Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

LA COSMOGONÍA DEL REHÉN

Poesía

Tan asegurada está la pesada salvador que preparan sufrimientos para el jueves de las cosas.

Seria borraja, entregarme aun solamente al estrecho de los rehenes, donde las celebridades ven cielo por debajo de sus zapatos.

¡Ah, escritor! Están alzada las paredes y repugnan.

Una mano eleva lo que otra mano no alcanza a ahogarme.

Poscosmogonía, sorprenderse es una forma de permanecer prisionera.

El zumbido de las aguadas acabar no acaba. Hay un rico intérprete que traduce los ahogos al idioma de las piedras.

Y yo, que nunca estuve tan cerca de ser entregado, me descubro estrecho, pesado, asegurado hasta los huesos.

¿Quién ha puesto este cielo en la cárcel de mi frente?

¿Quién, dime quién, ha levantado la palabra para que caiga?

Todavía la borraja. Todavía el jueves. Todavía este sufrimiento que no sabe si nacer o ser rehén de su propia criatura.

Y sin embargo, ¡oh salvador de lo que no se salva!, algo se eleva.

Algo que no es cielo, ni escritor, ni cosmogonía.

Algo que, sencillamente, me está esperando del otro lado de la palabra.

Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

Los límites del estilo de vida dominante («¿Se acabó la fiesta?»)

No ficción

El avión desciende sobre una ciudad que podría ser cualquiera. Desde la ventanilla se distinguen las mismas avenidas rectilíneas, los mismos centros comerciales brillando como templos eléctricos, los mismos barrios cerrados que prometen seguridad y silencio. La geografía ha sido domesticada por el catálogo. El mundo, que alguna vez fue un mosaico de diferencias, empieza a parecerse a una franquicia.

El estilo de vida dominante no se impone con soldados sino con escaparates. No exige lealtad; seduce. Promete comodidad, velocidad, eficacia. Y cumple, al menos en apariencia. El agua caliente fluye al girar una llave. La comida llega antes de que el hambre madure. La distancia se reduce a una pantalla. Todo está diseñado para que el individuo no tropiece con la fricción del mundo (del resto del mundo, que no tiene esa suerte).

Pero la historia enseña que toda simplificación tiene un costo. En los márgenes de esta comodidad crece una inquietud difícil de nombrar. El sujeto contemporáneo posee más objetos que nunca y, sin embargo, habita un territorio interior cada vez más estrecho. El tiempo, que debía liberarse gracias a la tecnología, ha sido colonizado por nuevas obligaciones invisibles: responder, actualizar, producir, competir. La prisa se ha convertido en virtud moral.

En las periferias de las grandes ciudades se observan los límites materiales de este modelo. Vertederos que se expanden como desiertos artificiales. Ríos fatigados por residuos industriales. Comunidades desplazadas para que el flujo de mercancías no se interrumpa. El estilo de vida dominante necesita recursos lejanos y manos anónimas. Su pulcritud es posible porque la suciedad ha sido exportada.

Existe también un límite simbólico. Cuando todo aspira a la misma forma de éxito, la diversidad cultural se vuelve un estorbo decorativo. Las lenguas minoritarias se reducen al folclore; las tradiciones, al espectáculo. La diferencia, que antes era fuente de identidad, ahora debe justificarse en términos de rentabilidad. El mundo se llena de traducciones simultáneas y pierde matices.

El reto más profundo no es ecológico ni económico, aunque ambos sean urgentes. Es antropológico. ¿Qué tipo de ser humano produce este sistema? Uno entrenado para consumir relatos breves, para medir su valor en cifras visibles, para temer la pausa. Un individuo que confunde libertad con capacidad de elección entre productos idénticos. La paradoja es evidente: cuanto mayor es el catálogo, menor parece la sensación de sentido.

Sin embargo, en los intersticios aparecen fisuras. Movimientos que reivindican la lentitud, comunidades que experimentan formas de cooperación al margen del mercado global, jóvenes que cuestionan la ecuación entre éxito y acumulación. No son todavía alternativas consolidadas, pero sí síntomas de una conciencia que despierta. La historia no avanza en línea recta; se corrige a sí misma mediante crisis.

