LA HUERTA

Ficción

Cuando era pequeño, vivía en un cortijo en medio del campo, rodeado de olivos y caminos de tierra que se perdían entre veredas y sierras. La primavera llegaba con fuerza, y todo olía a tierra húmeda, a flores nuevas y a leña quemada de la chimenea.

Mi abuelo me despertaba temprano, cuando el cielo azul apenas empezaba a clarear. Salíamos al corralito donde nos esperaba nuestro viejo burro, “Canela”, que rebuznaba con impaciencia por salir. Le poníamos los aparejos y cargábamos unas cestas de mimbre con pepinos, tomates y hojas de tabaco que habíamos secado con cuidado durante días.

La huerta quedaba justo detrás del nogal grande, ese que daba sombra al banco donde mi abuelo pelaba almendras. Allí, junto a una higuera llena de brevas, estaba la noria. Yo me quedaba embobado mirando cómo los cangilones subían el agua desde el fondo. El agua iba a parar a unos aljibes que teníamos repartidos por el terreno, y desde ahí regábamos los surcos con palos que abrían pequeñas compuertas en la tierra.

A veces, mientras los mayores trabajaban, yo me escapaba por los caminos y veredas. Tenía escondrijos secretos entre los zarzales o debajo de una roca plana donde guardaba mis canicas y mis tesoros: un botón brillante, una navajita rota y una pluma azul que me gustaba imaginar que era de un pájaro mágico.

La vida en el cortijo era sencilla. Por la tarde, recogíamos leña y la apilábamos junto a la puerta. El sol se ponía tras la sierra, tiñendo todo de dorado. Entonces, nos sentábamos junto a la chimenea, con las manos aún manchadas de tierra, y yo escuchaba las historias de mi abuelo, mientras el burro roncaba tranquilo en su corralito.

Había olivos que contaban cuentos con sus ramas al viento, una higuera que daba sombra a mis juegos y una noria que cantaba cada vez que giraba.
Esa era mi huerta, y aunque ahora vivo lejos, cada vez que huelo el tabaco seco o veo un cielo azul de primavera, cierro los ojos… y vuelvo a ella.

Automatización de Procesos Robóticos (RPA)

No ficción

La automatización de procesos robóticos es una tecnología que utiliza robots y software para automatizar tareas repetitivas y de baja complejidad. Se espera que la automatización de procesos robóticos tenga un impacto significativo en la forma en que las empresas operan y en la forma en que las personas interactúan con el mundo.

La RPA consiste en entrenar programas informáticos para realizar o ejecutar tareas mundanas y repetitivas. La RPA ayuda a los desarrolladores a trabajar más eficientemente y permite a los empleados no técnicos crear aplicaciones sin código. UiPath es el líder del mercado en este campo.

Los autómatas invisibles que construyen el futuro

Imagina un ejército de manos invisibles, danzando en las entrañas digitales de las empresas, tecleando, copiando, comparando, enviando informes con una eficiencia que avergonzaría al mismísimo Hermes. No descansan, no olvidan, no se quejan: son los bots de Automatización de Procesos Robóticos (RPA), los nuevos alquimistas del siglo XXI.

La RPA no es ciencia ficción ni una promesa embriagadora en una servilleta de bar; es una revolución silenciosa que ya late en el corazón de bancos, aseguradoras, hospitales y fábricas. Se trata de software —sí, simples líneas de código disfrazadas de operarios digitales— que ejecutan tareas repetitivas con precisión quirúrgica: gestionar correos, extraer datos de formularios, validar facturas, actualizar registros.

¿El objetivo? Liberar a los humanos del infierno de la monotonía. Arrancar de sus manos los grilletes de las tareas mecánicas para que puedan volver a crear, pensar, imaginar.

¿Cómo funciona esta magia?
La RPA observa cómo trabaja una persona en su ordenador, aprende la secuencia de clics, tecleos y accesos a programas, y luego la replica, como un pianista autómata tocando de oído. No entiende el porqué de las cosas —no necesita comprender—, solo sabe ejecutar y repetir, más rápido, más limpio, sin dramas ni café de por medio.

El paisaje que dibuja la RPA
Estamos viendo emerger un nuevo ecosistema híbrido: trabajadores de carne y hueso codo a codo con trabajadores de bits y algoritmos. Una sinfonía de inteligencia natural y fuerza sintética. Las compañías que ignoren esta transformación estarán condenadas a ser fósiles empresariales, vestigios de un pasado analógico donde todo era más lento, más caro, más torpe.

La RPA promete un futuro donde las oficinas serán menos fábricas de papeles y más laboratorios de ideas. Donde los profesionales no serán operarios de sistemas, sino arquitectos de soluciones. Y donde cada segundo de trabajo tendrá un propósito más noble que simplemente «mover datos de un sitio a otro».

Pero no todo es de color zafiro.
La RPA también levanta preguntas incómodas como fantasmas: ¿Qué trabajos desaparecerán? ¿Qué pasará con quienes solo saben repetir sin innovar? ¿Cómo asegurarnos de que la automatización sea una escalera y no una guillotina? Preguntas que no podemos esconder debajo de la alfombra, aunque a veces duelan más que una verdad desnuda en invierno.

