LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

Fantasma de Hébuterne en el espejo

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne y Amedeo Modigliani

 

Fantasma de Hébuterne en el espejo

En la Casa Grande había un espejo que nadie quería mirar después de la puesta del sol.

Estaba en una de las cámaras más antiguas, detrás de una puerta que casi siempre permanecía cerrada. El espejo era alto, estrecho y tenía el marco cubierto de pequeñas flores talladas. Nadie sabía quién lo había llevado allí.

Los adultos decían que era un espejo viejo.

Los niños sabían que aquello no explicaba nada.

Tomás fue el primero en descubrirlo.

Una tarde entró en la cámara buscando una pelota que había desaparecido. La encontró debajo de una mesa, pero antes de salir levantó los ojos y se miró en el espejo.

Al principio vio su propio rostro.

Después vio la habitación.

Y luego vio a una niña.

Estaba detrás de él.

Tomás se volvió.

No había nadie.

Volvió a mirar.

La niña seguía allí.

Tenía el cabello oscuro y un vestido antiguo. No parecía triste ni alegre. Parecía, sencillamente, estar esperando.

Tomás salió corriendo.

Aquella noche se lo contó a Clara.

—¿Cómo era?

—Como una niña.

—Eso ya lo has dicho.

—No sé cómo explicarlo.

Clara pensó un momento.

—¿Te habló?

Tomás negó con la cabeza.

—No.

—Entonces quizá quería que la escucharas.

Al día siguiente volvieron juntos.

La cámara estaba vacía.

El espejo también.

Pero cuando Clara se acercó, la niña apareció.

Esta vez estaba sentada.

En sus manos tenía una flor.

Clara levantó una mano.

La niña hizo lo mismo.

—¿Quién eres? —preguntó Clara.

La aparición señaló el espejo.

En el cristal comenzaron a formarse unas letras.

HÉBUTERNE.

Los dos niños no conocían aquel nombre.

Debajo apareció otra palabra:

AUGUSTIN.

Tomás recordó entonces algo que había oído a su abuela.

Hébuterne era el nombre de un lugar lejano, y también el apellido de una familia que había vivido allí muchos años antes.

Pero nadie sabía por qué el espejo mostraba aquel nombre.

Clara tocó el cristal.

Estaba frío.

La niña acercó la mano desde el otro lado.

Durante unos segundos, las manos de ambas parecieron tocarse.

Entonces el espejo cambió.

Ya no mostró la cámara.

Mostró un jardín.

Había árboles, una casa y un camino cubierto de hojas.

La niña caminó por aquel jardín.

Al fondo apareció un hombre.

La niña corrió hacia él.

Pero antes de llegar, la imagen desapareció.

Quedó solamente el reflejo de los dos niños.

—Creo que no es un fantasma —dijo Clara.

—¿Entonces qué es?

Clara miró el espejo.

—Quizá es un recuerdo.

Aquella explicación les pareció más extraña que un fantasma.

Durante varios días regresaron a la cámara.

Cada vez que aparecía la niña, les mostraba una parte distinta de su historia.

Una mesa.

Un jardín.

Una ventana.

Una casa.

Un hombre.

Una flor.

Nunca hablaba.

Nunca sonreía.

Nunca pedía ayuda.

Finalmente, una tarde, la niña señaló a Tomás.

Después señaló el espejo.

Tomás comprendió.

Se acercó.

La niña puso la flor contra el cristal.

Tomás hizo lo mismo con una pequeña hoja de la huerta.

Durante un instante, ambos objetos parecieron ocupar el mismo lugar.

Luego el espejo quedó completamente oscuro.

La niña había desaparecido.

Desde aquel día nadie volvió a verla.

Pero Tomás conservó la hoja.

La guardó dentro de un libro.

Muchos años después, cuando ya era adulto, regresó a la Casa Grande.

La cámara seguía allí.

El espejo también.

Tomás entró.

Se miró.

Vio su propio rostro, envejecido por los años.

Pero durante un instante, detrás de él, apareció la niña.

Ya no parecía una niña.

Era una mujer.

Y en sus manos llevaba la misma flor.

Tomás comprendió entonces algo que nunca había entendido de pequeño.

Quizá los fantasmas no son los muertos.

Quizá son las personas que quedaron atrapadas en un instante de su propia vida.

Y quizá los espejos no reflejan solamente aquello que somos.

A veces reflejan aquello que fuimos.

O aquello que alguien, en algún lugar del tiempo, todavía recuerda.

Tomás cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el espejo estaba vacío.

Pero sobre el cristal había quedado una pequeña palabra escrita desde dentro:

GRACIAS.

LA HUERTA DE LA CASA GRANDE

Ficción

De todos los lugares de la Casa Grande, la huerta era el que más le gustaba a Tomás.

No era la más grande, ni la más hermosa. Los vecinos preferían el patio, porque allí había sombra en verano y una fuente donde bebían los pájaros. Otros preferían los corrales, donde los caballos golpeaban el suelo con los cascos y las gallinas parecían tener asuntos urgentes que resolver.

Tomás prefería la huerta.

Tal vez porque nadie podía conocerla del todo.

La huerta comenzaba detrás de los corrales y terminaba, según los adultos, junto al muro de piedra que separaba la casa de los campos. Pero Tomás sospechaba que aquello no era verdad.

Había días en que caminaba hasta el muro y encontraba una pequeña puerta entre las zarzas.

