En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.
Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.
Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.
Había, además, lugares prohibidos.
Eso era lo que más les gustaba.
Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.
Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.
También conocía las cámaras.
Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.
Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.
Estaba detrás del lagar.
No tenía cerradura.
Sólo una palabra grabada en la madera:
ENTRA.
Clara miró a Tomás.
—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?
—Sí.
—Entonces no deberíamos entrar.
Tomás pensó un momento.
—Precisamente.
Abrieron.
Al otro lado había un corredor estrecho.
Caminaron.
Primero dejaron atrás las bodegas.
Después el patio.
Después los corrales.
Después la huerta.
Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.
Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.
—Esto no puede ser —dijo Clara.
Tomás miró la piedra del pozo.
Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.
Siguieron caminando.
Encontraron de nuevo los basureros.
Después las plantas salvajes.
Después el lagar.
Y otra vez la puerta.
La misma puerta.
—La casa está dando vueltas —dijo Clara.
Tomás negó con la cabeza.
—No. Somos nosotros los que damos vueltas.
Entonces escucharon una voz.
Venía de una de las cámaras.
Entraron.
En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.
Tomás lo abrió.
La primera página decía:
Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.
Pasó la página.
Había un dibujo del patio.
Pasó otra.
Aparecía la huerta.
Otra.
Los corrales.
Otra.
El pozo.
Otra.
Las bodegas.
Y otra.
La habitación donde ellos estaban.
Tomás sintió un poco de miedo.
—¿Quién escribió esto?
Clara señaló el final de la página.
Allí aparecían dos nombres:
Tomás y Clara.
Los dos retrocedieron.
En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.
Era grande porque guardaba recuerdos.
Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.
Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.
Tomás cerró el libro.
—Tenemos que salir.
Buscaron la puerta.
No estaba.
Buscaron otra.
Tampoco.
Entonces Clara tuvo una idea.
—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.
—¿Y por dónde?
Clara miró hacia la ventana.
Al otro lado estaba el patio.
Corrieron hasta ella y la abrieron.
Saltaron.
Cayeron sobre la hierba salvaje.
Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.
Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.
Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.
Nunca volvieron a encontrar las cámaras.
Nunca encontraron el libro.
Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.
Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:
—Conocemos una parte.
Y Clara añadía:
—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.
Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.
Sólo quedó el pozo.
Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.
Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.
Era una página del viejo libro.
Sólo contenía una frase:
Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.
Debe estar conectado para enviar un comentario.