El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

El guardián de los sauces

Ficción

Dicen en el pueblo que en cada primavera el viento baja beodo de la sierra, tambaleándose entre los huertos, buscando a los que aún seguirás recordando. Yo lo sé, porque lo huelo: ese aroma de flores engañosas, donde una centella cae sobre las aguas del río y todo parece acné de perfección, pero basta un suspiro para que nadie recuerde lo que vio.

En esas tardes, los eróticos perfumes de la multitud flotan entre los álamos, y la cabellera del aire se llena de hilos de araña que desea atrapar los suspiros de las violetas. Se dice que ellas reavivan lo muerto. Que si uno se atreve a romper una rama de los sauces, puede escapar del destino, aunque ello traiga consigo las puertas del desierto y sus pesares.

Yo lo hice. Lo confieso. Me arranqué la máscara del miedo y seguí el canto del río hasta adquirir una libertad que nunca pedí. Fui dispensada de los niños que reían junto a las atarjeas, porque yo los llamé y ninguno volvió. Eran tan tiernos, y el galope del agua se los llevó, como si el río reservara su propio combate.

Me refugié entre legumbres y sombras, y me creyeron tonta, pero era capaz de hablar con los muertos. Ellos, descarnado consuelo, me pidieron que dijera la auténtica palabra:
—No la que refiero, sino la que no ha nacido todavía.

Entonces el mundo se volvió un festín, un banquete mecánico de risas que no eran mías. Buscar sentido solo replicaba mis cuidados, mientras las moscas, grises, danzaban sobre el lago donde la luna se encogía entre hojas manchada de recuerdos.

Era la mártir del silencio. Había recuperado algo que no tenía nombre: tal vez las leyes antiguas de Francia, o de Europa, o de alguna camisa blanca que manda sobre los decorados del alma. Sentí que era mi oportunidad francesa, y que si vieras bien, entenderías que todo podría repetirse, como los sueños que estaban antes del nacimiento.

Pero las alimañas del tiempo me cercaron. Y supe que hacerse cuento es el único modo de sobrevivir a lo real. Me senté bajo la lámpara apagada, y el guardián —cuyo rostro era de sombra— me habló sin boca:
—No llores más, hija aventurera. Ni santa ni diosa. Solo un eco que mostró a los humanos lo que no deben tratar de comprender.

En el inmediato silencio nos emborrachábamos de vida.
—Si tienes miedo —me susurró—, deja que los carámbanos del norte alejen los espantosamente dulces recuerdos que te rodeen.

Y esto fue lo que aprendí: los consejos del alma valen más que la falta, y el Cristo existente no cuelga de una cruz, sino de un árbol en flor. Si algún día logras arrojar tus paisajes al occidente, verás cómo los halos custodian la clave del regreso.

Porque en este pueblo, donde las violetas hablan y los sauces lloran, la primavera nunca muere: solo cambia de sueño.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

LA HUERTA

Ficción

Cuando era pequeño, vivía en un cortijo en medio del campo, rodeado de olivos y caminos de tierra que se perdían entre veredas y sierras. La primavera llegaba con fuerza, y todo olía a tierra húmeda, a flores nuevas y a leña quemada de la chimenea.

Mi abuelo me despertaba temprano, cuando el cielo azul apenas empezaba a clarear. Salíamos al corralito donde nos esperaba nuestro viejo burro, “Canela”, que rebuznaba con impaciencia por salir. Le poníamos los aparejos y cargábamos unas cestas de mimbre con pepinos, tomates y hojas de tabaco que habíamos secado con cuidado durante días.

La huerta quedaba justo detrás del nogal grande, ese que daba sombra al banco donde mi abuelo pelaba almendras. Allí, junto a una higuera llena de brevas, estaba la noria. Yo me quedaba embobado mirando cómo los cangilones subían el agua desde el fondo. El agua iba a parar a unos aljibes que teníamos repartidos por el terreno, y desde ahí regábamos los surcos con palos que abrían pequeñas compuertas en la tierra.

A veces, mientras los mayores trabajaban, yo me escapaba por los caminos y veredas. Tenía escondrijos secretos entre los zarzales o debajo de una roca plana donde guardaba mis canicas y mis tesoros: un botón brillante, una navajita rota y una pluma azul que me gustaba imaginar que era de un pájaro mágico.

La vida en el cortijo era sencilla. Por la tarde, recogíamos leña y la apilábamos junto a la puerta. El sol se ponía tras la sierra, tiñendo todo de dorado. Entonces, nos sentábamos junto a la chimenea, con las manos aún manchadas de tierra, y yo escuchaba las historias de mi abuelo, mientras el burro roncaba tranquilo en su corralito.

Había olivos que contaban cuentos con sus ramas al viento, una higuera que daba sombra a mis juegos y una noria que cantaba cada vez que giraba.
Esa era mi huerta, y aunque ahora vivo lejos, cada vez que huelo el tabaco seco o veo un cielo azul de primavera, cierro los ojos… y vuelvo a ella.

Fastissimus diebus

Ficción

En San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.

Nadie supo quién dio la orden.

A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.

—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.

Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.

El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.

Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.

Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.

Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.

El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.

—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.

—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.

—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.

—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.

A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.

Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.

Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.

Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.

Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.

Oyó el mar.

Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.

Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.

—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.

Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.

En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.

—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.

—Porque no sé adónde voy.

—Todos saben adónde van.

—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?

La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.

—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.

Isidoro se sentó a su lado.

La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.

—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.

El hombre cerró los ojos.

Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.

Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.

Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.

La niña le tendió la muñeca sin rostro.

—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.

—¿Y cómo se llega?

—Despacio.

Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.

Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.

Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.

—Vengo a recuperar un día.

—¿Cuál?

—El día que perdí a mi hermano.

El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.

—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.

—Era una tarde de agosto. Había amapolas.

El guardia suspiró.

—Las tardes de agosto son muy caras.

—No tengo dinero.

—Entonces no tiene tiempo.

Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.

—Tengo esto.

El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.

—¿De dónde lo ha sacado?

—De mi abuelo.

—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.

Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.

El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.

Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.

Lo abrió.

Y el mundo se detuvo.

El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.

En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.

Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.

Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.

Se sentó en la hierba.

Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.

—Has tardado mucho —dijo el niño.

—Lo sé.

—¿Te quedas?

Isidoro lloró sin hacer ruido.

—Me quedo.

Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.

Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.

Isidoro cerró el frasco.

No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.

Después rompió el reloj contra el suelo.

El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.

Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.

En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.

Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.

Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.

Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.

En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:

Fastissimus diebus.

Los días velocísimos.

Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:

No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.

Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.

Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.

Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.

ANNA

Poesía

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