Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Inventario de la gota

Poesía

La gota no cae:
me recuerda.

Hay un sacrilegio
sentado en la silla más pequeña del mundo,
y una niña,
sin saberlo,
le ofrece un rubí
como quien devuelve la infancia
a un árbol enterrado.

María pasa.

Ninguna estrella
alcanza a justificar el error
de haber nacido completo
cuando el rostro aprende
a vestirse de harapos.

Voy.

No porque pueda.
Porque el viento sopla
y la razón,
esa piedra con vértigos,
insiste en llamarme por un nombre
que todavía no inventar.

Los continentes caben
en el arco de una buena mañana.
Los poetas lo dicen
sin cumplimiento alguno.
La justicia come despacio
el pan de los caseros,
mientras un vampiro
muerde la confianza
y la deja heroica,
aunque nadie lo note.

Aquello volvió
desde un hoy misterioso.
Delante de mí
las piedras fijaban
su evidentísimo silencio.

Entremos.

Acojamos
lo que cualquiera abandonaría:
la digna costumbre
de salvar el mundo
sin saber si el mundo
abandonase primero
a quienes nací para mirar.

Resulte igual.

Mañana,
cuando la última gota
aprenda por fin
que también puede caer hacia arriba,
el sano corazón
dirá un punto.

Y ese punto,
contra toda lógica,
seguirá respirando.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

COP30: cambio climático al límite

No ficción

La COP30 no fue una cumbre en el sentido clásico. Fue más bien una reunión en el borde, celebrada cuando el lenguaje diplomático ya empieza a quedarse corto y el planeta ha dejado de pedir permiso para mostrar sus síntomas. No se trataba de salvar el mundo, sino de comprobar quién estaba dispuesto a admitir que lo habíamos llevado demasiado lejos.

Belém, en el corazón amazónico, no fue una elección inocente. Allí, donde la selva aún respira con dificultad, los delegados hablaron de grados, porcentajes y plazos mientras el aire húmedo recordaba que el cambio climático no es una proyección futura, sino una condición presente. La selva no escuchaba discursos. Observaba.

El gran tema de la cumbre fue el mismo de siempre y, a la vez, uno nuevo: el tiempo se acabó. Ya no se negocia para evitar el calentamiento, sino para limitar el daño. El umbral de 1,5 grados aparece en los documentos como una promesa en cuidados intensivos. Todos saben que está agonizando, pero nadie quiere firmar el certificado de defunción.

Los países ricos llegaron con compromisos revisados, cuidadosamente redactados para sonar ambiciosos sin ser peligrosos para sus economías. Hablaron de transición ordenada, de innovación, de mercados de carbono más eficientes. Los países del sur global hablaron de algo más básico: supervivencia. De inundaciones, sequías, cosechas perdidas, migraciones forzadas. Dos lenguajes distintos compartiendo la misma sala sin traducirse del todo.

La financiación climática volvió a ser el punto ciego. Promesas reiteradas, fondos que no llegan, mecanismos complejos que retrasan lo urgente. El llamado “fondo de pérdidas y daños” fue mencionado con solemnidad, como se menciona a un pariente enfermo al que nadie visita. Todos coinciden en que es necesario. Pocos están dispuestos a poner el dinero real sobre la mesa.

Mientras tanto, los combustibles fósiles siguieron flotando en la cumbre como un invitado incómodo al que nadie expulsa. Se habló de reducción progresiva, de transiciones justas, de realismo energético. Nadie dijo claramente que seguir extrayendo y quemando es incompatible con cualquier objetivo serio. La política climática global sigue atrapada en una contradicción elemental: queremos cambiar sin renunciar.

Fuera de las salas oficiales, la otra COP fue más honesta. Científicos repitiendo datos que ya no sorprenden. Jóvenes activistas cansados de marchar para ser escuchados cinco minutos. Comunidades indígenas recordando, una vez más, que han protegido ecosistemas durante siglos sin cumbres ni acrónimos, y que ahora son invitados tardíos a una mesa que nunca ayudó a poner.

La sensación general no fue de fracaso absoluto, pero tampoco de avance. Fue algo más inquietante: administración del colapso. Ajustar expectativas. Ganar tiempo. Evitar el pánico. La COP30 mostró un mundo que sabe lo que ocurre, pero no ha decidido todavía comportarse como si lo supiera de verdad.

El cambio climático ya no es una amenaza futura, sino un marco dentro del cual ocurre toda la política. Afecta a la economía, a la seguridad, a la migración, a la democracia. Sin embargo, sigue siendo tratado como un tema sectorial, una carpeta más en la agenda.

La cumbre terminó con comunicados, aplausos moderados y la promesa de seguir dialogando. Afuera, la Amazonía seguía ahí, paciente y herida. El problema no es que falten datos, ni incluso soluciones. El problema es más antiguo y más humano: nadie quiere ser la generación que admita que el modo de vida dominante es inviable.