El estilo de vida dominante enfrenta así su prueba más severa: adaptarse sin devorarlo todo. Reconocer que el planeta no es una mina inagotable ni una bodega infinita. Admitir que la dignidad humana no puede reducirse a poder adquisitivo. Aceptar que el progreso técnico no sustituye la reflexión moral o incluso, sólo la reflexión racional.

En los aeropuertos del mundo, mientras las pantallas anuncian salidas y retrasos, millones de personas repiten rutinas casi idénticas. Parecen piezas intercambiables de una maquinaria perfecta. Pero cada una lleva consigo una biografía irrepetible, una memoria que no cabe en el molde del consumo. Tal vez el límite del estilo de vida dominante no esté en sus cifras de crecimiento, sino en esa memoria silenciosa que resiste a ser estandarizada.

La pregunta no es si el modelo colapsará mañana. Es si sabremos transformarlo antes de que su éxito lo vuelva inviable. Porque todo imperio, incluso el del confort, contiene en su interior la semilla de su desgaste. Y el mundo, obstinado en su complejidad, siempre termina desbordando los esquemas que intentan reducirlo.

«¿Se acabó la fiesta?»

Cuando alguien dice que “el modo de vida dominante ha terminado o debe terminar”, suele estar apuntando a varias cosas mezcladas. No siempre bien separadas, pero ahí están. Vamos a diseccionar el estilo de vida dominante con la frialdad de un forense.

1. Límite ecológico
El planeta no es una suscripción renovable. El modelo necesita extracción constante, transporte constante, consumo constante. Más energía, más minerales, más agua. El problema es físico: los ecosistemas tienen ritmos propios y umbrales de regeneración. Cuando se superan, no negocian. Sequías, incendios, pérdida de biodiversidad. La comodidad urbana depende de territorios invisibles que ya están exhaustos. No es ideología, es termodinámica.

2. Límite energético
El estilo de vida dominante fue diseñado con energía abundante y barata en mente. Todo fluye porque algo arde en algún lugar. La transición hacia fuentes renovables es necesaria, pero no elimina la pregunta central: ¿puede mantenerse el mismo nivel de consumo global con otra matriz energética? Cambiar la fuente no siempre cambia la escala. Y la escala es el verdadero monstruo.

3. Límite económico estructural
El sistema necesita crecimiento perpetuo para sostener empleo, deuda y expectativas. Crecer se convierte en mandato moral. Pero ningún sistema finito puede expandirse indefinidamente. Cuando el crecimiento se ralentiza, aparecen desigualdades más visibles, tensiones sociales, precarización. La riqueza se concentra; la promesa de movilidad social se debilita. El relato meritocrático empieza a sonar hueco.

4. Límite psicológico
Aquí la grieta es íntima. El individuo vive rodeado de estímulos, comparaciones, métricas. Productividad, rendimiento, imagen. El descanso se siente culpa. El silencio, amenaza. El resultado es fatiga crónica, ansiedad difusa, sensación de insuficiencia permanente. Un modelo que optimiza procesos pero erosiona la salud mental termina socavando su propia base humana.

5. Límite cultural
La homogeneización global facilita comercio y comunicación, pero empobrece matices. Cuando todas las ciudades se parecen, también lo hacen los imaginarios. La cultura se vuelve mercancía replicable. Se pierde diversidad simbólica, y con ella, distintas maneras de entender el tiempo, el éxito, la comunidad. El mundo gana eficiencia y pierde profundidad.

6. Límite político
La interdependencia económica global reduce márgenes de decisión local. Los gobiernos compiten por atraer capital; las regulaciones se suavizan; la soberanía se vuelve negociable. La ciudadanía percibe distancia entre su voto y las decisiones reales. De ahí brotan desconfianza y populismos. Un sistema que promete libertad de elección en el mercado pero reduce la influencia política genera fricción.

