Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

Kit emocional para cuando la civilización sufra un apagón

No ficción

Querido lector (familia, amigos, etc.), imagina por un momento que te despiertas y el interruptor de la luz decide ignorarte. No hay WiFi. No hay café (porque la cafetera es eléctrica). No puedes pedir socorro por WhatsApp. Y lo peor: Netflix, ese oráculo de evasión emocional, se ha desvanecido. ¿Pánico? Tranquilo. Aquí te traigo el kit emocional definitivo para que no pierdas la compostura ni la civilización… o al menos no tan rápido.

Autodiagnóstico emocional: “¿Estoy muerto o solo sin batería?”

En el minuto uno del apagón prolongado, tu alma urbana entrará en fase de negación tecnológica. “Seguro vuelve en diez minutos”, repites mientras miras fijamente el microondas como si fuera un oráculo. No vuelve. No va a volver. Respira. Siente el vacío. Ese temblor que recorre tu cuerpo no es hambre, es síndrome de abstinencia digital.

Consejo: mira al horizonte, suspira fuerte y di: “Estoy vivo, solo que sin señal”. Funciona como un mantra. Bonus si lo gritas al balcón para sembrar esperanza (o terror) entre tus vecinos. «Perro Shanshes», o cosas similares, no funciona.

El Kit emocional básico

Porque sin emociones ordenadas no hay civilización que resista. Aquí tu arsenal mínimo:

  • Una libreta y boli. Para escribir tus memorias del colapso o hacer dibujitos si no sabes escribir sin teclado.
  • Un espejo. Para verte mientras hablas contigo mismo. Dicen que ayuda a no volverse loco, pero sobre todo entretiene.
  • Fotos impresas. Sí, impresas. De seres queridos o de tu gato. Para recordar que alguna vez fuiste parte de algo más grande que tú.
  • Un libro físico. No, no una tablet. Un libro. De papel. Páginas. Palabras. Sorpresas sin batería.

Mantén la llama (emocional y literal)

Sin electricidad, el fuego es la nueva app estrella. Sirve para todo: cocinar, calentar, asar tus prejuicios tecnológicos. Pero sobre todo, reúne personas a su alrededor, y eso, amigo mío, es la red social más estable que tendrás. Coméntale al vecino: “¿Te gusta el fuego? A mí también. ¿Hacemos comunidad?”. Boom. Civilización.

Advertencia legal: no hagas fogatas en el salón. Ni en el balcón. Ser el Prometeo del barrio puede acabar mal.

El duelo de la nevera

Es hora de enfrentarte al mayor drama: todo lo que amabas en tu nevera ha muerto. El yogur, el queso, el pollo de oferta. Todos, víctimas de la falta de voltios. Vas a pasar por las cinco fases del duelo (negación, ira, pacto, depresión, aceptación) en menos de una hora, especialmente cuando veas flotar el brócoli en su jugo.

¿Solución emocional? Organiza un funeral vikingo para tu helado. Que se derrita con dignidad mientras le cantas una balada. Llora si hace falta. Luego, aprende a fermentar verduras. Es como tener una nevera espiritual.

Reinventa el ocio: teatro interior y otros delirios

Sin Netflix, TikTok, ni podcasts de gente que habla como si fuera filósofa del yoga, tu mente se convierte en el único escenario disponible. ¡Es tu momento!

  • Interpreta monólogos delante del espejo.
  • Recrea películas desde la memoria.
  • Haz una “charla TED” para tus plantas sobre resiliencia post-luz.
  • Pásate al origami emocional: dobla tu ansiedad hasta que parezca una paloma.

Verás qué divertido es inventarte roles para no perder la cordura. (Bueno, perderla con estilo también cuenta y es civilizado.)

Cómo mantener la civilización

(spoiler: con pegamento y conversación)

La civilización, según algunos expertos del Apocalipsis™, no se sostiene por la tecnología sino por la cooperación humana. Así que toca hablar. Con humanos reales. De carne, hueso y cara. Ya sé, qué horror.

Ve y llama al vecino que antes evitabas en el ascensor. “Hola, ¿te interesa construir una civilización post-eléctrica conmigo?”. Es probable que te mire raro, pero si tiene una estufa de gas o un transistor a manubrio, el pacto está sellado.

Conversa, comparte, coopera. La civilización nació así. La electricidad vino después. Si puedes encender una charla, no necesitas encender una bombilla.

Meditación para urbanitas sin enchufe

Ya sin aparatos que te absorban la atención, vas a experimentar un fenómeno extraño: el tiempo. De repente tendrás horas. Días. Inmensidades sin notificaciones. Es abrumador.

Haz esto:

  1. Siéntate.
  2. Mira un punto fijo (puede ser la mancha de humedad del techo).
  3. Respira.
  4. Repite: “No soy mi router. No soy mi móvil. Soy más que un algoritmo.”

Con práctica, desarrollarás una extraña capacidad llamada presencia. Es como el WiFi del alma, pero sin contraseña.

