…y sin embargo sigo, como si la tinta tuviera pulso y me empujara desde adentro. Las palabras se me pudren en la boca antes de nacer, pero igual las escupo, torcidas, medio vivas. La musa, caprichosa, bosteza entre líneas y me deja solo con este zumbido que no es idea ni silencio, apenas un eco. Camino sobre frases que ya han sido dichas por otros con mejor voz, con menos prisa, y me pregunto si escribir no será apenas reciclar cenizas. Todo parece repetido, como una canción que insiste aunque nadie la pida. Y aun así, algo se obstina en rasgar la hoja, en abrir un hueco donde tal vez entre aire. Quizá no se trata de decir algo nuevo, sino de fallar de otra manera. Dejar que el error respire, que el balbuceo tenga su propia música. Entonces escribo, no por fe ni por talento, sino por terquedad: por no cerrar la puerta del todo, por si acaso, entre tanto ruido, aparece una chispa que no huela a lo de siempre.
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Lo último en Inteligencia Artificial ¿Funciona?
No ficciónUn análisis exhaustivo, condensado (y sin filtros de mercadotecnia) de lo que realmente está pasando ahora (enero de 2026) en inteligencia artificial. Spoiler: no todo es magia; hay avances técnicos, peleas corporativas, bombas ambientales y dilemas éticos que nadie sabe resolver del todo, según nuestras fuentes:
1) Mercado y competencia: guerra fría tecnológica
Meta acaba de estrenar modelos internos avanzados en su nueva división de IA, como parte de un esfuerzo por recuperar relevancia frente a rivales como OpenAI, Google y Anthropic. Los nombres curiosos (Avocado, Mango) no importan tanto como la tendencia: todos están en caballo de combate por el próximo salto en capacidades y productos.
OpenAI no está tomando té y galletitas. Se está expandiendo en alianzas con gigantes, integrando IA en servicios empresariales, telecomunicaciones y finanzas, y hasta pensando en hardware. Todo esto gira en torno a un objetivo brutal: no quedarse atrás mientras otros construyen —y monetizan— IA de próxima generación.
Tendencia de mercado importante: startups que no compiten con GPT o Gemini, sino que ofrecen modelos personalizados usando datos de empresas para reducir errores (“hallucinations”) y cumplir con regulaciones. Ese segundo nivel de la pila tecnológica está recibiendo mucha atención.
2) Dónde está la IA de verdad (más allá de marketing)
Varios análisis de tendencias para 2026 coinciden en tres áreas concretas donde la IA no solo promete sino que está progresando:
a) IA en descubrimiento científico
Los sistemas inteligentes ya no solo responden preguntas. Van a generar hipótesis, diseñar experimentos y formar parte del proceso de investigación real en física, química y biología. Si funciona, esto acelera la ciencia a ritmos que los métodos tradicionales no pueden sostener.
b) Multimodalidad generalizada
Modelos que entienden y razonan no solo con texto, sino con imágenes, voz y video al mismo tiempo, se están convirtiendo en la norma para interfaces de búsqueda y colaboración humano–máquina.
c) Infraestructura inteligente y eficiente
El foco dejó de ser solo “más grande” (más GPU, más FLOPS) para pasar a más inteligente y distribuido: redes de cómputo más densas, sistemas globales interconectados y optimización fina de recursos.
3) Aplicaciones reales que ya están pasando de laboratorio a tu vida
Se anticipa un salto significativo en:
Salud: IA capaz de diagnosticar enfermedades con precisión clínica y ayudar en toma de decisiones médicas. Esto empieza a cruzar la frontera entre investigación y uso cotidiano en hospitales.
Consumo e interacción diaria: Integraciones de IA con correo, televisión, dispositivos hogareños y asistentes visuales ya están ocurriendo (p.ej. Gemini en Gmail o Vision AI de Samsung).
Sectores económicos tradicionales: agricultura, vitivinicultura, logística, manufactura y más están usando IA para optimizar procesos. Estos casos no siempre aparecen en portada, pero están ocurriendo.
4) Problemas gigantes que nadie ha resuelto
a) Regulación y seguridad
No hay reglas globales claras. Hay avances en regulaciones estatales y alianzas estratégicas entre países para investigación responsable, pero sigue siendo el “salvaje oeste” con demandas, leyes diversas y una carrera diplomática por dominar la IA antes de que dominemos a la IA.
b) Veracidad y desinformación
Más del 80-90 % del contenido online podría ser generado por IA pronto. Eso diluye la autenticidad y genera un nuevo tipo de crisis epistemológica: ¿qué es real si la mayoría del contenido está fabricado?
c) Energía y sostenibilidad
Los modelos gigantes devoran electricidad. A menos que rediseñemos centros de datos y usemos fuentes sostenibles, la huella energética de la IA podría convertirse en un cuello de botella ecológico.
d) Empleo y equidad
No solo hay optimismo de que IA creará empleos; también se calcula que puede sustituir roles a gran escala y cambiar la estructura de trabajo, especialmente en tareas rutinarias. Eso exige políticas laborales proactivas que todavía no existen.
