Concertamos fiestas aéreas,
donde la naturaleza es un templo
creado para los señores del rojo.
La estación fría levanta irritaciones,
y los ineptos, espantados,
buscan consuelo en la hierva.
Yo, esclavo del reproche,
insulto al óbito de un dios ausente,
añorando la hermosa alteración de lo eterno.
El tiempo, roído,
me susurra que tarde o temprano
todo acuerdo se rompe,
y que el silencio es la única entrega posible.
Callaré, entonces, mientras sufro,
porque hasta en la muerte
se esconden fiestas invisibles.