Y sin esa admisión, toda cumbre es apenas una pausa elegante antes de que la realidad vuelva a hablar, esta vez sin micrófonos ni traducción simultánea.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

CELESTE Y YO

Ficción

Fumaré un cigarro tan grande que necesitaré a la luna como cenicero, Celeste.

Lo dije sin pensar, apenas un murmullo en medio del desierto de sal donde tú y yo habíamos decidido acampar para ver cómo el mundo se apagaba. Tenías los pies descalzos, enterrados en cristales blancos, y los ojos fijos en el horizonte como si esperaras que el sol se rindiera ante ti. El viento soplaba como un suspiro largo, y en el cielo las primeras estrellas se asomaban tímidas, conscientes de que asistían a un final.

—Siempre tan dramático —dijiste, dándome una piedra con forma de corazón—. ¿Piensas fumar tu derrota o tu gloria?

—Lo que quede —respondí—. Lo que no hayas querido quedarte tú.

Celeste era así. Venía con las tormentas, se iba con las migraciones. La conocí en una manifestación de relojes rotos, en un país que había olvidado el tiempo. Desde entonces, habíamos recorrido juntos todas las fronteras que existían y otras que nos inventamos. Pero ahora, estábamos en el último mapa, y yo aún no sabía si era una despedida o un reinicio.

Encendí el cigarro, uno enorme, artesanal, envuelto en hojas de atlas y sellado con ceniza de poemas quemados. Cuando lo llevé a los labios, sentí que el mundo se volvía más ligero, como si todo lo vivido pesara un poco menos con cada bocanada. El humo se elevaba en espirales lentas, y al tocar el cielo, se curvaba hacia la luna, que parecía encenderse poco a poco, cómplice silenciosa de mi ritual absurdo.

—¿Sabes qué pasaría si realmente usaras la luna de cenicero? —preguntó Celeste, sentándose junto a mí—. Se apagaría tu cigarro. No por falta de fuego, sino por respeto.

—Entonces dejaría de fumar. Y te invitaría a bailar.

—¿Sin música?

—Siempre hay música. Lo que no siempre hay… eres tú.

Ella no dijo nada. Pero me alcanzó la mano.

Y bailamos. Entre columnas de humo, estrellas insomnes y el recuerdo de todas las veces que el mundo estuvo a punto de acabar y no lo hizo. Celeste giraba como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Y yo, con cada paso, recordaba que aún podía elegir a qué sueños no renunciar.

La luna, blanca y quieta, nos miraba. Y por primera vez, pareció sonreír.

Porque a veces, para encender lo que importa, basta con decir algo absurdo… y hacerlo poesía.

Secretos sacados del libro de Cleopatra

Ficción

Para hacerse amar de los hombres o, en su defecto, conservar el cutis suave, fino, blanco y agradable al tacto

Tómese un licor llamado agua de Citiso, que los antiguos filósofos conocían con el nombre de Akarim, déjese en un vaso descubierto expuesto tres noches a las influencias de Urano, Marte y Venus, y luego veinte y cuatro horas del sol; entonces se retira, y se mezclan algunas gotas con la leche fresca de vaca o cabra, aunque es preferible la de yegua o burra, y al cabo de cinco minutos se lava con esta mezcla las manos o la parte que sea. Cleopatra, por ejemplo, se hacía llenar una piscina con leche de burra virgen a este solo efecto y no sólo conquistaba hombres sino incluso imperios.

Para que la piel resplandezca como el alba de Egipto

Tómese un licor llamado agua de heliotropo, que los sabios caldeos veneraban bajo el nombre de Zareph. Déjese reposar en un cuenco de alabastro durante dos noches al claro influjo de Venus y la Luna creciente. Luego, antes del alba del tercer día, introdúzcase en el baño un trozo de ámbar rojo envuelto en hojas de mirto. Esta infusión, mezclada con cinco gotas de esencia de jazmín, debe aplicarse sobre el rostro con un velo de lino, sin hablar palabra durante el acto. Dicen que Cleopatra lo usaba antes de cada aparición pública, y ningún hombre podía sostenerle la mirada sin caer rendido a sus pies.

Para encender el deseo en el corazón de un soberano

Árdase una mezcla de canela, almizcle y raíces de mandrágora en un pebetero de bronce, y en el humo espeso que se alce, dibújese con la mano izquierda el símbolo de Isis desvelada. Acto seguido, tómese una gota de aceite de nardos silvestres y colóquese detrás de cada oreja y en la curva interior de la muñeca. Este rito debe realizarse en la hora exacta del ocaso, cuando el cielo se tiñe de rojo, y jamás debe repetirse dos veces bajo la misma luna. Con este secreto, cuenta el papiro, Cleopatra doblegó la voluntad de César como se dobla una hoja de papiro mojada.

