El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

Sobre el arte de desaprender

No ficción

He sospechado, desde hace tiempo, que todo aprendizaje verdadero encierra, como su sombra inevitable, un olvido. Los maestros, esos custodios de lo esencial, nos conducen por senderos de claridad: nos enseñan a nombrar el mundo, a ordenar el caos, a distinguir lo verdadero de lo falso. Con ellos, el conocimiento parece un ascenso, una lenta escalera hacia una biblioteca infinita que, sin embargo, promete sentido.

Pero existe una etapa posterior, menos celebrada y más ardua: la de desaprender lo que los ignorantes nos imponen. No es un olvido natural, como el que sugiere Pascal cuando habla de la fragilidad de la memoria; es un ejercicio deliberado, casi ritual.

Imagino un extraño libro –quizá escrito en Alejandría, quizá en un espejo– que contenga únicamente argumentos erróneos. En sus páginas, la Tierra sería plana, el tiempo un invento de los relojeros, y toda evidencia, una conspiración urdida por mentes demasiado lúcidas para ser confiables. Los ignorantes leen ese libro con devoción, sin saber que no existe, o peor aún, sin sospechar que ese libro son ellos mismos.

El problema no es su error, sino su convicción. Como en los laberintos de Tlön, donde las ficciones se vuelven reales, sus palabras –repetidas con fervor y ligereza– terminan por infectar el aire, obligándonos a desmontarlas, una a una, como quien deshace un hechizo. Así, el discípulo de los maestros, armado de razonamientos y dudas legítimas, debe iniciar una segunda peregrinación: desandar lo falso, vaciar lo aprendido por imposición, recuperar el silencio interior que la necedad ahoga.

He comprendido, no sin cierta melancolía, que el saber no es una acumulación sino una delicada balanza entre lo que se acepta y lo que se renuncia a aceptar. Aprendemos, sí, pero para luego proteger ese aprendizaje de quienes, sin saberlo, trabajan para desfigurarlo.

Quizá el verdadero conocimiento no consista en conocer más, sino en preservar lo aprendido del desgaste que provoca la ignorancia ajena. Como en un cuento de arena, cada verdad está destinada a ser borrada, y el único mérito del sabio es escribirla, una y otra vez, sabiendo que mañana tendrá que empezar de nuevo.

Primero están los maestros. Los verdaderos. Aquellos que, como Sócrates, no te llenan de respuestas sino de preguntas, que te enseñan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y sospecha. Ellos siembran en ti el noble germen del pensamiento, esa pequeña llama que ilumina incluso cuando la niebla social es espesa. Y tú, aplicado discípulo, crees ingenuamente que el viaje termina allí.

Pero no. Después de aprender de los maestros, toca el penoso deber de desaprender de los ignorantes.

Ellos aparecen siempre, como personajes secundarios en una novela de Dostoievski: contradictorios, ruidosos, convencidos de poseer una verdad tan absoluta que no necesita prueba alguna. Te toman de la mano –con la misma seguridad con la que Alonso Quijano tomó la lanza– y te llevan a un universo paralelo donde las certezas se disuelven, y la lógica, pobre criatura, muere lentamente de inanición.

Allí te explican que la Tierra es plana “porque lo vio en un video”, que las vacunas alteran el ADN y que todo lo que no encaje con su relato es un invento de “los poderosos”. Uno, que venía de leer a Borges, de entender que la verdad puede ser un laberinto, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto mucho peor: el de la necedad.

Y no sirve citar a Montaigne, ni recordar que Galileo tuvo que retractarse, ni siquiera evocar la paciencia de Flaubert para describir la estupidez humana. No. Ante el ignorante ilustrado –esa criatura moderna que desconoce, pero con orgullo–, cualquier argumento es solo leña para su hoguera de certezas.

Así que aprendes, o más bien desaprendes. Olvidas la precisión de las palabras, la disciplina del razonamiento, la cortesía de la evidencia. Adoptas el idioma del “bueno, cada quien con su opinión” para evitar que la conversación termine en un callejón kafkiano, sin salida y lleno de absurdos.

