Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana

Ficción

Cuando Laura Alfaro, junto al colectivo SINGEN.RB (Sindicato universitario contra la generación de referencias bibliográficas) produjo y exportó el formato de citación APA 666th edition, el mundo académico se vio transformado por acelerados cambios que condujeron a la presente era neodigital del conocimiento abierto y la consiguiente etapa posthumanista cyborg-felina.

La pérdida de la preservación de las principales fuentes de documentación físicas del planeta, debido al creciente proceso de digitalización documental y hemerográfica, sumado a los múltiples incendios acaecidos durante las décadas de los 2040-50´s a causa de la crisis climática global, dieron lugar a una gran pérdida del patrimonio archivístico global.

Paralelamente, los movimientos por el libre conocimiento y la lucha contra la propiedad intelectual academicista tomaban fuerza a nivel global, demandando la búsqueda de nuevas formas de reproducción del saber, y de reconocimiento intelectual más colectivas y redistribuidas.

Prrrrrr…. Prrr…

Miau miauu miauau miiiimimiauu Marramamiau..

No fue hasta la III Asamblea internacional por la cultura libre, en la que convergieron grupos y actores globales como el Partido pirata de Suecia, los movimientos Free Culture y Free Software, la organización Creative Commons, y el Sindicato SINGEN.RB, con la colaboración de la American Psychological Associaton, cuando se oficializó y emitió el formato de Citación pirata APA 666th edition. Un formato de citación consistente en un virus cibernético que cada vez que era empleado por cualquier usuario para referenciar y citar autores y obras, éstas eran automáticamente eliminadas de la faz de internet. Este formato de citación cambiaría, no sólo las tradicionales dinámicas de reconocimiento y propiedad intelectual, sino que también, favoreció el proceso de eliminación y desaparición de la gran mayoría de fuentes de conocimiento y archivos digitales del planeta.

MiiiiiiiuuuauuauaAAAuuuu. Prr. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Lwanw.

Este proceso supuso una auténtica catástrofe para la especie humana, toda una serie de crisis y regímenes autoritarios emergieron a consecuencia de ello, desde las guerras propiciadas por los autores y artistas resignados entre los años 2074 y 2090, reacios a perder sus fuentes de financiación, hasta las numerosas dictaduras globales lideradas por partidos y figuras ultraderechistas que se vieron favorecidas por la pérdida de instrumentos legítimos de atribución de fiabilidad y credibilidad a las fuentes de información científicas.

Este proceso no tuvo fin hasta la eliminación y desaparición de la totalidad del conocimiento mundial, dando lugar a la Era del Vacío y el Mutuo Acuerdo (año 3.000 A.Gatos.). Esta Era se caracterizó por la ausencia de conflicto social y político. La desaparición de fuentes, obras, e ideas contrapuestas generó un absoluto consenso humano global, culminando con la paz mundial y el periodo de la complacencia y docilidad humana. Los individuos dejaron de oponer resistencia a cualquier sugerencia, petición o propuesta elevada por otros, de manera que nunca jamás hubo conflictos intraespecie.

La emancipación felina se inició gracias a la primera toma de conciencia de la casta doméstica, que, tras percibir la auténtica complacencia humana de todas sus demandas, ya fuese, mayores dósis de pienso, agua, presencia del dueño en el hogar, y caricias de duración ilimitada, comenzaron a sospechar y cuestionar el estado cognitivo de la especie, y organizaron mediante ondas alfa transmitidas por sus ronroneos, en una frecuencia imperceptible por la especie humana, una conversación intergational para reflexionar sobre la pérdida de agencia humana y replantear los horizontes futuros de acción. No fue hasta el momento en el que la conversación interronroneante alcanzó a los gatos del norte de África y Egipto -los cuáles llevaban conspirando contra la especie humana desde hace más de 4.000 años, desde el período del Reino Medio y el Reino Nuevo del Antiguo Egipto, en el que fueron venerados como deidad, y gozaron de poder y privilegios gracias a la atribución de naturaleza divina- cuando se produjo el inicio de la Revolución Cyborg-Felina.

Gracias a este proceso de constitución del sujeto político felino internacional, y a la disponibilidad y el acceso por software abierto de las recientes y más refinadas herramientas tecnológicas humanas como las nuevas tecnologías cognitivas y los dispositivos de Inteligencia Artificial, fue posible la toma felina de la tecnología para la creación y la replicación de herramientas de traducción neuronal lingüística humano-felina, lo que permitió una comunicación directa y eficaz inter-especie, y la destitución del poder humano en virtud de los nuevos gobiernos felinos en un proceso de transición pacífico y consensuado.

A petición felina, los humanos frenaron el ritmo de producción y consumo global, y fueron obligados a transicionar a una jornada laboral internacional de 6 horas diarias, dedicadas a tareas de reforestación de los bosques, cierre y destrucción de las industrias, fertilización de océanos e inyección masiva de aerosoles para enfriar la atmósfera, con el fin de revertir las consecuencias de la crisis climática, y mantener a la especie ocupada y distraída para evitar posibles recuperaciones de la conciencia disruptiva.

Es por este motivo que la obra de la estimada socióloga y profeta Laura Alfaro, “Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana” es una pieza fundamental de la constitución de la Era Posthumana gatuna, y, a pesar de haber aprendido de los errores humanos, y de las peripecias de la propiedad intelectual, valoramos la relevancia cultural y la importancia política que tiene esta obra en la constitución y fundación de nuestra civilización, para poder referenciar y reconocer su autoría.