Visionarios del apagón

Si sobrevives las primeras 72 horas (eso dicen) sin volverte un troglodita que grita “¡LUZ!” al cielo, ya eres parte de una nueva élite: los visionarios del apagón. Gente que entendió que la civilización no se carga por USB. Que el progreso no está solo en la tecnología, sino en la capacidad humana de adaptarse, reírse del caos y construir con lo que haya a mano (en la plaza de Olavide, una fiesta, por ejemplo).

Puedes fundar tu propio consejo de sabios, llevar una capa hecha de cortinas y proclamar las nuevas leyes del civismo sin red eléctrica. ¿Demasiado? Tal vez. Pero alguien tiene que escribir la constitución post-luz. A lo mejor eres tú.

El accesorio definitivo: guantes para tocar realidad

Por último, y como broche de oro de este kit, te recomiendo adquirir un par de guantes (figurativos o no) para tocar la vida sin filtros. Porque cuando ya no hay pantallas ni asistentes de voz que te digan qué pensar, vas a tener que tocar, sentir, oler, vivir.

Y ahí, en ese regreso incómodo pero visceral al mundo real, descubrirás que la civilización no se perdió: estaba esperando que alguien volviera a encenderla desde dentro.

No necesitas luz para brillar. Solo un poco de sentido del humor, algunas habilidades olvidadas y mucha, pero mucha, disposición a parecer raro durante un tiempo. Porque al final, sobrevivir sin electricidad no se trata solo de conservar la comida: se trata de no perder el alma, el ingenio… y el sentido de comunidad.

Y si todo falla, siempre puedes hacer como en la Edad Media: escribir este artículo a mano, enrollarlo en un pergamino y lanzarlo al viento. Con suerte, algún otro náufrago eléctrico lo leerá… y reirá contigo. Saludos, familia y amigos. Seguimos aquí. Conservemos la civilización. Aunque perdamos todo, podremos volver a encender la luz.

Ocho tendencias en las Redes Sociales, más importantes que nunca

No ficción

Las redes sociales son una parte esencial de la vida digital de millones de personas en todo el mundo. Cada año, surgen nuevas plataformas, formatos, funcionalidades y tendencias que cambian la forma en que nos comunicamos, nos informamos y nos entretenemos en el entorno online.

En este artículo, vamos a repasar algunas de las tendencias más importantes que marcarán el futuro de las redes sociales en 2023 y 2024 y cómo pueden afectar a tu negocio.

1. El contenido creado por el usuario es el protagonista

El contenido creado por el usuario (UGC, por sus siglas en inglés) es aquel que proviene de los propios usuarios de las redes sociales, sin intervención de las marcas o los medios de comunicación. Este tipo de contenido suele ser más auténtico, original, creativo y cercano, lo que genera mayor confianza y engagement entre la audiencia.

Según un estudio de HubSpot, el UGC es el formato preferido por el 51% de los consumidores para seguir a las marcas en redes sociales, por encima de los contenidos propios de las marcas (36%) o de los influencers (13%).

Además, el UGC tiene un gran potencial para generar tráfico, conversiones y ventas, ya que el 79% de las personas dice que el UGC influye en sus decisiones de compra.

Por eso, las marcas deben aprovechar el poder del UGC y fomentar la participación de sus seguidores, por ejemplo, mediante concursos, retos, testimonios, reseñas o etiquetas.

2. TikTok continuará dando la pauta sobre cómo hacer contenido para redes sociales

TikTok es la red social de moda, con más de 1.000 millones de usuarios activos al mes. Su éxito se basa en ofrecer vídeos cortos, verticales y muy creativos, que captan la atención de los usuarios con humor, música, bailes, efectos y tendencias virales.

TikTok ha influido en el resto de las redes sociales, que han incorporado formatos similares, como Reels en Instagram, Shorts en YouTube o Spotlight en Snapchat. Además, TikTok ha introducido nuevas funcionalidades, como el comercio electrónico, la monetización o el aprendizaje.

Las marcas que quieran triunfar en redes sociales deben adaptarse al estilo de TikTok y crear contenidos que sean divertidos, dinámicos, originales y que conecten con las emociones y los intereses de los usuarios.

3. La experiencia del usuario será phygital

El término phygital se refiere a la combinación de lo físico y lo digital, es decir, a la integración de las experiencias online y offline. Esta tendencia se ha acelerado con la pandemia, que ha obligado a muchos negocios a digitalizarse y a ofrecer servicios a distancia.

Las redes sociales juegan un papel clave en el phygital, ya que permiten conectar con los clientes en cualquier momento y lugar, ofrecerles información, entretenimiento, asesoramiento, atención al cliente o incluso realizar transacciones.

Algunos ejemplos de experiencias phygital son las tiendas virtuales, los eventos en directo, los códigos QR, las realidades aumentada y virtual, los chatbots o los asistentes de voz.