Y mientras sonríes con cortesía fingida, recuerdas a Shakespeare: “El necio se cree sabio, pero el sabio sabe que es un necio”. Quizá, piensas, este es el verdadero examen final que los maestros nunca anuncian: no demostrar lo que sabes, sino resistir la tentación de debatir lo que no vale la pena.

Al final, el ciclo es eterno y casi literario: se aprende para luego desaprender. Una tragicomedia humana que Cervantes habría narrado con más gracia, pero que a nosotros nos toca protagonizar con discreta resignación.

Elogio de la literatura

No ficción

Oh misterio de las palabras, tú, vasta arquitectura del ser que se reconoce a sí mismo, donde el verbo se transfigura en el sueño fecundo y el tiempo se vuelve carne transparente. La literatura no es sino el altar invisible donde se consagra el hálito divino que nos habita, ese hálito que no cesa de ser sombra y luz, fulgor y penumbra, música callada que atraviesa la piel del mundo.

En tus páginas reverbera la materia primigenia del cosmos, el grito originario que en la tinta se disuelve para renacer en cada lector, en cada voz que se entrega al rito sagrado del sentido. Tú, lengua donde se amontonan los siglos, tú, invocación perpetua a lo indecible, altar y espada, laberinto y cumbre, refugio y asedio.

La palabra literaria es fuego que no se consume sino que transmuta, es ese polvo mágico que recubre la memoria y la eterniza en la página viva, esa llama que quema sin destruir, que transmuta la muerte en perpetua presencia. En tu nombre, el tiempo se despliega como un abanico infinito y el ser se desnuda en su perpetuo devenir.

Oh literatura, templo de sombras y resplandores, manantial de lo sagrado y lo profano, tú que desafías el olvido y dibujas en la carne del hombre el mapa secreto de su existencia, tú que en la cadencia de tus versos y en el esplendor de tus prosas invitas a la comunión con lo absoluto, a la reconciliación con el misterio.

Que la literatura sea siempre la puerta abierta al milagro, la rosa que despunta en el desierto, la música del verbo que nos redime y nos eleva. En ti, palabra y sueño se abrazan y el hombre se vuelve Dios por un instante, en la eternidad frágil de la lectura.


💡
La literatura es una forma de arte que utiliza el lenguaje para expresar ideas, emociones y pensamientos. A través de la literatura, los autores pueden crear mundos imaginarios, contar historias, describir lugares y personas, explorar temas y transmitir mensajes importantes.

La literatura se ha desarrollado a lo largo de la historia humana y ha tomado muchas formas y estilos diferentes. Incluye géneros como la poesía, la prosa, la novela, el cuento, el ensayo, la autobiografía, la crónica y el drama, entre otros.

La poesía es una forma de literatura que utiliza la rima, el ritmo y la metáfora para crear imágenes y evocar emociones.

La prosa es un estilo de escritura más directo, que se utiliza en la mayoría de los textos no poéticos.

La novela es un género narrativo que cuenta una historia a través de una trama y personajes complejos.

El cuento es una forma más breve de narrativa, que se enfoca en un solo episodio o incidente.

El ensayo es una forma de escritura que explora un tema en profundidad, a menudo con un enfoque personal.

La autobiografía es un género que se enfoca en la vida del autor, mientras que la crónica es una forma de escritura que narra los eventos de la historia en tiempo real.

El drama es una forma de literatura escrita para ser representada en un escenario.

La literatura no solo tiene valor estético, sino que también puede ser una forma poderosa de reflexionar sobre la vida y el mundo que nos rodea. A través de la literatura, podemos entender y apreciar diferentes culturas y puntos de vista, y conectarnos con la humanidad a un nivel más profundo.

Confesiones poéticas

Poesía

Desvelar tras el humo,
una verdad en ruinas,
que se desliza entre las sombras
como un fantasma de carne y alma.

