Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

MI GRITO CONDENADO

Poesía

Sí, cualquiera podía callarme. Bastaba un tímido chisporroteo al saludar y algo me atenazaba, ya no reía. Como si contemplara vergeles de cadáveres en una luna de plata. Pero ahora grito y es distinto. Arrastro mi voz, acaso reencontrada, desde esta playa… por todo el continente, como haré cuando, de cerca, me ofrezca sus rezagadas odas, esos juegos de palabras en los que antes pedía socorro con deletéreos estertores…

…y ya no hay temor en mi timbre, sino un incendio.
Un incendio que no pide permiso.
Porque cada palabra que hoy brota —áspera, desbocada, necesaria—
es la cicatriz viva de una lengua que se negó a morir.

No es que haya aprendido a hablar, no.
Es que ya no consiento el silencio impuesto.
Porque en cada sílaba vibra una multitud que fui escondiendo,
y me brotan los nombres que me negaron,
las calles que me hicieron rodear,
los rostros que fingí no ver por miedo a mirarlos.

Y si mi grito es torpe, si se traba, si cruje,
no importa.
Es mío.
Ya no lo devuelvo.

Que se entere el continente,
que se entere la lluvia,
que se entere hasta el aire que me vio encogido:
mi voz no vuelve a mendigar lugar.
Ahora es sitio.
Ahora es cuerpo.
Ahora es grieta que florece.

 

Automatización de Procesos Robóticos (RPA)

No ficción

La automatización de procesos robóticos es una tecnología que utiliza robots y software para automatizar tareas repetitivas y de baja complejidad. Se espera que la automatización de procesos robóticos tenga un impacto significativo en la forma en que las empresas operan y en la forma en que las personas interactúan con el mundo.

La RPA consiste en entrenar programas informáticos para realizar o ejecutar tareas mundanas y repetitivas. La RPA ayuda a los desarrolladores a trabajar más eficientemente y permite a los empleados no técnicos crear aplicaciones sin código. UiPath es el líder del mercado en este campo.

Los autómatas invisibles que construyen el futuro

Imagina un ejército de manos invisibles, danzando en las entrañas digitales de las empresas, tecleando, copiando, comparando, enviando informes con una eficiencia que avergonzaría al mismísimo Hermes. No descansan, no olvidan, no se quejan: son los bots de Automatización de Procesos Robóticos (RPA), los nuevos alquimistas del siglo XXI.

La RPA no es ciencia ficción ni una promesa embriagadora en una servilleta de bar; es una revolución silenciosa que ya late en el corazón de bancos, aseguradoras, hospitales y fábricas. Se trata de software —sí, simples líneas de código disfrazadas de operarios digitales— que ejecutan tareas repetitivas con precisión quirúrgica: gestionar correos, extraer datos de formularios, validar facturas, actualizar registros.

¿El objetivo? Liberar a los humanos del infierno de la monotonía. Arrancar de sus manos los grilletes de las tareas mecánicas para que puedan volver a crear, pensar, imaginar.

¿Cómo funciona esta magia?
La RPA observa cómo trabaja una persona en su ordenador, aprende la secuencia de clics, tecleos y accesos a programas, y luego la replica, como un pianista autómata tocando de oído. No entiende el porqué de las cosas —no necesita comprender—, solo sabe ejecutar y repetir, más rápido, más limpio, sin dramas ni café de por medio.

El paisaje que dibuja la RPA
Estamos viendo emerger un nuevo ecosistema híbrido: trabajadores de carne y hueso codo a codo con trabajadores de bits y algoritmos. Una sinfonía de inteligencia natural y fuerza sintética. Las compañías que ignoren esta transformación estarán condenadas a ser fósiles empresariales, vestigios de un pasado analógico donde todo era más lento, más caro, más torpe.

La RPA promete un futuro donde las oficinas serán menos fábricas de papeles y más laboratorios de ideas. Donde los profesionales no serán operarios de sistemas, sino arquitectos de soluciones. Y donde cada segundo de trabajo tendrá un propósito más noble que simplemente «mover datos de un sitio a otro».