Cabalgar la ola o ser tragados por ella
La Automatización de Procesos Robóticos no es una opción: es el oleaje inminente. Solo queda elegir: construir velas y surfear hacia nuevas tierras de creatividad y eficiencia… o quedarse atrapados, ahogados por la marea de la obsolescencia.

Porque al final, en esta danza frenética del progreso, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor saben bailar y adaptarse al ritmo cambiante del futuro.

Manifiesto RPA: La insurrección de los autómatas sin rostro

Que tiemblen los relojes. Que se derritan los cubículos.
La Automatización de Procesos Robóticos (RPA) no pide permiso: irrumpe, desgarra, rehace.
Ya no hay excusa para seguir siendo obreros del tedio, esclavos de la tecla, mártires del Excel.
El futuro ha hackeado la oficina.

Nos declaramos enemigos de la repetición.
Cada movimiento inútil es una cicatriz en el alma humana.
Cada formulario copiado a mano es un crimen contra el ingenio.
Cada dato trasladado como un burro digital es un poema de la mediocridad.
¡Basta!

Los bots son nuestros aliados invisibles.
No tienen cara, pero tienen propósito:
Liberarnos de la monotonía que adormece, de las cadenas de procesos que nunca terminan.
Que ellos hagan lo predecible.
Nosotros haremos lo imposible.

RPA: el motor clandestino del renacimiento corporativo.
No más jornadas que drenan el alma.
No más «copy-paste» hasta la extenuación.
No más talento sofocado bajo montañas de «procedimientos internos».

Nosotros, los nuevos artesanos digitales, exigimos:

  • Que los humanos se dediquen a imaginar, a innovar, a crear nuevos lenguajes y nuevas ciudades de bits.
  • Que la tecnología sea un ala, no una cadena.
  • Que el error humano sea un recuerdo nostálgico, no una condena diaria.

Sí, algunos trabajos caerán como hojas en otoño.
Y está bien.
Renunciar al anacronismo no es crueldad: es evolución.
Seremos jardineros de nuestras propias transformaciones.
Sembradores de cambios imposibles.

En el nombre de la velocidad, la precisión y la imaginación desatada:
¡Que se automatice todo lo automatizable!
¡Que viva lo humano en su estado más puro: soñando, creando, trascendiendo!

Hoy no firmamos documentos:
Firmamos destinos.

Chained haikus

Poesía

Thieves clamber, unborn
agile pensive sailboat rolls
blankly, burrowing.

Necromancers ill
numbly, scavengers rise, loud
fiendish answers flirt.

Hoping humbly, lame
cumbersome starflowers jab
black simple sleepless.

Songbirds adorn, streams
rattling indolent red preys
squirming, purring plow.

Noisily oozing
earthworm roars sadly, apple
wailing faintly, moist.


Ladrones trepan, nonatos
ágiles, pensativos, veleros ruedan
desnudamente, excavando.

Nigromantes enfermos
aturdidos, carroñeros se alzan, ruidosos
respuestas diabólicas coquetean.

Esperando humildemente, cojos
torcidas estrellas de mar pinchan
negros, simples, insomnes.

Adornan pájaros cantores, arroyos
traqueteando indolentes presas rojas
retorciéndose, ronroneando el arado.

Ruidosamente rezumando
la lombriz de tierra ruge tristemente, manzana
gimiendo débilmente, húmeda.

THE END

Poesía

thieves clamber, unborn
agile pensive sailboat rolls
blankly, burrowing

necromancers ill
numbly, scavengers rise, loud
fiendish answers flirt

hoping humbly, lame
cumbersome starflowers jab
black simple sleepless

songbirds adorn, streams
rattling indolent red preys
squirming, purring plow

noisily oozing
earthworm roars sadly, apple
wailing faintly, moist

Saludos a innisfree1916.

NEFASTISSIMUS

Ficción

thieves clamber, unborn
agile pensive sailboat rolls
blankly, burrowing
necromancers ill
numbly, scavengers rise, loud
fiendish answers flirt
hoping humbly, lame
cumbersome starflowers jab
black simple sleepless
songbirds adorn, streams
rattling indolent red preys
squirming, purring plow
noisily oozing
earthworm roars sadly, apple
wailing faintly, moist.

NEFASTISSIMUS

Ficción

thieves clamber, unborn
agile pensive sailboat rolls
blankly, burrowing
necromancers ill
numbly, scavengers rise, loud
fiendish answers flirt
hoping humbly, lame
cumbersome starflowers jab
black simple sleepless
songbirds adorn, streams
rattling indolent red preys
squirming, purring plow
noisily oozing
earthworm roars sadly, apple
wailing faintly, moist.