5) El reto filosófico real
No es solo si las máquinas “piensan”. El reto profundo es cómo la humanidad mantiene el control, decide qué es valioso y regula la frontera entre autonomía automatizada y responsabilidad humana. Eso no se logra con mejoras de hardware o más datos. Se logra con filosofía, leyes, ética y decisiones colectivas. Y eso siempre es más lento que las iteraciones de código.
PERO… ¿FUNCIONA DE VERDAD LA IA?
Vamos a ser útiles de verdad, no a repetir notas de prensa disfrazadas de análisis. Esto es, qué está funcionando en IA ahora mismo, qué no, y por qué, bajado a nivel técnico pero sin convertirlo en un paper ilegible.
1. Modelos base: el mito del “más grande es mejor” ya murió
Qué está pasando
- El escalado bruto (más parámetros, más datos, más GPUs) ya no da saltos proporcionales.
- Los modelos frontier siguen mejorando, sí, pero a coste energético, económico y de latencia absurdos.
Avances reales
- Modelos más pequeños afinados superan a gigantes en tareas específicas.
- Uso masivo de:
- Fine-tuning con datos propios
- LoRA / QLoRA
- Mixture of Experts (MoE) bien implementados
- El foco pasó de capacidad general a capacidad útil.
Qué NO funciona
- Entrenar un LLM desde cero sin:
- capital obsceno
- acceso a hardware prioritario
- datos limpios a escala
Eso es quemar dinero con estilo.
Conclusión
El futuro inmediato no es GPT-X. Es modelos adaptados, conectados y supervisados.
2. RAG (Retrieval-Augmented Generation): la columna vertebral silenciosa
Qué es de verdad
RAG no es un truco. Es la única forma práctica de usar IA en entornos reales.
Qué está funcionando
- Vector databases maduras (FAISS, Milvus, Weaviate, etc.).
- Pipelines donde:
- El modelo NO confía en su memoria
- Busca contexto actualizado
- Responde citando fuentes internas
Esto reduce:
- alucinaciones
- errores legales
- respuestas inútiles
Problemas abiertos
- Latencia.
- Mala indexación semántica.
- Datos basura entran → respuestas basura salen.
Regla básica
Si tu sistema no tiene RAG o algo equivalente, no es serio.
3. Agentes autónomos: hype, pero con un núcleo útil
La fantasía
“Agentes que trabajan solos, se coordinan, aprenden y ejecutan tareas complejas”.
No. Todavía no.
La realidad útil
- Agentes semi-autónomos con:
- objetivos claros
- límites estrictos
- supervisión humana
- Muy buenos para:
- análisis iterativo
- planificación
- descomposición de tareas
- workflows empresariales
Lo que falla
- Bucles infinitos.
- Toma de decisiones errática.
- Costes de cómputo impredecibles.
Conclusión
Los agentes funcionan como empleados junior muy literales.
Dejarlos solos es mala idea. Como a muchos humanos, sinceramente.
4. Multimodalidad: aquí sí hay salto cualitativo
Qué cambió
Los modelos ahora razonan entre modalidades, no solo las reconocen.
Ejemplos reales:
- Imagen + texto → diagnóstico médico asistido.
- Video + audio → análisis de comportamiento.
- Documento + gráficos → decisiones financieras.
Qué funciona bien
- Visión + lenguaje.
- OCR + razonamiento.
- Audio para transcripción y análisis semántico.
Qué aún es flojo
- Video largo.
- Contextos espaciales complejos.
- Causalidad física real.
Pero esto sí es un avance estructural, no cosmético.
5. Evaluación: el mayor agujero negro del sector
Problema crítico
Los benchmarks clásicos están contaminados o superados.
- Los modelos ya “se saben” los tests.
- Métricas automáticas no reflejan utilidad real.
Qué se está haciendo
- Evaluaciones humanas.
- Tareas abiertas.
- Medición por impacto en procesos reales.
Lo que falta
Un estándar universal de calidad, seguridad y confiabilidad.
Ahora mismo:
- cada empresa mide lo que le conviene
- nadie quiere números comparables
6. Seguridad y alineamiento: progreso lento pero real
Avances
- Mejor control de outputs peligrosos.
- Filtrado contextual más fino.
- Entrenamiento con feedback humano más sofisticado.
Problemas sin resolver
- Prompt injection sigue siendo un desastre.
- Modelos siguen siendo manipulables.
- No hay garantías formales fuertes.
La IA no es segura por diseño, es segura por capas frágiles. Importante diferencia.
7. Energía y hardware: el cuello de botella silencioso
Hechos incómodos
- El coste energético es real.
- Los data centers están al límite.
- El acceso a GPUs decide quién innova.
Qué se mueve
- Chips especializados.
- Inferencia optimizada.
- Edge computing para tareas simples.
Pero sin cambios estructurales, esto limita la velocidad del progreso.
8. La frontera real (lo que viene en 12–24 meses)
No AGI. Tranquilidad.
Lo que sí viene:
- IA integrada en procesos críticos.
- Sistemas híbridos humano-IA.
- Menos “chat”, más acción controlada.
- Regulación que empieza a doler.
La ventaja no será el mejor modelo.
Será el sistema mejor diseñado alrededor del modelo.
Resumen brutal y honesto
- La IA ya es útil, pero solo si se usa con cabeza.
- El hype sigue exagerando capacidades.