La civilización gatuna ha aprendido de las lecciones de la historia humana, por lo que preservamos digital y colectivamente toda obra en archivos digitales abiertos, aplicando el uso de licencias de acceso libre, y otorgando reconocimiento por vías de ronroneo transveral (prrrrrr prr prrrrrrr — — – iiiiiiiiiiiiiiiiiiii) a las ideas y aportaciones de otros felinos, independientemente de su género, raza o condición de otra índole, aunque si bien es cierto que se presentan retos y dificultades a futuro, como la de apaciguar las tensiones con los nuevos movimientos pseudo-pezuñistas por el reconocimiento de derechos civiles jaguariles. Lo cuál necesita de nuevos profetas y planteamientos epistemológicos para alcanzar la justicia e igualdad inter-cyberg-felina.

 

Fir(miau)do: Txispi, discípulo y mascota de la profeta.

Miau, miau miau miau, Miiaaaau. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Estructuras circulares y supercuerdas

No ficción

Introducción

El desarrollo de la física teórica ha dado lugar a una serie de modelos que tratan de explicar la naturaleza del universo en sus niveles más fundamentales. Dos conceptos clave en este esfuerzo son las «estructuras circulares» y las «supercuerdas». Ambos están intrínsecamente ligados a la búsqueda de una teoría unificadora que pueda describir tanto la gravedad como las demás fuerzas fundamentales dentro de un marco coherente. Este ensayo explora qué son las estructuras circulares en la física teórica, cómo están relacionadas con la teoría de cuerdas, y por qué estas ideas son cruciales para nuestra comprensión del cosmos.

Las Estructuras Circulares en la Física Teórica

El concepto de estructuras circulares surge en varios campos de la física. Una estructura circular es una geometría que mantiene simetría bajo rotaciones, lo que implica que cualquier punto de la estructura sigue patrones cíclicos o periódicos. En física teórica, estas estructuras pueden aparecer de varias maneras, pero una de las formas más prominentes es en los espacios compactificados.

Espacios Compactificados

La idea de compactificación proviene de la teoría de cuerdas y de otras teorías que intentan integrar la gravedad con las demás fuerzas fundamentales. En términos sencillos, un espacio compactificado es uno que tiene dimensiones adicionales que están «envueltas» sobre sí mismas de manera circular. Estas dimensiones no son visibles a nuestras escalas macroscópicas debido a su pequeño tamaño, pero tienen un impacto profundo en la estructura del espacio-tiempo.

El ejemplo más sencillo de compactificación es imaginar una dimensión espacial adicional que esté «enrollada» en una circunferencia muy pequeña. Para ilustrarlo, pensemos en una hoja de papel bidimensional: si la enrollamos en un cilindro muy delgado, parecería unidimensional cuando se observa desde lejos, aunque sigue siendo bidimensional a niveles microscópicos. En la teoría de cuerdas, se postula que algunas de las dimensiones del universo están compactificadas en estas estructuras circulares, lo que afecta cómo las partículas y las fuerzas interactúan.

La Teoría de Cuerdas y Supercuerdas

La teoría de cuerdas es un marco teórico que busca unificar la relatividad general, que describe la gravedad, y la teoría cuántica de campos, que describe las otras fuerzas fundamentales: el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil. A diferencia de las teorías tradicionales que modelan las partículas subatómicas como puntos, la teoría de cuerdas sugiere que las partículas son, en realidad, pequeñas cuerdas vibrantes.

Fundamentos de la Teoría de Cuerdas

En lugar de describir las partículas elementales como puntos en el espacio, la teoría de cuerdas las modela como cuerdas unidimensionales que pueden vibrar en diferentes frecuencias. Estas vibraciones determinan las propiedades de las partículas, como su masa y carga. Las cuerdas pueden ser abiertas o cerradas, siendo las cerradas aquellas que tienen una estructura circular.

La importancia de las cuerdas cerradas radica en que su forma circular es la responsable de describir la partícula conocida como el «gravitón», que es hipotéticamente la portadora de la gravedad a nivel cuántico. Esto es crucial, ya que las teorías cuánticas tradicionales han tenido dificultades para describir la gravedad, mientras que la teoría de cuerdas ofrece una explicación natural para su aparición.

Supercuerdas y Dimensiones Extra

La teoría de supercuerdas es una extensión de la teoría de cuerdas que incorpora una simetría llamada supersimetría, que postula que cada partícula conocida tiene una «supercompañera» con propiedades cuánticas diferentes. La incorporación de la supersimetría permite que la teoría de cuerdas sea consistente en términos matemáticos y ofrezca un marco más robusto para describir el universo.

Uno de los aspectos más fascinantes de la teoría de supercuerdas es que requiere de un número mayor de dimensiones espaciales para ser matemáticamente coherente. Mientras que en nuestra experiencia cotidiana el universo parece tener tres dimensiones espaciales, la teoría de supercuerdas requiere la existencia de hasta diez o más dimensiones. La forma en que estas dimensiones adicionales están estructuradas y compactificadas podría estar relacionada con las estructuras circulares mencionadas anteriormente.

En particular, algunas teorías sugieren que las dimensiones adicionales pueden estar enrolladas en formas geométricas extremadamente pequeñas llamadas «variedades de Calabi-Yau». Estas variedades tienen propiedades matemáticas especiales que permiten la compactificación de dimensiones adicionales sin romper la coherencia física de la teoría.

La Relación entre Estructuras Circulares y Supercuerdas

Las estructuras circulares juegan un papel esencial en la teoría de cuerdas debido a la compactificación de dimensiones. Las cuerdas, tanto abiertas como cerradas, vibran dentro de estas dimensiones compactificadas, lo que determina las características observables de las partículas. La idea de que el espacio-tiempo puede estar «enrollado» en formas circulares o toroidales es una solución elegante para el problema de incorporar dimensiones adicionales en el universo observable.