Las marcas que quieran mejorar la experiencia del usuario deben apostar por el phygital y ofrecer soluciones que aporten valor, comodidad, seguridad y personalización a sus clientes.

4. Influencers tendrán mayor autoridad en redes sociales

Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.

Según un informe de Business Insider, el mercado de los influencers moverá más de 15.000 millones de dólares en 2023, lo que supone un crecimiento del 34% respecto a 2022.

Los influencers seguirán siendo una tendencia en 2023, pero con algunos cambios. Por un lado, se dará más importancia a la calidad que a la cantidad, es decir, a la relevancia, el engagement y la afinidad de los influencers con las marcas y los consumidores, más que al número de seguidores.

Por otro lado, se diversificarán los tipos de influencers, desde los macroinfluencers (más de 1 millón de seguidores) hasta los microinfluencers (entre 10.000 y 100.000 seguidores), los nanoinfluencers (menos de 10.000 seguidores) o los employee influencers (empleados de las marcas).

Las marcas que quieran aprovechar el poder de los influencers deben elegir a los más adecuados para sus objetivos, establecer una relación de confianza y transparencia con ellos y medir los resultados de sus campañas.

5. El contenido de video es el rey de las publicaciones

El contenido de video es el formato más consumido y compartido en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Según un estudio de Wyzowl, el 86% de las empresas utiliza el video como herramienta de marketing, y el 93% de ellas dice que el video les ha ayudado a conseguir clientes.

El video seguirá siendo el rey de las publicaciones en 2023, pero con algunas novedades. Por ejemplo, se dará más protagonismo al video en directo, que permite interactuar con la audiencia en tiempo real y generar mayor engagement y fidelidad.

También se potenciará el video educativo, que ofrece contenido de valor y utilidad a los usuarios, como tutoriales, consejos, demostraciones o cursos. Además, se explorarán nuevos formatos, como el video 360, el video interactivo o el video inmersivo.

Las marcas que quieran destacar en redes sociales deben incorporar el video a su estrategia de contenidos, y crear videos que sean cortos, claros, creativos y que resuelvan las necesidades y los problemas de sus clientes.

6. Los usuarios de LinkedIn transforman la dinámica hacia un enfoque humano

LinkedIn es la red social profesional por excelencia, con más de 800 millones de usuarios. Su objetivo es conectar a profesionales, empresas, instituciones y organizaciones, y facilitar el intercambio de información, conocimiento y oportunidades laborales.

LinkedIn seguirá siendo una red social clave en 2023, pero con una transformación hacia un enfoque más humano. Esto significa que los usuarios buscarán establecer relaciones más auténticas, personales y duraderas con sus contactos, y no solo basadas en el interés profesional.

Además, los usuarios demandarán contenidos más inspiradores, motivadores y divertidos, que les ayuden a afrontar los retos y las incertidumbres del mundo laboral. También se valorarán más las historias de éxito, los casos de estudio, las recomendaciones o los reconocimientos.

Las marcas que quieran aprovechar el potencial de LinkedIn deben humanizar su perfil, mostrar su lado más cercano y empático, interactuar con su comunidad, generar conversaciones y ofrecer contenidos de calidad que aporten valor a su público objetivo.

7. El SEO en redes sociales será más importante que nunca

El SEO (Search Engine Optimization) es el conjunto de técnicas que se aplican para mejorar el posicionamiento de una página web en los motores de búsqueda, como Google o Bing. El SEO es fundamental para aumentar la visibilidad, el tráfico y las conversiones de un sitio web.

Pero el SEO no solo se aplica a las páginas web, sino también a las redes sociales. Cada vez más, los usuarios utilizan las redes sociales como fuentes de información, y realizan búsquedas dentro de las propias plataformas o a través de los buscadores externos.

Por eso, el SEO en redes sociales será más importante que nunca en 2023, y las marcas deberán optimizar sus perfiles y contenidos para aparecer en los primeros resultados de las búsquedas. Para ello, deberán utilizar palabras clave relevantes, títulos atractivos, descripciones claras, hashtags adecuados, enlaces de calidad o imágenes optimizadas.

Las marcas que quieran mejorar su SEO en redes sociales deben realizar un análisis de palabras clave, conocer las tendencias de búsqueda, monitorizar su rendimiento y adaptarse a los cambios de los algoritmos.

8. El comercio en redes sociales se consolidará como una opción de compra

El comercio en redes sociales (social commerce) es la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico será reforzada cada vez más.

Y en 2024?