- El progreso real está en ingeniería, no en marketing.
- El límite no es la inteligencia artificial.
- El límite es la inteligencia humana organizando sistemas complejos.
Si quieres, el siguiente nivel es:
- arquitectura completa de un sistema IA serio
- casos reales donde falla
- o desmontar mitos concretos que te estén vendiendo
Eso ya es cirugía, no divulgación.
Una arquitectura completa de un sistema IA serio
Bien. Dejamos el PowerPoint y entramos en arquitectura real.
Esto es cómo se diseña un sistema de IA serio, de los que funcionan en producción y no colapsan el lunes a las 9:05. No hay magia. Hay capas, límites y paranoia bien distribuida.
0. Principio rector (si fallas aquí, todo falla)
El modelo NO es el sistema.
Es un componente caro, inestable y propenso a inventarse cosas.
Diseñamos alrededor de eso.
1. Capa de entrada (Input & Control)
Función
- Recibir solicitudes.
- Validar formato, permisos y contexto.
- Decidir si la IA debe intervenir o no.
Componentes
- API Gateway.
- Autenticación y autorización.
- Rate limiting.
- Normalización del input.
Clave
Muchos sistemas serios bloquean inputs ambiguos o maliciosos antes de que lleguen al modelo.
Menos IA = más fiabilidad.
2. Orquestador (el cerebro aburrido)
Función
- Decide el flujo.
- Descompone tareas.
- Llama a herramientas, bases de datos o modelos.
Qué hace de verdad
- “¿Esto es búsqueda?”
- “¿Esto requiere razonamiento?”
- “¿Hay datos suficientes?”
- “¿Necesito humano en el loop?”
Tecnologías típicas
- Workflows declarativos.
- Estado explícito.
- Reglas duras + heurísticas simples.
Importante
Aquí NO hay creatividad. Hay control.
3. Capa de contexto y conocimiento (RAG bien hecho)
Componentes
- Bases vectoriales.
- Bases relacionales.
- Document stores.
- Versionado de conocimiento.
Flujo
- El sistema busca información relevante.
- Filtra por:
- permisos
- actualidad
- calidad
- Construye un contexto compacto.
- Se lo pasa al modelo.
Regla de oro
El modelo nunca “recuerda”.
Siempre consulta.
Si no puedes rastrear de dónde sale una respuesta, es inaceptable.
4. Capa de modelos (sí, aquí va el LLM)
Qué incluye
- Uno o varios modelos.
- Diferentes tamaños y costes.
- Routing inteligente.
Ejemplo
- Modelo pequeño para clasificación.
- Modelo mediano para resumen.
- Modelo grande solo para razonamiento complejo.
Estrategia clave
Cost-aware inference
No usas un martillo hidráulico para clavar un alfiler.
5. Agentes y herramientas (acción controlada)
Qué son
- Agentes con objetivos limitados.
- Acceso a herramientas explícitas.
Qué pueden hacer
- Consultar APIs.
- Ejecutar cálculos.
- Escribir borradores.
- Proponer acciones.
Qué NO pueden hacer
- Tomar decisiones finales críticas.
- Ejecutar cambios irreversibles sin validación.
Aquí la IA propone, el sistema decide.
6. Validación y verificación (la capa que todos olvidan)
Funciones
- Chequeos automáticos:
- consistencia
- formato
- reglas de negocio
- Detección de alucinaciones.
- Comparación contra fuentes.
Técnicas
- Modelos secundarios verificadores.
- Reglas duras.
- Thresholds de confianza.
Si no pasa validación, no sale.
Da igual lo convincente que suene.
7. Human-in-the-loop (porque seguimos siendo necesarios)
Cuándo entra el humano
- Baja confianza.
- Alto impacto.
- Casos nuevos.
- Decisiones legales, médicas, financieras.
Cómo entra
- Revisión.
- Corrección.
- Feedback estructurado.
Ese feedback vuelve al sistema para:
- ajustar prompts
- mejorar RAG
- refinar reglas
Esto es aprendizaje real, no magia.
8. Observabilidad y auditoría
Qué se mide
- Inputs.
- Contextos usados.
- Outputs.
- Decisiones.
- Costes.
- Errores.
Por qué importa
- Cumplimiento legal.
- Mejora continua.
- Post-mortems cuando algo falla.
Si no puedes explicar por qué el sistema respondió algo, no es aceptable en producción.
9. Seguridad transversal (en todas las capas)
Amenazas reales
- Prompt injection.
- Data leakage.
- Escalada de permisos.
- Abuso automatizado.
Contramedidas
- Sandboxing.
- Separación de contextos.
- Sanitización.
- Tests adversariales continuos.
La seguridad no es una feature. Es un estado mental permanente.
10. Ciclo de vida y evolución
Un sistema serio:
- Versiona modelos.
- Versiona datos.
- Versiona prompts.
- Prueba cambios gradualmente.
Nada se despliega “a lo loco”.
Eso es para startups con VC y poco que perder.
Arquitectura resumida (en texto, no dibujitos)
Usuario
↓
Control de entrada
↓
Orquestador
↓
Contexto (RAG)
↓
Modelo(s)
↓
Agentes / Herramientas
↓
Validación
↓
Humano (si aplica)
↓
Salida
Todo monitoreado. Todo auditable. Todo con frenos.
