Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Oficios para la sombra

Poesía

Marchaba a nuestro lado,
ajeno a la cruel evocación,
con su vigor mezclado,
como quien lleva una antigua hoguera
debajo de la camisa.

Desconsuela. Agita peligros.
Una antigualla de inventores,
nuevos oficios para la sombra
y una orgía de semillas
que asusta a los fantasmas.

¡Abrazos demasiado bajos!
¡Calla, sonámbulo, calla!
Que se alzarán los lobos
congregados alrededor de la belleza
que tapa el rostro humano.

Admitía que éramos humanos.
Trabajábamos.
La realidad nos desplazaba lentamente,
como una ópera sin ojos,
como una ortografía perdida
en las charcas de lo divino.

Y yo encontré, alrededor,
los bosques conocidos
y aquellos otros semejantes
que uno no conoce sino cuando los añora.

Vi la viuda.
Vi los venenos.
Vi el yantar de los días,
su mucho soportarla,
sus locuras frívolas,
su honor sin honradez.

Entonces alabé la hoguera.

No porque ardiera,
sino porque todavía
guardaba entre sus cenizas
algo que marchaba a nuestro lado,
algo ajeno a la muerte,
algo terriblemente nuestro.

La muerte de pan silencioso

Poesía

Había en ti una muerte de pan silencioso, una sed que bebía las ternuras hasta romper los huesos. El luto no confesaba nada; apenas respiraba entre nosotros como un animal cansado. Los celos, mientras tanto, levantaban sus pequeñas guerras bajo este día estéril, hecho de desdenes que ya nacían viejos.

También la victoria puede doler cuando llega descalza. La cargan los humildes como quien sostiene una piedra tibia contra el pecho. Los otros, en cambio, celebraban con una alegría mutilada, riéndose desde la herida que ellos mismos se habían abierto. Qué pobres resultaban en su estruendo.

Atravesaban sin permiso la tierra seca, donde el polvo parecía recordar nombres que nadie pronunciaría otra vez. El aire olía a criaturas abandonadas, a un mundo que persistía pese a su propia vergüenza, mientras las guerras seguían alimentando al animal ciego que todos soñamos alguna vez. Allí lo inerte pesaba más que la sangre; lo infantil envejecía de pronto; hasta el dolor inventaba su propio cuerpo para seguir respirando.

Yo vivía, extraviado entre aquellos misterios, como si el sueño hubiese aprendido a abrir los ojos sin despertar jamás. Todo pasaba lejos y, sin embargo, me atravesaba de rodillas: los fantasmas, los reyes sin reino, la suerte endurecida, los magos incapaces de devolverle el pulso a la tierra.

Pero él seguía amando aquellos estribillos.

Y esa fidelidad, tan pequeña y tan inútil, era quizá lo único que todavía no había sido derrotado.

 

I. Los que no nos vieron

Los que no nos vieron
todavía creen que el mundo
cabe entero dentro de una ventana.

Ignoran el hambre
que tienen las manos
cuando aprenden el nombre de otra mano.

Nosotros pasamos
como pasan los pozos:
guardando una sed
que nunca fue del agua.

Y nadie supo
que una sombra puede abrazar a otra
hasta dejarle luz.

II. La muerte de pan silencioso

Había una muerte
hecha de pan silencioso.

No venía a llevarse a nadie;
se sentaba a la mesa,
partía la tarde en migas
y esperaba.

La mordíamos sin saberlo.

Por eso el hambre
se parecía tanto a la memoria,
y el trigo,
después de haber sido esperanza,
terminaba pareciéndose a una piedra.

Quién diría
que también el pan
aprende a llorar por dentro.

III. Victoria descalza

Llegó sin trompetas.

Traía los pies
llenos de polvo y espinas,
como quien ha cruzado
todos los fracasos
para encontrar apenas
un rincón donde respirar.

Nadie la reconoció.

Los vencedores
iban demasiado ocupados
contando sus medallas.