Recibirían, locuras enganchadas a las carnes,
gallos y sapos, ingenuos,
danza de bestias en el eco del abismo,
quien hubiera habitado tu cama
tan segura de sí misma,
blindada del combate de los días.
Pero el mundo se desgasta
y el sabor que dejaste
en mi lengua es un grito silenciado,
un eco amargo en el laberinto de las obligaciones.

Rodábamos, sí,
por dramas que no eran más que espejos rotos,
fragmentos de vidas ajenas
en los que nos ahogábamos sin querer.
Pero todo tiene un precio,
y la cuenta debería pagarse
en muebles de poder y de olvido,
en silencios que ahora ya no duelen.

Ni tu magia,
ni tus palabras,
ni tu caricia escapista
podrán secuestrarme.
Soy dueño de mis cadenas,
de mi sacrilegio compartido,
de este grito insostenible
que rasga el aire
y cae como lluvia en la tierra baldía.

Ambos necesitamos
gritar a las orugas,
a esos gusanos que transforman,
que destruyen para crear,
que nos llaman a renacer
en un mundo que aún no conocemos.

Atraed, narrador,
con tus cánticos espirituales
y tus avellanos mágicos,
lleva este caos hacia un destino nuevo,
donde las sombras se disuelvan
y la luz se forje
en la fragua de nuestros propios deseos.

BARDO

Ficción

Lista polintrocárpica en Do sostenido menor:

sexo de inmersión, hora de ciento veinte minutos, domingo petrificado, periódico crujiente, lentejuela de mandil, peineta de neón, cuerda de intestino, patín de pan… con queso, píldora de zinc, peine anular, lengua de papeleta, hilo de madera, lunes de cobaya, sorbo de cucurucho, anzuelo de lacrimal, lluvia de serrín, moqueta de escorpiones, bolsa de vacío, lapicero de trigo, cojín sanguíneo, orinal de besos, raqueta de cristal, pelota de folículos, telaraña de escalpelos, nube de azafrán, laberinto nasal, castigo embotellado, filtro de mazapán, sarcófago de aerofagia, sufragio occipital, hermano de semen, hucha de ranuras, arruga de lodazal…

