

El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
“Fui.”

El ciclo eterno

Poesía

I. Desolación

1
Raza quizá nueva,
en el calvero arde
sueño encendido.

2
Crueles saqueos,
Satán bajo los cielos
ríe del hombre.

3
Bosque desnudo,
saqueadores queman
promesas viejas.

4
Llaves caídas,
separaciones grises,
desesperanza.

5
País mío,
me senté sin saberlo,
sombra y ceniza.

II. Conflicto

6
Fogatas arden,
el comercio forzado
marca la sangre.

7
Armas confías,
holgazanes pastores
ríen del llanto.

8
Movimiento arde,
cizañas se levantan
en los sembrados.

9
Noche cerrada,
aparecía un rayo,
sueño frustrado.

10
Despreocupado,
Satán juega en los limbos
con nuestra pena.

III. Revelación

11
Reina sencilla,
desvela en la penumbra
su ardiente llama.

12
Entre las ruinas,
una voz me recuerda
cielos de oro.

13
Almita frágil,
ofrezco las hespérides
que aún resplandecen.

14
Claridad nueva,
aunque el dolor persista
brilla la aurora.

15
Causa perdida,
en la desesperanza
crece la fe.

IV. Esperanza

16
Cálido viento,
me acostumbraré al tiempo
del porvenir.

17
Noche encendida,
sequé las separaciones,
volví a soñar.

18
Movimiento humano,
trabajaré con ansias
en la semilla.

19
Bella promesa,
la simple claridad
abre caminos.

20
Arrojo tierno,
en mangas de esperanza
vivir despacio.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.