Ella,
la verdadera,
se quitó el último dolor de los hombros
y siguió andando,
porque sabía
que el camino nunca aplaude
a quien lo sostiene.

La declaración

Ficción

La declaración llegó sin firma, como llegan ciertas tareas cuya autoridad depende precisamente de no tener origen. Decía, en una prosa rota y sin embargo imperiosa, que yo debía volver individuos aquello que una vez representaba lo general. No entendí entonces la orden, pero ya he aprendido que entender es una superstición tardía y que obedecer suele preceder al sentido.

El papel estaba manchado de vino. Pensé en César, no en el hombre sino en la palabra, esa dulzura de metal con que Roma todavía hiere algunas lenguas. Nunca había cambiado la caligrafía de mi corresponsal; cambiar, para él, era una forma menor de la muerte. “Iremos”, añadía en una línea posterior, “cuando Madrid duerma”. Las ciudades, como los tigres y los diccionarios, duermen con innumerables ojos abiertos.

A la hora convenida atravesamos barrios viejos, donde los cobardes sueñan con valentías retrospectivas y el cerebro, fatigado de vigilar, permite cualquier milagro. Mi guía no habló. Nada dijo al entrar en el campo, más allá de los valles, donde el viento parecía arrastraré, palabra imposible, como si la gramática también se deshiciera en la noche.

Debíamos subir una colina de piedras correctas, geométricas, acaso puestas allí por un acecho más antiguo que los hombres. Pensé que ser debía de algún modo equivalente a esperar. Mi compañero, a quien yo juzgaba idiota por su silencio, se volvió y dijo solamente: “Adiós”. Lo dijo como quien canta una nota única que resume una música entera.

Súbitamente comprendí. Las expresiones del miedo no nacen del peligro sino de la inteligencia cuando advierte que ha sido alimentado por una ficción. Quise correr, quise que todo desaparezca, pero las huellas ya se borran mientras se las mira. Vi entonces, habiéndome detenido un momento que fueron muchas veces, una vasta rueda de nombres.

Cada radio de esa rueda llevaba una palabra: repetir, dispersando, países, solas, calma, vez, crujir, hambres, incienso, va, condenación. Giraban con una lentitud que parecía huida y con una rapidez que parecía eternidad. Comprendí también que aquellas palabras no significaban nada por separado y que juntas tampoco, salvo para la ciencia secreta de ciertos políticos, cuya única labor es hablar hasta que el universo consienta.

Cuando amaneció, estaba solo en la llanura. No quedaba rueda ni guía ni colina. En el bolsillo hallé la declaración inicial, pero ahora escrita con mi letra. Desde entonces sospecho que la tarea no era descifrar el mensaje, sino redactarlo para otro. Tal vez para usted, que ahora termina de leerlo y ya recuerda haber estado allí.

Saqqara en mis sueños

Ficción

A través del desierto cruzo a lomos de un camello hacia la ciudad de las mil y una noches donde se mezclan olores a especias, a humo de inciensos y perfumes de loto y papiro.

Allí, en el mercado, veo colores y formas exóticas que me deslumbran y me hacen soñar con almizcles de Anubis, megaleion, bergamota y las deleitosas leches de Cleopatra.

El sonido de las mezquitas y los cánticos me llevan a lugares lejanos donde el tiempo parece detenerse y sólo existe la belleza y la paz de las sábilas. En esta ciudad mágica donde las tradiciones son sagradas, como la muerte, me siento como en otro mundo y me dejo llevar por sus encantos y desazones.

Callaré

Poesía

Concertamos fiestas aéreas,
donde la naturaleza es un templo
creado para los señores del rojo.
La estación fría levanta irritaciones,
y los ineptos, espantados,
buscan consuelo en la hierva.

Yo, esclavo del reproche,
insulto al óbito de un dios ausente,
añorando la hermosa alteración de lo eterno.
El tiempo, roído,
me susurra que tarde o temprano
todo acuerdo se rompe,
y que el silencio es la única entrega posible.

Callaré, entonces, mientras sufro,
porque hasta en la muerte
se esconden fiestas invisibles.