7. Límite antropológico
Este es el más incómodo. El modelo redefine qué significa ser humano. Valora al individuo por su capacidad de consumir, producir y exhibir. Las relaciones se instrumentalizan, el tiempo se fragmenta, la identidad se vuelve marca personal. Si la persona interior se adelgaza mientras el perfil digital se expande, algo se desequilibra. No todo puede medirse sin deformarse.

8. Límite moral
La externalización del costo crea una ceguera ética. Lo que no vemos, no cuenta. Mano de obra barata en otro continente, residuos en otra costa, algoritmos que deciden sin rostro visible. La distancia diluye responsabilidad. Pero la ética no desaparece; se acumula como deuda invisible.

El patrón es claro: el estilo de vida dominante funciona mientras sus límites permanecen diferidos, desplazados o invisibles. El problema es que los límites no desaparecen por ignorarlos. Se concentran.

Lo inquietante no es que el modelo tenga fronteras. Todo sistema las tiene. Lo inquietante es la obstinación en fingir que no existen. Y cuando una civilización convierte la negación en hábito, la realidad suele encargarse de corregirla con métodos poco amables.

No es catastrofismo. Es simple lógica histórica. Las estructuras que no se ajustan a sus límites terminan ajustadas por ellos. Y ese ajuste rara vez es elegante.

Ahora, la parte incómoda. Decir que “debe terminar” es distinto a decir que “está terminando”. Lo primero es normativo, casi moral. Lo segundo es descriptivo. Mucha gente mezcla ambos planos porque su malestar es real y necesita una narrativa de cierre.

Pero cuidado con algo. Los modos de vida rara vez “terminan” de golpe. Mutan. Se deforman. Se reciclan con otro nombre. El capitalismo industrial no murió; se volvió financiero, luego digital. La cultura del consumo no se extinguió; se volvió experiencia, luego identidad online.

Así que las razones para pensar que el modelo dominante está agotado existen. Bastantes. Las razones para creer que desaparecerá limpiamente y dará paso a algo más justo por pura lógica histórica… son más optimistas que la historia misma.

El mundo no cambia porque “deba”. Cambia cuando mantener lo viejo resulta más desadaptado que inventar otra cosa más viable (o definitivamente inviable). Y ahí, curiosamente, el resentimiento («¿se acabó la fiesta?») suele ser el primer síntoma, no la solución.

Los límites dejan de ser metáfora cuando aparecen en estadísticas incómodas.

Por poner algunos ejemplos significativos que corroboran todo esto que estamos diciendo:

1. Límite ecológico

  • Según el Global Footprint Network, la humanidad utiliza cada año el equivalente a 1,7 planetas Tierra para sostener su nivel de consumo. Es decir, vivimos a crédito ecológico.
  • El año más caluroso registrado fue 2023, con una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C por encima de la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. El margen de seguridad de 1,5 °C ya no es una línea teórica; es una línea temblorosa.
  • El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el mundo genera más de 400 millones de toneladas de plástico al año, y menos del 10 por ciento se recicla.

La comodidad produce residuos con una disciplina admirable.

2. Límite energético

  • La Agencia Internacional de la Energía reporta que alrededor del 80 por ciento del consumo energético mundial sigue dependiendo de combustibles fósiles.
  • Incluso con el crecimiento récord de renovables en 2023, la demanda global de energía también creció. Traducido: instalamos paneles solares, sí, pero también quemamos más.

Cambiar la fuente no ha reducido el apetito.

3. Límite económico

  • El Banco Mundial señala que el crecimiento global se ha desacelerado respecto a décadas anteriores, mientras la deuda mundial supera ampliamente el PIB global.
  • Según Oxfam, el 1 por ciento más rico posee más riqueza que el 95 por ciento de la población mundial. La promesa de prosperidad compartida tiene grietas estadísticas.

El sistema necesita crecer; la distribución no acompaña.

4. Límite psicológico

  • La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo.
  • Tras la pandemia, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron alrededor de un 25 por ciento a nivel global.

