Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

La errata de un instante

Ficción

No respondí. Comprendí que toda respuesta habría sido una variante del mismo error. El viajero sonrió con una melancolía que no era suya, sino heredada de innumerables hombres que, siglos antes, habían llegado a la misma revelación sin advertirlo. Entonces abrió un libro desprovisto de letras. Sus páginas estaban hechas de un polvo tenue que mudaba de forma según la memoria de quien lo contemplaba. Vi mi infancia. Vi una biblioteca donde nunca había entrado y cuyos anaqueles, sin embargo, recordaban mi nombre. Vi ciudades levantadas sobre el olvido, templos donde los espejos evitaban reflejar a los vivos y un jardín en el que cada sendero concluía exactamente en el punto donde otro comenzaba. Ninguna de aquellas imágenes me pertenecía; todas me esperaban desde antes de mi nacimiento. El viajero cerró el volumen. El polvo no cayó al suelo: permaneció suspendido, como si el aire también fuese una página.

«Crees haber encontrado el libro», murmuró. «Es el libro el que ha encontrado un lector capaz de inventarlo.»

Sentí entonces que el relámpago inicial no había iluminado el cielo, sino mi recuerdo del cielo. La aurora retrocedió. La noche, lejos de extinguirse, adquirió una transparencia insoportable. Advertí que cada decisión de mi vida era una nota escrita al margen de un manuscrito inaccesible y que los siglos no eran otra cosa que sucesivas correcciones de una frase imposible. Cuando alcé la vista, el viajero había desaparecido. En su lugar quedaba un espejo circular. No devolvía mi imagen, sino la de un anciano inclinado sobre estas mismas líneas, corrigiendo una palabra, borrando otra, dudando de un adjetivo.

Fue entonces cuando comprendí la única verdad que me estaba permitida: nunca fui el autor de este relato. Apenas soy la errata que, por un instante, creyó ser el libro.

CONDENADOS

Ficción

Salió como un lobo, dispuesta a que le concedieran la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos, pensaba. Había asistido alguna vez, desde los camarines, a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio.

Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñía con desdén.

Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata.

Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles…

Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas.

Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso busca la parte del cuerpo que aún recuerda haber sido suya.

Fue entonces cuando comprendió que los túneles nunca habían estado bajo la ciudad.

Estaban bajo los nombres.

Cada hombre llevaba excavado un pasadizo invisible entre la palabra con que era conocido y aquella otra, secreta, que jamás pronunciaba. Los jueces condenaban el primer nombre; el segundo permanecía intacto, como una moneda enterrada bajo un templo derruido. Quizá por eso los verdugos parecían fatigarse antes que sus víctimas: mataban únicamente el vocablo visible.

En los albergues de Cymeria circulaba una superstición que los eruditos despreciaban y los mendigos transmitían con escrúpulo religioso. Aseguraban que, al copiar suficientes números de condenados, éstos terminaban por ordenarse solos. No obedecían a la cronología ni a la culpa, sino a una aritmética cuyo inventor acaso fuera Dios o el Demonio, diferencias que en aquella ciudad eran puramente administrativas.

Una madrugada extendió sus cuadernos sobre la mesa de una posada. El aceite de la lámpara agonizaba. Sumó los guarismos por simple aburrimiento y obtuvo siempre el mismo resultado.

Tres.

Probó con otros métodos. Agrupó los reos por edad, por oficio, por delito, por la forma de caminar hacia el cadalso. El resultado persistía.

Tres.

No sintió sorpresa. Hay descubrimientos que el alma reconoce antes que la inteligencia. La sorprendió, en cambio, advertir que los dibujos de las huríes habían cambiado. Ya no eran mujeres grotescas de abundante carne. Eran tres figuras idénticas, cubiertas por velos, que parecían observarla desde el papel con una paciencia mineral.

Pensó en romper los cuadernos.

No lo hizo.

Los libros poseen una forma peculiar de voluntad. Todo lector cree abrirlos; pocas veces sospecha que son ellos quienes lo han abierto a él.

A la mañana siguiente visitó el archivo de las ejecuciones. El anciano que custodiaba los registros le aseguró que muchos folios se habían perdido durante un incendio. Sin embargo, al recorrer los anaqueles encontró un volumen encuadernado en piel cenicienta que no figuraba en catálogo alguno.

No llevaba título.

Sólo un triángulo grabado en seco.

Lo abrió al azar.

Las páginas no contenían nombres de ajusticiados, sino de espectadores.

Comprendió entonces, con un terror singularmente sereno, que el verdadero censo de la ciudad nunca había contado a los culpables.

Contaba a quienes necesitaban contemplar el castigo.

Buscó el suyo.

No tuvo que pasar muchas hojas.

