En un rincón de la ciudad, donde las luces de neón titilaban con desdén sobre las cabezas de los transeúntes, se encontraba el «Barón de la Resaca», un bar de mala muerte con aspiraciones de grandeza. Era el lugar preferido de Eduardo, también conocido como «El Magnate», aunque su fortuna consistiera únicamente en un legado de deudas y una capacidad innata para parecer más rico de lo que era.
Cada noche, Eduardo se vestía con su traje de lino blanco, que con cada lavado iba adquiriendo un tono más amarillento, y se dirigía al bar con paso firme, como si pisara la alfombra roja de algún evento de gala. Sus entradas eran todo un espectáculo: empujaba las puertas con dramatismo, miraba a los presentes con una ceja en alto y avanzaba hacia la barra como quien toma posesión de su trono.
En cuanto se sentaba, el barman, que ya conocía el ritual, le preparaba un whisky con hielo. Eduardo lo recibía con una sonrisa engreída, como si acabara de adquirir una botella de edición limitada. Alzaba el vaso, observaba el líquido ámbar con una mezcla de devoción y avaricia, y finalmente, le daba un sorbo que siempre terminaba en una leve mueca de desagrado, aunque nunca lo admitiera.
Sus amigos, una colección de personajes tan estrafalarios como él, le rodeaban y le escuchaban con atención, convencidos de que Eduardo era un pozo de sabiduría sobre finanzas, mujeres y filosofía barata. La verdad era que Eduardo no tenía ni idea de nada de eso, pero había aprendido que, con el tono adecuado y un poco de humo en los ojos, podía hacer creer a cualquiera lo que quisiera.
—El truco —decía Eduardo, apoyando el vaso en la barra—, está en nunca perder la compostura. La gente respeta al hombre que siempre parece tener todo bajo control.
Y así continuaba, con monólogos sobre cómo dominar el mundo desde la comodidad de un bar. Pero esa noche, algo iba a cambiar.
A mitad de su disertación sobre cómo «el mercado global se refleja en el comportamiento del barman», un grupo de jóvenes entró al bar. Ellos no estaban interesados en las lecciones de vida de Eduardo; sólo buscaban divertirse. Pronto, uno de ellos se fijó en el magnate de pacotilla, que agitaba su vaso de whisky con la solemnidad de un alquimista medieval.
—Oye, amigo —dijo uno de los jóvenes, con una sonrisa burlona—, ¿me enseñas cómo hacer esa magia de convertir agua en whisky?
La pandilla estalló en risas, y Eduardo, que no estaba acostumbrado a ser objeto de burla, sintió cómo su fachada empezaba a resquebrajarse.
—No es para principiantes —respondió, intentando mantener la dignidad—. Esto es arte.
Pero los jóvenes no le dejaron en paz. Uno de ellos se acercó más y, en un gesto brusco, cogió el vaso de las manos de Eduardo y lo sacudió, haciendo tintinear los cubitos de hielo como si fueran una maraca.
—¡Miren! —gritó el chico—. ¡Es el nuevo ritmo del éxito! ¡El sonajero de los reyes!
Eduardo se puso de pie, indignado, pero antes de que pudiera decir algo, el barman, que había estado observando la escena con una sonrisa socarrona, se acercó y, con una palmada en el hombro, dijo:
—Déjalo, Eduardo. Al fin y al cabo, el whisky con hielo es el sonajero del mamado.