Para conservar la juventud más allá de los años

Recójanse pétalos de rosa al despuntar la aurora, antes de que el sol los haya tocado. Se maceran en miel pura del desierto, junto con una pizca de sal de Amón y cinco granos de polvo de ópalo. La mezcla se guarda en un frasco de cristal oscuro y se deja reposar siete días bajo tierra, entre raíces de granado. Una vez filtrado el ungüento, se frota cada noche sobre el cuello y el pecho, pronunciando en voz baja el nombre de una diosa antigua e ignota. Así, aseguran las tablillas, permanecía Cleopatra inmutable ante los años, como si el tiempo se negara a tocarla.

El Bosco /2

Ficción

INSPECTOR (OFF)

Lo encontré en las afueras del pueblo, en la vieja fábrica de catequesis que todos decían abandonada. Había rastros de arrastre en la hierba húmeda. Y, en las paredes, pintados con hollín y sangre, aparecían símbolos que no reconocí… hasta que los comparé con los grabados del Infierno de El Bosco.

No eran simples garabatos. Eran fragmentos exactos: el hombre-árbol del Jardín de las Delicias, los rostros deformes del infierno musical, las aves con coronas que devoraban cuerpos humanos. Todo estaba allí, como si alguien hubiera arrancado esas criaturas del lienzo y las hubiera colocado en las paredes.

Avancé con la linterna temblando. Y entonces lo vi.

TESTIGO (OFF)

Estoy colgado. Atado con sogas que huelen a humedad. No sé si estoy despierto o soñando. Frente a mí hay tres paneles de madera, como los de un tríptico. Bosco los está pintando, pero no con pinceles. Con sangre. Con pedazos de cosas que no quiero reconocer.

—Es el último paso —me dice, con voz suave, casi cariñosa—. Tú eres el centro del panel. Sin ti, no hay cuadro.

En el panel izquierdo ha pintado un paraíso corrupto, lleno de hombres desnudos con rostros de animales. Me recuerda a las visiones que describía Dante al entrar en los círculos del Infierno, pero aquí no hay jerarquía, no hay castigo… solo una fiesta enferma.

En el derecho, un infierno mecánico, con máquinas de tortura hechas de huesos y relojes sin manecillas. Me hace pensar en las visiones de Milton, pero más caóticas, como si la caída no tuviera fin.

Y en el panel central… estoy yo. Bosco me está pintando a mí. Pero no es mi cuerpo lo que aparece, sino mi rostro deshecho, mi carne convertida en polvo verde. Y detrás de mí, ella, la mujer de sombras, me sostiene como si fuera un niño.

Quiero gritar. No puedo. Mi voz está atrapada.

BOSCO (OFF)

Todo está dispuesto.

El tríptico debe ser viviente, no solo pintado. Por eso el testigo está suspendido en el centro, justo delante de su propio retrato. Pronto será él mismo y su reflejo, como en las visiones de El Bosco, donde las criaturas se devoran y se duplican en un eterno regreso.

En el ala izquierda, he colocado a las ranas que croan dentro de relojes rotos. En el ala derecha, el arpa hecha de tendones sigue sonando con cada gota de sangre que cae. Y en el centro, cuando su respiración se detenga, abriré su pecho. Dejaré al descubierto su corazón como si fuera una esfera de cristal, y entonces ella entrará.

Ya la siento cerca. Su nimbo se dibuja en las paredes.

INSPECTOR (OFF)

Entré en la nave principal de la fábrica. Mi linterna iluminó algo que nunca debería haber existido.

Era… un altar, pero no como los de las iglesias. Era un altar de carne y madera, cubierto de restos de cuadros, de páginas arrancadas de libros antiguos. Vi citas de La Divina Comedia, escritas en sangre:

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

Y junto a ellas, fragmentos de El Paraíso Perdido:

Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.

En el centro estaba él. El testigo. Vivo. Atado. Y detrás… un hombre con un rostro tranquilo, casi amable. Bosco.

—Sabía que vendría —me dijo sin mirarme—. Usted también forma parte del cuadro.

Vi los paneles. Vi el infierno que estaba creando. Y por un segundo, creí entenderlo. Creí ver algo detrás de todo eso, algo más grande que nosotros.

Y entonces la vi a ella. La mujer de sombras.

Estaba de pie, justo detrás de Bosco. Me miraba. Sonreía.

TESTIGO (OFF)

La oigo. Está aquí. Ella ha llegado.

Bosco me toca la frente. Y cuando lo hace, todo cambia. Ya no hay paredes. No hay fábrica. Solo un espacio infinito, lleno de figuras flotantes, mitad humanas, mitad bestias, como en los cuadros de El Bosco. Y en el centro, ella, inmensa, hecha de polvo y verde.

Me dice, sin hablar:

—Mira lo que siempre estuvo oculto.

Y entonces lo entiendo todo.

No hay escape.

BOSCO (OFF)

El inspector ya ha visto su rostro. Ahora también está marcado. Pronto lo oirá en sueños. Pronto sabrá que no soy yo quien elige. Ella elige.

El tríptico está completo. Pero no es el final. Es solo la primera tabla de una obra mayor.

Pronto habrá más.