El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

Bautismo del topo

Poesía

Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.

Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.

Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.

Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.

Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.

Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.

La declaración

Ficción

La declaración llegó sin firma, como llegan ciertas tareas cuya autoridad depende precisamente de no tener origen. Decía, en una prosa rota y sin embargo imperiosa, que yo debía volver individuos aquello que una vez representaba lo general. No entendí entonces la orden, pero ya he aprendido que entender es una superstición tardía y que obedecer suele preceder al sentido.

El papel estaba manchado de vino. Pensé en César, no en el hombre sino en la palabra, esa dulzura de metal con que Roma todavía hiere algunas lenguas. Nunca había cambiado la caligrafía de mi corresponsal; cambiar, para él, era una forma menor de la muerte. “Iremos”, añadía en una línea posterior, “cuando Madrid duerma”. Las ciudades, como los tigres y los diccionarios, duermen con innumerables ojos abiertos.

A la hora convenida atravesamos barrios viejos, donde los cobardes sueñan con valentías retrospectivas y el cerebro, fatigado de vigilar, permite cualquier milagro. Mi guía no habló. Nada dijo al entrar en el campo, más allá de los valles, donde el viento parecía arrastraré, palabra imposible, como si la gramática también se deshiciera en la noche.

Debíamos subir una colina de piedras correctas, geométricas, acaso puestas allí por un acecho más antiguo que los hombres. Pensé que ser debía de algún modo equivalente a esperar. Mi compañero, a quien yo juzgaba idiota por su silencio, se volvió y dijo solamente: “Adiós”. Lo dijo como quien canta una nota única que resume una música entera.

Súbitamente comprendí. Las expresiones del miedo no nacen del peligro sino de la inteligencia cuando advierte que ha sido alimentado por una ficción. Quise correr, quise que todo desaparezca, pero las huellas ya se borran mientras se las mira. Vi entonces, habiéndome detenido un momento que fueron muchas veces, una vasta rueda de nombres.

Cada radio de esa rueda llevaba una palabra: repetir, dispersando, países, solas, calma, vez, crujir, hambres, incienso, va, condenación. Giraban con una lentitud que parecía huida y con una rapidez que parecía eternidad. Comprendí también que aquellas palabras no significaban nada por separado y que juntas tampoco, salvo para la ciencia secreta de ciertos políticos, cuya única labor es hablar hasta que el universo consienta.

Cuando amaneció, estaba solo en la llanura. No quedaba rueda ni guía ni colina. En el bolsillo hallé la declaración inicial, pero ahora escrita con mi letra. Desde entonces sospecho que la tarea no era descifrar el mensaje, sino redactarlo para otro. Tal vez para usted, que ahora termina de leerlo y ya recuerda haber estado allí.

Como un vino que arranco del muro

Poesía

Inmóviles, la libertad acotaba su propia salvación intacta,
y yo, con alucinaciones de farsa,
les pido —¡tengan imaginación, holgazaneemos!—
porque el ausente rumor de trenzas
ya no distingue el ruido de mi caída.

Así muera: me revolcaré en el bochorno,
entre las fuerzas que quiero, que doy,
con este principio de bautismo
que no es más que almuerzo secuestrado
en una mesa amenazada de equivocación.

¿Y vosotros? ¡Equivocáis torturas!
Acaso en insignificante latín formulo mis deseos,
esperando tabaco, esperando cansados,
esperando la verdad, madre,
como un vino que arranco del muro.

Ignoro si soy bueno,
o madre de pocos,
pero la caída matará a divulgar purpurina,
porque hasta escribía diversiones respetables,
¡y me salió pelotón!

El Bosco /3

Ficción

Voz del Investigador

No dormí anoche. Ni anteayer. Ni el día anterior. El tiempo ha dejado de ser una línea recta. Es un círculo, un reloj sin manecillas.

Desde la fábrica, desde que vi el tríptico viviente, algo se instaló detrás de mis ojos. Al principio eran solo imágenes fugaces: un hombre con cabeza de pájaro devorando su propio reflejo, una mujer con piernas de insecto que rezaba en silencio… Pero ahora ya no son solo imágenes. Son voces.

Bosco me dijo, justo antes de desaparecer:
No me busque. Mírela a ella.