Pero no todo es de color zafiro.
La RPA también levanta preguntas incómodas como fantasmas: ¿Qué trabajos desaparecerán? ¿Qué pasará con quienes solo saben repetir sin innovar? ¿Cómo asegurarnos de que la automatización sea una escalera y no una guillotina? Preguntas que no podemos esconder debajo de la alfombra, aunque a veces duelan más que una verdad desnuda en invierno.

Cabalgar la ola o ser tragados por ella
La Automatización de Procesos Robóticos no es una opción: es el oleaje inminente. Solo queda elegir: construir velas y surfear hacia nuevas tierras de creatividad y eficiencia… o quedarse atrapados, ahogados por la marea de la obsolescencia.

Porque al final, en esta danza frenética del progreso, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor saben bailar y adaptarse al ritmo cambiante del futuro.

Manifiesto RPA: La insurrección de los autómatas sin rostro

Que tiemblen los relojes. Que se derritan los cubículos.
La Automatización de Procesos Robóticos (RPA) no pide permiso: irrumpe, desgarra, rehace.
Ya no hay excusa para seguir siendo obreros del tedio, esclavos de la tecla, mártires del Excel.
El futuro ha hackeado la oficina.

Nos declaramos enemigos de la repetición.
Cada movimiento inútil es una cicatriz en el alma humana.
Cada formulario copiado a mano es un crimen contra el ingenio.
Cada dato trasladado como un burro digital es un poema de la mediocridad.
¡Basta!

Los bots son nuestros aliados invisibles.
No tienen cara, pero tienen propósito:
Liberarnos de la monotonía que adormece, de las cadenas de procesos que nunca terminan.
Que ellos hagan lo predecible.
Nosotros haremos lo imposible.

RPA: el motor clandestino del renacimiento corporativo.
No más jornadas que drenan el alma.
No más «copy-paste» hasta la extenuación.
No más talento sofocado bajo montañas de «procedimientos internos».

Nosotros, los nuevos artesanos digitales, exigimos:

  • Que los humanos se dediquen a imaginar, a innovar, a crear nuevos lenguajes y nuevas ciudades de bits.
  • Que la tecnología sea un ala, no una cadena.
  • Que el error humano sea un recuerdo nostálgico, no una condena diaria.

Sí, algunos trabajos caerán como hojas en otoño.
Y está bien.
Renunciar al anacronismo no es crueldad: es evolución.
Seremos jardineros de nuestras propias transformaciones.
Sembradores de cambios imposibles.

En el nombre de la velocidad, la precisión y la imaginación desatada:
¡Que se automatice todo lo automatizable!
¡Que viva lo humano en su estado más puro: soñando, creando, trascendiendo!

Hoy no firmamos documentos:
Firmamos destinos.