Para el año 2024, se espera que las redes sociales sigan evolucionando y presentando nuevas tendencias que afectarán a las marcas y los consumidores. Algunas de las posibles tendencias son:

  • El contenido efímero seguirá ganando popularidad. Se trata de aquel contenido que desaparece después de un tiempo determinado, como las Stories de Instagram, Facebook o Snapchat. Este tipo de contenido genera más interés, urgencia y fidelidad entre los usuarios, que quieren ver lo que sus contactos o marcas favoritas están haciendo en el momento.
  • Las plataformas de redes sociales de nicho funcionarán bien. Son aquellas que se enfocan en un público específico, con intereses, gustos o necesidades particulares. Por ejemplo, Clubhouse es una red social basada en el audio, donde los usuarios pueden participar en salas de chat sobre diversos temas. Estas plataformas ofrecen una mayor personalización, segmentación y engagement que las redes sociales masivas.
  • Instagram eliminará los me gusta. Esta medida ya se ha implementado en algunos países, con el objetivo de reducir la presión y la competencia entre los usuarios, y fomentar un uso más saludable y creativo de la red social. Sin los me gusta, los usuarios se centrarán más en el contenido y la calidad que en la cantidad y la popularidad.
  • El comercio social se expandirá. Se trata de la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico ofrece una mayor comodidad, rapidez y seguridad a los compradores, que pueden acceder a catálogos, reseñas, ofertas o métodos de pago desde sus redes sociales favoritas.
  • Predominará el contenido de video. El video es uno de los formatos más consumidos y compartidos en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Ya sean los videos de formato corto como aquellos en TikTok y las Stories, o los contenidos de formato largo en YouTube, los videos son el futuro del contenido en redes sociales.
  • La adopción de tecnología estará en sus niveles más altos. Las redes sociales incorporarán cada vez más tecnologías innovadoras, como la inteligencia artificial, el big data, la realidad aumentada, la realidad virtual o el blockchain, para mejorar la experiencia de los usuarios y ofrecerles nuevas posibilidades de interacción, personalización, información y entretenimiento.
  • El marketing de influencers continuará creciendo. Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.
  • Habrá más control reglamentario y jurídico. Las redes sociales tendrán que enfrentarse a mayores exigencias y regulaciones por parte de los gobiernos, las organizaciones y los usuarios, en temas como la privacidad, la seguridad, la transparencia, la veracidad, la responsabilidad o la ética. Las redes sociales deberán adaptarse a estas normas y garantizar el cumplimiento de los derechos y deberes de sus usuarios.

Estas son algunas de las tendencias que podrían marcar el futuro de las redes sociales en 2024, pero seguro que habrá muchas más. Lo importante es estar atento a los cambios y las oportunidades que ofrecen las redes sociales, y aprovecharlas para crear estrategias de marketing efectivas y exitosas. Sigue leyéndonos.

Sansón

Ficción

El hombre acaba de pintar un cuadro. Lo ha titulado «Alimento para peces o la materia que me une al mundo«. Es un cuadro largamente esperado; lleva trabajando en él toda la vida, de hecho, las capas se acumulan en él lo mismo que los años. Es El Cuadro por excelencia, un estudio donde se inician todos los cuadros que ha pintado a lo largo de su vasta vida de pintor. De tal forma se acumulan las capas sobre el lienzo que su espesor y su peso han llegado a ser considerables. El título tampoco ha sido el primero, ni será el último que ha recibido: «Sol», «Sansón», «Gigante» fueron los primeros; los que vinieron después ya sólo son recordados en los catálogos… El hombre le hace una nueva foto y la guarda en su fichero con el número 18564. ¿Qué importa el nombre? Tan sólo es una nueva capa de piel de la que se desprende su propio cuerpo.


«The man has just painted a picture. He has titled it “Food for fish or the matter that links me to the world.” It is a long-awaited picture; he’s been working on it his entire life, in fact, the layers accumulate in the same way as the years. It is The Picture by excellence, a study where all the pictures he has ever painted during his vast painter’s life begin. The layers accumulate on the canvas in such a way that its thickness and weight have become considerable. The title isn’t the first one, either, nor will it be the last it receives: “Sun”, “Samson”, “Giant”, were the first; the ones that came later are now only remembered in the catalogs… The man takes a new photo and saves it in his filing cabinet with the number 18564. What does the name matter? It is just a new layer of skin that his own body is shedding.»

El whisky con hielo es el sonajero del mamado

Ficción

En un rincón de la ciudad, donde las luces de neón titilaban con desdén sobre las cabezas de los transeúntes, se encontraba el «Barón de la Resaca», un bar de mala muerte con aspiraciones de grandeza. Era el lugar preferido de Eduardo, también conocido como «El Magnate», aunque su fortuna consistiera únicamente en un legado de deudas y una capacidad innata para parecer más rico de lo que era.

Cada noche, Eduardo se vestía con su traje de lino blanco, que con cada lavado iba adquiriendo un tono más amarillento, y se dirigía al bar con paso firme, como si pisara la alfombra roja de algún evento de gala. Sus entradas eran todo un espectáculo: empujaba las puertas con dramatismo, miraba a los presentes con una ceja en alto y avanzaba hacia la barra como quien toma posesión de su trono.

En cuanto se sentaba, el barman, que ya conocía el ritual, le preparaba un whisky con hielo. Eduardo lo recibía con una sonrisa engreída, como si acabara de adquirir una botella de edición limitada. Alzaba el vaso, observaba el líquido ámbar con una mezcla de devoción y avaricia, y finalmente, le daba un sorbo que siempre terminaba en una leve mueca de desagrado, aunque nunca lo admitiera.