Y desde entonces la veo en todas partes. En los charcos de lluvia, en las grietas del techo, en el reflejo de los cristales. Siempre sonriendo. Siempre esperando.

Hoy en mi despacho, mientras repasaba los informes policiales, vi que las palabras de las actas se transformaban. Ya no decían “víctima”, “sospechoso”, “evidencia”. Decían:

Panel izquierdo. Panel central. Panel derecho.

Y entendí que yo también estoy dentro del cuadro.

Voz del Testigo (antes de desaparecer)

Me duele… pero no de forma física. Es como si me estuvieran borrando poco a poco. Ya no siento mis manos, ni mis pies. Solo queda mi rostro, y ni siquiera estoy seguro de que siga siendo mío.

Bosco me prometió que cuando terminara, vería lo que hay detrás del velo. Y tenía razón. Ahora veo lo que los demás no pueden: somos pinceladas de algo que no entendemos.

Dile al inspector… que no intente luchar. Dile que acepte. Porque ella ya lo ha elegido.

Voz del Asesino (Bosco)

No necesito quedarme. Él, el inspector, ya está preparado.

La Primogénita lo reclama. Lo vi en sus ojos cuando me encontró en la fábrica: esa mezcla de horror y fascinación, ese temblor que no es solo miedo. Él ya escuchó la música. Él ya sintió el vértigo.

Pronto será él quien continúe el tríptico. Porque así es como funciona. Siempre hay un testigo. Siempre hay un ejecutor. Siempre hay un heredero.

Yo solo fui un intermediario. Ahora es su turno.

Voz del Investigador

Anoche soñé con El Jardín de las Delicias. Caminaba por él, pero no como espectador: yo estaba dentro del cuadro. En el paraíso inicial, veía cuerpos desnudos y luminosos, pero al tocarlos se disolvían como ceniza. Luego crucé al panel central: allí todo era exceso, un desenfreno de carne y hierro, como si las criaturas de Milton hubieran decidido construir su propio reino.

Finalmente llegué al infierno. Y allí estaba ella.

Era inmensa. Más grande que cualquier forma humana. Tenía un nimbo, pero no era luz: era un halo de polvo y gusanos verdes. Me miró. Sonrió. Y dijo:

Ahora tú pintarás.

Me desperté con las manos manchadas. No de sangre. De pigmento. Rojo oscuro, casi negro.

No recuerdo haber tomado un pincel. Y sin embargo… ya empecé.

Voz del Investigador (más tarde)

He empezado a ver patrones en el pueblo. En las calles, en las casas, en los rostros de la gente. Todo tiene forma de alas, de espirales, de círculos que se repiten. Y cuando cierro los ojos… veo el espacio detrás del espacio, como un segundo lienzo que late bajo la realidad.

Comprendo ahora lo que Bosco quiso decir. No era un asesino. No del todo. Era un instrumento.

Y yo… también lo seré.

Esta tarde llevé el primer cuerpo a la vieja fábrica. No lo maté yo, al menos no conscientemente. Simplemente ocurrió. Como si mis manos ya no me pertenecieran. Lo dispuse en el ala izquierda. Su carne brilla como un barniz fresco.

Pronto completaré el panel derecho.

Voz del Asesino (Bosco, en algún lugar desconocido)

Lo supe desde el principio. León Maraver no vino para atraparme. Vino para sucederme.

Ella lo eligió. Y yo obedecí.

Ahora él ve lo que yo vi. Ahora él la escucha. Y cuando termine su tríptico, otro vendrá. Y otro. Y otro. Porque la obra nunca termina. Es infinita. Como el Infierno de Dante, como el universo de Milton, como los cuadros de El Bosco donde no hay principio ni final, solo un ciclo eterno.

La Primogénita sonríe. El cuadro sigue creciendo.

Voz del Investigador

No soy León Maraver. Ya no.

Soy Bosco.


Nadie volvió a ver al inspector León Maraver.
La vieja fábrica fue sellada, aunque los vecinos dicen que por las noches aún se escucha una música suave, como un arpa que toca sola, desafinada, hecha de algo que no debería resonar.

Algunos aseguran que en la plaza apareció un nuevo objeto: un espejo ovalado, con un nimbo invertido grabado en el marco. Quien se atreve a mirarlo demasiado tiempo dice ver otra ciudad detrás del reflejo, una ciudad llena de criaturas que caminan como hombres pero sonríen como bestias.