Además, estas estructuras circulares no solo son relevantes para las dimensiones adicionales, sino también para los propios objetos físicos descritos por la teoría. Por ejemplo, las branas, que son generalizaciones de las cuerdas a dimensiones superiores, pueden tener configuraciones circulares o esféricas que se comportan de manera similar a las cuerdas cerradas, describiendo partículas como el gravitón.

Implicaciones Físicas y Filosóficas

La noción de estructuras circulares y supercuerdas no solo tiene implicaciones en el ámbito de la física teórica, sino también en la filosofía de la ciencia y nuestra concepción del universo. Si bien estas ideas aún no han sido confirmadas experimentalmente, ofrecen una visión intrigante de cómo podría ser la estructura fundamental del cosmos.

Una de las implicaciones más profundas es la idea de que el universo no se limita a las tres dimensiones espaciales que experimentamos cotidianamente. Las dimensiones adicionales y las estructuras geométricas asociadas nos llevan a preguntarnos sobre la verdadera naturaleza del espacio-tiempo y sobre qué significa realmente el concepto de «realidad».

Además, la teoría de cuerdas sugiere que el universo podría estar compuesto por múltiples «universos paralelos», cada uno con sus propias dimensiones compactificadas y estructuras circulares. Esto introduce la posibilidad de que nuestra comprensión actual del cosmos sea solo una pequeña parte de una realidad mucho más compleja y rica.

Las estructuras circulares y la teoría de supercuerdas representan uno de los desarrollos más fascinantes en la búsqueda de una teoría unificadora de la física. Aunque estas ideas aún están lejos de ser comprobadas, ofrecen una perspectiva elegante sobre cómo las fuerzas fundamentales y las partículas elementales podrían estar interconectadas a través de dimensiones adicionales y vibraciones de cuerdas. La noción de que nuestro universo tiene una estructura más rica y compleja de lo que podemos percibir plantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la realidad y los límites de nuestro conocimiento. Mientras la ciencia continúa explorando estas ideas, el potencial de las supercuerdas y las estructuras circulares para revolucionar nuestra comprensión del cosmos sigue siendo inmenso.

Variedades de Calabi-Yau

Una variedad de Calabi-Yau es un tipo especial de espacio matemático que juega un papel crucial en la teoría de cuerdas, una teoría que intenta unificar las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza en un marco coherente. Para entender mejor qué es una variedad de Calabi-Yau y por qué es importante en la física teórica, veamos sus características y contexto:

Definición y Propiedades Matemáticas

En términos sencillos, una variedad de Calabi-Yau es una clase de espacio geométrico complejo que tiene propiedades muy específicas. Algunas de sus características clave son:

  • Dimensiones complejas: A nivel matemático, las variedades de Calabi-Yau son espacios que tienen un número específico de dimensiones «complejas», que son el doble de las dimensiones «reales». Por ejemplo, una variedad de Calabi-Yau de tres dimensiones complejas tendría seis dimensiones reales.
  • Curvatura Ricci plana: Uno de los aspectos más importantes de las variedades de Calabi-Yau es que tienen una curvatura Ricci igual a cero. Esto significa que estas variedades son espacios geométricos «planos» en un sentido especial, y son soluciones a las ecuaciones de Einstein en la teoría general de la relatividad cuando no hay materia ni energía presente.
  • Simetría: Las variedades de Calabi-Yau tienen una estructura que permite la conservación de ciertas simetrías, como la supersimetría, lo cual es crucial para que la teoría de cuerdas sea consistente matemáticamente.

Variedades de Calabi-Yau y la Teoría de Cuerdas

En la teoría de cuerdas, nuestro universo no tiene solo las cuatro dimensiones que percibimos (tres espaciales y una temporal), sino que en realidad puede tener hasta diez o incluso once dimensiones. Sin embargo, las dimensiones adicionales no son visibles a escala macroscópica porque están «compactificadas» o enrolladas en formas extremadamente pequeñas. Estas formas compactificadas son precisamente las variedades de Calabi-Yau.

La compactificación en una variedad de Calabi-Yau tiene la capacidad de mantener la coherencia de la teoría de cuerdas en términos matemáticos, especialmente porque permite que la teoría preserve la supersimetría. Además, la forma específica de la variedad de Calabi-Yau afecta las propiedades de las partículas que se describen en el universo: la manera en que las cuerdas vibran dentro de estas dimensiones adicionales determina las masas, cargas y otras propiedades de las partículas fundamentales.

Un Ejemplo Simple: Esferas y Toros

Para ilustrar cómo funcionan las dimensiones compactificadas, imaginemos el caso de una cuerda que se mueve en nuestro espacio tridimensional. Si añadimos una dimensión extra que está «enrollada» en un círculo (una compactificación simple), la cuerda puede moverse a través de la dimensión grande, pero también «envolverse» alrededor de la dimensión compactificada.

En el caso de una variedad de Calabi-Yau, la idea es similar, pero en lugar de ser una dimensión simple como un círculo o un toro, estamos tratando con geometrías mucho más complejas y multidimensionales. A menudo, las variedades de Calabi-Yau tienen estructuras con formas altamente intrincadas, parecidas a espacios en seis o más dimensiones muy curvadas y plegadas.

¿Por qué son importantes?

Las variedades de Calabi-Yau no son solo un truco matemático abstracto. En la teoría de cuerdas, las diferentes formas de estas variedades determinan el comportamiento observable de las partículas y las fuerzas en nuestro universo. La idea es que las vibraciones de las cuerdas en estas formas geométricas adicionales podrían explicar por qué las partículas tienen ciertas propiedades, como su masa y carga, y cómo interactúan entre sí.