Sus amigos, una colección de personajes tan estrafalarios como él, le rodeaban y le escuchaban con atención, convencidos de que Eduardo era un pozo de sabiduría sobre finanzas, mujeres y filosofía barata. La verdad era que Eduardo no tenía ni idea de nada de eso, pero había aprendido que, con el tono adecuado y un poco de humo en los ojos, podía hacer creer a cualquiera lo que quisiera.

—El truco —decía Eduardo, apoyando el vaso en la barra—, está en nunca perder la compostura. La gente respeta al hombre que siempre parece tener todo bajo control.

Y así continuaba, con monólogos sobre cómo dominar el mundo desde la comodidad de un bar. Pero esa noche, algo iba a cambiar.

A mitad de su disertación sobre cómo «el mercado global se refleja en el comportamiento del barman», un grupo de jóvenes entró al bar. Ellos no estaban interesados en las lecciones de vida de Eduardo; sólo buscaban divertirse. Pronto, uno de ellos se fijó en el magnate de pacotilla, que agitaba su vaso de whisky con la solemnidad de un alquimista medieval.

—Oye, amigo —dijo uno de los jóvenes, con una sonrisa burlona—, ¿me enseñas cómo hacer esa magia de convertir agua en whisky?

La pandilla estalló en risas, y Eduardo, que no estaba acostumbrado a ser objeto de burla, sintió cómo su fachada empezaba a resquebrajarse.

—No es para principiantes —respondió, intentando mantener la dignidad—. Esto es arte.

Pero los jóvenes no le dejaron en paz. Uno de ellos se acercó más y, en un gesto brusco, cogió el vaso de las manos de Eduardo y lo sacudió, haciendo tintinear los cubitos de hielo como si fueran una maraca.

—¡Miren! —gritó el chico—. ¡Es el nuevo ritmo del éxito! ¡El sonajero de los reyes!

Eduardo se puso de pie, indignado, pero antes de que pudiera decir algo, el barman, que había estado observando la escena con una sonrisa socarrona, se acercó y, con una palmada en el hombro, dijo:

—Déjalo, Eduardo. Al fin y al cabo, el whisky con hielo es el sonajero del mamado.

Sansón

Ficción


El hombre acaba de pintar un cuadro. Lo ha titulado «Alimento para peces o la materia que me une al mundo«. Es un cuadro largamente esperado; lleva trabajando en él toda la vida, de hecho, las capas se acumulan en él lo mismo que los años. Es El Cuadro por excelencia, un estudio donde se inician todos los cuadros que ha pintado a lo largo de su vasta vida de pintor. De tal forma se acumulan las capas sobre el lienzo que su espesor y su peso han llegado a ser considerables. El título tampoco ha sido el primero, ni será el último que ha recibido: «Sol», «Sansón», «Gigante» fueron los primeros; los que vinieron después ya sólo son recordados en los catálogos… El hombre le hace una nueva foto y la guarda en su fichero con el número 18564. ¿Qué importa el nombre? Tan sólo es una nueva capa de piel de la que se desprende su propio cuerpo.

(A Karina, por su estupenda traducción al inglés de este cuento)

Araña

Ficción

La araña, pequeña hechicera del silencio, equilibra su diminuto cuerpo en un hilo invisible, suspendido entre la brisa leve y el aire espeso de la tarde. Sus patas, finas como pinceles de un pintor en miniatura, trazan senderos en el vacío, como si bordara con hilos de luz solar dispersa, atrapada entre las hojas y las sombras. Cada movimiento suyo es un acto de gracia, una danza silenciosa entre la vida y el vacío.

Es tejedora, sí, pero no sólo de hilos; teje el tiempo mismo, entrelazando los minutos que se desvanecen con los rayos fugaces que alguna vez brillaron en la infancia. A cada sacudida de su diminuto cuerpo, se despliegan como acordes las hebras invisibles, vibrantes de luz, un canto tenue al que sólo los oídos del universo responden. Es un funámbulo del éter, un ser que mide su existencia entre los hilos de lo efímero, como si los días se trenzaran también entre sus patas en la misma red en la que las moscas encuentran su destino.

Así, la araña se convierte en un símbolo del instante y la eternidad. Trenzando, paso a paso, la esencia misma de los rayos extraviados, construye una morada que desafía el viento y el olvido.

La araña es a la vez funámbula y tejedora de rayos de sol extraviados, suspendida en la vastedad del aire como un minúsculo demiurgo que hilvana hilos de luz, atrapando en su red los secretos más sutiles del día. Con una precisión silenciosa, mueve sus patas frágiles, tensando la seda en una coreografía que desafía el abismo. Cada filamento vibra, como si contuviera el eco de sueños olvidados, de diálogos susurrados entre el viento y las hojas que caen en su danza otoñal.