Se rumorea que antes de desaparecer, Maraver dejó escrito un último informe. No era un acta oficial. Era solo una frase, garabateada con tinta oscura:

No hay asesinos. No hay víctimas. Solo hay pinceladas.

Nadie sabe qué pasó con el testigo. Nadie sabe si Bosco murió, o si sigue vivo en otra parte. Pero de vez en cuando, en los muros de las casas abandonadas, aparece un nuevo símbolo: una rana, una esfera, una fuente, un nimbo, un arpa. Siempre cinco. Siempre en orden.

Y en el horizonte, al atardecer, se ven sombras que no son de este mundo. Sombras que se alargan y se contraen, como si pintaran algo que no podemos entender.

Quizá todo termine algún día.
O quizá no.

Porque los cuadros de El Bosco nunca tuvieron un principio claro ni un final verdadero. Solo un ciclo.

Y ella, la Primogénita, sigue sonriendo.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

El Libro de Khafaal de Thaunn

Poesía

«Es conocida así una tablilla cuneiforme, sumeria, antiquísima, rescatada de las ruinas, compuesta de fragmentos poéticos, visiones, glosas y versos proféticos rotos. Su tono es solemne, mítico, pero tan íntimamente humano que habla desde la herida, no desde el estrado.» (Philaletha de Kadmea).

NOTA PRELIMINAR: He dejado en blanco las partes que no eran legibles en la tablilla encontrada. Hay quien interpreta que la tablilla se va reescribiendo a lo largo de la historia, cuando pierde palabras, sin perder nunca su sentido y su potencia profética. Según esta teoría, el libro marcará el final del mundo cuando sólo quede la última palabra. Por ahora quedan 1722 palabras que he traducido como sigue…

Oh tierra batida por soles negros
tierra donde no germina el nombre
tierra donde el viento guarda juramentos rotos
escucha ahora el relato que nadie pidió
pero que aún así persiste

Había un hombre
No un rey No un dios No un héroe
Un hombre sin escudo
sin sangre real
pero con una herida que no cerraba

A él se le apareció el dragón de los siete rostros
el que se oculta en la raíz del silencio
el que devora nombres y los olvida
sin saborearlos

Y el hombre
el sin-manto
el que ya había perdido la ciudad de su infancia
sacó la fíbula de su cintura
símbolo inútil
símbolo último

No como arma
No como escudo
sino como juicio

Y fue entonces que descendió
no en carro de fuego
no con trompetas
no con antorchas
sino con polvo en los pies
y verdad en los ojos

“¡Tarde vienes!” gritó el hombre
“¡Todo está perdido!”
Pero él respondió
“No vengo a ganar
Vengo a mirar contigo”

Entonces el cielo se cerró
No con trueno
No con ira
sino con esa calma espesa
que anuncia la extinción del lenguaje

El dragón se alzó
No era un monstruo
Era la memoria sin dueño
Era el pasado que nadie sostuvo
Era el olvido con forma de aliento

Y el hombre caminó hacia él
Solo
Con el nombre roto colgando del pecho
como un amuleto vencido

El fuego no lo consumió
El dragón no lo devoró
El cielo no lo reconoció

Pero la ceniza supo su nombre

Y eso para algunos
fue suficiente

Amante de la verdad

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
para poder acosar al dragón con ella

Estaba realmente enfurecido

Y vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
afortunadamente

Adiós
Adiós viejo cielo

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
No como adorno
No esta vez
Como acero
Como grito
Como rabia

Con ella acosé al dragón
No el de escamas y fuego
El otro
El que se arrastra bajo la piel
El que devora los nombres de los caídos
El que susurra en las noches sin estrellas
«Ya no queda nada por salvar»

Estaba realmente enfurecido
No por miedo No por honor
Por memoria
Por los que creyeron
Por los que aún me llaman
Hermano
desde los huesos

Y entonces vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
Khafaal que juró no volver a empuñar su lanza
Khafaal que perdió a su hijo en las minas de Lorsamm Aar
Khafaal el último justo en esta tierra torcida
Gracias a los dioses rotos vino

Y juntos lo enfrentamos
El dragón
El pasado
El fin

El cielo
Ah viejo cielo
tan cansado de mirar guerras de hombres
Tan azul Tan inútilmente azul