Nefastissimus

Poesía

guadaña que le alarga
de regalo forzoso
sobre el héroe primero
qué hacer con lo que vivo?
ley rige el cruel tablero
labor será quimera
me rodea su presencia
la orilla que sutura
dudando en el alero
que todavía excitada
alegre pulse un verso
la lluvia no era suave
a las esferas del seis
viste letal esencia
lo que me estás pidiendo
al muro encaramada
ensalza al que se inclina
miradas de serpiente
sólo quedó poesía
como duna que emerge
desteje incertidumbres
por nácar irisado
de fraterna indolencia
de los carros ajenos
acaso es el destino
por todo su dinero
como labio ligero
por los pelos aferra
publicamos primero
infunde nuevo fuero
con labia laborable
mas tus deseos no valen
se extiende el derrotero
oculto en la sentina
extraiganle a los mares
bella hasta en la demencia
porque en lo impropio nada
de ti me ha hecho sincero
de la rabia indomable
sangre que se detiene
de unidad, qué profunda
o tú o lo venidero
pezones de estricnina
si sólo fuera helada
viles o repelentes
alusión a la fiebre
no inventó la carencia
del estado latente
memoria que imagina
amarga piel besada
madre tan submarina
el malestar hechizo
dando un sentido nuevo
que primero recuerde
hermano que ama a hermano
alarga un huso ausente
el pan que no germina
en franca disciplina
hay que darle en el pecho
lo distinto es hermoso
solo en las negaciones
no está en venta el paisaje
atroces días mudos
sonriendo indulgente
más no se difumina
mis sueños de clemencia
cabeza es espantosa
tornase en aguacero
por paradoja, el río
haciéndome a mí pobre
cabeza que, postrera
bullente el hormiguero
agonizan muchachos
de los oscuros tiempos
reverdece en afluente
mayo, dolor, morfina
la gota suspendida
también piel insurgente
nuestros sueños imberbes
linde o flujo voraz
imposible aguacero
nuestros sueños deciden
la luz que ríe y declina
límite, umbral, paso postrero
latente en la neblina
por nuevo derrotero
rodeada de ausencia
quiero que ya lo sepas
me pregunto intrigado
su figura esplendente
bajo un cielo infinito
mi casa silenciosa
conjugando los verbos
por qué se equivocaba
el alma ya es certera
no corran por las playas
hasta en el desespero
que avanza cual la sed
con gurús sin solvencia
buscaba en sus calores
tus labios que se cierran
por huir de lo adyacente
la fuente que bebiste
que al fin estalla el gesto
en similar secuencia
en el gran laberinto
tenebrosa conciencia
que jamás se termina
agotó mi paciencia
con más fiebre termina
mezclándose en tus venas
pateras y decencia
libre y vital me hermano
todo texto indolente
con rigor que se instala
la ecuación sea servida
acercarse, con prisa
tan fugaz cual esquina
un temblor que se inicia
da pie a la disidencia
sangre que riega el torso
radical risa alpina
de cuerpo lastimero
criatura más salvaje
el ritmo de las olas
materia o carne muerta
se encara codiciosa
por temor al intruso
lo que en ti más quiero
con manto de guerrero
sube por la pendiente
igual que una pechina
hallé solo su inquina
llega el común hastío
si tanto la quería
esparce el fruto amargo
lo que de ti más quiero
sangre que niega al corso
que todavía conservo
acaso es el damero
beneficencia ciega
y un orgasmo truncado
como siempre dañina
agotada la ciencia
ingente y laborioso
del tarro nunca abierto
tras quienes les dominan
o indiferente o bella
deviene la conciencia
el hundido rebaño
agostó mi potencia
cometió con esmero
ofensa se contagia
demandando obediencia
por las fiestas Lunares
un alma tan mezquina
pues ella enfrenta al sol
por qué no yace entera
huyen vanos y alados
en forma de aguacero
de semblante inocente

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

El alma es la habitación del olvido

No ficción

El alma es un vasto laberinto, lleno de esquinas ocultas donde el olvido se refugia. Es un lugar inasible, siempre desvaneciéndose, como la sombra de una nube en movimiento. Ahí se alojan los fragmentos deshechos de lo que fuimos, lo que quisimos ser, lo que alguna vez pensamos haber comprendido. Su naturaleza es ligera, flotante, casi etérea, porque el olvido no pesa; se desliza como un susurro que jamás llega a pronunciarse.

Los huesos, en cambio, son el testamento del recuerdo. Son testigos silenciosos de cada gesto, cada caída, cada abrazo. Cada grieta, cada surco en ellos es una marca del tiempo, una cicatriz de las memorias grabadas a fuego lento. Los huesos son duros, sólidos, como las verdades que uno ya no puede sacudir, cargados del peso de los años. En ellos reside una historia ancestral, inscrita en su rigidez, en su estructura inmutable, preservando lo que el alma se empeña en borrar.

Así, el alma y los huesos son opuestos y complementarios: mientras uno se diluye en el río del olvido, los otros sostienen con fuerza las raíces del pasado. Ambos nos componen, entre la levedad y el peso, entre lo que se va y lo que se queda.

Los huesos son los pilares invisibles que sostienen la vida, guardianes del secreto de la existencia. Bajo la piel, bajo la carne, ellos son las columnas de un templo antiguo, ese santuario que el cuerpo erige sin saberlo. Los huesos hablan en un lenguaje mudo, pero su historia es profunda y resonante; llevan consigo el peso de generaciones, de todo lo que hemos sido y lo que seremos.

Son fragmentos de piedra esculpida, endurecida por el paso del tiempo, grabados con el eco de las memorias. Cada hueso es una palabra, una línea escrita en el libro del ser. No solo sostienen el cuerpo, sino también las historias que este cuerpo ha vivido. El cráneo, cúpula que protege los pensamientos y los sueños, es la bóveda donde habita el misterio de la mente; las costillas, protectoras del corazón, envuelven con su rigidez frágil los deseos, los amores, las heridas invisibles.