Su nombre aparecía escrito varias veces, con caligrafías distintas y fechas separadas por siglos. Junto a la primera inscripción alguien había añadido una nota marginal:

«Asiste por primera vez. Cree venir por curiosidad.»

En la segunda:

«Empieza a tomar apuntes.»

En la tercera:

«Ya no distingue entre el verdugo y el penitente.»

Las anotaciones posteriores estaban en blanco.

Esperaban ser escritas.

Cerró el volumen con lentitud. Por un instante creyó oír, detrás de los estantes, la respiración de alguien que conocía desde siempre. No era la de un hombre. Tampoco la de un animal. Era el rumor de una inteligencia que aguardaba el momento preciso para ser recordada.

Entonces comprendió por qué los albergues, los túneles y los remedios eran siempre demasiado antiguos.

No los buscaba ella.

Ellos la estaban buscando desde el principio.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

Wiki

Ficción

Quería evitar herirle en los ojos e instintivamente me dirigí a la TommeO.Tal como le había dicho a NoNakis, prosiguió mi amiga, TraD pensaba proseguir los trabajos que le habían mantenido hasta ese momento.Durante esos diez años no sólo se desarrolló la nueva construcción del templo…—¿Verdad que KaeM era muy chistoso?, comentó emocionada MaoTe.—De un tiempo a esta parte, por todo el QaicmU han aparecido toda clase de GummivuT. Es realmente desagradable.Por la negra ventana se veía a Sigou abrazada a un JupcsI.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de TumiT que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera VoissE y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Me quiere como ella, libre de las cargas que la ataban a todos los convencionalismo al uso. Es así como comenzamos las construcción del MecisopVu.Reina guerrera casi inmortal, de belleza perenne y con la capacidad de hacerse entender en cualquier idioma aunque no lo domine.Por encima de toda apariencia, era necesario descubrir el camino de regreso, la puesta de sol se acercaba y nadie pensaba en otra cosa que no fuera volver, antes del trágico desenlace. Era imprescindible abrir nuevas puertas lógicas con la esperanza de dar, aunque sólo fuera por casualidad, con la salida.Un templo con suelo de baldosas rojas y negras y UnTrono entre la ColumnaJakin, columna azul que representa a una hembra joven desnuda y bella, y la ColumnaBohaz, columna roja que representa a una mujer vieja y zarrapastrosa que mira envidiosamente a la joven. Entre ambas hay UnaPuerta. HEH, el gran sacerdote, gordo y seboso, aparece sentado en su trono comiendo todo tipo de viandas de UnaCesta. El cetro termina en una triple cruz de metales y piedras preciosos, cuyos extremos redondeados dan lugar a ElSeptenario. Aparecen también dos fieles arrodillados, uno DeRojo, que levanta su mano con ira exigente como pidiendo favores, y otro DeNegro, que deja caer perezosamente su mano como pidiendo perdón. Música religiosa de órgano.Un faro dando vueltas con UnaPuerta de entrada de la que parte UnCamino, que es de piedras rectangulares a lo largo de la parte más alta de un acantilado en ElMar. Hay UnRío navegable con un pequeño embarcadero en el que hay un ViejoBote abandonado en el suelo y un carro para uncir un asno. Sonido de sirenas, marea y oleaje.Un desierto de piedras y arena, cerca hay Un Precipicio y Un Obelisco derribado. Hay Un Cocodrilo y un Lince Blanco que muerde a Tau Mat Urge, el loco del desierto. Silencio, estatismo, leve zumbido de una mosca. Zumbido progresivamente más intenso de algunas moscas hasta convertirse en un fuerte zumbido de muchas moscas.Un santuario con suelo de baldosas blancas y negras. Hay un trono entre dos cariátides, La Jakin, roja y La Bohaz, azul, unidas por el velo que cierra la entrada o La Salida del templo. Rezos, cantos, sombras y luces. BETH, la gran sacerdotisa con Una Corona, se apoya sentada sobre La Esfinge de las interrogaciones cósmicas, tiene Un Libro entreabierto en la mano derecha y unas llaves en la izquierda, Una Dorada y Otra Plateada.—Alguien había hablado de ”beinzin”, pero ¿cómo se pronunciaba correctamente aquel nombre extraño en el idioma IrqEpUm?Las trampas estaban colocadas con extremada maldad, ocultas tras aquella maleza indómita y la dificultad se acrecentaba a medida que el cansancio hacía mella en nuestras energías.Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?Entablé un discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa. Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunte de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.Era una estupidez y, a pesar de todo, su empecinamiento la condujo a aquel extraño edificio de palabras. Era quizás el recogimiento, que propiciaba la tormenta o aquel ambiente cargado de electricidad, pero nada era reprobable en su conducta ahora que estaba allí.—Qué coño de limbo, joder!—Venid a mi InfiernO…No me abandonaría, como lo hago ahora. Podría jugar hasta el agotamiento. Decir y no decir es lo mismo. Entrar en la caverna prohibida con paso marcial y quedar tendida sobre el suelo, una vez acabado el negocio, sin dejarse alcanzar por el infundio tiñoso. Descubrir los infinitos mundos que aún no han sido inventados, manosearlos recién estrenados y guardarlos en el tarro del paraíso para fermento de los irrefrenables instintos. El viaje es la única forma de renacimiento posible. Contemplar el paisaje mientras pasa a tu lado raudo y resignado; y dejarse llevar por el cicerone del viento, mientras saboreas el tintorro de la tarde. Saludar al galgo que se cruza en tu camino y que vuelve preocupado por tu soledad elegida a que le acaricies el cuello de nuevo. Con su olfato pregunta a tus piernas porque andas vagando a aquellas horas por parajes solitarios y tristes, mientras la lluvia amenaza con espantar tu huida, reclamando con un perezoso permiso si puede acompañarte.Era generosa
como una garza japonesa. Con displicencia se contoneó con gesto canalla. Abrió el cerillero y encendió su cigarrillo rubio. La arboleda no quedaba lejos; hacía una tarde espléndida de mayo y azuzó a sus lebreles para que corriesen hacia el río.NoDete estaba alejado de la ciudad. Pero aquel alacrán se interpuso en su camino y aún le obligó a alejarse más del camino.—Alambra, cable, hilo, filamento… hay que encenagarse como un cerdo—Vaya idioma!—Eh! hay alguien ahí?—Esto es más raro que un perro verde—Vaya toalla!