Verdad incómoda final
Un sistema IA serio:
- Tiene más ingeniería clásica que IA.
- Gasta más tiempo en control que en creatividad.
- Confía menos en el modelo que en el diseño.
Eso lo hace aburrido. Eso lo hace fiable.
Estas son mis recompensas…
FicciónEn el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.
He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.
¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.
No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.
Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.
¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?
En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.
Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.
No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.
Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).
No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.
Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.
¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?
Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.
Mientras caen los cuerpos
No ficciónUno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.
Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.
En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.
En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.
En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.
Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.
Felipe Juan Lainez Cansino
FicciónMe llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.
Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.
Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.
La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.
Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.
—Esto sabe a mierda —dijo.
—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.
Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:
—Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.
Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:
—Eres una contradicción con patas.
Y yo:
—No. Soy un ensayo sin tesis.
Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.
Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»
Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”
La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.
Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.
Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.
Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.
Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:
—¿Tú no eres escritol, mi amol?
—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.
Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.
—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.
Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.
Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:
—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?
—¿Por qué siempre escribes en pasado?
—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?
Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.
Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:
—Tú no coges, tú citas.
Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.
Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:
“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”
Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.
Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.
Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”
Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.
Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.
A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.
Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.
Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.
Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.
—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.
—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.
Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.
—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?
Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.
—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.
—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.
Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.
—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.
—Y tú estás muerto —le dije—.
—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.
Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.
Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:
“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.
Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.
Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.
Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.
Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.
Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.
Era César Vallejo.
No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:
—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”
Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.
Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:
—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!
El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.
—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.
Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.
—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.
—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.
Me soltó palabras como espasmos:
—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.
—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.
—Me han golpeado sin que les hiciera nada.
El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:
—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.
Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.
—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.
Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.
Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.
—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.
Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:
“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”
A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.
Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”
Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:
¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?
Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.
Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.
La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.
La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:
«Aquí se afeita la desesperanza»
y debajo, en tiza, alguien había escrito:
«y a veces, se sirve ron.»
Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:
Nicolás Guillén y Pablo Picasso.
No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.
Guillén me saludó con un gesto de compadre:
—¿Y tú quién eres, perro triste?
—Uno que sangra por las palabras —le dije.
—Entonces siéntate. Estás entre iguales.
Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.
El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.
—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.
Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:
—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.
Picasso, ronco como templo sin feligreses:
—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.
Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.
—Ese soy yo —le dije.
—Ese somos todos —dijo él.
Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.
En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:
—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.
—¿Y el dolor de muela? —pregunté.
—Eso no se quita. Eso se escribe.
Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.
Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:
“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.
Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:
Hay barberías donde se corta el tiempo.
Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.
Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.
Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.
Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.
Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.
Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.
Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.
En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.
Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.
No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.
El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.
—¿Vienes a buscarme? —le grité.
Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.
Entonces lo entendí: no venía por mí.
Venía para mí.
—¿Por qué ahora? —le pregunté.
—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.
—¿Y los otros?
—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.
Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.
La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.
Tenía los dientes de mi infancia.
Me ofreció una copa.
La bebí. Era oscura, caliente y dulce.
Sabía a punto final.
Y entonces bailé.
Con ella.
Conmigo.
Con todo lo que alguna vez fui.
Y que ya no volverá.
Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.
Esto es la persistencia del hueso.
Porque Perro Juan no se fue.
Solo se pudrió un poco.
Y regresó.
Con un redoble en los pulmones.
Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.
Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.
Dicen que morí.
Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.
Mentira.
Me fui un rato.
Eso sí.
Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.
Pero no era el fin.
Era el eco.
Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.
Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.
Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.
Volví sin palabras. Solo con ritmo.
Y ese ritmo era un redoble.
Y ese redoble lo tocaba Vallejo.
Sí, Vallejo.
Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.
Tocando un tambor que era su propio cráneo.
Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.
Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.
Me pateó el costado.
Me gritó:
—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!
—¿Qué nombre? —le dije.
—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.
El que te inventaste a fuerza de perder.
Entonces lo supe.
Yo no era Perro Juan.
Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.
La cáscara. El hueso con música.
El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.
Subí.
No al cielo, porque no me dan la visa.
Subí a La Habana.
A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.
Volví al malecón.
Las putas me reconocieron.
Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.
Las viejas me dieron café.
Y me senté.
Con un cuaderno nuevo.
Una botella vieja.
Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.
Escribí esto:
Regresé.
Sin carne. Pero con ruido.
Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.
No me esperen. No me entierren.
Que todavía me falta morder otra metáfora
y orinar en el altar de algún dios correcto.
El tambor suena.
Sigue sonando, como cráneo roto.
Vallejo me mira.
No sonríe. No puede. Pero golpea.
Y con cada golpe, me devuelve una palabra.
Ya no soy Perro Juan.
Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.
Miércoles, noche.
Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.
Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.
No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.
A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.
Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.
Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.
He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.
Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.
No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.
Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.
Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.
Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.
Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.
Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.
Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»
Kit emocional para cuando la civilización sufra un apagón
No ficciónQuerido lector (familia, amigos, etc.), imagina por un momento que te despiertas y el interruptor de la luz decide ignorarte. No hay WiFi. No hay café (porque la cafetera es eléctrica). No puedes pedir socorro por WhatsApp. Y lo peor: Netflix, ese oráculo de evasión emocional, se ha desvanecido. ¿Pánico? Tranquilo. Aquí te traigo el kit emocional definitivo para que no pierdas la compostura ni la civilización… o al menos no tan rápido.