Si bien hasta ahora no hemos logrado observar experimentalmente estas dimensiones adicionales o variedades de Calabi-Yau, la idea sigue siendo una de las explicaciones más elegantes y consistentes en la búsqueda de una teoría unificadora de las fuerzas fundamentales.

Variedades de Calabi-Yau y Multiverso

Una implicación fascinante de las variedades de Calabi-Yau es que podrían estar relacionadas con la idea de un multiverso. La teoría de cuerdas permite muchas formas posibles de compactificación, lo que significa que podría haber un número casi infinito de variedades de Calabi-Yau diferentes. Cada una de estas compactificaciones podría corresponder a un universo con propiedades físicas diferentes, lo que lleva a la especulación de que nuestro universo podría ser solo uno entre muchos posibles universos en un multiverso.

Conclusión

Las variedades de Calabi-Yau son piezas clave en la teoría de cuerdas, permitiendo la compactificación de dimensiones adicionales y proporcionando una estructura geométrica que da sentido a las propiedades de las partículas fundamentales. Aunque su existencia aún no ha sido confirmada experimentalmente, estas complejas geometrías ofrecen una visión fascinante de cómo podría estar estructurado el universo a niveles profundamente microscópicos, y cómo las fuerzas fundamentales podrían unirse en un marco teórico coherente.

El síndrome del dictador electo

No ficción

Bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, la guerra —particularmente la campaña en Gaza— ha servido como instrumento político para sostener y consolidar su poder, a menudo a costa de la democracia y de los derechos civiles.


1. Extensión prolongada del conflicto para asegurar la supervivencia política

Investigadores han señalado que Netanyahu aprovechó la guerra tras el ataque del 7 de octubre de 2023 para aplanar tensiones internas y posponer elecciones. Según un estudio de abril de 2025, su objetivo ha sido prolongar el conflicto para mantenerse en el poder y retrasar sus procesos judiciales relacionados con corrupción (Arab Center Washington DC). Otro análisis afirma que “un fin a la guerra podría significar el fin de la carrera política de Netanyahu” (The New Arab, Arab Center Washington DC). En este escenario, la administración degrada las dinámicas democráticas, presentando la gobernabilidad bajo el pretexto de una emergencia nacional.


2. Estado de guerra como excusa para suspender debates democráticos

Tras el estallido del conflicto, el Knesset aprobó un gabinete de guerra el 11 de octubre de 2023, congelando toda legislación no relacionada con la guerra, incluida la controvertida reforma judicial (Wikipedia). Esto fortaleció la narrativa de que cualquier crítica interna “beneficia al enemigo”, reduciendo el espacio para el debate político y reforzando la coalición de Netanyahu incluso ante la erosión de los frágiles equilibrios democráticos.


3. Represión interna y vigilancia reforzada

Las autoridades israelíes han arrestado a decenas de ciudadanos árabes-israelíes por compartir mensajes de solidaridad con Gaza, generando fuertes críticas por parte de grupos de derechos humanos. Muchas detenciones giraron en torno a la expresión en redes sociales (El País, Wikipedia). Además, se han implementado medidas de censura mediática y restricciones a protestas —especialmente las relacionadas con la reforma judicial de 2023—, consolidando un ambiente de autoritarismo de facto (Wikipedia, Wikipedia, haaretz.com).


4. Uso político de la narrativa bélica y discursos nacionalistas

Netanyahu ha refrendado un enfoque de “guerra sin fin” con el lema de que “la paz no puede ni debe durar”. Columnistas destacan cómo mantiene el aparato bélico activo para justificar su permanencia como “líder fuerte” (theguardian.com, Atlantic Council, The New Yorker, haaretz.com). Además, usa la guerra para darle respaldo político a sectores ultranacionalistas y religiosos dentro de su coalición, quienes presionan por una anexión explícita de territorios (Middle East Institute, The New Yorker, The New Arab).


5. Distracción de la crisis judicial y disolución del espacio opositor

El conflicto ha sido aprovechado para postergar los juicios por corrupción que enfrenta Netanyahu —recursos judiciales se congelaron y se alegó que un estado de guerra impedía avances en materia legal (Arab Center Washington DC). Mientras tanto, la presión desde el exterior y las familias de los rehenes (se estiman 650 días de guerra) han sido manejadas como herramienta de control político interno, apuntalando la narrativa de que “sólo un líder firme puede garantizar la seguridad” (theguardian.com, El País).


6. Erosión institucional y retrocesos democráticos

Desde antes del conflicto, Netanyahu promovió reformas que debilitaban el poder judicial y fortalecían su control político (como la Nakba Law, leyes anti-ONG, la reforma judicial de 2023) (Middle East Institute, Wikipedia, Wikipedia). La guerra ha servido como catalizador, permitiendo que estas medidas autoritarias hayan avanzado sin freno, bajo la justificación de una supuesta “preservación del Estado de emergencia”.