La araña, suspendida entre dos mundos, se convierte en una orfebre del aire, en una amante del equilibrio que desafía las leyes invisibles del espacio. En cada nudo, en cada hebra entrelazada, pareciera recoger el resplandor errante del sol, destellos huidizos que quedaron atrapados en su laberinto de seda. ¿Acaso teje para atrapar la luz o para conservar las sombras que se filtran entre los rayos? Quizá lo haga por el simple placer de crear, de ser artífice y testigo de su propia obra, una creación que resiste, aunque sea por un momento, al paso del tiempo y del olvido.

Los rayos de sol, ya domesticados, se inclinan ante su telaraña, dejando entrever sus secretos en cada curva de la trama. Como un arpista solitaria, la araña vibra al ritmo de las horas, tejiendo no solo su refugio, sino el delicado equilibrio del universo mismo.

La araña, en su danza silenciosa y casi hipnótica, se convierte en una equilibrista etérea, oscilando entre los vientos caprichosos del atardecer. Cada hilo que despliega no es simplemente una trampa o una casa, sino una traza de luz, un eco dorado de los rayos de sol que han escapado de su curso. Ella, en su diminuta y sabia labor, parece comprender que la belleza y la fragilidad están íntimamente ligadas, y mientras camina sobre su propia creación, no es solo la gravedad la que desafía, sino el tiempo mismo.

Es la artífice de un entramado de horizontes perdidos, aquellos rayos que ya no encuentran dónde posarse y que ahora se enredan en las hebras de su red, atrapados por un capricho invisible. Su tela, más que una trampa para los incautos, es un manto donde lo efímero toma forma y lo intangible se vuelve tangible, por un instante, hasta que el viento, en su impaciencia, lo borra todo, como si nunca hubiera existido.

Suspensa en su delgado hilo, se balancea con una gracia que sólo puede apreciarse en el silencio de las horas que caen. Cada filamento que extiende no es sólo un puente entre ramas, sino una partitura hecha de viento y luz, donde la brisa parece cantar, y los destellos del amanecer se enredan, prisioneros fugaces de su telaraña.

La araña, diminuta en su vasto imperio de hilos, se desliza con una paciencia antigua, como si supiera que su obra no es sólo una trampa, sino un reflejo de ese equilibrio precario del que todos somos parte. Los rayos que atrapa no son fortuitos; son los fragmentos de un universo que se desmorona y se recompone a cada instante, y ella, desde su trono invisible, los custodia, los urde, los convierte en algo nuevo.

Ocho tendencias más importantes que nunca en las Redes Sociales

No ficción

Las redes sociales son una parte esencial de la vida digital de millones de personas en todo el mundo. Cada año, surgen nuevas plataformas, formatos, funcionalidades y tendencias que cambian la forma en que nos comunicamos, nos informamos y nos entretenemos en el entorno online.

En este artículo, vamos a repasar algunas de las tendencias más importantes que marcarán el futuro de las redes sociales en los próximos años y cómo pueden afectar a tu negocio.

1. El contenido creado por el usuario es el protagonista

El contenido creado por el usuario (UGC, por sus siglas en inglés) es aquel que proviene de los propios usuarios de las redes sociales, sin intervención de las marcas o los medios de comunicación. Este tipo de contenido suele ser más auténtico, original, creativo y cercano, lo que genera mayor confianza y engagement entre la audiencia.

Según un estudio de HubSpot, el UGC es el formato preferido por el 51% de los consumidores para seguir a las marcas en redes sociales, por encima de los contenidos propios de las marcas (36%) o de los influencers (13%).

Además, el UGC tiene un gran potencial para generar tráfico, conversiones y ventas, ya que el 79% de las personas dice que el UGC influye en sus decisiones de compra.

Por eso, las marcas deben aprovechar el poder del UGC y fomentar la participación de sus seguidores, por ejemplo, mediante concursos, retos, testimonios, reseñas o etiquetas.

2. TikTok continuará dando la pauta sobre cómo hacer contenido para redes sociales

TikTok es la red social de moda, con más de 1.000 millones de usuarios activos al mes. Su éxito se basa en ofrecer vídeos cortos, verticales y muy creativos, que captan la atención de los usuarios con humor, música, bailes, efectos y tendencias virales.

TikTok ha influido en el resto de las redes sociales, que han incorporado formatos similares, como Reels en Instagram, Shorts en YouTube o Spotlight en Snapchat. Además, TikTok ha introducido nuevas funcionalidades, como el comercio electrónico, la monetización o el aprendizaje.

Las marcas que quieran triunfar en redes sociales deben adaptarse al estilo de TikTok y crear contenidos que sean divertidos, dinámicos, originales y que conecten con las emociones y los intereses de los usuarios.

3. La experiencia del usuario será phygital

El término phygital se refiere a la combinación de lo físico y lo digital, es decir, a la integración de las experiencias online y offline. Esta tendencia se ha acelerado con la pandemia, que ha obligado a muchos negocios a digitalizarse y a ofrecer servicios a distancia.

