whisky
LOS PANGRAMÁTICOS
Ficción— El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. La cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja.
— El pingüino Wenceslao hizo kilómetros bajo exhaustiva lluvia y frío, añoraba a su querido cachorro.
— Jovencillo emponzoñado de whisky, qué mala figurota exhibes.
— Exhíbanse politiquillos zafios, con orejas kilométricas y uñas de gavilán.
— El jefe buscó el éxtasis en un imprevisto baño de whisky y gozó como un duque.
— El niño exclama de alegría viendo al fabuloso periquito comer jugosos kiwis y zanahoria.
La lluvia es triste porque nunca es de…
FicciónLa lluvia es triste porque nunca es de whisky.
La lluvia es triste porque nunca es de whisky
FicciónEl whisky con hielo es el sonajero del mamado
FicciónEn un rincón de la ciudad, donde las luces de neón titilaban con desdén sobre las cabezas de los transeúntes, se encontraba el «Barón de la Resaca», un bar de mala muerte con aspiraciones de grandeza. Era el lugar preferido de Eduardo, también conocido como «El Magnate», aunque su fortuna consistiera únicamente en un legado de deudas y una capacidad innata para parecer más rico de lo que era.
Cada noche, Eduardo se vestía con su traje de lino blanco, que con cada lavado iba adquiriendo un tono más amarillento, y se dirigía al bar con paso firme, como si pisara la alfombra roja de algún evento de gala. Sus entradas eran todo un espectáculo: empujaba las puertas con dramatismo, miraba a los presentes con una ceja en alto y avanzaba hacia la barra como quien toma posesión de su trono.
En cuanto se sentaba, el barman, que ya conocía el ritual, le preparaba un whisky con hielo. Eduardo lo recibía con una sonrisa engreída, como si acabara de adquirir una botella de edición limitada. Alzaba el vaso, observaba el líquido ámbar con una mezcla de devoción y avaricia, y finalmente, le daba un sorbo que siempre terminaba en una leve mueca de desagrado, aunque nunca lo admitiera.
Sus amigos, una colección de personajes tan estrafalarios como él, le rodeaban y le escuchaban con atención, convencidos de que Eduardo era un pozo de sabiduría sobre finanzas, mujeres y filosofía barata. La verdad era que Eduardo no tenía ni idea de nada de eso, pero había aprendido que, con el tono adecuado y un poco de humo en los ojos, podía hacer creer a cualquiera lo que quisiera.
—El truco —decía Eduardo, apoyando el vaso en la barra—, está en nunca perder la compostura. La gente respeta al hombre que siempre parece tener todo bajo control.
Y así continuaba, con monólogos sobre cómo dominar el mundo desde la comodidad de un bar. Pero esa noche, algo iba a cambiar.
A mitad de su disertación sobre cómo «el mercado global se refleja en el comportamiento del barman», un grupo de jóvenes entró al bar. Ellos no estaban interesados en las lecciones de vida de Eduardo; sólo buscaban divertirse. Pronto, uno de ellos se fijó en el magnate de pacotilla, que agitaba su vaso de whisky con la solemnidad de un alquimista medieval.
—Oye, amigo —dijo uno de los jóvenes, con una sonrisa burlona—, ¿me enseñas cómo hacer esa magia de convertir agua en whisky?
La pandilla estalló en risas, y Eduardo, que no estaba acostumbrado a ser objeto de burla, sintió cómo su fachada empezaba a resquebrajarse.
—No es para principiantes —respondió, intentando mantener la dignidad—. Esto es arte.
Pero los jóvenes no le dejaron en paz. Uno de ellos se acercó más y, en un gesto brusco, cogió el vaso de las manos de Eduardo y lo sacudió, haciendo tintinear los cubitos de hielo como si fueran una maraca.
—¡Miren! —gritó el chico—. ¡Es el nuevo ritmo del éxito! ¡El sonajero de los reyes!
Eduardo se puso de pie, indignado, pero antes de que pudiera decir algo, el barman, que había estado observando la escena con una sonrisa socarrona, se acercó y, con una palmada en el hombro, dijo:
—Déjalo, Eduardo. Al fin y al cabo, el whisky con hielo es el sonajero del mamado.
