Inventario de la gota

Poesía

La gota no cae:
me recuerda.

Hay un sacrilegio
sentado en la silla más pequeña del mundo,
y una niña,
sin saberlo,
le ofrece un rubí
como quien devuelve la infancia
a un árbol enterrado.

María pasa.

Ninguna estrella
alcanza a justificar el error
de haber nacido completo
cuando el rostro aprende
a vestirse de harapos.

Voy.

No porque pueda.
Porque el viento sopla
y la razón,
esa piedra con vértigos,
insiste en llamarme por un nombre
que todavía no inventar.

Los continentes caben
en el arco de una buena mañana.
Los poetas lo dicen
sin cumplimiento alguno.
La justicia come despacio
el pan de los caseros,
mientras un vampiro
muerde la confianza
y la deja heroica,
aunque nadie lo note.

Aquello volvió
desde un hoy misterioso.
Delante de mí
las piedras fijaban
su evidentísimo silencio.

Entremos.

Acojamos
lo que cualquiera abandonaría:
la digna costumbre
de salvar el mundo
sin saber si el mundo
abandonase primero
a quienes nací para mirar.

Resulte igual.

Mañana,
cuando la última gota
aprenda por fin
que también puede caer hacia arriba,
el sano corazón
dirá un punto.

Y ese punto,
contra toda lógica,
seguirá respirando.

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