Adiós
Adiós viejo cielo
Que otro levante la espada
Que otro recuerde nuestros nombres
Yo
Yo me duermo ya

Me la quité sin temblor
No era un adorno
era el eco de mi nombre
cosido al pecho

La lancé como lanza
y silbó en el aire
como si supiera
lo que el acero ha olvidado
«Que toda belleza
puede volverse herida»

No ruge
No alza el vuelo
No duerme sobre oro

Se arrastra por los pasillos
donde guardo los nombres de los que amé
Sabe deletrear el olvido
con lengua de humo

Y cada vez que dudo
se hace más real
Más hueso
Más rastro

Él llegó sin armadura
Solo una mirada
de quien ya ha muerto dos veces

No preguntó por qué luchaba
Clavó su lanza
como quien siembra algo
en tierra yerma

Luchó sin fe
pero con memoria
Y eso quizás
fue suficiente

Ese cielo
azul de cansancio azul de olvido
gris de tanto mirar sin tocar
no tiene dioses
Solo testigos

Cada estrella es una promesa rota
Cada nube un juramento olvidado

Le dije adiós
como se saluda a un padre
que nunca estuvo ahí

Cuando la sangre calla
el viento habla

Dice cosas que olvidamos
Que no hay victoria
Que no hay tumba justa
Que el mundo no recuerda

Pero aún así
mientras caía
apreté la fíbula en mi puño
como si fuera una flor

Y sonreí
Porque no me rendí

El Fuego de Thaunn
No descendió del cielo de ningún dios
Nadie abrió los cielos con relámpagos
La tierra no tembló
Y sin embargo supimos que había llegado la hora

El dragón no vino desde los bosques lejanos
ni surgió del abismo con alas negras
Estaba ya allí
en los pliegues del silencio
en la palabra no dicha
en la carne que recuerda
lo que la mente querría olvidar

Yo arrojé al suelo la fíbula
ya sin manto sin escudo
con el pecho expuesto al juicio del acero
No porque creyera en la victoria
sino porque aún me aferraba
a una forma rota de la verdad

Entonces llegó Khafaal de Thaunn
No traía estandarte
ni un nombre grabado en los anales
Solo cicatrices en el rostro
y una lámpara encendida
que parecía arder sin aceite

“No hay oro que salvar” dijo
“Ni mundo que redimir
Solo tú
y la llama que aún se resiste a extinguirse”

No me dio órdenes
No tomó mi mano
Se sentó a mi lado
y esperó

El dragón nos encontró así
uno con su lanza enterrada en la tierra
el otro con la mirada vuelta hacia adentro
Y cuando rugió
no fue su aliento lo que nos amenazó
sino su pregunta

“¿Por qué aún estás de pie?”

Yo no respondí con palabras
La fíbula ya era hierro candente entre mis dedos
Y la arrojé
No para matar
sino para marcar el límite
entre la oscuridad y lo que aún puede arder

El dragón no cayó
El cielo no se abrió
Pero en el humo
algo se quebraba

Y en el crujido de ese instante
supe que el mundo no se salva
pero uno puede salvar
una chispa
Una memoria
Un gesto limpio
en medio del caos

Khafaal asintió
Se levantó
Y sin mirar atrás
se perdió por el mismo camino
por donde vino

No todas las brasas son ceniza
Hay algunas que fingen haberse extinguido
pero en la noche del alma
arden más que el sol

Khafaal dijo
«Guarda esas brasas
No para incendiar el mundo
sino para iluminar tu nombre
cuando te sea negado»

El dragón no se alimenta de cuerpos
Devora los nombres
Los pronuncia lentamente
hasta hacerlos polvo

Por eso luchamos
no por el cuerpo
sino por el eco que lo sigue

El cielo es testigo pero no aliado

Khafaal alzó la mirada y dijo:
«No reces No maldigas
Mira ese azul
como quien mira una piedra
sin esperar respuesta
pero sabiendo que existes
porque puedes contemplarlo»

El umbral no es la puerta
Es la pregunta antes de cruzarla

¿Qué de ti debe morir
para que lo que debe vivir
respire?

