Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.
Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.
Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.
Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.
Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.
Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.
Como era de temer la psicosis colectiva ha cundido entre la población, no sólo el pánico. El Serpiente, como ahora le llaman los medios de comunicación, ha inoculado su virus destructivo a todos los asesinos de la ciudad. Los asesinatos se suceden en masa y, aunque se ha descartado la autoría de Serpiente en muchos casos, incluso los ajustes de cuentas se firman con símbolos utilizados por el supuesto masacrador.
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