La hiperconexión no ha traído serenidad colectiva.

5. Límite material de recursos

  • El International Resource Panel calcula que la extracción global de materiales se ha triplicado desde 1970, superando las 100 mil millones de toneladas anuales.
  • Menos del 10 por ciento de la economía mundial es circular. El resto sigue el viejo esquema: extraer, producir, desechar.

La eficiencia no ha eliminado el desperdicio; lo ha acelerado.

6. Límite climático-social

  • El Internal Displacement Monitoring Centre reporta decenas de millones de desplazamientos internos cada año, muchos asociados a desastres climáticos extremos.
  • Las olas de calor, según datos compilados por la Organización Meteorológica Mundial, son más frecuentes e intensas que hace medio siglo.

El clima ya no es telón de fondo; es actor principal.

Los datos no gritan, pero pesan. No son consignas; son contabilidad acumulada. Muestran que el estilo de vida dominante no está en colapso inmediato, pero sí en tensión estructural.

Lo inquietante es que el sistema sigue funcionando. Supermercados llenos, vuelos despegando, pantallas encendidas. La normalidad es persuasiva. Sin embargo, bajo esa normalidad se apilan cifras que no encajan con la idea de crecimiento infinito.

Las civilizaciones no caen cuando sienten el límite. Caen cuando lo conocen y deciden ignorarlo. Aquí los números están sobre la mesa. No son apocalípticos. Son suficientes. Pero, ¿Quién está dispuesto a renunciar?

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Tres pulsos del día

No ficción

La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

Paranoias

Ficción

Las paranoias revoloteaban en su mente como paragüayas erráticas, deformadas, cada una con su propia rotura, su propio hueco. No eran simples refugios contra tormentas pasajeras, sino más bien escudos inútiles, deshilachados, que dejaban entrar una lluvia fina e insistente de dudas y miedos.

Las veía desplegarse como un desfile absurdo en la penumbra de su conciencia: una con varillas oxidadas que se doblaban al menor soplo de viento, otra pintada con colores vibrantes pero ajada por el tiempo, y la más pequeña, de esas que caben en un bolsillo, girando sin rumbo, atrapada en un ciclón interno.

Sentía que cada paragüaya correspondía a un rincón distinto de su memoria, un eco lejano de palabras dichas o no dichas, de gestos que quizá nunca existieron más allá de su imaginación febril. Allí estaban, empapándolo con gotas de incertidumbre, chorreando significados que se le escapaban entre los dedos como agua en una grieta.

Pero había una belleza melancólica en aquel espectáculo. En medio del caos, notaba cómo la luz —esa luz extraña que solo se filtra en los momentos de introspección más hondos— acariciaba los pliegues de las telas mojadas, convirtiendo lo roto en un caleidoscopio efímero de reflejos irisados. Quizá, pensó, las paranoias no eran otra cosa que artefactos inútiles pero bellos, testigos de su fragilidad y, al mismo tiempo, de su humanidad.

Ese pensamiento lo sacudió, como si al nombrar la belleza de aquello hubiera activado un engranaje secreto en su mente. Las paranoias comenzaron a flotar con menos violencia, como si reconocieran en él una especie de complicidad. Se movían ahora con una cadencia más pausada, danzando en el aire húmedo de su imaginación, casi como si aguardaran instrucciones.

Extendió la mano hacia una de ellas, la de colores vibrantes, desgastada por los años pero aún orgullosa en su miseria. La sintió liviana, hecha de un material que no pertenecía del todo al mundo tangible, y cuando sus dedos la rozaron, el objeto pareció descomponerse en un susurro de voces apenas inteligibles. Eran retazos de conversaciones, risas lejanas, y fragmentos de silencios incómodos, todos girando en espiral hacia un centro invisible.

—¿Qué intentan decirme? —murmuró, no del todo consciente de que hablaba en voz alta.