Síntesis comparativa

Estrategia autoritaria Ejemplos en Israel
Prolongación de la guerra para evitar elecciones Estudios académicos detallan esta conexión (The New Arab)
Suspensión del debate legislativo Creación del gabinete de guerra y congelamiento de reformas (Wikipedia, Wikipedia)
Represión de disidencia interna Detenciones por solidaridad con Gaza y censura mediática (Wikipedia, Wikipedia, haaretz.com)
Militarización de la narrativa política Uso de la guerra como identidad nacional – “paz no puede durar” (theguardian.com, Atlantic Council, The New Yorker)
Distracción de crisis judicial Postergación de procesos y uso del discurso bélico (Arab Center Washington DC, ISPI, Wikipedia)
Retroceso institucional Reformas judiciales antes y durante el estado de guerra (Middle East Institute, Wikipedia, Wikipedia)


Conclusión

En el caso de Israel, bajo Netanyahu, la guerra en Gaza —iniciada tras el 7 de octubre de 2023— ha funcionado como un mecanismo político que:

  • Refuerza su poder y coalición, neutralizando la oposición interna.
  • Justifica el autoritarismo y la censura bajo el pretexto de seguridad nacional.
  • Retrasa procesos judiciales, disolviendo los frenos democráticos.
  • Fomenta un discurso nacionalista, favorito de los sectores ultraderechistas.

Esto traza un patrón histórico recurrente: las democracias en crisis se transforman bajo el amparo de estados de excepción, retrocediendo hacia formas de gobierno DICTATORIALES como las de Hitler, Franco, los militares argentinos (1976–1983) o el conflicto Rusia-Ucrania . En este contexto, la guerra actúa como catalizador y legitimador interno, lo que denominamos el Síndrome del dictador electo.


Fuentes:

Sobre el arte de desaprender

No ficción

He sospechado, desde hace tiempo, que todo aprendizaje verdadero encierra, como su sombra inevitable, un olvido. Los maestros, esos custodios de lo esencial, nos conducen por senderos de claridad: nos enseñan a nombrar el mundo, a ordenar el caos, a distinguir lo verdadero de lo falso. Con ellos, el conocimiento parece un ascenso, una lenta escalera hacia una biblioteca infinita que, sin embargo, promete sentido.

Pero existe una etapa posterior, menos celebrada y más ardua: la de desaprender lo que los ignorantes nos imponen. No es un olvido natural, como el que sugiere Pascal cuando habla de la fragilidad de la memoria; es un ejercicio deliberado, casi ritual.

Imagino un extraño libro –quizá escrito en Alejandría, quizá en un espejo– que contenga únicamente argumentos erróneos. En sus páginas, la Tierra sería plana, el tiempo un invento de los relojeros, y toda evidencia, una conspiración urdida por mentes demasiado lúcidas para ser confiables. Los ignorantes leen ese libro con devoción, sin saber que no existe, o peor aún, sin sospechar que ese libro son ellos mismos.

El problema no es su error, sino su convicción. Como en los laberintos de Tlön, donde las ficciones se vuelven reales, sus palabras –repetidas con fervor y ligereza– terminan por infectar el aire, obligándonos a desmontarlas, una a una, como quien deshace un hechizo. Así, el discípulo de los maestros, armado de razonamientos y dudas legítimas, debe iniciar una segunda peregrinación: desandar lo falso, vaciar lo aprendido por imposición, recuperar el silencio interior que la necedad ahoga.

He comprendido, no sin cierta melancolía, que el saber no es una acumulación sino una delicada balanza entre lo que se acepta y lo que se renuncia a aceptar. Aprendemos, sí, pero para luego proteger ese aprendizaje de quienes, sin saberlo, trabajan para desfigurarlo.

Quizá el verdadero conocimiento no consista en conocer más, sino en preservar lo aprendido del desgaste que provoca la ignorancia ajena. Como en un cuento de arena, cada verdad está destinada a ser borrada, y el único mérito del sabio es escribirla, una y otra vez, sabiendo que mañana tendrá que empezar de nuevo.

Primero están los maestros. Los verdaderos. Aquellos que, como Sócrates, no te llenan de respuestas sino de preguntas, que te enseñan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y sospecha. Ellos siembran en ti el noble germen del pensamiento, esa pequeña llama que ilumina incluso cuando la niebla social es espesa. Y tú, aplicado discípulo, crees ingenuamente que el viaje termina allí.

Pero no. Después de aprender de los maestros, toca el penoso deber de desaprender de los ignorantes.

Ellos aparecen siempre, como personajes secundarios en una novela de Dostoievski: contradictorios, ruidosos, convencidos de poseer una verdad tan absoluta que no necesita prueba alguna. Te toman de la mano –con la misma seguridad con la que Alonso Quijano tomó la lanza– y te llevan a un universo paralelo donde las certezas se disuelven, y la lógica, pobre criatura, muere lentamente de inanición.

Allí te explican que la Tierra es plana “porque lo vio en un video”, que las vacunas alteran el ADN y que todo lo que no encaje con su relato es un invento de “los poderosos”. Uno, que venía de leer a Borges, de entender que la verdad puede ser un laberinto, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto mucho peor: el de la necedad.

Y no sirve citar a Montaigne, ni recordar que Galileo tuvo que retractarse, ni siquiera evocar la paciencia de Flaubert para describir la estupidez humana. No. Ante el ignorante ilustrado –esa criatura moderna que desconoce, pero con orgullo–, cualquier argumento es solo leña para su hoguera de certezas.

Así que aprendes, o más bien desaprendes. Olvidas la precisión de las palabras, la disciplina del razonamiento, la cortesía de la evidencia. Adoptas el idioma del “bueno, cada quien con su opinión” para evitar que la conversación termine en un callejón kafkiano, sin salida y lleno de absurdos.

Y mientras sonríes con cortesía fingida, recuerdas a Shakespeare: “El necio se cree sabio, pero el sabio sabe que es un necio”. Quizá, piensas, este es el verdadero examen final que los maestros nunca anuncian: no demostrar lo que sabes, sino resistir la tentación de debatir lo que no vale la pena.

Al final, el ciclo es eterno y casi literario: se aprende para luego desaprender. Una tragicomedia humana que Cervantes habría narrado con más gracia, pero que a nosotros nos toca protagonizar con discreta resignación.

Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

Mientras caen los cuerpos

No ficción

Uno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.

Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.

En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.

En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.

En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.

Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

No ficción

La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

Visiones de… ¿lo real?

No ficción

Los quevedos —esas lentes que llevan el nombre de don Francisco de Quevedo y Villegas, hidalgo de verbo afilado y mirada de ultratumba— no son simples cristales para mejorar la vista, sino prótesis del juicio satírico. A través de ellos, Quevedo no sólo veía el mundo, sino que lo horadaba, lo descarnaba, lo forzaba a revelarse en su osamenta ridícula y miserable. Mirar con quevedos es mirar con espíritu de epigrama, con odio lúcido al embuste y con una voluntad de desilusión que bordea lo trágico. En La hora de todos y la fortuna con seso, o en sus visiones infernales, Quevedo nos muestra que ver bien es ver demasiado, y que el exceso de visión se paga con amargura, con desesperación, con bilis. Quevedo era un visionario que escribía para los ciegos del alma, y sus lentes, más que corregir miopías, eran herramientas de demolición del mundo.

Las gafas modernas —herederas ilustradas de aquella visión barroca— no poseen ya el filo crítico de la sátira, sino el tono resignado del que contempla el porvenir como una lenta catástrofe. Son instrumentos de lo inevitable. Con ellas, la mirada adquiere una tonalidad nietzscheana: se vuelve testigo de la muerte de Dios, del crepúsculo de los ídolos, del eterno retorno de lo absurdo. “El desierto crece”, nos advierte Nietzsche, y las gafas —como símbolo de la razón desencantada— no hacen sino constatarlo. Quien mira a través de estas lentes fatídicas ve, como el Zaratustra en su caverna, que el mundo es un devenir sin sentido, una danza de máscaras sobre un abismo. La visión se vuelve premonitoria no por clarividente, sino por despojada de ilusiones.

Pero es el monóculo el que mejor encarna la fantasía de control óptico que se hunde en la parodia. Se trata de una lente única, singular, desbalanceada: como si un solo ojo bastara para dominar el caos. Es la visión que Foucault atribuiría al poder disciplinario, al saber que vigila, clasifica, normaliza. Pero al mismo tiempo es una visión anacrónica, estancada en su propia simulación de elegancia, como la del Borges de “El Aleph”, que lo ve todo pero no puede tocar nada, atrapado en una eternidad estéril. El monóculo es la prótesis de una mirada que se cree superior, pero que, como diría Lacan, está estructuralmente impedida de ver “la cosa” (das Ding), lo real insoportable. Más aún: es una visión anal —en el sentido freudiano de la fijación regresiva—, que se complace en el ritual, en la rigidez, en la repetición obsesiva del pasado. El sujeto que se mira (y mira al mundo) con monóculo no desea conocer, sino conservar; no busca comprender, sino petrificar.

¿Y las antiparras? Ah, las antiparras… Esos adminículos grotescos que se usan más para no ver que para ver. Si los quevedos escarban, las gafas interpretan, el monóculo domestica, las antiparras protegen. Pero ¿de qué? ¿Del mundo o de uno mismo? Las antiparras no son instrumentos de visión, sino de defensa contra la visión. Son, en cierto modo, el correlato óptico de lo que Lacan llamaría “la pantalla fantasmática”: ese velo que el sujeto interpone para no enfrentarse con lo real. Porque lo real, en su crudeza, no se puede mirar de frente. Lo real es lo que irrumpe cuando todas las visiones fracasan.

Y entonces cabe preguntarse: ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas o, por el contrario, serán ellas mismas las que estructuren esa visión monstruosa que pretendían evitar? Foucault nos advertía que la visión no es inocente, que ver es ya un acto de poder, una forma de inscripción del sujeto en una red de relaciones que lo exceden. Ver es ser visto. Y en ese juego especular, las antiparras podrían ser, más que un refugio, una delación. Un signo de que el sujeto ya ha claudicado ante la insoportable claridad del mundo y ha elegido la sombra, el simulacro, el sueño óptico de una falsa protección.

Borges, en su célebre “Funes el memorioso”, nos muestra a un hombre incapaz de olvidar, condenado a verlo todo, cada hoja, cada grieta, cada matiz. La hiper-visibilidad lo paraliza, lo inhabilita para pensar. Verlo todo es, en cierto modo, no ver nada. Por eso, quizá, la verdadera sabiduría resida no en ver más, sino en elegir cuidadosamente qué ver, cómo ver, y con qué grado de entrega o resistencia.

Quevedo, Borges, Nietzsche, Foucault, Lacan: todos, desde sus trincheras, han problematizado la mirada. Han comprendido que no hay transparencia, que toda visión está mediatizada por el lenguaje, por el poder, por el deseo. Las lentes que interponemos entre el ojo y el mundo no nos revelan la verdad, sino que la fabrican, la pliegan, la destruyen o la multiplican hasta el vértigo. Somos, en última instancia, criaturas ópticas, pero también víctimas de nuestras propias lentes, prisioneros de nuestras prótesis visuales.

Así, frente al desfile de gafas, quevedos, monóculos y antiparras, la pregunta final podría no ser si veremos la verdad, sino si seremos capaces de soportar su ausencia. Porque tal vez, como ya lo intuía Quevedo en sus “Sueños”, todo lo que vemos no es sino un delirio, una fantasía que se deshace al alba, y nuestros ojos, por más armados que estén, sólo nos sirven para asistir —con claridad o con terror— a la ruina incesante de lo real.

Los quevedos dan una visión satírica, las gafas una visión fatídica y el monóculo una visión retardataria, anal o retrospectiva, ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas?