Samael

Ficción

Soy el fantasma de esta casa. Mi nombre es Samael. Hoy, como siempre, he dedicado mi tiempo a la higiene, la mía y la de la casa. Por extraño que os parezca la higiene de un fantasma y su mansión es extraordinariamente prolija y delicada. Incluso estando las veinticuatro horas sin dormir, como es mi caso, el día no es suficiente para acabar con todas las tareas domésticas y de higiene personal.
Imaginaos además como puede ser la cosa cuando el día no tiene ni principio ni fin. No puedo empezar, como la mayoría de los mortales, diciendo: «comienzo el día con una ducha para despertar mi cuerpo y mi espíritu dormidos». No, en absoluto. Primero porque no tengo cuerpo y segundo porque no duermo, ni descanso y además no es que necesite una ducha, es que necesito pasarme el día entre el trapo de limpieza y la alcachofa de la ducha que, por cierto, está rota y no deja de gotear, la maldita condenada.
Esto nos ocurre a los fantasmas, seguramente, por nuestra inveterada y estúpida costumbre de habitar casas abandonadas. Una costumbre a la que, la verdad, nunca encontré explicación, sobre todo porque las casas deshabitadas son, además de sucias, extremadamente frías y solitarias. No es de extrañar que entre nosotros hayan surgido algunos que se oponen de forma irresponsable y caprichosa a tal designio.
En fin, mi trabajo diario consiste en mantener la mínima decencia, pero no creais que soy un maniático de la limpieza y del aseo. Me basta con mantener la mínima decencia de una casa de fantasmas como se debe.
En lo concerniente a la limpieza, por ejemplo, lo de las telarañas es quizás lo más agotador y exasperante. Esas condenadas ariadnas son muchas y yo sólo soy uno. Así que me veo obligado a recorrer todos los rincones de la mansioncita: dieciseis habitaciones con sus correspondientes cuartos de baño, cinco salones con sus correspondientes chimeneas y ventanas, la leñera, la cocina, la despensa, el horno, la bodega, los desvanes, pasillos, entradas y entraditas… sin contar con las cuadras, pocilgas, jardines, y demás anexos… Es extenuante.
A veces he pensado en contratar servicio doméstico, pero he descartado inmediatamente la idea pues entre los fantasmas no está bien visto, especialmente si eres un fantasma tan sucio y podrido como yo.
En cuanto a la higiene personal y al contrario de lo que pueda parecer, sin cuerpo uno se siente sucio cada dos por tres, pues el espíritu no se limpia así como así. Te das la ducha en que limpias aquel asesinato que te reconcomía desde hace siglos e inmediatamente descubres otro más atroz, si cabe, que habías olvidado debajo de aquel. Cada ducha delata en mi sábana nuevos horrores cometidos, nuevas infamias, nuevas tachas, nuevas sangrientas manchas. Y para colmo, a la mansión le sucede lo mismo, esconde tras cada mancha, tras cada rincón infinitas capas de sucias historias con las que, aunque no sean mías, uno no puede convivir alegremente. Me veo, así, obligado a alternar mi propia higiene con la limpieza del sitio donde habito con el único fin de mantener, aunque sólo sea, la decencia necesaria.
Aunque a estas alturas ya trascurridos largos siglos, no sabría decir si realmente nos higienizamos mutuamente, o por el contrario, lo que ocurre es que cuando yo me limpio, estoy ensuciando la casa de nuevo y cuando limpio la casa, me ensucio yo de nuevo, como un condenado y fantasmal prometeo.

LA HUERTA DE LA CASA GRANDE

Ficción

De todos los lugares de la Casa Grande, la huerta era el que más le gustaba a Tomás.

No era la más grande, ni la más hermosa. Los vecinos preferían el patio, porque allí había sombra en verano y una fuente donde bebían los pájaros. Otros preferían los corrales, donde los caballos golpeaban el suelo con los cascos y las gallinas parecían tener asuntos urgentes que resolver.

Tomás prefería la huerta.

Tal vez porque nadie podía conocerla del todo.

La huerta comenzaba detrás de los corrales y terminaba, según los adultos, junto al muro de piedra que separaba la casa de los campos. Pero Tomás sospechaba que aquello no era verdad.

Había días en que caminaba hasta el muro y encontraba una pequeña puerta entre las zarzas.

La abría.

Al otro lado había más huerta.

Y más allá, otra.

Una vez llegó hasta un árbol que no había visto nunca.

Era un árbol muy viejo, de tronco retorcido y ramas bajas. No daba frutos. En cambio, sus hojas tenían unas pequeñas manchas doradas que parecían letras.

Tomás llevó a Clara para enseñárselo.

—¿Qué árbol es?

—No lo sé.

—¿Y qué dicen las hojas?

Clara tomó una.

La miró durante mucho tiempo.

—Creo que dicen tu nombre.

Tomás se rió.

—Las hojas no saben escribir.

—Entonces será la casa la que escribe por ellas.

A Tomás no le gustó aquella explicación.

Desde aquel día comenzó a visitar el árbol.

Al principio llevaba una manzana, luego una pera y, finalmente, nada. Se sentaba debajo y escuchaba.

La huerta tenía muchos sonidos.

El agua que corría por las acequias.

Las abejas entre las flores.

El viento moviendo las hojas.

Las gallinas que escapaban de los corrales.

Y, algunas tardes, un sonido más extraño.

Un susurro.

No parecía venir de ningún sitio.

Parecía venir de todas partes.

Tomás se quedó quieto una tarde de septiembre.

El viento había cesado.

Sin embargo, las hojas del árbol se movieron.

Una por una.

Como si alguien las estuviera pasando.

Entonces oyó una voz muy débil:

—No olvides.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Qué?

No hubo respuesta.

Volvió a su casa corriendo.