Las redes sociales juegan un papel clave en el phygital, ya que permiten conectar con los clientes en cualquier momento y lugar, ofrecerles información, entretenimiento, asesoramiento, atención al cliente o incluso realizar transacciones.

Algunos ejemplos de experiencias phygital son las tiendas virtuales, los eventos en directo, los códigos QR, las realidades aumentada y virtual, los chatbots o los asistentes de voz.

Las marcas que quieran mejorar la experiencia del usuario deben apostar por el phygital y ofrecer soluciones que aporten valor, comodidad, seguridad y personalización a sus clientes.

4. Influencers tendrán mayor autoridad en redes sociales

Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.

Según un informe de Business Insider, el mercado de los influencers moverá más de 15.000 millones de dólares, lo que supone un crecimiento del 34%.

Los influencers seguirán siendo una tendencia, pero con algunos cambios. Por un lado, se dará más importancia a la calidad que a la cantidad, es decir, a la relevancia, el engagement y la afinidad de los influencers con las marcas y los consumidores, más que al número de seguidores.

Por otro lado, se diversificarán los tipos de influencers, desde los macroinfluencers (más de 1 millón de seguidores) hasta los microinfluencers (entre 10.000 y 100.000 seguidores), los nanoinfluencers (menos de 10.000 seguidores) o los employee influencers (empleados de las marcas).

Las marcas que quieran aprovechar el poder de los influencers deben elegir a los más adecuados para sus objetivos, establecer una relación de confianza y transparencia con ellos y medir los resultados de sus campañas.

5. El contenido de video es el rey de las publicaciones

El contenido de video es el formato más consumido y compartido en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Según un estudio de Wyzowl, el 86% de las empresas utiliza el video como herramienta de marketing, y el 93% de ellas dice que el video les ha ayudado a conseguir clientes.

El video seguirá siendo el rey de las publicaciones, pero con algunas novedades. Por ejemplo, se dará más protagonismo al video en directo, que permite interactuar con la audiencia en tiempo real y generar mayor engagement y fidelidad.

También se potenciará el video educativo, que ofrece contenido de valor y utilidad a los usuarios, como tutoriales, consejos, demostraciones o cursos. Además, se explorarán nuevos formatos, como el video 360, el video interactivo o el video inmersivo.

Las marcas que quieran destacar en redes sociales deben incorporar el video a su estrategia de contenidos, y crear videos que sean cortos, claros, creativos y que resuelvan las necesidades y los problemas de sus clientes.

6. Los usuarios de LinkedIn transforman la dinámica hacia un enfoque humano

LinkedIn es la red social profesional por excelencia, con más de 800 millones de usuarios. Su objetivo es conectar a profesionales, empresas, instituciones y organizaciones, y facilitar el intercambio de información, conocimiento y oportunidades laborales.

LinkedIn seguirá siendo una red social clave, pero con una transformación hacia un enfoque más humano. Esto significa que los usuarios buscarán establecer relaciones más auténticas, personales y duraderas con sus contactos, y no solo basadas en el interés profesional.

Además, los usuarios demandarán contenidos más inspiradores, motivadores y divertidos, que les ayuden a afrontar los retos y las incertidumbres del mundo laboral. También se valorarán más las historias de éxito, los casos de estudio, las recomendaciones o los reconocimientos.

Las marcas que quieran aprovechar el potencial de LinkedIn deben humanizar su perfil, mostrar su lado más cercano y empático, interactuar con su comunidad, generar conversaciones y ofrecer contenidos de calidad que aporten valor a su público objetivo.

7. El SEO en redes sociales será más importante que nunca

El SEO (Search Engine Optimization) es el conjunto de técnicas que se aplican para mejorar el posicionamiento de una página web en los motores de búsqueda, como Google o Bing. El SEO es fundamental para aumentar la visibilidad, el tráfico y las conversiones de un sitio web.

Pero el SEO no solo se aplica a las páginas web, sino también a las redes sociales. Cada vez más, los usuarios utilizan las redes sociales como fuentes de información, y realizan búsquedas dentro de las propias plataformas o a través de los buscadores externos.

Por eso, el SEO en redes sociales será más importante que nunca, y las marcas deberán optimizar sus perfiles y contenidos para aparecer en los primeros resultados de las búsquedas. Para ello, deberán utilizar palabras clave relevantes, títulos atractivos, descripciones claras, hashtags adecuados, enlaces de calidad o imágenes optimizadas.

Las marcas que quieran mejorar su SEO en redes sociales deben realizar un análisis de palabras clave, conocer las tendencias de búsqueda, monitorizar su rendimiento y adaptarse a los cambios de los algoritmos.

8. El comercio en redes sociales se consolidará como una opción de compra

El comercio en redes sociales (social commerce) es la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico será reforzada cada vez más.

Y el próximo año?