El eco de su propia voz pareció transformar las paragüayas restantes. Una a una, comenzaron a desplegarse con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cada tela rota revelaba imágenes, como si fueran pantallas proyectando escenas de su vida. Allí estaba él, con cinco años, escondido bajo la mesa de la cocina mientras sus padres discutían sobre algo que ya no recordaba. Luego, con doce, viendo llover desde la ventana del colegio, convencido de que la tormenta le hablaba en un idioma que nunca llegó a descifrar. Y más adelante, con veinte, en un banco del parque, sosteniendo una carta que nunca entregó, mientras el cielo se desplomaba sobre su espalda.

La conexión entre esas imágenes y las paranoias se le escapaba, pero había un patrón que se insinuaba en los pliegues de la tela. Un lenguaje velado, un código que tal vez siempre había estado allí, esperando a que él lo notara. Las gotas que antes caían sobre él sin piedad parecían ahora componerse en figuras, trazando rutas, dibujando mapas de significados.

Se inclinó hacia adelante, hipnotizado por el vaivén de las sombras y reflejos, como si en cualquier momento fuera a alcanzar la clave. Pero entonces una ráfaga de viento imaginario barrió las paragüayas y las hizo desaparecer. Todo quedó en silencio, salvo por el eco de sus propios pensamientos, que ahora parecían menos fragmentados, menos hostiles.

Quizá —pensó— las paranoias no eran enemigas, sino mensajeras torpes, portadoras de verdades que solo podían revelarse entre líneas. O, tal vez, no tenían ningún mensaje, y su única razón de existir era recordarle que el caos, a veces, es solo otra forma de belleza.

CELESTE Y YO

Ficción

Fumaré un cigarro tan grande que necesitaré a la luna como cenicero, Celeste.

Lo dije sin pensar, apenas un murmullo en medio del desierto de sal donde tú y yo habíamos decidido acampar para ver cómo el mundo se apagaba. Tenías los pies descalzos, enterrados en cristales blancos, y los ojos fijos en el horizonte como si esperaras que el sol se rindiera ante ti. El viento soplaba como un suspiro largo, y en el cielo las primeras estrellas se asomaban tímidas, conscientes de que asistían a un final.

—Siempre tan dramático —dijiste, dándome una piedra con forma de corazón—. ¿Piensas fumar tu derrota o tu gloria?

—Lo que quede —respondí—. Lo que no hayas querido quedarte tú.

Celeste era así. Venía con las tormentas, se iba con las migraciones. La conocí en una manifestación de relojes rotos, en un país que había olvidado el tiempo. Desde entonces, habíamos recorrido juntos todas las fronteras que existían y otras que nos inventamos. Pero ahora, estábamos en el último mapa, y yo aún no sabía si era una despedida o un reinicio.

Encendí el cigarro, uno enorme, artesanal, envuelto en hojas de atlas y sellado con ceniza de poemas quemados. Cuando lo llevé a los labios, sentí que el mundo se volvía más ligero, como si todo lo vivido pesara un poco menos con cada bocanada. El humo se elevaba en espirales lentas, y al tocar el cielo, se curvaba hacia la luna, que parecía encenderse poco a poco, cómplice silenciosa de mi ritual absurdo.

—¿Sabes qué pasaría si realmente usaras la luna de cenicero? —preguntó Celeste, sentándose junto a mí—. Se apagaría tu cigarro. No por falta de fuego, sino por respeto.

—Entonces dejaría de fumar. Y te invitaría a bailar.

—¿Sin música?

—Siempre hay música. Lo que no siempre hay… eres tú.

Ella no dijo nada. Pero me alcanzó la mano.

Y bailamos. Entre columnas de humo, estrellas insomnes y el recuerdo de todas las veces que el mundo estuvo a punto de acabar y no lo hizo. Celeste giraba como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Y yo, con cada paso, recordaba que aún podía elegir a qué sueños no renunciar.

La luna, blanca y quieta, nos miraba. Y por primera vez, pareció sonreír.

Porque a veces, para encender lo que importa, basta con decir algo absurdo… y hacerlo poesía.