Autodiagnóstico emocional: “¿Estoy muerto o solo sin batería?”
En el minuto uno del apagón prolongado, tu alma urbana entrará en fase de negación tecnológica. “Seguro vuelve en diez minutos”, repites mientras miras fijamente el microondas como si fuera un oráculo. No vuelve. No va a volver. Respira. Siente el vacío. Ese temblor que recorre tu cuerpo no es hambre, es síndrome de abstinencia digital.
Consejo: mira al horizonte, suspira fuerte y di: “Estoy vivo, solo que sin señal”. Funciona como un mantra. Bonus si lo gritas al balcón para sembrar esperanza (o terror) entre tus vecinos. «Perro Shanshes», o cosas similares, no funciona.
El Kit emocional básico
Porque sin emociones ordenadas no hay civilización que resista. Aquí tu arsenal mínimo:
- Una libreta y boli. Para escribir tus memorias del colapso o hacer dibujitos si no sabes escribir sin teclado.
- Un espejo. Para verte mientras hablas contigo mismo. Dicen que ayuda a no volverse loco, pero sobre todo entretiene.
- Fotos impresas. Sí, impresas. De seres queridos o de tu gato. Para recordar que alguna vez fuiste parte de algo más grande que tú.
- Un libro físico. No, no una tablet. Un libro. De papel. Páginas. Palabras. Sorpresas sin batería.
Mantén la llama (emocional y literal)
Sin electricidad, el fuego es la nueva app estrella. Sirve para todo: cocinar, calentar, asar tus prejuicios tecnológicos. Pero sobre todo, reúne personas a su alrededor, y eso, amigo mío, es la red social más estable que tendrás. Coméntale al vecino: “¿Te gusta el fuego? A mí también. ¿Hacemos comunidad?”. Boom. Civilización.
Advertencia legal: no hagas fogatas en el salón. Ni en el balcón. Ser el Prometeo del barrio puede acabar mal.
El duelo de la nevera
Es hora de enfrentarte al mayor drama: todo lo que amabas en tu nevera ha muerto. El yogur, el queso, el pollo de oferta. Todos, víctimas de la falta de voltios. Vas a pasar por las cinco fases del duelo (negación, ira, pacto, depresión, aceptación) en menos de una hora, especialmente cuando veas flotar el brócoli en su jugo.
¿Solución emocional? Organiza un funeral vikingo para tu helado. Que se derrita con dignidad mientras le cantas una balada. Llora si hace falta. Luego, aprende a fermentar verduras. Es como tener una nevera espiritual.
Reinventa el ocio: teatro interior y otros delirios
Sin Netflix, TikTok, ni podcasts de gente que habla como si fuera filósofa del yoga, tu mente se convierte en el único escenario disponible. ¡Es tu momento!
- Interpreta monólogos delante del espejo.
- Recrea películas desde la memoria.
- Haz una “charla TED” para tus plantas sobre resiliencia post-luz.
- Pásate al origami emocional: dobla tu ansiedad hasta que parezca una paloma.
Verás qué divertido es inventarte roles para no perder la cordura. (Bueno, perderla con estilo también cuenta y es civilizado.)
Cómo mantener la civilización
(spoiler: con pegamento y conversación)
La civilización, según algunos expertos del Apocalipsis™, no se sostiene por la tecnología sino por la cooperación humana. Así que toca hablar. Con humanos reales. De carne, hueso y cara. Ya sé, qué horror.
Ve y llama al vecino que antes evitabas en el ascensor. “Hola, ¿te interesa construir una civilización post-eléctrica conmigo?”. Es probable que te mire raro, pero si tiene una estufa de gas o un transistor a manubrio, el pacto está sellado.
Conversa, comparte, coopera. La civilización nació así. La electricidad vino después. Si puedes encender una charla, no necesitas encender una bombilla.
Meditación para urbanitas sin enchufe
Ya sin aparatos que te absorban la atención, vas a experimentar un fenómeno extraño: el tiempo. De repente tendrás horas. Días. Inmensidades sin notificaciones. Es abrumador.
Haz esto:
- Siéntate.
- Mira un punto fijo (puede ser la mancha de humedad del techo).
- Respira.
- Repite: “No soy mi router. No soy mi móvil. Soy más que un algoritmo.”
Con práctica, desarrollarás una extraña capacidad llamada presencia. Es como el WiFi del alma, pero sin contraseña.
Visionarios del apagón
Si sobrevives las primeras 72 horas (eso dicen) sin volverte un troglodita que grita “¡LUZ!” al cielo, ya eres parte de una nueva élite: los visionarios del apagón. Gente que entendió que la civilización no se carga por USB. Que el progreso no está solo en la tecnología, sino en la capacidad humana de adaptarse, reírse del caos y construir con lo que haya a mano (en la plaza de Olavide, una fiesta, por ejemplo).
Puedes fundar tu propio consejo de sabios, llevar una capa hecha de cortinas y proclamar las nuevas leyes del civismo sin red eléctrica. ¿Demasiado? Tal vez. Pero alguien tiene que escribir la constitución post-luz. A lo mejor eres tú.