La abría.

Al otro lado había más huerta.

Y más allá, otra.

Una vez llegó hasta un árbol que no había visto nunca.

Era un árbol muy viejo, de tronco retorcido y ramas bajas. No daba frutos. En cambio, sus hojas tenían unas pequeñas manchas doradas que parecían letras.

Tomás llevó a Clara para enseñárselo.

—¿Qué árbol es?

—No lo sé.

—¿Y qué dicen las hojas?

Clara tomó una.

La miró durante mucho tiempo.

—Creo que dicen tu nombre.

Tomás se rió.

—Las hojas no saben escribir.

—Entonces será la casa la que escribe por ellas.

A Tomás no le gustó aquella explicación.

Desde aquel día comenzó a visitar el árbol.

Al principio llevaba una manzana, luego una pera y, finalmente, nada. Se sentaba debajo y escuchaba.

La huerta tenía muchos sonidos.

El agua que corría por las acequias.

Las abejas entre las flores.

El viento moviendo las hojas.

Las gallinas que escapaban de los corrales.

Y, algunas tardes, un sonido más extraño.

Un susurro.

No parecía venir de ningún sitio.

Parecía venir de todas partes.

Tomás se quedó quieto una tarde de septiembre.

El viento había cesado.

Sin embargo, las hojas del árbol se movieron.

Una por una.

Como si alguien las estuviera pasando.

Entonces oyó una voz muy débil:

—No olvides.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Qué?

No hubo respuesta.

Volvió a su casa corriendo.

Durante la cena preguntó a su abuela qué había antes en aquella huerta.

La mujer dejó de cortar el pan.

—Muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Árboles.

—¿Cuáles?

La abuela lo miró.

—Algunos ya no existen.

Tomás esperó.

—¿Y por qué?

—Porque los árboles también pueden morir de olvido.

Aquella noche Tomás no pudo dormir.

Al día siguiente regresó a la huerta.

Quería comprobarlo.

Buscó el árbol de las hojas doradas.

Pero no lo encontró.

Buscó durante horas.

Nada.

Sólo había tomates, calabazas, hierbas salvajes y un viejo espantapájaros.

Tomás pensó que quizá había soñado el árbol.

Entonces vio algo junto a la acequia.

Una semilla.

Era pequeña, redonda y dorada.

La recogió.

Cuando volvió a casa, la plantó en una maceta.

La regó durante muchos días.

No ocurrió nada.

Pasó una semana.

Después otra.

Tomás casi había olvidado la semilla cuando una mañana descubrió un diminuto brote verde.

Lo llevó a la huerta.

Cavó un agujero junto al muro y lo plantó.

Pasaron los años.

El brote se convirtió en un árbol.

Y el árbol creció tanto que sus ramas llegaron a cubrir una parte del tejado de la Casa Grande.

Entonces sucedió algo curioso.

Los vecinos comenzaron a recordar.

Una mujer recordó una canción que cantaba su madre.

El herrero recordó dónde había escondido, de niño, una caja de canicas.

La abuela de Tomás recordó el nombre de un hermano que había muerto muchos años antes.

Incluso el viejo dueño de la casa, que ya no distinguía bien los rostros, recordó que una vez había plantado un limonero junto al pozo.

Todos decían que aquellos recuerdos habían vuelto por casualidad.

Tomás sabía que no.

Una tarde regresó al árbol.

En sus hojas doradas apareció una frase:

UNA CASA NO GUARDA COSAS. GUARDA A QUIENES LAS RECUERDAN.

Tomás la leyó varias veces.

Luego sonrió.

Había comprendido por qué la huerta era diferente de los demás lugares de la Casa Grande.

El patio guardaba juegos.

Los corrales guardaban animales.

Las bodegas guardaban vino.

El pozo guardaba agua.

Pero la huerta guardaba el tiempo.

Cada semilla era una pequeña promesa.

Cada árbol era una memoria.

Cada fruto era una historia que todavía no había terminado.

Y las hierbas salvajes, que los adultos arrancaban porque crecían donde no debían, eran quizá las más sabias de todas.

Porque crecían sin que nadie las plantara.

Y recordaban cosas que nadie había querido recordar.

Muchos años después, cuando Tomás ya era viejo, volvió a la Casa Grande.

La huerta seguía allí.

El árbol había crecido tanto que parecía sostener el cielo.

Tomás apoyó una mano sobre su tronco.

Entonces escuchó otra vez aquella voz.

—¿Lo recuerdas?

Tomás cerró los ojos.

—Sí.

—¿Todo?

Tomás sonrió.

—No.

Y aquella fue la respuesta correcta.

Porque nadie puede recordarlo todo.

Ni siquiera una casa tan grande.

Ni siquiera un árbol tan antiguo.

Pero mientras alguien recuerde una pequeña parte, aunque sea un nombre, una canción, un camino entre las plantas o el lugar exacto donde una vez escondió una piedra, la Casa Grande seguirá existiendo.

Aunque algún día desaparezcan sus paredes.

Aunque se derrumben sus corrales.

Aunque se sequen sus acequias.

Aunque el último de sus vecinos cierre los ojos.

La huerta seguirá creciendo en algún lugar.

Porque hay jardines que nacen de la tierra.

Y hay otros que nacen de la memoria.

JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

MI EPOPEYA RÚSTICA

Ficción

Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había «jaros» procedentes de Europa que Franco había traído para «repoblar» y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.