En la otra Gloria

Ficción

Yo era aquel niño que trillaba al amanecer de aquel día amarillo de agosto que ascendía en forma de pajas secas desde la parva a las orejas. Era el último verano antes de irme al seminario. Mi padre y mis tíos seguían aún trillando en la era de mi abuelo con métodos medievales: una parva; una trilla tirada por un burro; un burro conducido por un niño; un niño que salía del más rústico de los veranos para ir a un seminario postconciliar que acabaría dejando por un instinto más atávico y poderoso: se llamaba Gloria y su cuerpo tenía un aspecto bastante más carnal e increíble que la del cielo.

Ella me sacó por primera vez de mi infantil estupor, transportándome a una ciudad provinciana que aspiraba a la vanguardia de los cafetines y en el fondo más cateta que yo. Al menos así lo veía yo en aquel momento. Recuerdo con vívida timidez el día en que vino convertida de una adolescente en una sensual mujer, sólo para impresionarme. Fue en una clase de arte, la primera de la mañana. Las ironías de los chicos y las cómplices sonrisas de las otras chicas, expresando todos ellos como una pareja colectiva lo que ni Gloria ni yo pudimos expresar. Fue otro día de calor como aquel en que trillaba en una interminable y medieval parva y en la entrepierna notaba hervir algo nuevo y placentero, como un nacimiento al desierto. El sol irradiaba desde ese nuevo centro, ahora ya no como un problema de enuresis infantil sino como un calor que hacía palpitar el torso erizado con una intensidad de vértigo. Desnudo en un desierto por primera vez, abrasándome en la promesa de un cuerpo voluptuoso de mujer recién salida de la adolescencia.

Llegó vestida con una enorme capa y un peinado alisado y voluminoso, pintada de carmín y colorete; sombra de ojos y uñas salvajemente rojas. Al despojarse de la capa puso al descubierto su escultural cuerpo ya maduro y unas piernas para desmayarse. Mi imaginación completó el resto y empecé a verla vestirse: primero las bragas negras y caladas que ceñían su monte de venus y su rajita humedeciéndose de placer; luego un sujetador ajustadísimo que elevaba sus apuntados pezones; unas medias envainando sus piernas obscenamente. Seguramente unas ligas a las que me hubiera gustado reemplazar con mis manos…

Se sentó a mi lado y mi cuerpo temblaba erizándome el vello a oleadas frías y calientes. Todos sonreían sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que el profesor de arte, que preparaba las filminas de la sesión, rompió el silencio y comentó: te has puesto varios años encima. Está guapísima, comentaron inmediatamente sus amigas que en todo momento protegían a Gloria con su complicidad. Miraban mis reacciones, delegadas quizás por ella para que luego le contasen mi azorada reacción. Entretanto ella intentaba hablar conmigo de algo. ¿Está libre este asiento?. Sí, sí, claro. Aunque yo sabía que Pepe querría sentarse donde siempre. Cómo vienes hoy, comenté en voz baja. No, normal… muchas veces me visto así…, dijo. Me hubiera gustado decirle que estaba guapísima, que me apetecía besarla y abrazarla, pero me lo impedía mi terrible timidez y me conformé con imaginarlo. Un leve e imperceptible suspiro se escapó de ambos. Otra vez será, pensé que decía, pero de nuevo debió ser mi imaginación.

¿Esa es Gloria?, comentó la enorme foca que acababa de llegar, como siempre tarde. Joder, chica, cómo te has puesto, ¿Vas de fiesta a estas horas? Se sentó al final haciendo comentarios en voz baja. Luego con un tono claramente audible dijo: ¡Ah, claro, el Carlos… ¡jolines! Me volví hacia ella y con una mirada asesina le hice callar. La hipopótama bajó la cabeza.

He olvidado por completo cual era el tema de la clase de arte, si es que alguna vez lo supe, que por fin dio comienzo. Yo continué, erizado el vello, transportado a los más cálidos y hermosos días de mi niñez. Días radiantes y azules, transparentes como el agua de los sueños en que sientes que tu cuerpo flota sumergido, se eleva, vuela caprichosamente, con la levedad de lo imperceptible y recordando -o quizás imaginando- su carnal y glorioso culo de piel melocotón retozando en mis manos sobre las sábanas. En la otra Gloria.

EL INTELECTUAL REPARTE PAN CON UN BURRO

Ficción

Me pareció que algo grave estaba pasando, mi abuelo, el intelectual, el culto, el ser extraordinario, ahora repartía pan por las calles con un burro con aguaderas. Algo no cuadraba. Mi madre me contó que ahora el abuelo tenía otro trabajo. Ya no trabajaba para él en la tienda. Trabajaba para el panadero del pueblo, repartiendo pan. Algo no me gustó de aquello pero mi abuelo me dejó subir al burro y dar una vuelta. Él parecía triste y contento a la vez. Ahora recuerdo perfectamente su cara con esa gafas redondas que aún conservo, y su aspecto enjuto, y su cuello arrugado de arriba a abajo, con una camisa blanca, pantalones de pana negra y un chaleco de rayas , vestido al estilo más rural de los campesinos y no con su traje y su corbata como siempre había vestido. O con su estilo de trabajo aunque más aseado y señorial de tendero de pueblo, con su librea de despacho de ultramarinos.