SE IMPROVISÓ UNA MORGUE

Ficción

Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.

Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.

Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?

Entablé una discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.

Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.
El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.

El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.

Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.

Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.

Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.

Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa.

Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunté de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.

[Este post es para crear una novela colectiva de forma hipertextual. Los primeros párrafos son de aportación colectiva. Debes añadir tu texto continuando el hilo por donde lo dejan los demás…]

Tumbacuartillos y Calamocanos 3

Ficción

[Nota: léase con acento argentino]
A pesar de las apariencias los Calamocanos eran unos trabajadores incansables y en otras épocas incluso unos guerreros consumados. Según decía el más anciano de todos, el abuelo Cabeto Piernas Largas, cuando se acabó el negocio de las salazones tuvieron que dedicarse a la piratería y fue entonces cuando comenzaron los problemas.
Al parecer los Calamocanos, más conocidos en la zona como los Narices Rojas, habían mantenido auténticas guerras con sus vecinos los Tumbacuartillos -también conocidos con el apodo de Cubas de Cóctel- por el dominio de los barcos toneleros que transportaban los preciados líquidos de la felicidad. Según cuenta Cabeto, estas guerras fueron muy frecuentes, especialmente cuando escaseaba el número de estos barcos que, alertados por los escarceos de los bucaneros, daban un gran rodeo para no tener que acercarse al Cabo de Baco, como era conocida la franja de tierra donde estas dos razas de energúmenos, Tumbacuartillos y Calamocanos, habitaban.
Piernas Largas, que había conseguido escapar más de una vez de la furia de sus contrincantes, contaba orgulloso como se acabó solucionando el problema de estas sangrientas correrías. A partir de la tregua del coñac se tomó la decisión de atacar a los barcos de forma conjunta y llegar a una solución en el reparto del botín. Calamocanos y Tumbacuartillos se repartirían la mercancía por un método más racional y civilizado. Cada uno debía colgarse de los pies en un mástil del barco de forma que, agarrando la cuerda con sus propias manos, puediese ir soltando a medida que el líquido de un tonel colocado debajo amenguase con los sorbos, y de esta forma, trasegar hasta ahogar al diablo. Al final , el que no cediera al tonel de líquido, ese sería el ganador de la pacífica contienda, teniendo derecho a quedarse con el resto de los licores de la bodega.
Puede fácilmente imaginarse que, con tal método, más de uno ahogó sus cuitas para siempre con las buchadas en el aguardiente de caña, la sidra, el tequila, el whisky, el vodka, el anís, la chicha, la ginebra, el coñac, la mistela, la cerveza, el pacharán, el chacolí, el bourbon, el resoli, el ron, el colonche, el mezcal, el kirsch, el vino de nipa, el de coco, el de uva, el de arroz, el de quina, el sake, la grappa, la absenta, el poche, el vermut, el ojén, el ajenjo, el champán, el pisco, el pulque y otras bebidas dulces, secas o semisecas.
Debidos a esta civilizada costumbre, y que sin duda introdujo cierta paz en la costa, en esta época eran muy frecuentes los entierros que se clasificaban según el mérito y bebida del finado. Tras la revuelta de los amotinados de la cuba esta costumbre también desapareció, sin embargo, aún hoy se conservan los concursos de colgados, si bien, el botín es más exiguo reduciéndose a no pagar lo consumido…

Gráfico

Ficción

Después de largos y cautelosos estudios nadie supo descifrarlo. Se recurrió incluso a la Adivinación pero los resultados eran muy contradictorios entre los propios adivinos. Alguien propuso que podría tratarse de un antiguo y desconocido Alfabeto. Alguno se atrevió a decir que era de la época de Antimonio, pero el doctor Vischer lo descartó inmediatamente: bien conocía él su alfabeto y esto nada tenía que ver con aquel. Alquimia creyó ver en el mismo Animales sagrados de las lagunas negras, ya extinguidos, y Zollinger, en cambio, el retrato esquemático de Aristóteles el viejo. Tetramorfos por encargo de Valentin el magnífico, sacrificó incluso sus curvilíneas Venus al Alto poder Verde, lo que únicamente dio como fruto la pérdida definitiva de las mismas. Aquel Yang-yin se resistía a ser incluido entre los Símbolos lo mismo que yo me he resistido a ser incluido entre los muertos.

Aquel fue el error de todos: creer que el gráfico hablaba de algo.

Pasaron los años. Murieron tres adivinos, dos intérpretes de sueños y un fabricante de brújulas que había asegurado, en una taberna próxima al mar interior, que las líneas del dibujo señalaban una dirección. El gráfico, sin embargo, permanecía inmóvil sobre la mesa de piedra, indiferente a las teorías que iba devorando. Nadie lo entendía.

Fue entonces cuando el doctor Vischer regresó.

Llegó una tarde cubierta por un polvo verdoso que algunos identificaron como polen y otros como ceniza de estrellas. Traía consigo un volumen encuadernado con piel de pez nocturno y, sin saludar a nadie, se sentó frente al enigma.

Durante siete días observó el dibujo sin tomar una sola nota.

Al octavo anunció:

—No es un alfabeto.

Aquellos que llevaban décadas sosteniendo esa posibilidad celebraron su derrota con una mezcla de decepción y alivio.

—Tampoco es un símbolo. Ni un retrato. Ni un mapa.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Zollinger.

Vischer tardó en responder.

—Es una huella.

La noticia recorrió la ciudad con la velocidad de las malas interpretaciones. Los estudiosos comenzaron a buscar qué criatura podía haber dejado semejante marca. Se habló de los Animales sagrados de las lagunas negras. Alquimia aseguró reconocer la curva de un antiguo anfibio transparente. Otros, más audaces, mencionaron a las Venus sacrificadas al Alto poder Verde. Ninguna explicación resultó satisfactoria.

Solo cuando llegó la primera luna de las lluvias ocurrió algo inesperado.

El gráfico cambió.

Nadie lo vio transformarse. Simplemente una mañana una de sus líneas aparecía donde antes no había nada. Un trazo breve, casi tímido.

Después apareció otro.

Y otro más.

Entonces comprendieron que el dibujo nunca había estado terminado.

Lo que contemplaban era únicamente una parte de algo que continuaba escribiéndose.

Las nuevas líneas no surgían de la tinta ni de la piedra. Nacían durante la noche, como si una mano invisible siguiera trabajando pacientemente desde el otro lado de la realidad.

Tetramorfos, ya muy anciano, recordó una frase atribuida a Antimonio:

—Todo alfabeto describe el mundo. Solo uno es descrito por él.

Por primera vez, el silencio ocupó el lugar de las teorías.

Y mientras los sabios observaban cómo el gráfico seguía creciendo, yo comprendí por qué nunca había querido ser incluido entre los muertos.

Los muertos terminan su historia.

Aquel dibujo, en cambio, todavía estaba empezando.