JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

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