Los huesos tienen la capacidad de durar mucho más allá de la carne que cubre sus formas. Incluso cuando el resto de nosotros se haya disuelto en la tierra, ellos seguirán ahí, custodiando con su estoicismo el pasado, convirtiéndose en reliquias de lo que alguna vez fue. Si se los contempla desde la distancia del tiempo, adquieren un aura casi sagrada, como si en su blancura perdurara una verdad fundamental. Los huesos, cuando se exhuman, revelan no solo la muerte, sino también la vida: cada fractura cuenta una historia, cada articulación desgastada revela el movimiento, la lucha, el esfuerzo por existir.

Pero no debemos verlos solo como símbolos de la rigidez o la permanencia. A pesar de su apariencia de piedra, los huesos son también flexibles, adaptables. Ceden ante la presión, se fracturan para sanar, se deforman para acomodarse al cambio. En esta contradicción —su dureza y su capacidad de ceder— los huesos nos enseñan algo sobre la naturaleza humana: el recuerdo puede ser inquebrantable, pero también debe saber transformarse, volverse fluido, para no quedar atrapado en el pasado.

Y si pensamos en los huesos en términos más poéticos, podríamos verlos como una metáfora del mapa de nuestra vida. Cada hueso es una encrucijada, un sendero que hemos recorrido o que nos queda por andar. Las falanges de nuestras manos son los dedos que han tocado el mundo, que han acariciado la piel del ser amado, que han sostenido con firmeza y que se han soltado cuando el adiós fue inevitable. Las vértebras, una a una, son los escalones que subimos en cada día, sosteniendo el peso del cuerpo y el alma, manteniéndonos erguidos en medio de la tormenta.

Hay una belleza austera en los huesos. No necesitan adornos, no buscan la atención. Son los héroes anónimos de la existencia, trabajando en silencio para sostenernos, para darnos forma. Y aunque a menudo se asocian con la muerte —con la visión del esqueleto desnudo, con la danza macabra que todos eventualmente bailaremos—, los huesos, en su esencia más pura, son un recordatorio de la vida que llevamos, de las marcas que dejamos. No son meros restos; son los custodios de lo que alguna vez fuimos, fragmentos de nuestra permanencia en este mundo.

En ellos resuena la eternidad y el olvido. Porque al final, los huesos no desaparecen del todo; siguen ahí, invisibles, ocultos bajo la tierra o bajo el peso de los siglos. Y aún en su silencio, nos cuentan la historia más antigua de todas: la de nuestro paso por este extraño y hermoso mundo.

Playboy intempestivo

Poesía

Fragua de la noche urbana,
un suspiro de neón se quiebra,
y la sombra, enmascarada en lujo,
desliza su espectro envarado,
por salones de espejos circenses.

Sombras juguetonas, azules
cuerpos de humo, bocanadas
danzan en la penumbra
de un escenario sin aire.

El eco de risas sintéticas
roza las paredes huecas
y un corazón de papel
late de monotonía ceniza.

Días de orín y sangre, agónicos,
gotean por las grietas del tiempo,
y la máscara de cera cruje, estalla,
el vacío se oculta tras un brillo dorado.

Caverna de los silencios nocturnos,
un murmullo, un trazo en la oscuridad.
Plumas invisibles dibujan signos,
constelaciones de un anhelo en fuga.

Refugio de la soledad adusta,
cada sombra es un verso muerto,
el espectro se contempla, hombre
despojado de sus máscaras.

Susurro pobre del viento, sin pan,
memorias de un deseo inefable,
y entre las ruinas de amores efímeros,
florecen pensamientos de barro y luz.

Días de orín y sangre trémulos,
manchas que el tiempo no borra,
la soledad, fiel compañera, como perra,
teje hilos dorados en la noche desierta.

Un laberinto de espejos rotos,
cada reflejo es un recuerdo triste,
y en el centro, un ser sin nombre,
esculpiendo sus ritos en el éter fatuo.