SE IMPROVISÓ UNA MORGUE

Ficción

Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.

Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.

Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?

Entablé una discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.

Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.
El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.

El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.

Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.

Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.

Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.

Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa.

Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunté de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.

[Este post es para crear una novela colectiva de forma hipertextual. Los primeros párrafos son de aportación colectiva. Debes añadir tu texto continuando el hilo por donde lo dejan los demás…]

Laberintos delusorios /1

Ficción

La Aventura termina aquí. El camino apenas acaba de empezar. La Tierra se encuentra arrasada, plana, gélida. No se encuentra nadie en el camino. El Desierto se extiende mucho más allá de lo que nuestra vista puede alcanzar. Se elevan en la inmensidad vacía unos picos oscuros que no anuncian mejores jornadas. Un duende burlón tira tu cetro y tu túnica y recoge una flor. El hombre cavernoso. Momento del tiempo oscuro, espacio intergaláctico. Primera edad. El anciano estaba frente a las puertas de su hermoso palacio… en estado de tétrica penuria, la caverna hambrienta, con su estriada garganta, avanzó hacia el norte en cerradas espirales… Unas escaleras de caracol descienden a los abismos, entrar en ella es hacerse cada vez más pequeños, en consonancia con una espiral que se cierra. Desde nuestro punto de vista, somos iguales, pero desde fuera somos cada vez más pequeños. En su centro crecen unas flores amarillas sobre el verdín luminoso y fresco. Nuestra vista se obnubila con las ilusiones ópticas que nos provoca una tenebrosa y letárgica dicha en los planetas desiertos. La casa acoge a los divergentes. La costa está silenciosa, las praderas desfallecen, las sombras se extienden. Laberintos delusorios otra vez. Atravesamos las emanaciones y entramos en los laberintos delusorios. La claridad y el silencio se apoderan de los eternamente huidos… si crees ir recto, nada más lejos de la verdad. Vagas día y noche… por los planetas desiertos. El palacio es sólo un reflejo en el agua ondulante, neutrones de fusión atraviesan la atmósfera, haciendo aún más irreal el paisaje de verdes árboles y un cielo de azules ondas. La puerta está cerrada y las columnas, antes rectas y colosales parecen salomónicas, endebles, barrocas. Una balaustrada parece la dentadura del paisaje. Sobre su cima, la estatua parece clamar al cielo, cuando antes parecía imperiosa y altiva, dos copas negras culminan sus flancos, extasiadas en la contemplación.