Cuando el guerrero partió la fíbula en dos
ya no era un broche
Era el primer signo de revelación

Uno de los fragmentos se hundió
en el pecho del dragón
El otro en el suyo

Y así se volvieron iguales
dos cuerpos marcados
por la misma herida

Aquel que no haya sentido
el peso de un símbolo
no ha sentido aún el mundo

No busques la verdad como un mapa
búscala como se busca un recuerdo
sabiendo que quizás lo que encuentres
te cambie

El fuego no pregunta por tu causa
Solo consume lo que arde

Khafaal habló ante las llamas:
“No hay metal noble sin horno
Ni rostro verdadero sin incendio”

Y arrojó su nombre al brasero
como quien entrega una llave

Algunos fueron tocados
por una llama distinta
no los hirió
pero tampoco los dejó igual

Se les conocía por la mirada
ardían en silencio
y no buscaban testigos

No es el cuerpo el que muere primero
sino el nombre al que ya nadie llama

El dragón lo sabe
por eso guarda los nombres
en su vientre
como huesos no digeridos

“Cuando digas mi nombre
dilo despacio
No por reverencia
sino por precisión
Cada sílaba fue ganada
como una trinchera”

Lo que no se nombra
se desvanece
Pero lo que se nombra mal
también perece

La noche no es oscuridad
Es el silencio donde se decide
si aún eres tú

Cuando no pude dormir
Khafaal habló
“La noche es el rostro
de lo que no pudiste perdonar
Pero si la atraviesas
te hablará sin mentir”

Si ves una figura en la noche
que no tiene sombra
síguela

No te llevará a la luz
pero tampoco al engaño

No hay mayor consuelo
que aquel que no promete consuelo

Khafaal no prometió nada
Se sentó
Y en su silencio
supe que no estaba solo

El compañero no lucha por ti
Lucha para que tú no olvides
cómo hacerlo

“¿Y si caemos?”
“Entonces no caerás solo”

“¿Eso basta?”
“A veces es todo lo que hay”

No todo lo olvidado está perdido
Hay cosas que duermen bajo la ceniza
esperando que alguien respire hondo

El olvido no borra
Desvía

Un día miras un rostro y no sabes
si fue un enemigo
un hermano
o tú mismo

La muerte no es olvido
El olvido es más lento

Es el crujido del nombre
mientras cae
sin que nadie lo recoja

Yo no fui testigo
No combatí en los días de la fíbula
No hablé con Khafaal de Thaunn
No vi al dragón
ni al cielo viejo
ni al fuego sin causa

Y sin embargo he vivido con estas tablillas
más tiempo del que he vivido con mi propio nombre
Las heredé de manos temblorosas
en un zigurat sin lámparas
entre estantes rotos y juramentos carcomidos

Nadie recuerda ya por qué se escribió este libro
Algunos creen que es un canto épico
disfrazado de fragmentos
Otros dicen que es alquimia
disfrazada de mito

Para mí es un espejo

No uno liso no uno de palacio
sino de los antiguos
curvo oxidado
que muestra el rostro
que no sabías
que llevabas dentro

Hay quienes buscan aquí instrucciones
No las hay
Hay quienes buscan consuelo
Lo encontrarán pero no como esperaban

Aquí hay fuego Nombre Noche Compañero Olvido
Y algo más
Un Eco Un eco
un eco

Porque cada vez que recito estas líneas
aunque las sepa de memoria
hay una palabra que suena distinta