Estas son mis recompensas…

Ficción

En el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.

He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.

¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.

No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.

Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.

¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?

En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.

Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.

No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.

Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).

No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.

Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.

¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?

Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.

EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

El escarabajo

Ficción

El escarabajo se arrastra como un ataúd que respira. Su caparazón, negro y pulido como un espejo de obsidiana, refleja un cielo que no existe. Dentro de él, las mariposas no están muertas del todo: palpitan en silencio, con sus alas desgarradas pegadas a la carne invisible del miedo. Sus colores, podridos y líquidos, gotean en hilos lentos, formando charcos de un arcoíris enfermo.

Cuando el escarabajo avanza, el suelo tiembla con un sonido que nadie debería escuchar: un crujido de huesos diminutos, un murmullo que parece venir de debajo de la piel del mundo. Donde pasa, la luz se curva, y las sombras adquieren formas imposibles, como si alguien estuviera dibujando pesadillas en la realidad.

Sus antenas son agujas que hurgan en el aire, buscando algo que no tiene nombre. A veces, se detiene y abre apenas una grieta en su caparazón. De allí emergen las mariposas, pero no vuelan: flotan a media altura, con las alas colgando como trapos rotos, mirándote con ojos que nunca tuvieron. Se acercan y susurran en un idioma sin palabras, y por un instante entiendes que no hay diferencia entre la vida y la muerte, solo un zumbido interminable.

Y entonces, con una lentitud insoportable, el escarabajo vuelve a cerrarse. Continúa su marcha en un sendero que no lleva a ninguna parte, dejando tras de sí un hilo de polvo negro que se eleva como humo… pero no hay fuego, solo el recuerdo de algo que nunca debió existir.

Avanza como un féretro viviente, con su caparazón negro y reluciente, bruñido por los susurros de la podredumbre. Bajo su armadura laten sombras viscosas, y en su interior, como un vientre invertido, guarda las mariposas muertas. Sus alas, que un día fueron llamas suspendidas en el aire, ahora son pétalos rotos, pegados a la humedad del olvido.

Cada paso del escarabajo resuena como un tambor hueco en un pasillo sin fin. No camina: arrastra el silencio. Y donde pasa, el aire se vuelve espeso, como si una boca invisible lo masticara. Es un furgón fúnebre que no necesita ruedas; lleva en sus patas diminutas todo el peso del cielo derrumbado.

En sus antenas penden los últimos suspiros del vuelo, deformados en lenguas de sombra. Él no entierra: engulle. No custodia: profana. Y sin embargo, en su marcha torpe y perfecta, hay una lógica de sueño febril: las mariposas deben morir para que él exista, y él debe existir para que la muerte tenga un rostro.

Al final, solo queda un rastro de polvo brillante, como ceniza de luz consumida. Y el escarabajo sigue, incansable, devorando la memoria del aire, hasta que no quede más que la noche.

Avanza lento, con su caparazón negro bruñido por la sombra. Nadie lo mira, nadie lo celebra. Es un carruaje de tierra y silencio. Sobre su espalda lleva, invisibles, las alas marchitas de las mariposas que ya no bailan en el aire. Allí, donde antes hubo colores que rozaban la luz, ahora hay apenas un murmullo apagado, una ceniza de vuelos extintos.

Cada paso del escarabajo es un toque de campana grave. No hay ceremonia, solo el tránsito paciente de lo inevitable. Bajo las hojas caídas, recoge los fragmentos de belleza que el tiempo despoja, y los guarda sin lamento. Porque sabe que todo fulgor termina por volverse polvo.

Es el furgón fúnebre de la levedad. Custodia las sombras de aquello que una vez fue vuelo, y las lleva, sin prisa, al vientre oscuro de la tierra. Y aunque su andar parezca tosco, es un gesto de piedad: enterrar lo que fue luz para que algo, algún día, pueda volver a florecer.

Mientras caen los cuerpos

No ficción

Uno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.

Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.

En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.

En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.

En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.

Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.