El accesorio definitivo: guantes para tocar realidad
Por último, y como broche de oro de este kit, te recomiendo adquirir un par de guantes (figurativos o no) para tocar la vida sin filtros. Porque cuando ya no hay pantallas ni asistentes de voz que te digan qué pensar, vas a tener que tocar, sentir, oler, vivir.
Y ahí, en ese regreso incómodo pero visceral al mundo real, descubrirás que la civilización no se perdió: estaba esperando que alguien volviera a encenderla desde dentro.
No necesitas luz para brillar. Solo un poco de sentido del humor, algunas habilidades olvidadas y mucha, pero mucha, disposición a parecer raro durante un tiempo. Porque al final, sobrevivir sin electricidad no se trata solo de conservar la comida: se trata de no perder el alma, el ingenio… y el sentido de comunidad.
Y si todo falla, siempre puedes hacer como en la Edad Media: escribir este artículo a mano, enrollarlo en un pergamino y lanzarlo al viento. Con suerte, algún otro náufrago eléctrico lo leerá… y reirá contigo. Saludos, familia y amigos. Seguimos aquí. Conservemos la civilización. Aunque perdamos todo, podremos volver a encender la luz.
Giuseppe Ungaretti
No ficciónLa meta es partir. Giuseppe Ungaretti
Giuseppe Ungaretti (1888-1970) fue un poeta y ensayista italiano, considerado uno de los más importantes del siglo XX en su país. Nació en Alejandría, Egipto, en una familia de origen italiano. Desde joven, mostró una gran pasión por la literatura y la poesía, y comenzó a escribir a temprana edad.
En 1912, se trasladó a París para estudiar literatura y filosofía en la Sorbona. Allí entró en contacto con los movimientos artísticos y literarios más innovadores de la época, como el cubismo, el futurismo y el simbolismo. Estos encuentros tuvieron una gran influencia en su obra, que se caracteriza por la brevedad, la intensidad y la sencillez.
En 1914, estalló la Primera Guerra Mundial, y Ungaretti se enroló en el ejército italiano. Participó en diversos frentes de guerra, incluyendo el de la isla de Caporetto, donde tuvo una experiencia traumática que marcaría su obra para siempre. En 1916, publicó su primer libro de poemas, «Il porto sepolto» («El puerto sepultado»), que fue muy bien recibido por la crítica.
Después de la guerra, Ungaretti regresó a París y comenzó una carrera académica como profesor de literatura italiana en varias universidades francesas. Continuó escribiendo poesía y ensayos, y se convirtió en una figura destacada de la vida cultural italiana. En 1936, regresó a Italia para enseñar en la Universidad de Roma, y en 1952 obtuvo la cátedra de literatura italiana en la Universidad de Milán.
A lo largo de su carrera, Ungaretti recibió numerosos premios y reconocimientos, tanto en Italia como en el extranjero. Fue miembro de la Academia de los Lincei y de la Academia de Italia, y en 1958 recibió el premio internacional de poesía «Petrarca». Su obra ha sido traducida a numerosas lenguas y ha sido objeto de numerosos estudios y análisis críticos.
Giuseppe Ungaretti falleció en Milán en 1970, dejando una obra poética que sigue siendo una de las más importantes de la literatura italiana del siglo XX. Las obras más importantes de Giuseppe Ungaretti son:
- «Il porto sepolto» («El puerto sepultado»): Publicado en 1916, este fue el primer libro de poemas de Ungaretti, y es considerado una de las obras más importantes de la poesía italiana del siglo XX. Los poemas de este libro tratan sobre la experiencia de la guerra y la pérdida, y están marcados por una gran intensidad emocional y una gran concisión.
- «Sentimiento del tiempo» («Sentimento del tempo»): Publicado en 1933, este libro representa una evolución en la obra de Ungaretti, en la que comienza a explorar temas más existenciales y metafísicos. En este libro, el poeta reflexiona sobre el paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la búsqueda de la verdad.
- «La vita dei campi» («La vida de los campos»): Publicado en 1954, este libro es una recopilación de los poemas que Ungaretti escribió durante su estancia en el campo durante la Segunda Guerra Mundial. Los poemas de este libro son de una gran sencillez y profundidad, y reflejan la relación del poeta con la naturaleza y con su propia identidad.
- «Un grido e paesaggi» («Un grito y paisajes»): Publicado en 1952, este libro recoge la poesía de Ungaretti desde 1936 hasta 1952. En él se aprecia una evolución en la obra del poeta, que se aleja de la poesía puramente emocional para adentrarse en temas más universales y filosóficos.
En general, la obra de Ungaretti se caracteriza por su lenguaje conciso y su estilo sencillo, pero profundamente evocador. Sus poemas son reflexiones sobre la vida, la muerte, la guerra, la naturaleza y la identidad, y reflejan una visión del mundo marcada por la angustia existencial y la búsqueda de la verdad.
¿Has oído hablar de las greguerías?
