Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

20 comentarios en “Bella durmiente

  1. ¡Bonito! 🙂

    Mi interpretación:

    «No, que no sea él…». Siempre lo evito. Cuando veo que entra en el portal me espero unos inquietos minutos antes de entrar para que no nos tropecemos en el ascensor. Abro la puerta y es él. Me grita enfadado por no sé qué cosas, el alquiler, el ruido, las visitas. Veo que la niña de mis ojos ha sido arrancada de entre los brazos de Morfeo y se agita demandando atención, asustada por el griterío. Las telas entre las que le había envuelto están esparcidas por el suelo, mezcladas con sus sollozos. Cuando, aprovechándome de la autoridad que me confiere mi altura, consigo acallar a mi vociferante interlocutor, me despido de él y comienzo a desfacer el entuerto. Dos horas, un biberón y varias nanas más tarde me desplomo en la cama. Por fin.

  2. Mi interpretación es más psicoanalítica:

    Me estaba haciendo una paja. Alguien llama. Salgo con la sábana puesta. Al ver que es el portero gritando, pierdo la sábana por el azoramiento y dejo al descubierto mi «bella durmiente».

  3. Te falta por explicar la parte de la «liberación de la bella durmiente» y también lo de desplomarse. Dado el escenario que provees, se plantean múltiples posibilidades 🙂

  4. No, no puede ser, porque dice «tendido». Por lo tanto, el protagonista es masculino.

    …a no ser que la portera se vea a sí misma con otros ojos.

  5. Nos estamos extralimitando en nuestras conjeturas. Quizás no haya que suponer causa-consecuencia ¿no? Veamos, me surgen las siguientes dudas:

    el que se desploma ¿es de género masculino, tiene un secreto y es grande como una montaña?
    ¿la bella durmiente y la doncella son lo mismo? es femenino pero, ¿se trata de una persona o es una «cosa»?
    -El enano ¿ha venido antes o después del nudo de la acción (el envolvimiento cae)? quiero decir: hay tres acciones que podemos considerar planteamiento (viene el enano), nudo (el envolvimiento cae) y desenlace (el protagonista se derrumba por la liberación de la doncella)… pero ¿en qué orden se producen realmente?

  6. En realidad, la narración estrecha las posibilidades, ¿no es así?
    Sólo algunos de los supuestos pueden ser posibles. De los tres elementos planteados, dos están necesariamente en orden y uno es indeterminado.

    Supuesto A:

    Llega el enano.
    Se despierta la doncella.
    Me desplomo.

    Supuesto B:

    Se despierta la doncella.
    Llega el enano.
    Me desplomo.

    Supuesto C:

    Se despierta la doncella.
    Me desplomo.
    Llega el enano

    Supuesto D:

    Llega el enano.
    Me desplomo.
    Se despierta la doncella.

    Supuesto E:

    Me desplomo.
    Llega el enano.
    Se despierta la doncella.

    Supuesto F:

    Me desplomo.
    Se despierta la doncella.
    Llega el enano.

  7. Rayos… ya lo he vuelto a hacer…

    Lo siento. Supongo que es deformación profesional. Aunque ahora que lo pienso hago lo que hago porque mi manera de pensar me hizo desembocar de manera natural en ello, con lo cual se puede asumir que no cejaré en mi automático empeño de enfocar las cosas analíticamente.

    En cualquier caso, siempre puedo intentar aprender. Gracias por el aviso 🙂

    Probaré de nuevo:

    Mmm…

    Me estaba masturbando mientras miraba a mi compañera de piso dormida en el sofá. LLevaba un condón puesto para no tener que limpiar después, pero el enano, que es el hijo que viaja en mi agridulce descarga, ha empujado con tanta furia que ha arrancado el profiláctico de mi miembro, erecto en su modesta plenitud, resbaladizo de pasión contenida. La envoltura de mi herramienta cae sobre ella, que se despierta al instante y yo, golpeado duramente por la más horrible vergüenza, me desplomo fingiéndome desmayado. Esta estratagema me ha funcionado en otras ocasiones, así que ¿por qué no probar?

    ¿Mejor? 🙂

  8. Ahí le has dao, una única interpretación que además es la más divertida. Admitido en el club. Puedes solicitar tu ingreso como autor de sky4you. 😉

  9. Eva Víbora said:

    Admitido en el club. Puedes solicitar tu ingreso como autor de sky4you.

    Como antes citaba, […]tan incentiva pintura los sentidos me enajena y el alma, ardiente, me llena de su insensata pasión.. Mas, ¿qué tiene este humilde pintor de palabras que decir que a tan experimentados letrados (¡qué efímero deleite, la cacofonía!) pueda interesar? Y os pido, mi ofidia señora, que no dudéis de la sinceridad de mis palabras ni las confundáis con falsa modestia, pues no me llega la experiencia en estos lares como para suplirla.

    Si vuecencia pudiera proveerme de la lista de cosas que se esperan de aquellos que obtienen el derecho de escribir, de seguro me sentiría menos atemorizado 🙂

  10. Reapunté el dominio esta tarde. A mi me funciona ahora, pero es posible que haya que esperar unas horas más para que se propague la IP. A modo de plan B, esta dirección sí que debería funcionar.

    ¡Qué poco poética ha sido esta respuesta!

    ¿Será que el cansancio y el dolor de ojos «detrimentan» (verbo recién manufacturado para la ocasión) la hermosura de la comunicación?

  11. A mi sólo me da para una paja, lo de la compañera de isilion es un lujo lujurioso.

  12. además, se me olvidaba, no creo que sea para desmayarse que te vea tu compañera, pero que te pille el portero, joder eso tiene que joder!

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