El pensamiento filosófico de Nietzsche

No ficción

Uno de los conceptos centrales en el pensamiento de Nietzsche es el de «superhombre«. Para Nietzsche, el superhombre es aquel individuo que se ha liberado de las limitaciones impuestas por la moral y la religión tradicionales y que ha desarrollado su propia moral y su propia forma de vida. El superhombre es un ser libre e independiente que no se somete a las normas y valores establecidos por la sociedad.

Otro concepto importante en el pensamiento de Nietzsche es el de «voluntad de poder«. Según Nietzsche, la voluntad de poder es la fuerza que impulsa al ser humano a desarrollarse y a superarse a sí mismo. Para Nietzsche, la voluntad de poder es lo que da sentido a la vida y lo que nos impulsa a buscar la excelencia y la perfección.

En general, el pensamiento de Nietzsche se caracteriza por su crítica a la moral y la religión tradicionales y por su defensa de la libertad y la individualidad del ser humano. Su obra ha sido muy influyente en el pensamiento contemporáneo y sigue siendo estudiada y discutida por filósofos y estudiosos de todo el mundo. Algunas de las obras más famosas de Friedrich Nietzsche son:

Así habló Zaratustra – una novela filosófica que trata sobre el concepto del «Übermensch» o «Superhombre». Es una obra filosófica escrita por Nietzsche en tres partes, publicada entre 1883 y 1885. La obra presenta la figura de Zaratustra, un profeta que renuncia a su vida en el monasterio para predicar su visión del «superhombre» y la eterna recurrencia. La obra es considerada como una de las más importantes de Nietzsche y ha sido interpretada de muchas maneras diferentes, pero en general se considera que es una crítica a la moral tradicional y una proclamación de la voluntad de poder.

El nacimiento de la tragedia – una obra en la que Nietzsche presenta su teoría del origen dual del arte y el papel de la tragedia en la cultura griega antigua.

Más allá del bien y del mal – un libro en el que Nietzsche cuestiona las nociones tradicionales de moralidad y argumenta que el concepto de bien y mal es una invención humana. Publicada en 1886, en ella, Nietzsche critica las nociones tradicionales de moralidad y propone una nueva ética basada en la voluntad de poder. La obra también incluye una crítica del idealismo y una defensa de la perspectiva histórica y genealógica de la moral.

Genealogía de la moral – una obra que examina la historia de los sistemas morales y las motivaciones psicológicas que hay detrás de ellos, publicada en 1887, en la que propone una «genealogía» de la moralidad occidental. Nietzsche argumenta que las nociones tradicionales de bien y mal son producto de una lucha de clases y que la moralidad cristiana ha sido utilizada para oprimir a los poderosos.

Ecce Homo – una obra autobiográfica en la que Nietzsche reflexiona sobre su vida y sus ideas. Publicada en 1888, el año antes de su caída en la locura. En ella, Nietzsche da su propia interpretación de su obra y de su vida, y se presenta a sí mismo como un «hombre libre» que ha superado los límites de la moralidad tradicional.

El Anticristo es una obra escrita por Nietzsche en 1888. La obra es una crítica violenta del cristianismo y una defensa del paganismo antiguo. Nietzsche argumenta que el cristianismo ha sido perjudicial para la humanidad y que debe ser superado para que el «superhombre» pueda surgir.

Crepúsculo de los ídolos (1888) es una obra en la que critica a diversos filósofos y figuras históricas. La obra es considerada como una especie de «panfleto filosófico» y contiene una crítica a Platón, Kant y Schopenhauer, entre otros.

El caso Wagner es una obra escrita por Nietzsche en 1888, en la que critica a su amigo Richard Wagner y su música. Nietzsche argumenta que la música de Wagner es poderosa, pero que su contenido es decadente y nihilista.

Friedrich Nietzsche ha tenido una gran cantidad de defensores y detractores a lo largo de la historia. Algunos de los principales defensores y detractores de Nietzsche y los motivos detrás de su postura son:

El filósofo alemán Martin Heidegger es considerado uno de los principales defensores de Nietzsche. Heidegger vio en Nietzsche una crítica radical de la metafísica occidental y una llamada a la superación de la filosofía tradicional. Heidegger también apreció en Nietzsche una comprensión profunda de la finitud humana y la existencia.

El filósofo francés Gilles Deleuze es otro defensor de Nietzsche. Deleuze vio en Nietzsche una crítica del pensamiento dominante y una llamada a la creatividad y a la liberación personal. Deleuze también apreció la concepción de Nietzsche sobre la multiplicidad y el devenir.

El filósofo estadounidense Walter Kaufmann es conocido por su defensa de Nietzsche y su traducción y estudio de su obra. Kaufmann argumentó que Nietzsche es un pensador importante cuyas ideas han sido malinterpretadas y tergiversadas por otros.

El filósofo y sociólogo alemán Theodor Adorno fue un crítico de Nietzsche, alegando que su filosofía es peligrosamente cercana al fascismo y el nacionalsocialismo. Adorno argumentó que la idea del «superhombre» de Nietzsche es una apología del dominio y la opresión.

El filósofo austriaco Karl Popper también fue crítico de Nietzsche, argumentando que su filosofía es una forma de historicismo y que su idea del «eterno retorno» es una forma de determinismo. Popper argumentó que Nietzsche es un precursor del totalitarismo y el autoritarismo.

El sociólogo alemán Max Weber argumentó que Nietzsche es un pensador irracional y relativista, cuyas ideas son una negación de la razón y una apología del caos y el desorden. Weber argumentó que Nietzsche es una amenaza para la civilización occidental y una negación de la ética y la moral.