Durante la cena preguntó a su abuela qué había antes en aquella huerta.

La mujer dejó de cortar el pan.

—Muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Árboles.

—¿Cuáles?

La abuela lo miró.

—Algunos ya no existen.

Tomás esperó.

—¿Y por qué?

—Porque los árboles también pueden morir de olvido.

Aquella noche Tomás no pudo dormir.

Al día siguiente regresó a la huerta.

Quería comprobarlo.

Buscó el árbol de las hojas doradas.

Pero no lo encontró.

Buscó durante horas.

Nada.

Sólo había tomates, calabazas, hierbas salvajes y un viejo espantapájaros.

Tomás pensó que quizá había soñado el árbol.

Entonces vio algo junto a la acequia.

Una semilla.

Era pequeña, redonda y dorada.

La recogió.

Cuando volvió a casa, la plantó en una maceta.

La regó durante muchos días.

No ocurrió nada.

Pasó una semana.

Después otra.

Tomás casi había olvidado la semilla cuando una mañana descubrió un diminuto brote verde.

Lo llevó a la huerta.

Cavó un agujero junto al muro y lo plantó.

Pasaron los años.

El brote se convirtió en un árbol.

Y el árbol creció tanto que sus ramas llegaron a cubrir una parte del tejado de la Casa Grande.

Entonces sucedió algo curioso.

Los vecinos comenzaron a recordar.

Una mujer recordó una canción que cantaba su madre.

El herrero recordó dónde había escondido, de niño, una caja de canicas.

La abuela de Tomás recordó el nombre de un hermano que había muerto muchos años antes.

Incluso el viejo dueño de la casa, que ya no distinguía bien los rostros, recordó que una vez había plantado un limonero junto al pozo.

Todos decían que aquellos recuerdos habían vuelto por casualidad.

Tomás sabía que no.

Una tarde regresó al árbol.

En sus hojas doradas apareció una frase:

UNA CASA NO GUARDA COSAS. GUARDA A QUIENES LAS RECUERDAN.

Tomás la leyó varias veces.

Luego sonrió.

Había comprendido por qué la huerta era diferente de los demás lugares de la Casa Grande.

El patio guardaba juegos.

Los corrales guardaban animales.

Las bodegas guardaban vino.

El pozo guardaba agua.

Pero la huerta guardaba el tiempo.

Cada semilla era una pequeña promesa.

Cada árbol era una memoria.

Cada fruto era una historia que todavía no había terminado.

Y las hierbas salvajes, que los adultos arrancaban porque crecían donde no debían, eran quizá las más sabias de todas.

Porque crecían sin que nadie las plantara.

Y recordaban cosas que nadie había querido recordar.

Muchos años después, cuando Tomás ya era viejo, volvió a la Casa Grande.

La huerta seguía allí.

El árbol había crecido tanto que parecía sostener el cielo.

Tomás apoyó una mano sobre su tronco.

Entonces escuchó otra vez aquella voz.

—¿Lo recuerdas?

Tomás cerró los ojos.

—Sí.

—¿Todo?

Tomás sonrió.

—No.

Y aquella fue la respuesta correcta.

Porque nadie puede recordarlo todo.

Ni siquiera una casa tan grande.

Ni siquiera un árbol tan antiguo.

Pero mientras alguien recuerde una pequeña parte, aunque sea un nombre, una canción, un camino entre las plantas o el lugar exacto donde una vez escondió una piedra, la Casa Grande seguirá existiendo.

Aunque algún día desaparezcan sus paredes.

Aunque se derrumben sus corrales.

Aunque se sequen sus acequias.

Aunque el último de sus vecinos cierre los ojos.

La huerta seguirá creciendo en algún lugar.

Porque hay jardines que nacen de la tierra.

Y hay otros que nacen de la memoria.

JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Has …

Ficción

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Hasta este happy end de mi visión. Se acerca agosto y, agitado, me cambio de sitio para perseguir el sentido de vida que encuentro en cada sonrisa, en cada melodía, haciendo cybersex de juventud. No es tontería. Mi blanco es ahora sufrir amables felaciones que alguien con olor a diosa pueda hacerme sobre un piano. No es una estupidez, os lo aseguro.