Para el año que viene, se espera que las redes sociales sigan evolucionando y presentando nuevas tendencias que afectarán a las marcas y los consumidores. Algunas de las posibles tendencias son:

  • El contenido efímero seguirá ganando popularidad. Se trata de aquel contenido que desaparece después de un tiempo determinado, como las Stories de Instagram, Facebook o Snapchat. Este tipo de contenido genera más interés, urgencia y fidelidad entre los usuarios, que quieren ver lo que sus contactos o marcas favoritas están haciendo en el momento.
  • Las plataformas de redes sociales de nicho funcionarán bien. Son aquellas que se enfocan en un público específico, con intereses, gustos o necesidades particulares. Por ejemplo, Clubhouse es una red social basada en el audio, donde los usuarios pueden participar en salas de chat sobre diversos temas. Estas plataformas ofrecen una mayor personalización, segmentación y engagement que las redes sociales masivas.
  • Instagram eliminará los me gusta. Esta medida ya se ha implementado en algunos países, con el objetivo de reducir la presión y la competencia entre los usuarios, y fomentar un uso más saludable y creativo de la red social. Sin los me gusta, los usuarios se centrarán más en el contenido y la calidad que en la cantidad y la popularidad.
  • El comercio social se expandirá. Se trata de la venta de productos o servicios directamente a través de las redes sociales, sin necesidad de salir de la plataforma. Esta modalidad de comercio electrónico ofrece una mayor comodidad, rapidez y seguridad a los compradores, que pueden acceder a catálogos, reseñas, ofertas o métodos de pago desde sus redes sociales favoritas.
  • Predominará el contenido de video. El video es uno de los formatos más consumidos y compartidos en las redes sociales, ya que es más atractivo, emocional y memorable que el texto o las imágenes. Ya sean los videos de formato corto como aquellos en TikTok y las Stories, o los contenidos de formato largo en YouTube, los videos son el futuro del contenido en redes sociales.
  • La adopción de tecnología estará en sus niveles más altos. Las redes sociales incorporarán cada vez más tecnologías innovadoras, como la inteligencia artificial, el big data, la realidad aumentada, la realidad virtual o el blockchain, para mejorar la experiencia de los usuarios y ofrecerles nuevas posibilidades de interacción, personalización, información y entretenimiento.
  • El marketing de influencers continuará creciendo. Los influencers son personas que tienen una gran audiencia y credibilidad en las redes sociales, y que pueden influir en las opiniones y comportamientos de sus seguidores. Los influencers son una herramienta muy eficaz para las marcas, ya que les ayudan a aumentar su visibilidad, reputación, tráfico y ventas.
  • Habrá más control reglamentario y jurídico. Las redes sociales tendrán que enfrentarse a mayores exigencias y regulaciones por parte de los gobiernos, las organizaciones y los usuarios, en temas como la privacidad, la seguridad, la transparencia, la veracidad, la responsabilidad o la ética. Las redes sociales deberán adaptarse a estas normas y garantizar el cumplimiento de los derechos y deberes de sus usuarios.

Estas son algunas de las tendencias que podrían marcar el futuro de las redes sociales en el próximo, pero seguro que habrá muchas más. Lo importante es estar atento a los cambios y las oportunidades que ofrecen las redes sociales, y aprovecharlas para crear estrategias de marketing efectivas y exitosas. Sigue leyéndonos.

Tales de Mileto

No ficción

Tales de Mileto, también conocido como Tales el Milesio, fue un destacado filósofo, matemático, geómetra, físico y legislador griego. Aunque no se conserva ningún texto escrito directamente por él, su influencia y legado son significativos en la historia del pensamiento occidental.

Biografía y Contexto

  • Vida y Muerte: Tales vivió aproximadamente entre el 626 a.C. y el 546 a.C. en la ciudad de Mileto, ubicada en la costa jonia (hoy en Turquía).
  • Escuela de Mileto: Aristóteles lo consideró el iniciador de la escuela de Mileto, a la que también pertenecieron Anaximandro y Anaxímenes.
  • Siete Sabios de Grecia: En la antigüedad, se le consideraba uno de los Siete Sabios de Grecia.

Contribuciones y Pensamiento

  • Monismo: Tales es reconocido por romper con la mitología y buscar explicaciones naturales para el mundo y el universo. Propuso que el agua era la única sustancia última (arché) que constituía la base de todo.
  • Especulación Científica: Fue pionero en utilizar la razón (logos) para explicar fenómenos naturales, marcando el inicio de la especulación científica y filosófica griega y occidental.
  • Teorema de Tales: Aunque no hay documentos que respalden su autoría, se le atribuye el famoso teorema de Tales en geometría.
  • Legislador: Además de sus contribuciones intelectuales, desempeñó un activo papel como legislador en su ciudad natal.

Legado

Tales de Mileto dejó una huella profunda en la historia del pensamiento. Su enfoque en la razón y la búsqueda de principios naturales allanó el camino para futuros filósofos y científicos.