PoesíaSon una forma literaria única y fascinante que se originó en España a principios del siglo XX. La palabra «greguería» proviene del español «gregario», que significa «plebeyo» o «persona común». En esencia, una greguería es una frase ingeniosa y a menudo surrealista que combina dos ideas no relacionadas de manera inteligente e inesperada. Son como poemas en miniatura o aforismos que juegan con el lenguaje y la perspectiva. El inventor de las greguerías fue el escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien escribió miles de ellas a lo largo de su carrera. Hoy en día, las greguerías siguen siendo populares en España y América Latina, e incluso han inspirado a escritores de otros idiomas a crear sus propias versiones. Si te gustan los juegos de palabras, el humor o simplemente la escritura creativa, vale la pena descubrir las greguerías.
¿Qué son las greguerías?
Las greguerías son una forma literaria que consiste en una frase ingeniosa y sorprendente que combina dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa. A menudo se les compara con los aforismos o los haikus, pero tienen un estilo y una estructura únicos. El objetivo de una greguería es sorprender al lector con una idea ingeniosa que, aunque aparentemente extraña, tiene un cierto sentido de verdad.
Historia de las greguerías
Las greguerías fueron inventadas por el escritor español Ramón Gómez de la Serna en la década de 1910. Gómez de la Serna escribió miles de greguerías a lo largo de su carrera, y su obra fue muy influyente en la literatura española de la época. Además de ser un escritor prolífico, Gómez de la Serna también era conocido por ser un personaje excéntrico y extravagante. Fue un gran defensor del arte moderno y una figura clave en la vanguardia literaria y artística de España en la primera mitad del siglo XX.
Escritores famosos de greguerías
Además de Ramón Gómez de la Serna, muchos otros escritores españoles y latinoamericanos han experimentado con las greguerías a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentran Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, y Julio Cortázar, entre otros. También ha habido escritores de otros idiomas que han sido influenciados por las greguerías, como el escritor francés Raymond Queneau, quien creó una forma literaria similar llamada «centón».
Características de las greguerías
Las greguerías tienen algunas características distintivas que las hacen diferentes de otras formas literarias. Por ejemplo, a menudo son breves y concisas, pero también pueden ser muy poéticas. También se caracterizan por su ingenio y su capacidad para combinar dos ideas de manera sorprendente. Las greguerías también pueden ser surrealistas o absurdas, pero siempre tienen un cierto sentido de verdad o realidad.
Ejemplos de greguerías
Aquí hay algunos ejemplos de greguerías para que puedas ver cómo funcionan en la práctica:
- «El reloj es un cangrejo que camina hacia la muerte»
- «El pelo es la antena que recibe las ondas de la belleza»
- «La luna es una uña rota en el dedo del cielo»
Cómo escribir tus propias greguerías
Escribir greguerías puede ser un ejercicio divertido y desafiante para cualquier persona interesada en la escritura creativa. Para escribir una buena greguería, debes combinar dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa y sorprendente. También es importante tener en cuenta que las greguerías deben ser breves y concisas, pero también poéticas. Aquí hay algunos consejos para escribir tus propias greguerías:
- Piensa en dos ideas que no tengan relación aparente entre sí.
- Juega con el lenguaje y busca conexiones ingeniosas entre las dos ideas.
- Trata de encontrar un sentido de verdad o realidad en la frase resultante.
- Asegúrate de que la greguería sea breve y concisa, pero también poética.
Beneficios de leer y escribir greguerías
Leer y escribir greguerías puede tener varios beneficios creativos y cognitivos. Por un lado, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu creatividad y habilidades literarias. También pueden ser una forma divertida de jugar con el lenguaje y explorar nuevas formas de expresión. Además, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu capacidad para encontrar conexiones entre ideas aparentemente no relacionadas, lo que puede ser útil en muchos aspectos de la vida.
Greguerías versus otras formas de poesía
Si bien las greguerías se comparan a menudo con los aforismos o los haikus, tienen algunas diferencias importantes. Por ejemplo, las greguerías tienden a ser más surrealistas y absurdas que los aforismos, pero también tienen un cierto sentido de verdad o realidad. También son más breves y concisas que los haikus, pero a menudo más poéticas. En general, las greguerías son una forma literaria única y fascinante que vale la pena explorar por sí misma.
Recursos para aprender más sobre las greguerías
Si estás interesado en aprender más sobre las greguerías, hay muchos recursos disponibles en línea y en la biblioteca. Algunos libros que puedes consultar son «Greguerías» de Ramón Gómez de la Serna, «Greguerías selectas» de Miguel Mihura, y «Greguerías ilustradas» de Ricardo Gómez. También hay muchos sitios web y blogs dedicados a las greguerías, donde puedes encontrar ejemplos, consejos y recursos adicionales.
Ejemplos
Las greguerías onduladas son como olas poéticas que se deslizan por la playa de la imaginación
El tiempo es un acordeón cósmico que estira y encoge la melodía de nuestras vidas.
Los sueños son mariposas que revolotean en el jardín de la mente y se posan delicadamente en nuestras pestañas.
Las palabras son hilos invisibles que tejen las telarañas de la comunicación, atrapando pensamientos en su danza etérea.
Los pensamientos fluyen como ríos en constante movimiento, erosionando las piedras de la ignorancia a su paso.
El corazón es un reloj de arena que derrama sus emociones con cada latido, dejando un rastro de memorias en la arena del tiempo.