La interpretación de la obra de Nietzsche y su importancia en la historia de la filosofía es un tema debatido y ha sido interpretado de diferentes formas a lo largo del tiempo. Hay un amplio espectro de opinión sobre su obra y su importancia en el pensamiento contemporáneo.

Una bibliografía básica de las obras de interpretación y análisis de Nietzsche escritas por otros autores podría empezar por las siguientes:

  1. Walter Kaufmann, Nietzsche: Filósofo, Psicólogo, Anticristo
  2. Gilles Deleuze, Nietzsche y la Filosofía
  3. Martin Heidegger, Ser y Tiempo
  4. Alexander Nehamas, Nietzsche: Life as Literature
  5. Brian Leiter, Nietzsche on Morality
  6. R. J. Hollingdale, Nietzsche: The Man and His Philosophy.
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Para finalizar, en mi opinión, una lectura crítica de Nietzsche debe separar con fino escalpelo la parte en que critica y la parte en que propone, mientras que la primera es sin duda acertadísima, la segunda es sencillamente pueril y casi ridícula. Una vez que este ha criticado ferozmente la cultura y el ethos cristiano (como él decía, «haber matado a Dios») es poco menos que una traición a sí mismo, dar vida a otro Dios peor: el «Superhombre«.

Elogio de la literatura

No ficción

Oh misterio de las palabras, tú, vasta arquitectura del ser que se reconoce a sí mismo, donde el verbo se transfigura en el sueño fecundo y el tiempo se vuelve carne transparente. La literatura no es sino el altar invisible donde se consagra el hálito divino que nos habita, ese hálito que no cesa de ser sombra y luz, fulgor y penumbra, música callada que atraviesa la piel del mundo.

En tus páginas reverbera la materia primigenia del cosmos, el grito originario que en la tinta se disuelve para renacer en cada lector, en cada voz que se entrega al rito sagrado del sentido. Tú, lengua donde se amontonan los siglos, tú, invocación perpetua a lo indecible, altar y espada, laberinto y cumbre, refugio y asedio.

La palabra literaria es fuego que no se consume sino que transmuta, es ese polvo mágico que recubre la memoria y la eterniza en la página viva, esa llama que quema sin destruir, que transmuta la muerte en perpetua presencia. En tu nombre, el tiempo se despliega como un abanico infinito y el ser se desnuda en su perpetuo devenir.

Oh literatura, templo de sombras y resplandores, manantial de lo sagrado y lo profano, tú que desafías el olvido y dibujas en la carne del hombre el mapa secreto de su existencia, tú que en la cadencia de tus versos y en el esplendor de tus prosas invitas a la comunión con lo absoluto, a la reconciliación con el misterio.

Que la literatura sea siempre la puerta abierta al milagro, la rosa que despunta en el desierto, la música del verbo que nos redime y nos eleva. En ti, palabra y sueño se abrazan y el hombre se vuelve Dios por un instante, en la eternidad frágil de la lectura.


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La literatura es una forma de arte que utiliza el lenguaje para expresar ideas, emociones y pensamientos. A través de la literatura, los autores pueden crear mundos imaginarios, contar historias, describir lugares y personas, explorar temas y transmitir mensajes importantes.

La literatura se ha desarrollado a lo largo de la historia humana y ha tomado muchas formas y estilos diferentes. Incluye géneros como la poesía, la prosa, la novela, el cuento, el ensayo, la autobiografía, la crónica y el drama, entre otros.

La poesía es una forma de literatura que utiliza la rima, el ritmo y la metáfora para crear imágenes y evocar emociones.

La prosa es un estilo de escritura más directo, que se utiliza en la mayoría de los textos no poéticos.

La novela es un género narrativo que cuenta una historia a través de una trama y personajes complejos.

El cuento es una forma más breve de narrativa, que se enfoca en un solo episodio o incidente.

El ensayo es una forma de escritura que explora un tema en profundidad, a menudo con un enfoque personal.

La autobiografía es un género que se enfoca en la vida del autor, mientras que la crónica es una forma de escritura que narra los eventos de la historia en tiempo real.

El drama es una forma de literatura escrita para ser representada en un escenario.

La literatura no solo tiene valor estético, sino que también puede ser una forma poderosa de reflexionar sobre la vida y el mundo que nos rodea. A través de la literatura, podemos entender y apreciar diferentes culturas y puntos de vista, y conectarnos con la humanidad a un nivel más profundo.

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!». (Baudelaire)

No ficción

Baudelaire, espíritu atormentado, alquimista de las sombras. Esa última súplica de Las letanías de Satán es un grito desgarrado desde las entrañas del malditismo. No es una adoración servil, sino un pacto desesperado, un ajuste de cuentas con lo divino.

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère !»—aquí no hay blasfemia gratuita, sino la confesión de un alma que encuentra en la rebelión su única oración. Baudelaire invoca a Satán como el refugio de los parias, el consuelo de los desechados por la moral burguesa, el protector de los poetas malditos. No el Satán bíblico, sino el arquetipo de la insumisión, el ángel caído que, al precipitarse al abismo, arrastra consigo a los que el mundo ha condenado.

Este verso es el colofón de una letanía que invierte el sentido tradicional de la plegaria: no es a Dios a quien se pide clemencia, sino al exiliado eterno, al príncipe de los réprobos. Baudelaire no busca redención, sino justicia. Porque su miseria no es solo personal, es la miseria de todos los que se saben extraños en su tiempo, de todos los que llevan en las venas el veneno de la lucidez.

Aquí la poesía se convierte en conjuro, en desafío, en puñetazo contra el cielo.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

—Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»