Tumbacuartillos y Calamocanos 3
Ficción[Nota: léase con acento argentino]
A pesar de las apariencias los Calamocanos eran unos trabajadores incansables y en otras épocas incluso unos guerreros consumados. Según decía el más anciano de todos, el abuelo Cabeto Piernas Largas, cuando se acabó el negocio de las salazones tuvieron que dedicarse a la piratería y fue entonces cuando comenzaron los problemas.
Al parecer los Calamocanos, más conocidos en la zona como los Narices Rojas, habían mantenido auténticas guerras con sus vecinos los Tumbacuartillos -también conocidos con el apodo de Cubas de Cóctel- por el dominio de los barcos toneleros que transportaban los preciados líquidos de la felicidad. Según cuenta Cabeto, estas guerras fueron muy frecuentes, especialmente cuando escaseaba el número de estos barcos que, alertados por los escarceos de los bucaneros, daban un gran rodeo para no tener que acercarse al Cabo de Baco, como era conocida la franja de tierra donde estas dos razas de energúmenos, Tumbacuartillos y Calamocanos, habitaban.
Piernas Largas, que había conseguido escapar más de una vez de la furia de sus contrincantes, contaba orgulloso como se acabó solucionando el problema de estas sangrientas correrías. A partir de la tregua del coñac se tomó la decisión de atacar a los barcos de forma conjunta y llegar a una solución en el reparto del botín. Calamocanos y Tumbacuartillos se repartirían la mercancía por un método más racional y civilizado. Cada uno debía colgarse de los pies en un mástil del barco de forma que, agarrando la cuerda con sus propias manos, puediese ir soltando a medida que el líquido de un tonel colocado debajo amenguase con los sorbos, y de esta forma, trasegar hasta ahogar al diablo. Al final , el que no cediera al tonel de líquido, ese sería el ganador de la pacífica contienda, teniendo derecho a quedarse con el resto de los licores de la bodega.
Puede fácilmente imaginarse que, con tal método, más de uno ahogó sus cuitas para siempre con las buchadas en el aguardiente de caña, la sidra, el tequila, el whisky, el vodka, el anís, la chicha, la ginebra, el coñac, la mistela, la cerveza, el pacharán, el chacolí, el bourbon, el resoli, el ron, el colonche, el mezcal, el kirsch, el vino de nipa, el de coco, el de uva, el de arroz, el de quina, el sake, la grappa, la absenta, el poche, el vermut, el ojén, el ajenjo, el champán, el pisco, el pulque y otras bebidas dulces, secas o semisecas.
Debidos a esta civilizada costumbre, y que sin duda introdujo cierta paz en la costa, en esta época eran muy frecuentes los entierros que se clasificaban según el mérito y bebida del finado. Tras la revuelta de los amotinados de la cuba esta costumbre también desapareció, sin embargo, aún hoy se conservan los concursos de colgados, si bien, el botín es más exiguo reduciéndose a no pagar lo consumido…
Whisky
FicciónNOTA: Los primeros párrafos son de aportación colectiva con el software anterior. A partir de ahora quedará registrada la autoría de los textos.
Buenos días ¿qué tal ¿un poco de whisky…
FicciónBuenos días, ¿qué tal? ¿un poco de whisky de Chernobyl?
William Shakespeare
FicciónWhisky de malta o blanco vino ordinario,
Imagina aquel letal guerrero turbio,
Lesiones como mínimo, en traje agrario,
Lejos de la camisa calma el millón indio.
Impreso o expediente tal vez contradictorio,
Altitudes, en parte, por el éxito agrio,
Mi mástil es de pronto un campanario,
Similar al ser menciona índice propio.
Hielo con carácter de adjetivo utilitario,
Ambas cocinas a este lado del negocio,
Kamikazes, por contra, de zumbón ficticio,
El big bang latió con furia en el principio.
Seco como pasta surge siniestro del naufragio,
Por cuenta del acento cabecea otro previo,
En parte por la raíz inclina aborto sucio,
Adelante aquel que ganaba tierra o espacio.
Razones en la necesidad de un norte agrario,
Etnias y vestido de cielo en sagitario.
Whisky
FicciónNOTA: Los primeros párrafos son de aportación colectiva con el software anterior. A partir de ahora quedará registrada la autoría de los textos.
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