Las miradas son rayos de sol que iluminan el paisaje de las almas, creando sombras y reflejos en cada interacción.
El silencio es una paleta de colores que pinta paisajes emocionales, donde los tonos suaves revelan secretos profundos.
Los suspiros son cometas en el cielo del alma, despegando con anhelos y aterrizando con susurros de nostalgia.
Las nubes son esculturas de algodón que el viento esculpe en un lienzo azul, narrando historias efímeras.
El mar es un espejo gigante que refleja el cielo, uniendo dos infinitudes en un abrazo eterno.
Los recuerdos son burbujas de jabón que flotan en el aire del pasado, frágiles y hermosas en su efímera existencia.
Las estrellas son luciérnagas cósmicas que titilan en la bóveda nocturna, guiándonos con su luz intermitente.
El amor es un laberinto de emociones enredadas, donde cada esquina esconde una sorpresa, y cada camino lleva a nuevas experiencias.
En las greguerías onduladas, la imaginación y la creatividad fluyen como olas que acarician la playa de las palabras, creando imágenes inusuales y bellos destellos poéticos. ¡Surfea en este mar de ideas y déjate llevar por su magia!
La luna es la uña plateada de una gigante celestial que rasca el cielo nocturno
La luna es el farol del universo, guiando a los viajeros perdidos en la inmensidad del cosmos.
La luna es la perla solitaria que adorna el collar negro del cielo estrellado.
La luna es el espejo de los sueños, reflejando nuestras esperanzas y anhelos en su superficie brillante.
La luna es la lágrima de una diosa enamorada que llora su amor por el sol ausente.
La luna es una cuchara de plata que remueve la sopa de las mareas en el océano de la noche.
La luna es el faro de los amantes, iluminando su camino en la oscuridad romántica.
La luna es un reloj de arena cósmico, midiendo el tiempo de los sueños mientras dormimos.
La luna es una sonrisa tímida que se asoma entre las nubes, regalándonos su resplandor nocturno.
La luna es un ojo curioso que observa desde lo alto los secretos de la Tierra.
La luna es el espejo mágico de los cuentos de hadas, reflejando mundos misteriosos y fantásticos.
La luna es un lienzo en blanco donde los poetas pintan versos con la tinta de la inspiración.
La luna es una mariposa nocturna que despliega sus alas luminosas en el firmamento estrellado.
En las greguerías sobre la luna, la poesía y la fantasía se entrelazan para capturar la belleza y el misterio de nuestro brillante satélite. Sus formas cambiantes y su presencia en el cielo nocturno inspiran imágenes sorprendentes y evocadoras que despiertan la imaginación.
Las ondas de radio son susurros del espacio que viajan en la velocidad del pensamiento
Las ondas de radio son como mensajes en una botella cósmica, lanzados al vasto océano del universo.
Las ondas de radio son bailarinas invisibles que atraviesan el éter con elegancia y gracia.
Las ondas de radio son puentes de comunicación que unen mundos distantes en un abrazo electromagnético.
Las ondas de radio son las melodías del universo, transmitiendo sus notas ocultas entre el ruido cósmico.
Las ondas de radio son como los ecos del tiempo, llevando consigo la historia de civilizaciones pasadas y presentes.
Las ondas de radio son pintores que crean paisajes sonoros en el lienzo del espacio.
Las ondas de radio son mensajeros cósmicos que llevan noticias desde las estrellas más lejanas.
Las ondas de radio son las cartas de amor del cosmos, escritas con luz invisible para todos aquellos que las sintonizan.
Las ondas de radio son como las corrientes del océano cósmico, conectando galaxias y sistemas solares en una danza cósmica.
Las ondas de radio son antenas invisibles que capturan los secretos del universo y los traducen en conocimiento humano.
Las ondas de radio son como huellas dactilares del espacio, dejando marcas únicas que nos permiten rastrear los rumbos del tiempo.
Las ondas de radio son destellos de luz en el éter oscuro, guiando nuestras exploraciones más allá de las fronteras terrestres.
Las greguerías sobre las ondas de radio capturan la esencia misteriosa y fascinante de estas formas de energía que nos permiten conectarnos con el universo y explorar sus secretos más profundos. Desde su papel en la comunicación hasta su uso en la astronomía y la exploración espacial, las ondas de radio nos invitan a reflexionar sobre nuestro lugar en el vasto cosmos.
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FicciónSin aliento, dejo el cabello chino con color a desagüe y, errante, intento escribir, como un fantasma, el libro que mi musa me dicta. Nadie dice nada nuevo, olor a página de siempre. El presente, satanes, es semen derramado como sopa en un sueño sobre la teta o el vientre de una yegua. Web bye.
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FicciónMe pesa el aliento, los satanes somos así, el aliento de plomo nos delata. Por fin el chino me muestra la teta de plástico. Anoto en mi libro la sensación de su olor y sueño con mi musa. El color va a tono con mi página web. Bien. Ya tengo un nuevo presente que regalarte junto al semen, pienso. Como un fantasma serviré la espesa sopa a mi yegua. Impregnaré su cabello como nadie y podré escribir sobre su vientre lo que, errante, un día envié al desagüe.
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