Como si el libro no fuera un libro
sino un ser que escucha

Que espera
Que no olvida

Que quizás recuerda de ti
más de lo que tú mismo recuerdas

Biblioteca de Ramón

Poesía
  1. El libro es un pájaro con más de cien alas para volar.
  2. El reloj despertador es un gallo de acero.
  3. La luna es el espejo de los enamorados pobres.
  4. La risa es una erupción instantánea.
  5. Las golondrinas son pájaros vestidos de etiqueta.
  6. El lápiz escribe bostezando.
  7. El cigarro es el palo de las fiestas solitarias.
  8. El gato es un tigre de salón.
  9. La estrella fugaz es la lágrima de un deseo.
  10. El tren se traga las estaciones sin saborearlas.
  11. El paraguas es un sombrero que se suicida.
  12. Los zapatos tienen la cara triste del que trabaja.
  13. El silencio es el único amigo que jamás traiciona.
  14. La nube es el pañuelo del cielo.
  15. Las rosas tienen más espinas que disculpas.
  16. El eco es el alma de las voces.
  17. El bostezo es un suspiro que se aburre.
  18. La jirafa es una grúa que come hojas.
  19. La nieve es la caspa del cielo.
  20. El espejo es el primer invento de la vanidad.
  21. El pavo real es el abanico de la vanidad.
  22. El pez es el único animal que se ahoga fuera del agua.
  23. La barba es la hierba que crece en el silencio del rostro.
  24. La calvicie es una playa sin olas.
  25. El semáforo es el ojo que vigila sin parpadear.
  26. El ascensor nos sube la autoestima.
  27. El cuervo es el abogado de la muerte.
  28. Las lágrimas son la sangre de los ojos.
  29. El faro es el ojo tuerto del mar.
  30. La niebla es el fantasma del aire.
  31. El beso es el truco de la boca.
  32. El ventilador es el pájaro mecánico del verano.
  33. El vino da sueños colorados.
  34. El teléfono es el timbre de los ausentes.
  35. El humo es el alma de lo que se quema.
  36. La mosca es el punto final de la siesta.
  37. El piano es una máquina de suspiros.
  38. La silla vacía es la ausencia hecha mueble.
  39. El pan caliente tiene alma.
  40. El bostezo es un grito sin ruido.
  41. El otoño es el andén de las hojas.
  42. La lluvia son lágrimas que no son de nadie.
  43. La bicicleta es el esqueleto del caballo.
  44. El fósforo es el estornudo del fuego.
  45. El sol es el pan del día.
  46. El silencio es el único paisaje que no cambia.
  47. La luna se peina en los charcos.
  48. La cabra es el paréntesis de la montaña.
  49. Las mariposas son flores que aprendieron a volar.
  50. La llave es el confidente de las puertas.
  51. El bostezo es una carta sin dirección.
  52. La lámpara es la luciérnaga doméstica.
  53. La muerte es una señora vestida de olvido.
  54. El murciélago es el ratón con paraguas.
  55. El acordeón es el fuelle de la música.
  56. El reloj es el dictador del tiempo.
  57. El papel es el eco de lo que pensamos.
  58. El beso es un punto y coma en el diálogo del amor.
  59. El zapato aprieta más cuando se va el amor.
  60. Las canas son las flores del tiempo.
  61. La chimenea es la nariz de la casa.
  62. El globo es un niño que quiere volar.
  63. El gato ronronea porque tiene el alma llena de cascabeles.
  64. El caracol lleva su casa a cuestas porque tiene miedo de perderla.
  65. El frío es el silencio del calor.
  66. La vejez es la niñez vuelta al revés.
  67. El espejo es el cómplice de Narciso.
  68. La radio es el periódico que habla.
  69. El mar es un sueño de agua.
  70. El cine es el circo de las sombras.
  71. La aspirina es la novia del dolor de cabeza.
  72. La cebolla hace llorar por dentro.
  73. El sollozo es la manera de llorar por dentro.
  74. Las cartas de amor se escriben sin tinta.
  75. El gato es la sombra con bigotes.
  76. La biblioteca es el cementerio de los pensamientos vivos.
  77. El ascensor es la montaña rusa de los edificios.
  78. La escalera es la lengua de los pisos.
  79. El paraguas se convierte en bastón cuando deja de llover.
  80. La escoba es la pluma con que se escribe en el suelo.
  81. El helado es el suspiro del verano.
  82. El tranvía es un gusano de hierro.
  83. La mecedora es la cuna de los abuelos.
  84. El cigarro es la bandera del ocio.
  85. El bigote es el toldo de la boca.
  86. El peine es el verdugo del enredo.
  87. Las campanas son el idioma de las torres.
  88. El pan se parte con respeto.
  89. La vejez es el invierno del cuerpo.
  90. El calendario es el carcelero de los días.
  91. Las pestañas son las persianas del alma.
  92. El corazón tiene razones que el pulso ignora.
  93. La almohada es el confidente de las noches.
  94. El beso robado es el más dulce.
  95. El bostezo es el abrazo del aburrimiento.
  96. Las tijeras son las serpientes mecánicas.
  97. El vino rojo es la sangre feliz de las uvas.
  98. La lluvia es el llanto del cielo.
  99. El tren es el lápiz que dibuja caminos.
  100. La sonrisa es el idioma más corto del mundo.