INT. TEMPLO

Aventura, Ficción

Un templo con suelo de baldosas rojas y negras y Un Trono entre la Columna Jakin, columna azul que representa a una hembra joven desnuda y bella, y la Columna Bohaz, columna roja que representa a una mujer vieja y zarrapastrosa que mira envidiosa a la joven. Entre ambas hay Una Puerta. HEH, el gran sacerdote, gordo y seboso, aparece sentado en su trono comiendo todo tipo de viandas de Una Cesta. El cetro termina en una triple cruz de metales y piedras preciosos, cuyos extremos redondeados dan lugar a El Septenario. Aparecen también dos fieles arrodillados, uno De Rojo, que levanta su mano con ira exigente como pidiendo favores, y otro De Negro, que deja caer perezosamente su mano como pidiendo perdón. Música religiosa de órgano.
ROJOFIEL y NEGROFIEL cuchichean.
NEGROFIEL
Sabiduría, realización espiritual, protección, indicación, demostración, filosofía, religión…
ROJOFIEL
¡Va! ¡Pamplinas…!
HEH está comiendo glotonamente.
HEH
Largo, largo, estas no son horas de confesar a nadie…
TAU
¿Eh?
HEH
…Y menos a vosotros.
NEGROFIEL
De oídas te había oído mas ahora mis ojos te ven y mi corazón te siente.
ROJOFIEL
Arrodíllate ante El Gran HEH y confiesa tus pecados, pues de lo contrario serás enviado al infierno para cumplir una pena de la que puedes salir mal parado.
NEGROFIEL
Y bien, joven ¿Cuál es tu pecado capital?
TAU
No, no, yo no… Yo sólo quería pedirle ayuda para…
ROJOFIEL
¿Ayuda? De eso nada; Tú a la cola; Yo estoy primero.
NEGROFIEL
Antes de repartir favores hay que confesar a los pecadores.
ROJOFIEL
Está bien. Confiesa, confiesa, mocoso. ¡Y rápido!
TAU debe confesar un pecado capital, pero aquellos que no confiese pueden condenarle en el infierno, si tampoco tiene el talismán contra él, conseguido ante la sacerdotisa BETH.
NEGROFIEL
No hay prisa…
ROJOFIEL
Seguro que tiene muchos pecados.
NEGROFIEL
¡Es tan agotador!
HEH
¡Basta, he dicho que no son horas!
TAU
Pero…
HEH
Está bien. Pero sólo un pecado. A ver confiésalo ya.
TAU
Me envía la emperatriz…
HEH
¿Y porqué no viene ella misma a confesarse? Su soberbia es de sobra conocida… (Risas) Yo no haría mucho caso de la emperatriz…
El papa, aparentemente sabio anciano, les confiesa.

INT. CUEVA

Aventura, Ficción

Una caverna al lado de un campo de arena o desierto, hay una linterna, un bastón ondulado y un manto dejados a los lados de la entrada de la cueva. Brisa, viento del desierto, a veces incluso tormenta de arena. Fuego crepitando con intensidad variable.
TETH deja la linterna en el suelo.
TETH
Busco un hombre, busco un hombre ¿Dónde puedo hallar un hombre?
TAU
¿Te puedo ayudar?
TETH
¿Eh?
TAU
¿Porqué buscas a un hombre y quién es ese hombre al que buscas?
TETH
Yo no me refería a un hombre concreto.
¡Entrometido mequetrefe!
¿Y tú quién eres?
¿De dónde has salido?
TAU
Voy en busca de mi entidad perdida.
Pues la verdad es que no sé dónde está.
Hemos caído del cielo.
¡Ja!
Quizás soy ese hombre que buscas.
TETH
O tal vez no.
¿Tu puedes ayudarme?
TETH
Mequetrefe, recién caído del cielo, yo busco al hombre.
¿Es que no lo entiendes?
TAU
¡Vale, vale!
TETH se dirige a la cueva.
TETH
¡Vale, vale, vale! ¿Es que no sabes decir algo más? Ven te voy a enseñar algo, (se dirige a la cueva) sube al monte y contempla la tierra prometida mas no te digo que entrarás en ella.
A lo lejos, desde el monte, se ve la ciudad de Tipharet.
BODOS
Pero si ya hemos estado allí.
TETH
Debéis volver por esta caverna, pero que no te distraiga la belleza.
El joven TAU se disfraza de ermitaño y se esconde en una caverna del desierto montañoso.
Un terrible guerrero se queda franqueando la entrada.
TETH, un anciano ermitaño en cuya mano derecha lleva una linterna parcialmente velada por un pliegue de su amplio manto, el cual es exteriormente de color oscuro pero con forro azul en el interior.
TAU debe vencer al astuto guerrero, vistiéndose con el manto, la linterna y el bastón, para entrar al centro de la caverna, donde se encuentra TETH TUTH, Viejo mago ermitaño, terco y solitario el bien, la moralidad, la sabiduría, la reflexión, la prudencia contra la soberbia.
TETH, el eremita, les instruye para cruzar una gruta con fuego que es donde tienen que ir para encontrar el objeto preciado en la Gruta abismal.
TETH ya conoce el camino y alienta al protagonista.
Le ayuda con su experiencia y con sus métodos, pero, llegada la hora final, no puede sustituir a TAU.
El mago aumenta el poder del cetro o bastón para ir al infierno y destruir las fuerzas del mal que poseen El Alicor.
Consigue que se rinda el guerrero astuto, convirtiéndose en el mago, el cual ha sido el que les ha inducido a venir a estrellarse al planeta.